Versículo destacado

Jueces 11:29 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces el Espíritu del SEÑOR vino sobre Jefté. Él atravesó Galaad y Manasés, pasó por Mizpa de Galaad y desde Mizpa de Galaad avanzó hacia los hijos de Amón. "

Jueces 11:29

menu_book El versículo en contexto

27 Por tanto, yo no he pecado contra ti, pero tú me haces mal al hacer guerra contra mí. Que el SEÑOR, el Juez, juzgue hoy entre los hijos de Israel y los hijos de Amón.

28 Sin embargo, el rey de los hijos de Amón no escuchó las palabras que Jefté le envió.

29 Entonces el Espíritu del SEÑOR vino sobre Jefté. Él atravesó Galaad y Manasés, pasó por Mizpa de Galaad y desde Mizpa de Galaad avanzó hacia los hijos de Amón.

30 Jefté hizo un voto al SEÑOR y dijo: Si entregas sin falta a los hijos de Amón en mis manos,

31 entonces lo que salga por las puertas de mi casa a recibirme cuando yo vuelva en paz de los hijos de Amón será ciertamente del SEÑOR, y lo ofreceré como holocausto.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos a Jefté obteniendo una gran victoria, pero su alegría está mezclada con el dolor de un voto precipitado. Su éxito resplandece, tanto para su honra como para la honra de Dios, porque defendió una causa justa y Dios la respaldó.

Dios le dio a Jefté un espíritu fuerte, y Jefté lo aprovechó bien (Jueces 11:29). El pueblo lo había elegido para dirigirlo, así que era evidente que tenía un llamado verdadero para ir a la batalla. El rey de Amón rechazó toda propuesta de paz, por lo que la causa era claramente justa. Entonces el Espíritu del Señor vino sobre Jefté, elevando sus capacidades naturales y llenándolo de poder de lo alto. Así se volvió más valiente, sabio y celoso contra los enemigos de Israel.

De esta manera, Dios lo confirmó en su cargo y le aseguró la victoria. Jefté no perdió tiempo, sino que salió con firme valentía. Las Escrituras también señalan la ruta que tomó hacia el campamento enemigo, probablemente porque su elección mostraba el buen juicio que el Espíritu le había dado. Quienes verdaderamente caminan por el Espíritu serán guiados por el camino correcto.

Dios también le dio a Jefté un gran éxito, y Jefté lo aprovechó plenamente (Jueces 11:32). El Señor entregó a los amonitas en sus manos, haciendo justicia a favor de una causa recta. Dios hizo que los obstinados sintieran el poder de la guerra cuando no quisieron escuchar razones, porque él está sentado en su trono y juzga con justicia.

Jefté no dejó que la victoria se le escapara, sino que siguió avanzando hasta completarla. Después de derrotar a sus fuerzas en campo abierto, los persiguió hasta sus ciudades y mató a todos los que aún estaban armados, para que ya no pudieran inquietar a Israel (Jueces 11:33). Sin embargo, no parece que haya destruido a todo el pueblo, como Josué había hecho con las naciones sujetas a juicio, ni que haya intentado apoderarse de su tierra, aunque las reclamaciones de los amonitas contra Israel quizá le habrían dado alguna excusa. Solo se aseguró de que quedaran completamente sometidos. Aunque otros nos hagan daño, eso puede justificar que defendamos lo que nos pertenece, pero no nos da derecho a hacerles mal a cambio.

El voto de Jefté es más difícil de entender y está cubierto de tristeza. Cuando salía de su casa para cumplir esta peligrosa misión, oró pidiendo la ayuda de Dios e hizo un voto solemne. Prometió que, si Dios lo hacía regresar victorioso, entonces dedicaría a Dios y ofrecería como holocausto a quienquiera que saliera primero de su casa a recibirlo. Cuando regresó, la noticia de su victoria llegó a su casa antes que él, y su única hija salió a recibirlo con alegría. Esto lo llenó de profunda angustia, pero ya no había vuelta atrás. Después de lamentar por un tiempo su triste destino, ella se sometió voluntariamente al voto de su padre.

Hay varias lecciones importantes en esta historia. Primero, incluso los creyentes verdaderos y grandes pueden conservar en el corazón cierta desconfianza y vacilación. Jefté tenía todas las razones para estar seguro, especialmente después de que el Espíritu del Señor vino sobre él; sin embargo, cuando llegó el momento de decidir, pareció vacilar: si Dios le concedía sin duda la victoria, entonces él haría esto o aquello. Tal vez el sufrimiento que su voto le causó tenía el propósito de corregir su fe débil y su idea de que no podía esperar la victoria a menos que le prometiera a Dios algo costoso a cambio.

Segundo, sigue siendo bueno, cuando buscamos o esperamos una bendición, hacer votos a Dios en los que prometamos algún servicio apropiado. Esos votos no deben ser una manera de comprar el favor de Dios, sino una forma de mostrar gratitud y reconocer cuánto le debemos. Lo que se ofrece en un voto especial (Levítico 27:2) debe ser algo que contribuya claramente a la gloria de Dios, al bien de su reino entre las personas o a nuestro propio crecimiento en su servicio, dentro de aquello que ya debemos hacer.

Tercero, debemos ser muy cuidadosos y sabios cuando hacemos votos. Si cedemos a una intensa emoción de celo piadoso, podemos atrapar nuestra propia conciencia, sumirnos en confusión y después tener que admitir delante del mensajero de Dios que fue un error (Eclesiastés 5:2-6). Es una trampa hacer apresuradamente una promesa acerca de cosas santas sin considerar lo que somos capaces de hacer y sin establecer los límites necesarios que podrían evitar que quedemos atrapados. Después de hacer el voto, nos hacemos las preguntas que debimos haber hecho antes (Proverbios 20:25). Que el dolor de Jefté nos sirva de advertencia en este punto (Deuteronomio 23:22).

Cuarto, lo que hemos prometido solemnemente a Dios debe cumplirse con cuidado, si es posible y lícito, aun cuando sea muy difícil y doloroso. El sentido que tenía Jefté del poder vinculante de su voto también debe ser nuestro (Jueces 11:35): «He abierto mi boca al Señor en un voto solemne, y no puedo retractarme». Es decir, él mismo no podía retirar el voto, porque ya era demasiado tarde, y ningún poder humano podía cancelarlo ni liberarlo de él. Lo que antes estaba bajo su propio control ya no le pertenecía para decidirlo (Hechos 5:4). Cumple tus votos y págalos (Salmo 76:11). Nos engañamos si pensamos que podemos burlarnos de Dios.

Si aplicamos esto a las promesas que hemos hecho en nuestros votos sacramentales, al aceptar el pacto de gracia establecido con los pecadores necesitados en Cristo, encontramos una fuerte razón para apartarnos de los pecados que prometimos abandonar y un fuerte impulso para cumplir los deberes que prometimos realizar. También nos da una respuesta preparada para toda tentación: «He abierto mi boca al Señor, y no puedo retractarme. Debo seguir adelante. He jurado, y debo cumplirlo. No me atrevo a tratar con Dios de una manera ambigua».

Quinto, los hijos deben obedecer a sus padres en el Señor con disposición y alegría, especialmente cuando los padres toman decisiones piadosas para honrar a Dios y mantener viva la fe en el hogar, aunque esas decisiones sean duras y severas. Durante muchas generaciones, los recabitas obedecieron los mandatos de su antepasado Jonadab al negarse a beber vino, y aquí la hija de Jefté hizo algo semejante. Por el bien de la conciencia de su padre y por la honra de Dios y de su nación, se entregó como alguien consagrado (Jueces 11:36): «Haz conmigo conforme a lo que salió de tu boca». Ella sabía que era muy querida por su padre, pero estaba dispuesta a que Dios fuera más querido. Un padre podía anular un voto hecho por su hija (Números 30:5), pero una hija no podía cancelar un voto hecho por su padre, ni siquiera uno como este.

Esto hace que el quinto mandamiento parezca aún más serio. Los problemas de nuestros amigos deben convertirse también en nuestros problemas. Cuando ella salió a lamentar su difícil destino, las jóvenes que la acompañaban se unieron a su dolor (Jueces 11:38). Eran mujeres de su misma edad y sexo, que probablemente esperaban celebrar su boda después del repentino ascenso de su padre. En cambio, fueron llamadas a acompañarla a las montañas y compartir su tristeza. No son verdaderas amigas quienes están dispuestas a alegrarse con nosotros, pero no a llorar con nosotros.

También muestra que el celo valiente por la honra de Dios y por el bien de Israel, aun cuando esté mezclado con debilidad y mal juicio, debe ser recordado. Las hijas de Israel hicieron bien en conservar la memoria de la hija de Jefté mediante una costumbre anual, porque ella mostró un valor noble cuando Dios había dado a Israel la victoria sobre sus enemigos (Jueces 11:36). Un ejemplo tan notable de alguien que consideró el bien público más importante que su propia vida no debía ser olvidado. El hecho de ser mujer le impidió ir a la guerra y arriesgar la vida en la batalla. En cambio, arriesgó algo aún mayor, porque quizá comprendió el voto de su padre y eligió su camino conscientemente, ya que más tarde él dijo: «Me has abatido mucho» (Jueces 11:35).

Ella estaba tan conmovida por la victoria, que era una bendición para toda la nación, que estuvo dispuesta a ser entregada como ofrenda de gratitud por ella. Consideró que su vida estaba bien entregada si la daba por una causa tan grande. Vio como un honor morir, no como un sacrificio para expiar los pecados del pueblo —porque ese honor le pertenece solamente a Cristo—, sino como un sacrificio de gratitud por las misericordias que Dios había mostrado a Israel. De la angustia de Jefté en este pasaje debemos aprender a no sorprendernos si un día de triunfo en este mundo también trae algo de tristeza. Siempre debemos alegrarnos con reverencia y temblor, porque todavía esperamos un triunfo futuro que no tendrá ninguna mezcla de dolor.

Aun así, esta historia plantea preguntas difíciles, y hombres eruditos han dedicado mucho tiempo a estudiarlas. Aquí diré poco sobre ellas, porque el señor Poole las ha tratado ampliamente en sus notas en inglés. Una de las preguntas es qué hizo realmente Jefté con su hija para cumplir su voto. Algunos piensan que simplemente la recluyó como una monja y que, puesto que una parte de su voto habría prohibido ofrecer un holocausto, cumplió la otra parte dedicándola por completo al Señor. Eso significaría que ella renunció al matrimonio y pasó su vida dedicada al servicio de Dios. Esta opinión se apoya en el hecho de que se dice que ella lamentó su virginidad (Jueces 11:37-38) y que nunca conoció a un hombre (Jueces 11:39).

Si Jefté la hubiera sacrificado, lo apropiado habría sido que ella lamentara no su muerte —pues esa muerte habría sido ofrecida para la honra de Dios y ella la habría enfrentado voluntariamente—, sino el hecho doloroso de ser la única hija de su padre. En ella, Jefté había esperado perpetuar su nombre y su familia; pero ella no estaba casada ni tenía hijos que continuaran su honor y su herencia. Por eso se menciona especialmente antes que él no tenía otro hijo ni otra hija aparte de ella (Jueces 11:34). Aun así, no creo que Jefté estuviera tratando de cumplir su voto de esa manera o, más bien, de evadirlo. En todo el Antiguo Testamento no hay ninguna ley, costumbre ni ejemplo que sugiera que permanecer soltero fuera un deber religioso, o que alguien fuera más santo, más consagrado al SEÑOR o más devoto de él simplemente por no casarse. Eso tampoco formaba parte de la ley para los sacerdotes ni para los nazareos. Débora y Hulda, ambas profetisas, aparecen mencionadas como mujeres casadas.

Además, si ella solo hubiera sido apartada para permanecer soltera, no habría necesitado dos meses para lamentar esa situación, pues habría tenido toda la vida por delante para afligirse por ello si así lo deseaba. Tampoco habría necesitado despedirse con tanta tristeza de sus compañeras. Quienes sostienen esa interpretación entienden las palabras de Jueces 11:40 como que las mujeres iban a visitarla durante cuatro días cada año. Por eso parece más probable que Jefté la ofreciera como sacrificio, conforme al sentido claro de su voto. Tal vez entendió mal la ley acerca de las personas consagradas por anatema y la aplicó también a las personas consagradas mediante votos (Levítico 27:29: «Ninguna persona consagrada podrá ser rescatada; tendrá que morir»). También pudo haber querido recibir una orientación más clara sobre si la ley le permitía rescatarla.

Quizá lo animó el intento de Abraham de ofrecer a Isaac. Pudo haber pensado que, si Dios no aprobaba ese sacrificio, enviaría un ángel para detenerlo, tal como había detenido a Abraham. Si ella había salido deliberadamente para ser ofrecida, como es posible, quizá Jefté creyó que eso aclaraba aún más el asunto. Tal vez pensó que no se le hacía ningún mal a una persona por aquello que aceptaba voluntariamente. También pudo haber razonado que, donde no había ira ni malicia, no había asesinato, y que su buena intención haría aceptable la acción. Como había hecho el voto, quizá pensó que era mejor matar a su hija que faltar a su palabra, y dejar que la providencia cargara con la responsabilidad de haberla llevado a su encuentro.

Si damos por hecho que Jefté sí sacrificó a su hija, la siguiente pregunta es si actuó correctamente. Algunos lo defienden y creen que obró bien, como alguien que valoró la honra de Dios por encima de lo más querido que tenía en este mundo. Jefté aparece mencionado entre los grandes creyentes que, por la fe, hicieron grandes cosas (Hebreos 11:32), y este habría sido uno de esos actos. Lo hizo deliberadamente, después de dos meses de reflexión y conversación. Ningún escritor inspirado lo condena directamente por ello. Aun así, aunque esto pudiera honrar profundamente la autoridad de un padre, de ninguna manera puede justificar que alguien haga lo mismo.

Jefté era un hombre extraordinario. El Espíritu del SEÑOR vino sobre él, y muchos detalles que ahora desconocemos pudieron haber hecho que este caso fuera completamente fuera de lo común. Algunos estudiosos han visto en este sacrificio una imagen de Cristo, el gran sacrificio. Cristo era puro y santo, como ella era una virgen casta. Su Padre lo entregó a la muerte y lo hizo maldición, o persona consagrada al anatema, por nosotros. Él se sometió a la voluntad de su Padre, como ella se sometió a la de su padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Sin embargo, la mayoría condena a Jefté. Hizo mal al hacer un voto tan precipitado, y peor aún al cumplirlo. Su voto no podía obligarlo a hacer algo que Dios había prohibido en el sexto mandamiento: «No matarás». Dios había prohibido los sacrificios humanos; por eso, como dice el doctor Lightfoot, aquello fue en efecto un sacrificio a Moloc.

Probablemente, el escritor inspirado dejó sin aclarar si Jefté realmente sacrificó a su hija para que, más adelante, los padres no encontraran ninguna excusa para ofrecer a sus propios hijos. Hay pasajes de la Escritura que son difíciles, y los estudiosos no siempre están de acuerdo sobre su significado. No necesitamos angustiarnos demasiado por asuntos como estos. Lo que necesitamos para nuestra salvación, gracias a Dios, está suficientemente claro.

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