Versículo destacado
Lamentaciones 3:37 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" ¿Quién es aquel que dice, y sucede, cuando el Señor no lo ha ordenado? "
Lamentaciones 3:37
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
35 desviar el derecho de un hombre ante el rostro del Altísimo,
36 trastornar a un hombre en su causa: el Señor no lo aprueba.
37 ¿Quién es aquel que dice, y sucede, cuando el Señor no lo ha ordenado?
38 ¿No proceden de la boca del Altísimo el mal y el bien?
39 ¿Por qué se queja el hombre viviente, el hombre por el castigo de sus pecados?
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Para recibir los consuelos prometidos a quienes sufren en los versículos anteriores, también debemos cumplir los deberes propios de quienes atraviesan el sufrimiento. Si cumplimos con esos deberes, podremos experimentar esos consuelos. Aquí el profeta nos enseña, en primer lugar, a reconocer y admitir la mano de Dios en toda dificultad que nos sobreviene, ya sea personal o pública (Lamentaciones 3:37-38). Esta verdad ayuda a calmar nuestro corazón en medio de la aflicción y hace que el sufrimiento cumpla un propósito bueno en nosotros.
Hagan lo que hagan las personas, Dios es quien gobierna sobre todo. ¿Quién puede hablar y hacer que algo suceda, si el Señor no lo ha ordenado? Las personas no pueden hacer nada fuera del plan de Dios, ni tienen poder o éxito alguno si no les es dado de lo alto. Una persona puede planear su camino, como dice Santiago, y afirmar: «Haré esto o aquello» (Santiago 4:13), pero el Señor dirige sus pasos de una manera distinta a la que había pensado, a menos que aquello que planeó ya estuviera incluido en el propósito de Dios (Proverbios 16:9; Jeremías 10:23). Los caldeos, el ejército de Babilonia, dijeron que destruirían Jerusalén, y sucedió así, no simplemente porque lo dijeron, sino porque Dios lo ordenó y los envió a hacerlo.
Las personas son solo instrumentos en las manos del gran Dios. Él las usa y las dirige como quiere en el gobierno de este mundo. No pueden llevar a cabo ningún plan sin él. Todo lo que sucede en la vida de las personas está bajo el orden de Dios. Tanto el mal como el bien proceden de la boca del Altísimo. Más enfáticamente, el sentido original plantea si tanto ese mal como ese bien no vienen del Altísimo. ¿Acaso no es esto lo que él ha dispuesto para nosotros? Sí, lo es. Si queremos tener paz en el corazón en medio de nuestras dificultades, debemos aplicar esta verdad a nuestra propia situación.
No podemos recibir consuelo de la mano de Dios y luego rechazar la dificultad que él también permite. Ese es el razonamiento de Job (Job 2:10). Ya sea que estemos sanos o enfermos, que tengamos riqueza o pobreza, que prosperemos o nos sintamos frustrados, todo está bajo el orden de Dios. El destino de cada persona está en sus manos. El Señor da y el Señor quita. Él forma la luz y crea las tinieblas, como lo hizo en el principio. Todos los acontecimientos de la providencia —es decir, del cuidado sabio y del gobierno de Dios sobre todas las cosas— proceden de su propio propósito. Todo lo que sucede está bajo su dirección. Lo que él dice, lo lleva a cabo, y todos sus propósitos se cumplen con facilidad y por completo.
Tampoco debemos disputar con Dios por ninguna dificultad que ponga sobre nosotros (Lamentaciones 3:39). Aquí el profeta parece corregirse por las quejas que expresó antes en el capítulo, cuando sonaba como si acusara a Dios de tratarlo con dureza. En otras palabras: «¿Tengo razón para enojarme? ¿Por qué me inquieto de esta manera?». Quienes han hablado precipitadamente contra Dios deben, al reflexionar de nuevo, reconocer que ellos mismos actuaron mal. Puesto que la providencia de Dios es soberana y gobierna sobre todo, la pregunta correcta es: «¿Por qué se queja el ser humano mientras vive?» (Salmo 39:9).
No debemos hablar en contra de lo que Dios hace. Quienes culpan a su propia suerte, en realidad están culpando a Aquel que les asignó esa situación. El pueblo que sufría en el exilio tenía que someterse a la voluntad de Dios en medio de todo su dolor. Podemos derramar nuestras quejas delante de Dios, pero nunca debemos quejarnos contra Dios. No tiene sentido que una persona viva se queje mientras recibe el castigo por sus pecados. Hay razones poderosas para reconocerlo.
Somos seres humanos y debemos comportarnos como tales. ¿Acaso debe quejarse el ser humano? Somos criaturas racionales, no animales. Debemos pensar con sensatez, mirar hacia arriba y mirar hacia adelante; allí encontraremos razones suficientes para acallar nuestras quejas. Somos seres humanos, no niños que lloran ante cada dolor. Somos seres humanos, no dioses. Somos súbditos, no amos. No estamos a cargo de nosotros mismos; debemos obedecer y someternos. Somos seres humanos, no ángeles, así que no podemos esperar vivir libres de dificultades como ellos. No vivimos en un mundo donde no existe el dolor, sino en este mundo, donde el sufrimiento está presente por todas partes. Somos seres humanos, no demonios. No nos encontramos en su condición miserable y sin esperanza, sino que todavía disfrutamos de consuelos que ellos no tienen.
Somos seres humanos con vida. Por la bondadosa mano de Dios, todavía estamos vivos, aunque cada día nos acercamos más a la muerte. Por eso, no deberíamos quejarnos, sino reconocer que tenemos más razones para agradecer a Dios por la vida que para quejarnos de las cargas que la acompañan. Nuestra vida es frágil y, por causa del pecado, justamente mereceríamos perderla; sin embargo, todavía vivimos. Los que viven, los que viven, deben alabar a Dios y no quejarse (Isaías 38:19). Mientras haya vida, hay esperanza. Así que, en vez de quejarnos de que las cosas están mal, debemos animarnos con la esperanza de que pueden mejorar.
Somos personas pecadoras, y lo que sufrimos es el justo castigo por nuestros pecados. De hecho, es mucho menos de lo que merecemos. Tenemos pocas razones para quejarnos de las dificultades, porque gran parte de ellas es consecuencia de nuestro propio pecado. Nuestra propia maldad nos corrige (Proverbios 19:3). No tenemos razón para discutir con Dios, porque él es justo en todo lo que hace. Él gobierna el mundo y debe defender el honor de su gobierno disciplinando a quienes desobedecen. Si sufrimos por nuestros pecados, no debemos quejarnos. Tenemos otra tarea: en vez de murmurar, debemos arrepentirnos. Si queremos tener evidencia de que Dios se ha reconciliado con nosotros, debemos mostrar que procuramos poner nuestro corazón de acuerdo con su santa voluntad. Si somos disciplinados por nuestros pecados, la sabiduría nos enseña a someternos y a besar la vara, es decir, a recibir humildemente la disciplina. Si seguimos resistiéndonos a Dios, él puede castigarnos aún más. Pero si cedemos ante él, aunque el Señor nos discipline, no seremos condenados junto con el mundo.
También debemos procurar que la aflicción produzca aquello que Dios quiere: que volvamos a prestar atención al pecado y que regresemos a él (Lamentaciones 3:40). Estas son las dos cosas a las que nuestras dificultades deben conducirnos. Primero, debemos examinarnos cuidadosamente y repasar nuestra vida. Debemos examinar nuestros caminos y ponerlos a prueba. Tenemos que considerar cómo hemos vivido y luego juzgar si nuestros caminos han sido rectos y buenos. Es como buscar a un criminal escondido que huye y se oculta, y después comprobar si es culpable o inocente. La conciencia debe cumplir ambas tareas: buscar y poner a prueba, y debe hablar con honestidad. Tiene que hacer una investigación cuidadosa y emitir un juicio justo.
Debemos poner a prueba nuestros caminos para que, por medio de ellos, también podamos examinarnos a nosotros mismos. Nuestra condición no se determina por nuestros deseos, sino por nuestros pasos. Tampoco se determina por un solo paso aislado, sino por nuestros caminos: por las metas que perseguimos, las normas que seguimos y la manera en que la disposición de nuestra mente y el patrón de nuestra vida corresponden a esas metas y normas.
Cuando sufrimos, es el momento apropiado para considerar cuidadosamente nuestros caminos (Hageo 1:5). Debemos reconocer lo que está mal, arrepentirnos y cambiar en el futuro, para que el sufrimiento cumpla su propósito. En tiempos de dificultad pública, solemos apresurarnos a observar los pecados de los demás y culparlos. Pero nuestra verdadera tarea es examinar y poner a prueba nuestros propios caminos. Cada uno tiene suficiente que hacer en su propia casa, preguntándose: «¿Qué he hecho? ¿Qué he agregado a esta dificultad?». Si cada persona se reforma, toda la comunidad mejorará.
También debemos volver al Señor con sinceridad. Él se ha vuelto contra nosotros porque nosotros nos hemos apartado de él. Debemos regresar a él mediante el arrepentimiento y una vida transformada, reconociéndolo como nuestro legítimo dueño y gobernante. Hemos estado mejor con él que sin él, así que ahora debemos volver a él. Esto debe acompañar un examen sincero de nosotros mismos y surgir de él. Examinamos nuestros caminos para apartarnos de su maldad y regresar a Dios. David siguió ese mismo camino: «Consideré mis caminos y volví mis pies a tus testimonios» (Salmo 119:59).
También debemos ofrecernos a Dios, junto con nuestros mejores sentimientos y nuestro servicio, en el fuego de la devoción (Lamentaciones 3:41). Cuando estamos en dificultades, debemos mirar hacia Dios como el Dios del cielo, muy por encima de nosotros y gobernándonos con autoridad incuestionable. Los cielos gobiernan; por eso no debemos discutir con Dios, sino aceptar su gobierno y someternos a él.
Debemos orarle, confiando en que recibiremos misericordia de su parte. Eso forma parte de levantar nuestras manos hacia él, un gesto común de oración y, en ocasiones, una manera de referirse a la oración misma, como en «Sea puesta mi oración delante de ti como incienso, y el levantar de mis manos como el sacrificio de la tarde» (Salmo 141:2). Este gesto muestra que pedimos misericordia y que estamos listos para recibirla.
Nuestro corazón debe acompañar nuestras oraciones. Debemos levantar el corazón además de las manos, y derramar nuestra alma junto con nuestras palabras. Dios mira el corazón en la oración y en todo otro servicio. ¿De qué sirve un sacrificio si falta el corazón? Si nuestros sentimientos internos no corresponden a nuestras palabras externas, solo nos burlamos de Dios y nos engañamos a nosotros mismos.
Orar es elevar el alma a Dios (Salmo 25:1), como a nuestro Padre celestial. Y el alma que espera estar para siempre con Dios en el cielo seguirá aprendiendo ese camino por medio de actos habituales de devoción y continuará avanzando en él.
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De este capítulo
Lamentaciones 3:1
"Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo la vara de su ira."
Lamentaciones 3:2
"Me ha guiado y me ha llevado a la oscuridad, pero no a la luz."
Lamentaciones 3:3
"Ciertamente se ha vuelto contra mí; vuelve su mano contra mí todo el día."
Lamentaciones 3:4
"Ha envejecido mi carne y mi piel; ha quebrado mis huesos."
Lamentaciones 3:5
"Ha edificado contra mí y me ha rodeado de hiel y fatiga."
Lamentaciones 3:6
"Me ha puesto en lugares oscuros, como a los que murieron hace mucho tiempo."
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