Versículo destacado
Jeremías 17:5 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Así dice el SEÑOR: Maldito el hombre que confía en el hombre, que hace de la carne su brazo y cuyo corazón se aparta del SEÑOR. "
Jeremías 17:5
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
3 Oh, montaña mía en el campo, entregaré al saqueo tus bienes y todos tus tesoros, y tus lugares altos por el pecado en todos tus territorios.
4 Y tú, por ti mismo, dejarás de poseer la herencia que te di; haré que sirvas a tus enemigos en una tierra que no conoces, porque ustedes han encendido un fuego en mi ira que arderá para siempre.
5 Así dice el SEÑOR: Maldito el hombre que confía en el hombre, que hace de la carne su brazo y cuyo corazón se aparta del SEÑOR.
6 Porque será como un arbusto en el desierto y no verá cuando llegue el bien, sino que habitará en los lugares resecos del desierto, en una tierra salada y deshabitada.
7 Bendito el hombre que confía en el SEÑOR y cuya esperanza es el SEÑOR.
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Estos versículos enseñan una verdad sólida y útil para todos nosotros. No parecen referirse únicamente a Judá y Jerusalén en aquel momento. El profeta Jeremías no siempre hablaba solo de acontecimientos futuros; en ocasiones también daba enseñanzas prácticas. Este mensaje les advertía que no pusieran su confianza en el lugar equivocado cuando llegaran los problemas.
Primero, debemos aprender acerca de la miseria y la decepción que siempre les sobrevienen a quienes dependen de otras personas para ser rescatados y alcanzar el éxito en tiempos de dificultad (Jeremías 17:5-6). El SEÑOR dice: «Maldito el hombre que confía en el hombre». Dios lo llama maldito porque ha insultado a Dios al darles a las personas la confianza que le pertenece únicamente a él. O bien, «maldito» puede significar miserable, porque esa persona se apoya en una caña quebrada: algo que no solo le fallará, sino que también puede herirla.
El pecado aquí consiste en confiar en el ser humano; es decir, poner en la sabiduría, el poder, la bondad y la fidelidad humanas la confianza que solo debemos poner en Dios. Es hacer de la carne —la naturaleza humana, débil y mortal— el brazo en el que nos apoyamos para recibir ayuda y protección. Dios es el brazo de su pueblo (Isaías 32:2). No debemos esperar que ninguna criatura sea para nosotros lo que Dios ha prometido ser.
La Escritura llama «carne» al ser humano para mostrar lo insensato que es poner nuestra confianza en él. Es débil, como la carne sin huesos ni tendones. Es inactiva, como la carne sin espíritu. Es mortal y se consume, como la carne que pronto se descompone. También es falsa y pecaminosa, porque la naturaleza humana cayó de su integridad original (Génesis 6:3). En realidad, este pecado consiste en apartarse del Dios viviente. Las personas quizá sigan hablando de Dios con respeto y diciendo que confían en él, pero su corazón se ha alejado de él. Aferrarse a una cisterna rota es abandonar la fuente, y Dios toma esto muy en serio.
El resultado es seguro. La persona que confía en el ser humano se engaña a sí misma. Será como un arbusto del desierto, una planta pobre que crece en tierra estéril: seca, inútil y sin valor. Sus consuelos le fallarán y sus esperanzas quedarán destruidas. Se marchitará, se sentirá abatida y será pisoteada por otros. Cuando llegue el bien, no participará realmente de él. Cuando mejoren los tiempos, su situación no mejorará. Vivirá en los lugares secos del desierto, siempre decepcionada, sin cosecha mientras otros recogen la suya.
Esto también se aplica a quienes confían en su propia justicia y fortaleza, y creen que pueden salir adelante sin el mérito y la gracia de Cristo. Ellos también hacen de la carne su brazo. Sus almas no pueden prosperar en la gracia ni en el consuelo, ni pueden ofrecer a Dios un servicio aceptable o recibir de él bendiciones salvadoras. Habitan en una tierra seca.
Segundo, aprendemos acerca de la profunda satisfacción que pertenece a quienes hacen de Dios su confianza, viven por la fe en su cuidado y sus promesas, y descansan en su amor aun en tiempos difíciles (Jeremías 17:7-8). Nuestra responsabilidad es confiar en el SEÑOR, hacer lo que él manda y depender de él para que nos sostenga mientras lo hacemos. Cuando las personas nos fallen, nos mientan o se vuelvan contra nosotros, debemos encomendarnos a Dios, porque él es suficiente para ocupar el lugar de lo que hemos perdido y protegernos de lo que nos amenaza.
Quienes hacen esto serán como un árbol plantado junto a las aguas. Es un árbol escogido, cuidadosamente plantado en buena tierra, a diferencia del arbusto seco del desierto. Sus raíces se extienden hacia el río y absorben abundante savia. Esto representa tanto estabilidad como consuelo. Estas personas viven firmes, en paz y seguras en lo más profundo de su ser.
Cuando llega el calor, ese árbol no sufre daño. Está bien abastecido desde sus raíces y puede resistir la sequía. De la misma manera, quienes hacen de Dios su esperanza prosperarán en honra y consuelo, como un árbol siempre verde cuyas hojas no se marchitan. Serán una fuente de bienestar para sí mismas y agradables a los ojos de los demás. Dios honra a quienes lo honran al confiar en él.
También tendrán paz y contentamiento interior. En un año de sequía, cuando no llueva, no estarán dominadas por la ansiedad. Un árbol lleva la semilla dentro de sí; de manera semejante, estas personas tienen dentro de sí el sustento que viene de Dios. Cuando los consuelos de la vida se derrumban, todavía tienen en él todo lo necesario. No debemos preocuparnos por una cisterna rota mientras aún tenemos la fuente.
También darán fruto en santidad y buenas obras. Quienes confían en Dios y reciben de él, por medio de la fe, fuerza y gracia, no dejarán de dar fruto. Seguirán teniendo la capacidad de hacer lo que glorifica a Dios, ayuda a los demás y les trae beneficio a ellos mismos.
Tercero, aprendemos acerca de la pecaminosidad del corazón humano y del hecho de que Dios siempre lo ve (Jeremías 17:9-10). Es insensato confiar en el ser humano, porque no solo es débil, sino también falso y engañoso. Con frecuencia estamos dispuestos a pensar que confiamos en Dios y a reclamar las bendiciones prometidas a quienes lo hacen. Sin embargo, nuestro propio corazón puede engañarnos en esto más que cualquier otra cosa. Podemos pensar que confiamos en Dios cuando, en realidad, no lo hacemos. Una señal de ello es que nuestras esperanzas y temores suben y bajan según las circunstancias externas vayan bien o mal.
Esto es cierto en general. Hay maldad en nuestro corazón que no notamos ni sospechamos. De hecho, por lo común las personas tienen un concepto de sí mismas y de su propio corazón mejor del que deberían tener. El corazón, en su estado caído, es engañoso más que todas las cosas. Es sutil y falso. Está dispuesto a hacer tropezar a otros, y hasta su nombre lleva la idea de quien suplanta o desplaza a otro, como Jacob, cuyo nombre significa «suplantador».
Llama bueno a lo malo y malo a lo bueno. Presenta las cosas bajo una apariencia falsa y dice paz a quienes no tienen paz. Cuando las personas dicen en su corazón —es decir, cuando dejan que su corazón les susurre— que no existe Dios, o que él no ve, o que no les pedirá cuentas, o que tendrán paz aunque sigan pecando, el corazón es engañoso en todas estas maneras y en muchas otras parecidas. Engaña a las personas hasta llevarlas a su propia ruina, y esto hace que el mal sea aún peor, porque se están engañando y destruyendo a sí mismas.
Aquí vemos que el corazón es verdaderamente y profundamente malvado. Es mortal, desesperado y está más allá de toda cura. La situación es muy grave, casi sin esperanza, si la conciencia, que debería corregir el resto del alma, se convierte ella misma en una fuente de mentiras y desvía a toda la persona. ¿Qué será de alguien si aquello que lleva dentro, que debería ser la lámpara del SEÑOR, le da una luz falsa? ¿Qué esperanza hay si el representante de Dios en el alma, la parte destinada a proteger sus intereses, se vuelve contra él?
Tal es el engaño del corazón que podemos preguntar con toda razón: ¿Quién puede conocerlo? ¿Quién puede describir por completo cuán malo es el corazón? No podemos conocer plenamente nuestro propio corazón, ni saber qué haremos en un tiempo de tentación. Ezequías no lo sabía, y Pedro tampoco. No sabemos qué deseos corruptos están ocultos allí, ni de cuántas maneras ya nos hemos desviado. ¿Quién puede entender sus propios errores? Mucho menos podemos conocer el corazón de los demás o poner nuestra confianza en ellos.
Pero, cualquiera que sea la maldad que haya en el corazón, Dios la ve y la conoce por completo. Él dice: «Yo, el SEÑOR, examino el corazón». Esto se aplica a todo lo que hay en el corazón: todos sus pensamientos, incluso los más rápidos, que nosotros mismos pasamos por alto. También se aplica a todos sus propósitos, aun los más profundos, los que se esconden con mayor cuidado de los demás. Las personas pueden ser engañadas, pero Dios no. Él no solo examina el corazón con una mirada penetrante; también prueba la mente y la voluntad, para juzgar lo que encuentra y darle a todo su verdadero valor. Lo prueba como se prueba el oro para ver si es puro, o como se examina a un prisionero para determinar si es culpable.
El juicio de Dios sobre el corazón prepara el camino para su juicio sobre la persona. Él da a cada uno conforme a sus caminos, según lo que merecen sus acciones y hacia dónde conducen: vida a quienes anduvieron por los caminos de la vida y muerte a quienes permanecieron en la senda de la ruina. También da conforme al fruto de sus obras; es decir, según el efecto que tienen en los demás o según lo que la Palabra de Dios establece como resultado de tales obras: bendiciones para los obedientes y maldiciones para los desobedientes. Por lo tanto, solo Dios es el Juez, porque solo él conoce el corazón de los seres humanos.
Esto es especialmente cierto en cuanto a todo el engaño y la maldad del corazón, todos sus planes, deseos y maquinaciones corruptas. Dios los ve y los entiende y, más que cualquier ser humano, juzga el acto exterior según el corazón que hay detrás de él. Dios conoce en nosotros más maldad de la que nosotros mismos conocemos. Esto debería impedir que nos halaguemos a nosotros mismos y debería llevarnos a temer siempre el juicio de Dios.
El profeta también habla de la maldición que acompaña a las riquezas obtenidas injustamente. El fraude y la violencia se habían vuelto pecados comunes en Judá y Jerusalén. Ahora Jeremías quiere que quienes eran culpables de estos pecados y habían perdido todo lo que poseían vean su pecado reflejado en su castigo. «El que obtiene riquezas, pero no de manera justa», aunque las convierta en su esperanza, «nunca las disfrutará».
Es posible que quienes usan medios injustos para adquirir riquezas prosperen por un tiempo. Eso tienta a muchos a engañar y oprimir a sus vecinos cuando pueden ganar dinero de esa manera. Un hombre puede acumular tesoros mediante planes vacíos y una lengua mentirosa, luego enorgullecerse de su éxito y decir: «Soy rico», e incluso: «También soy inocente» (Oseas 12:8). Pero tendrá que dejarlos a la mitad de sus días. Se los quitarán, o él será separado de ellos. Dios lo herirá de repente, justo cuando diga: «Alma, descansa; tienes suficiente almacenado para muchos años» (Lucas 12:19-20).
Los dejará a alguien que ni siquiera conoce, y no podrá llevar consigo ninguna de sus riquezas. Esto muestra lo amargo que es para una persona mundana morir y dejar atrás sus bienes. También debería atemorizar a quienes los obtuvieron injustamente, porque aunque las riquezas no los seguirán a la otra vida, la culpa sí irá con ellos, junto con el dolor del tormento eterno: «Hijo, recuerda» (Lucas 16:25). Al final, se demostrará que fue un necio, como Nabal, cuya gran riqueza no le sirvió de nada porque su corazón se había endurecido y quedado muerto como una piedra.
Fue un necio todo el tiempo, aunque a veces su conciencia se lo haya hecho saber. Pero al final quedará demostrado que lo era. Son verdaderos necios quienes lo son en su desenlace, y muchos de los que son elogiados como sabios terminarán así: personas que parecían saber cómo salir adelante (Salmo 49:13, 18). Quienes reciben la gracia serán sabios al final. Tendrán consuelo en la muerte y ganancia eterna (Proverbios 19:20). Pero quienes hacen de la riqueza su felicidad y están decididos a enriquecerse, sea con razón o sin ella, lamentarán su necedad cuando ya sea demasiado tarde para corregir ese error fatal.
Esto se parece a la perdiz que se sienta sobre sus huevos, pero no logra empollarlos; los huevos se rompen, son robados (Isaías 10:14) o se echan a perder, como en Job 39:15. Entre los judíos había un ave conocida cuyo caso con frecuencia era así. El hombre rico trabaja arduamente para construir un patrimonio y se queda cuidándolo, pero nunca obtiene de él verdadero consuelo. Sus planes para enriquecerse mediante medios pecaminosos fracasan y quedan en nada. Por eso, seamos sabios a tiempo. Obtengamos lo que tenemos honestamente y usémoslo con generosidad, para acumular un buen fundamento y ser sabios para la eternidad.
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De este capítulo
Jeremías 17:1
"El pecado de Judá está escrito con pluma de hierro y con punta de diamante; está grabado en la tabla del corazón de ellos y en los cuernos de los altares de ustedes."
Jeremías 17:2
"Mientras sus hijos recuerdan sus altares y sus arboledas junto a los árboles verdes sobre las colinas altas."
Jeremías 17:3
"Oh, montaña mía en el campo, entregaré al saqueo tus bienes y todos tus tesoros, y tus lugares altos por el pecado en todos tus territorios."
Jeremías 17:4
"Y tú, por ti mismo, dejarás de poseer la herencia que te di; haré que sirvas a tus enemigos en una tierra que no conoces, porque ustedes han encendido un fuego en mi ira que arderá para siempre."
Jeremías 17:6
"Porque será como un arbusto en el desierto y no verá cuando llegue el bien, sino que habitará en los lugares resecos del desierto, en una tierra salada y deshabitada."
Jeremías 17:7
"Bendito el hombre que confía en el SEÑOR y cuya esperanza es el SEÑOR."
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