Versículo destacado
Lamentaciones 3:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo la vara de su ira. "
Lamentaciones 3:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo la vara de su ira.
2 Me ha guiado y me ha llevado a la oscuridad, pero no a la luz.
3 Ciertamente se ha vuelto contra mí; vuelve su mano contra mí todo el día.
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El título del Salmo 102 encajaría muy bien con este capítulo: «Oración del afligido, cuando está abrumado y derrama su queja delante del Señor». Eso es exactamente lo que transmite esta queja: está llena de sentimiento y fluye con libertad. Conviene observar sus principales aspectos.
El profeta comienza quejándose de que Dios está enojado. Esa es la fuente tanto del dolor como de la amargura de su sufrimiento. Dice: «Yo soy el hombre» que ha visto la aflicción y la ha sentido bajo la vara de su ira (Lamentaciones 3:1). A veces Dios se enoja con su propio pueblo, pero no se trata del enojo de un juez que pretende destruir, sino del enojo de un padre que usa una vara para corregir a su hijo. Su corrección es dolorosa por un tiempo, pero al final busca hacerle bien.
Por causa de esa vara debemos esperar aflicción. Si sufrimos más de lo habitual bajo ella, no debemos discutir con Dios. Sabemos que su enojo es justo, y que aun su aflicción es moderada y está mezclada con misericordia.
El profeta también dice que está perdido y completamente a oscuras. En la Escritura, la oscuridad a menudo representa una gran angustia y confusión, sin consuelo ni dirección. Esa era su condición. Dios lo había conducido, por medio de su providencia y de una cadena de acontecimientos que no podía explicar, a la oscuridad y no a la luz (Lamentaciones 3:2). Lo había puesto en lugares oscuros, tan oscuros como el sepulcro, como aquellos que han muerto hace mucho tiempo y han sido olvidados (Lamentaciones 3:6).
Aun el pueblo de Dios, aunque es pueblo de luz, a veces camina en la oscuridad. Es una etapa difícil, pero no es algo extraño.
También dice que Dios parecía estar contra él como un enemigo, incluso como un enemigo declarado. Antes Dios había estado a su favor, pero ahora parecía decir: «Sin duda, se ha vuelto contra mí» (Lamentaciones 3:3). Su mano estaba contra él todo el día, como el hombre del Salmo 73:14, que dice: «Cada mañana recibo mi castigo». Cuando parece que la mano de Dios permanece contra nosotros, nos sentimos tentados a pensar que su corazón también se ha vuelto contra nosotros.
Dios había dicho: «Seré como un león para la casa de Judá» (Oseas 5:14), y ahora había cumplido esa palabra. «Fue como un oso que acecha», dice el profeta, y como un león en lugares ocultos (Lamentaciones 3:10). No podía sentirse seguro en ninguna parte. Los juicios de Dios parecían venir de todos lados.
El Señor también lo puso como un blanco. «Ha tensado su arco» (Lamentaciones 3:12), como un guerrero listo para atacar. Lo convirtió en el blanco de sus flechas (Lamentaciones 3:13), y estas lo atravesaron profundamente, hasta lo más íntimo. Dios tiene muchas flechas en su aljaba, y vuelan con rapidez y golpean con fuerza.
También estaba gravemente afligido en cuerpo y mente. Toda la nación puede compararse con un anciano encorvado por la edad y sin posibilidad de recuperarse. «Ha envejecido mi carne y mi piel», dice, y «ha quebrado mis huesos» (Lamentaciones 3:4, 15). Estaba agotado, débil e incapaz de ayudarse a sí mismo. Dice que Dios lo había llenado de amargura, porque una percepción amarga de los problemas puede arruinar todo consuelo.
Dios puede alcanzar el espíritu y llenarlo de amargura. Cuando el estómago está enfermo, hasta la buena comida se vuelve agria. De la misma manera, cuando el alma está cargada, todo disfrute queda arruinado. «Me ha embriagado con ajenjo», dice, dando a entender que la intensidad de su aflicción lo había confundido y le impedía pensar con claridad. «Me ha hecho comer piedras en vez de pan» (Lamentaciones 3:16), de modo que hasta su comida era dolorosa e inútil. «Me ha cubierto de cenizas», como solían hacer los que estaban de duelo; o, según otra lectura, «me ha dado cenizas por alimento». El Salmo 102:9 dice: «Como pan he comido cenizas».
También dice que no podía ver ninguna salida ni un camino hacia la liberación. Dios había construido contra él como una ciudad sitiada. «Me ha cercado», dice, «y no puedo salir» (Lamentaciones 3:5, 7). Cuando Jerusalén fue sitiada, se dijo que estaba rodeada por todos lados (Lucas 19:43). Se sentía encadenado, como si estuviera atado con pesadas cadenas de hierro. «Ha cerrado mis caminos con piedras labradas» (Lamentaciones 3:9); no solo había bloqueado su camino con espinos, sino que lo había sellado con un muro de piedra. Sus caminos se habían vuelto torcidos, de modo que cada intento de avanzar terminaba haciéndolo retroceder.
Es justo que Dios haga que quienes andan por caminos torcidos, quebrantando sus leyes, recorran caminos torcidos de aflicción. Sus planes se frustran y sus proyectos se deshacen. «Ha torcido mis caminos», dice el profeta (Lamentaciones 3:11). Dios había arruinado todos sus planes y lo había dejado enfrentarse a su propia ruina. Había sido despedazado y abandonado, sin consuelo de los demás y sin consuelo en su propia alma.
También dice que Dios había cerrado los oídos a sus oraciones. «Cuando clamo y pido ayuda», dice, «él no toma en cuenta mi oración» (Lamentaciones 3:8). Por lo general, el oído de Dios está abierto a su pueblo, y la puerta de su misericordia está abierta para quienes llaman. Pero ahora parecía cerrada, incluso para alguien que clamaba con fervor. A veces Dios parece enojarse aun con las oraciones de su pueblo (Salmo 80:4). Es un estado muy triste cuando a una persona no solo se le niega una respuesta, sino también el consuelo de saber que ha sido escuchada.
Sus vecinos también se burlaban de sus problemas. «Soy motivo de risa para todo mi pueblo», dice (Lamentaciones 3:14), especialmente para los malvados que estaban entre ellos. Se burlaban de los juicios públicos y, en particular, del sufrimiento de Jeremías. «Soy su canción», dice, como un instrumento que tocan para divertirse. Habían convertido su miseria en entretenimiento.
Finalmente, estuvo a punto de perder toda esperanza de alivio. «No solo me has quitado la paz», dice, «sino que has alejado mi alma de la paz» (Lamentaciones 3:17). La paz no solo estaba fuera de su alcance; también estaba fuera de su vista. Se había olvidado de la prosperidad, porque parecía haber quedado atrás hacía tanto tiempo y era tan poco probable que regresara. Había vivido tanto tiempo con tristeza y dificultades que ya no sabía cómo se sentían la alegría y la libertad. Concluyó: «Han desaparecido del Señor mi fuerza y mi esperanza» (Lamentaciones 3:18).
Esa era su debilidad, como dice el Salmo 77:10 acerca de otro creyente atribulado. Porque Dios todavía posee una fuerza inagotable y sigue siendo la esperanza inconmovible de su pueblo, sin importar lo que este pueda sentir en la oscuridad.
Su dolor regresaba cada vez que recordaba sus problemas, y sus pensamientos eran tan tristes como parecía su futuro (Lamentaciones 3:19, 20). Si intentaba, como Job, olvidar su queja (Job 9:27), no servía de nada. Una y otra vez volvía a pensar en el sufrimiento y la miseria, en el ajenjo y la hiel, es decir, en el dolor más amargo.
Habla con tanta intensidad porque así de profundamente lo sentía. Para él, esta aflicción era la miseria misma. Algunos entienden estas palabras como «mi aflicción y mi pecado», refiriéndose tanto al problema como al pecado que lo había causado. Ese era el ajenjo y la hiel presentes en su sufrimiento, porque el pecado vuelve amarga la copa de la aflicción.
«Mi alma aún los recuerda». Los cautivos en Babilonia mantenían presente la miseria del sitio, junto con las llamas y las ruinas de Jerusalén. Lloraban al recordar a Sion y nunca podían olvidar a Jerusalén (Salmo 137:1, 5). De la misma manera, su alma, al recordar estas cosas, se hunde dentro de él.
No solo está agobiado por los problemas, sino también afligido por causa del pecado. Debemos tener un corazón humilde bajo las circunstancias humillantes que Dios permite, es decir, bajo su disciplina dolorosa. Cada vez que recordemos nuestras aflicciones y miserias, también debemos renovar nuestro arrepentimiento por el pecado. De este modo, podemos obtener algún bien de la corrección recibida anteriormente y ser preservados de una corrección mayor.
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De este capítulo
Lamentaciones 3:2
"Me ha guiado y me ha llevado a la oscuridad, pero no a la luz."
Lamentaciones 3:3
"Ciertamente se ha vuelto contra mí; vuelve su mano contra mí todo el día."
Lamentaciones 3:4
"Ha envejecido mi carne y mi piel; ha quebrado mis huesos."
Lamentaciones 3:5
"Ha edificado contra mí y me ha rodeado de hiel y fatiga."
Lamentaciones 3:6
"Me ha puesto en lugares oscuros, como a los que murieron hace mucho tiempo."
Lamentaciones 3:7
"Me ha cercado, de modo que no puedo salir; ha hecho pesada mi cadena."
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