Versículo destacado

Jueces 11:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Después de algún tiempo, los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel. "

Jueces 11:4

menu_book El versículo en contexto

2 La esposa de Galaad le dio hijos. Cuando los hijos de su esposa crecieron, expulsaron a Jefté y le dijeron: «No tendrás herencia en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de una mujer extraña».

3 Entonces Jefté huyó de sus hermanos y habitó en la tierra de Tob. Unos hombres ociosos se reunieron con Jefté y salían con él.

4 Después de algún tiempo, los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel.

5 Y sucedió que, cuando los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a traer a Jefté de la tierra de Tob.

6 Le dijeron a Jefté: «Ven y sé nuestro capitán, para que combatamos contra los hijos de Amón».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta era la aflicción en la que se encontraba Israel cuando los amonitas invadieron su territorio (Jueces 11:4). Es posible que se tratara de la misma invasión mencionada en Jueces 10:17, cuando los amonitas se reunieron y acamparon en Galaad. La expresión «después de algún tiempo» parece referirse a la expulsión de Jefté; es decir, pasaron muchos días desde su deshonra hasta que lo llamaron de vuelta y lo honraron.

Entonces los ancianos de Galaad fueron a Jefté y le pidieron que los ayudara. No enviaron una carta ni un mensajero, sino que fueron personalmente para traerlo de regreso, decididos a no aceptar una negativa. La necesidad era urgente, así que no había tiempo que perder. Su mensaje fue: «Ven y sé nuestro comandante» (Jueces 11:6). Sabían que ninguno de ellos estaba capacitado para una tarea tan grande y, en efecto, reconocían su propia debilidad. También sabían que Jefté era valiente y estaba acostumbrado a combatir, por lo que decidieron que él era el hombre indicado para el trabajo.

Observemos cómo Dios prepara a las personas para la obra que tiene planeada para ellas, e incluso usa sus dificultades para llevarlas a un lugar de mayor honra. Si los hermanos de Jefté no lo hubieran expulsado con crueldad, quizá nunca habría tenido la oportunidad de desarrollar la habilidad militar que ahora lo hacía útil y famoso. Dios puede sacar alimento del devorador. Israel se había reunido y había acampado (Jueces 10:17), pero un ejército sin líder es como un cuerpo sin cabeza. Por eso dijeron: «Ven y sé nuestro comandante, para que podamos luchar». Esto demuestra cuán necesario es el gobierno. Estaban dispuestos a pelear, pero sabían que no podían hacerlo sin alguien que los guiara. Una comunidad necesita que algunos gobiernen y que otros obedezcan. Es mejor estar bajo un gobierno sabio que vivir como si cada persona fuera su propio amo. Debemos darle gracias a Dios por el gobierno, especialmente cuando es un buen gobierno.

Antes de aceptar la propuesta, Jefté presentó una objeción: «¿No me odiaron y me expulsaron?» (Jueces 11:7). Parece que sus hermanos estaban entre aquellos ancianos, o al menos que los ancianos habían participado en el maltrato al no impedirlo. Su deber era defender al pobre y al huérfano (Salmo 82:3-4), así que al no ayudar a Jefté se hicieron culpables de su expulsión. Los gobernantes que tienen autoridad para proteger a los perjudicados son culpables cuando dejan sin corregir el daño que sufren. Jefté estaba diciendo, en efecto: «Ustedes me odiaron y me expulsaron; ¿cómo puedo confiar en que esta propuesta es sincera, y cómo esperan que yo los sirva?». Estaba dispuesto a ayudar a su pueblo, pero quería que recordaran su pecado anterior y se arrepintieran de él. En esto actuó como José, quien humilló a sus hermanos antes de darse a conocer.

El trato que los galaaditas dieron a Jefté también refleja la condición general de Israel delante de Dios en ese tiempo. Habían rechazado a Dios por medio de sus ídolos, pero en medio de la angustia le pidieron ayuda. Dios les mostró con toda razón que podría haberse negado a ayudarlos, pero aun así los libró con misericordia. Jefté hizo algo parecido. Muchas personas ignoran a Dios y a quienes hacen el bien hasta que llegan los momentos de angustia; entonces desean la misericordia de Dios y las oraciones de los hombres y mujeres piadosos.

Los ancianos insistieron en que Jefté aceptara el gobierno que le ofrecían (Jueces 11:8). En esencia, le dijeron: «Como antes te hicimos mal y ahora queremos compensarte, volvemos a ti con un honor que pueda equilibrar aquel insulto». Esta historia nos advierte que no debemos despreciar a las personas porque parezcan insignificantes ni hacerles daño solo porque tenemos poder sobre ellas. No sabemos cuán pronto podríamos necesitar la ayuda de quienes hoy maltratamos. Es prudente no convertir a nadie en nuestro enemigo, porque las dificultades pueden llevarnos algún día a alegrarnos de buscar su amistad.

Esto también anima a las personas de verdadero valor que son ignoradas o maltratadas. Que soporten esas circunstancias con paciencia y buen ánimo, dejando en manos de Dios el momento de sacar a la luz lo que permanece oculto. Fuller, en su libro *Pisgah Sight*, dijo que la virtud a veces logra elevarse por sí misma y que, cuando quienes la odiaban terminan necesitándola, se ven obligados a honrarla. Entonces ese honor resplandece con mayor intensidad.

Jefté hizo con ellos un acuerdo cuidadoso. Había mencionado los males que le habían hecho, pero cuando vio su arrepentimiento no siguió insistiendo en ellos. Puesto que Dios había perdonado a Israel por los insultos que le habían hecho (Jueces 10:16), Jefté también estaba dispuesto a perdonar. Aun así, consideró prudente dejar claramente establecido el asunto para el futuro, porque estaba tratando con personas de quienes tenía razones para desconfiar.

Primero les hizo una pregunta justa (Jueces 11:9). No habló como si la victoria estuviera garantizada, porque Dios podía permitir justamente que los amonitas vencieran como castigo adicional por el pecado de Israel. En efecto, les dijo: «Si, por la bendición de Dios, regreso victorioso, ¿realmente me harán su líder?». Tampoco atribuyó el éxito a sus propias fuerzas. Si vencía, sería porque el Señor entregaría al enemigo en sus manos. Quería recordarles que debían acudir a Dios como aquel que resuelve la disputa y concede la victoria. De la misma manera, a quienes buscan la salvación por medio de Cristo se les plantea la cuestión de si, al ser salvados por él, también estarán dispuestos a someterse a su gobierno. Él no salva bajo otros términos. Si él trae felicidad, también debe traer santidad; si es nuestro ayudador, también debe ser nuestra cabeza.

Ellos respondieron de inmediato: «Haremos lo que tú dices» (Jueces 11:10). En otras palabras: «Guíanos en la guerra y gobernarás sobre nosotros en tiempos de paz». No dudaron, porque la necesidad era demasiado clara y urgente para permitir demora. Sabían que tenían autoridad para hacer ese acuerdo en nombre del pueblo que representaban, así que lo confirmaron con un juramento: «El Señor sea testigo entre nosotros». Apelaron al conocimiento que Dios tenía de su sinceridad en ese momento y a su justicia si después demostraban ser falsos. El texto dice: «El Señor sea el que escuche». Cualquier cosa que digamos, debemos recordar que Dios la oye y hablar teniendo esto presente.

Así quedó confirmado el acuerdo original entre Jefté y los galaaditas. Parece que después todo Israel también lo aprobó, ya que Jueces 12:7 dice que Jefté juzgó a Israel. Entonces fue con ellos al lugar donde todos se habían reunido (Jueces 10:17), y allí, por acuerdo común, lo nombraron su jefe y comandante. De esa manera, el acuerdo hecho por sus representantes quedó confirmado, y Jefté llegó a ser no solo su comandante en ese momento, sino su líder de por vida.

Jefté estuvo dispuesto a arriesgar su vida por este honor relativamente pequeño (Jueces 12:3). Por eso, no debemos desanimarnos en la lucha cristiana por las dificultades que enfrentamos, pues Cristo ha prometido la corona de la vida a quien vence.

Jefté también reconoció a Dios con fidelidad y humildad en este asunto tan importante (Jueces 11:11). Pronunció todas sus palabras delante del Señor en Mizpa, lo que indica que, tan pronto como fue levantado a esa posición, acudió de inmediato a la oración. Allí presentó todo el asunto delante de Dios: tanto su llamado al cargo como la tarea de llevarlo a cabo. Mantuvo sus ojos puestos en el Señor y no quiso hacer nada sin él. No confió en su propio juicio ni en su valor, sino que dependió de Dios y de su favor.

Le expresó a Dios todos sus pensamientos y preocupaciones acerca del asunto, porque Dios permite que hablemos con él con libertad. En esencia, le dijo: «Señor, el pueblo me ha hecho su líder. ¿Confirmarás su decisión y me reconocerás como líder de tu pueblo, bajo tu autoridad y para tu servicio?». Dios había reprendido justamente a Israel diciendo: «Han establecido reyes sin contar conmigo» (Oseas 8:4). Jefté no quería ser jefe únicamente por decisión del pueblo, sino con la aprobación de Dios. No aceptaría gobernar a menos que Dios se lo permitiera. Si Abimelec, el hijo de Gedeón que tomó el poder para sí mismo, hubiera actuado de esa manera, quizá le habría ido bien.

Jefté también dijo: «Señor, me han hecho su capitán para ir delante de ellos en esta guerra contra los amonitas. ¿Irás conmigo? Si no, no me envíes. Hazme entender la justicia de esta causa y asegúrame el éxito». Este es un ejemplo poco común que todos deben seguir, especialmente quienes ocupan lugares de honor. En todos nuestros caminos debemos reconocer a Dios, buscar su favor, pedir su consejo y llevarlo con nosotros. Entonces nuestro camino prosperará. Jefté comenzó la campaña con oración, y aquello que comienza con tanta devoción tiene buenas probabilidades de terminar bien.

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