Versículo destacado
Josué 7:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Josué se levantó muy temprano por la mañana e hizo acercarse a Israel según sus tribus, y fue tomada la tribu de Judá. "
Josué 7:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 Por la mañana serán presentados según sus tribus. La tribu que el SEÑOR tome se acercará según sus familias; la familia que el SEÑOR tome se acercará por casas, y la casa que el SEÑOR tome se acercará hombre por hombre.
15 El que sea tomado con lo destinado a la destrucción será quemado con fuego, él y todo lo que tenga, porque ha quebrantado el pacto del SEÑOR y ha cometido una vileza en Israel.
16 Josué se levantó muy temprano por la mañana e hizo acercarse a Israel según sus tribus, y fue tomada la tribu de Judá.
17 Hizo acercarse a la familia de Judá y tomó a la familia de los zeraítas. Luego hizo acercarse a la familia de los zeraítas hombre por hombre, y fue tomado Zabdi.
18 Después hizo acercarse a su casa hombre por hombre, y fue tomado Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá.
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En estos versículos vemos cómo Acán fue descubierto por medio del sorteo. El proceso avanzó paso a paso, pero llegó a un resultado seguro. Probablemente Josué descansó con más tranquilidad una vez que, bajo la dirección de Dios, conoció la gravedad del problema en Israel y tuvo una manera clara de enfrentarlo. Aun así, se levantó temprano por la mañana (Josué 7:16), porque estaba decidido a quitar el pecado que había traído problemas sobre el campamento.
Notemos primero que la tribu culpable era Judá, la más honrada y famosa de las tribus. Esto era una mancha para su honor y podía poner freno a cualquier orgullo que tuvieran. Muchos en Judá eran motivo de gloria, pero aquí un solo hombre le trajo vergüenza. Ni siquiera las mejores familias deberían sorprenderse si alguien de entre ellas llega a ser causa de dolor y deshonra. Además, Judá recibiría la primera y más grande porción de Canaán, de modo que el pecado de un hombre de esa tribu era aún más culpable. No estuvo dispuesto a esperar su propia porción y robó lo que pertenecía a Dios.
Notemos también que finalmente se señaló al culpable, y el sorteo pareció decirle: «Tú eres el hombre» (Josué 7:18). Sorprende que Acán, sabiendo que era culpable, no intentara huir ni confesar mientras el sorteo se acercaba cada vez más a él. Pero el pecado había endurecido su corazón mediante el engaño, y eso lo llevó a su ruina. Podemos imaginar cómo cambió su rostro cuando fue señalado y cuánto miedo y vergüenza lo llenaron mientras todo Israel lo miraba.
Esto nos advierte acerca de quienes creen que pueden pecar en secreto. El Dios justo tiene muchas maneras de sacar a la luz el mal oculto y avergonzar a quienes mantienen comunión con las obras de las tinieblas. Cuando Dios quiere, hasta un ave del cielo puede llevar la noticia (Eclesiastés 10:20). Véase también (Salmo 94:7). Esto también nos recuerda que, cuando Dios trata con nosotros, debemos descubrir la causa verdadera. Debemos escudriñar nuestro corazón y examinar nuestra conciencia para encontrar aquello maldito que está perturbando nuestro campamento. Entonces debemos orar como lo hizo Job y pedirle al Señor que nos muestre por qué está contendiendo con nosotros. Una vez descubierto el traidor, ya no estará protegido.
Después viene el juicio y el interrogatorio de Acán (Josué 7:19). Josué se sienta como juez. Ya está completamente convencido por el sorteo, pero aun así anima a Acán a confesar, para que su alma pueda ser salva en la vida futura, aunque Josué no podía prometerle que conservaría la vida presente. Josué le habla con gran ternura. Podría haberlo llamado ladrón, rebelde o necio, pero en lugar de eso lo llama hijo. Podría haberle exigido una confesión con dureza o haber usado la fuerza para obtenerla, pero le suplica: «Por favor, confiesa».
Esto nos ofrece un modelo de cómo debemos tratar a quienes están sufriendo, aun cuando ellos mismos hayan provocado su sufrimiento por medio del pecado. No debemos burlarnos de ellos, sino tratarlos con humildad y bondad. También ofrece una lección a los gobernantes y jueces. Cuando administran justicia, deben controlar firmemente su propio temperamento y nunca permitir que la ira determine sus palabras o acciones, ni siquiera frente a personas que los han ofendido profundamente. La ira humana no produce la justicia de Dios. Deben recordar que el juicio pertenece a Dios, quien gobierna incluso sobre su propia ira. Tratar con mansedumbre suele ser la mejor manera de conducir a los culpables al arrepentimiento.
Josué también quiere que Acán confiese ante Dios, quien verdaderamente había sido ofendido por el pecado. Josué ocupaba ante él el lugar de Dios, así que confesarle a Josué era confesarle a Dios. Esa confesión satisfaría a Josué y al pueblo respecto de la acusación contra él. También mostraría arrepentimiento y advertiría a otros que no siguieran el mismo pecado. Por encima de todo, Josué quería que Dios fuera honrado como el Señor que ve todas las cosas y de quien no se oculta ningún secreto. Él también es el Dios de Israel, que presta especial atención a los males cometidos contra su pueblo y a los males cometidos por su pueblo.
Cuando confesamos el pecado, asumimos la vergüenza y damos gloria a Dios. Reconocemos que él es justo y admitimos que tenía razón al disgustarse con nosotros. También reconocemos que él es bueno, confiando en que no usará nuestra confesión en nuestra contra, sino que nos perdonará justamente cuando admitamos que también sería justo si nos castigara. Por nuestro pecado hemos perjudicado el honor de Dios. Cristo, por medio de su muerte, hizo satisfacción por ese agravio. Sin embargo, todavía se nos exige que, mediante el arrepentimiento, mostremos nuestra preocupación por el honor de Dios y le demos gloria en la medida que podamos. El obispo Patrick cita la crónica samaritana, que presenta a Josué diciéndole a Acán: «Levanta tus ojos al Rey del cielo y de la tierra, y reconoce que nada puede ocultarse de aquel que conoce los secretos más profundos».
Finalmente, Acán confiesa de manera libre y clara cuando comprende que es inútil seguir ocultando el asunto (Josué 7:20-21). Primero, admite su culpa con un corazón arrepentido: «En verdad, he pecado. Lo que se me acusa es cierto, y no puedo negarlo ni excusarlo. Lo reconozco y me duele. El Señor tiene razón al sacarlo a la luz, porque realmente he pecado». Ese es el lenguaje de una persona cuya conciencia está cargada y que está harta de su pecado. No tiene nada que decir contra nadie más, pero sí mucho que decir contra sí mismo. Lo maldito fue encontrado en su poder; él era el hombre que había hecho el mal, y eso no le produjo ningún beneficio.
También agrava su pecado al decir que lo cometió contra el Señor, el Dios de Israel. Él mismo era israelita y participaba de los grandes privilegios de ese pueblo. Por lo tanto, al ofender al Dios de Israel, ofendió a su propio Dios. Eso convirtió su pecado en un acto de gran traición e ingratitud. Después da un relato completo de lo que había hecho: «Esto y esto es lo que hice».
Dios ya le había dicho a Josué, en términos generales, que alguien había tomado cosas consagradas. Ahora lo guía para que Acán mismo revele los detalles, porque, de una manera u otra, Dios hace que los pecadores hablen contra sí mismos (Salmo 64:8). Cuando llegan al arrepentimiento, se convierten en sus propios acusadores, y su conciencia despierta permanece como mil testigos. Es correcto que quienes se arrepienten sean muy específicos al confesar su pecado a Dios. No deben limitarse a decir: «He pecado», sino nombrar cada pecado concreto y recordar con tristeza cada paso y circunstancia que los llevó a empeorar: «Esto fue lo que hice».
Primero, Acán confiesa lo que tomó. Mientras saqueaba una casa en Jericó, encontró un hermoso manto babilónico. La palabra se refiere a una vestidura real, de las que usaban los príncipes cuando aparecían en público, y probablemente había pertenecido al rey de Jericó. Había llegado desde Babilonia, un lugar lejano, y quizá tenía colores muy llamativos. Fuera lo que fuera, a él le pareció algo magnífico. Probablemente pensó: «Sería una lástima quemarlo. Así no le servirá de nada a nadie. Si me lo quedo, será mi mejor ropa durante muchos años». Con esas excusas se atrevió a tomar la primera cosa y pensó que no estaba haciendo nada malo al salvarla del fuego.
Pero una vez que metió la mano en ese pecado, continuó y tomó una bolsa de plata, doscientos siclos, aproximadamente cien onzas, y una barra de oro que pesaba cincuenta siclos, alrededor de veinticinco onzas. No podía decir que estaba salvando estas cosas del fuego, porque la plata y el oro debían colocarse en el tesoro. Sin embargo, quienes inventan una pequeña excusa para cometer un pecado suelen endurecer tanto el corazón que cometen el siguiente sin ninguna excusa, porque el camino del pecado va cuesta abajo. Consideremos qué premio tan miserable persiguió Acán a tan grande riesgo y cuán terriblemente perdió al final (Mateo 16:26).
Acán también confiesa la manera en que las tomó. El pecado comenzó en los ojos. Vio aquellas cosas hermosas, tal como Eva vio el fruto prohibido, y se sintió fuertemente atraído por ellas. Esto muestra lo que sucede cuando el corazón sigue a los ojos. Necesitamos hacer un pacto con nuestros ojos, de modo que, si se desvían, ciertamente nos duela haberlo permitido. No debemos mirar con deseo el vino cuando está rojo ni a una mujer cuando es atractiva. Hay que protegerse del primer impulso de la tentación para no tener que cortarlo después (Mateo 5:28-29).
Luego el pecado pasó al corazón. Acán dice: «Las codicié». Allí se concibió el deseo pecaminoso y dio a luz el pecado. Quien quiera evitar las acciones pecaminosas debe controlar primero los deseos pecaminosos, especialmente el deseo de dinero, que comúnmente llamamos avaricia. ¡Cuánto mal produce el amor al dinero, raíz de tantos problemas! Si Acán hubiera mirado aquellas cosas con fe, habría visto que estaban destinadas a la destrucción y les habría tenido temor. Pero las miró solo con sus ojos naturales, vio cosas hermosas y las deseó. No fue la mirada lo que lo arruinó, sino la codicia.
Después de hacerlo, se esforzó por ocultarlo. Tras tomar los bienes prohibidos, los enterró en la tierra, con la esperanza de conservarlos y no tener que restituirlos jamás. De esta manera, Acán expone todo el asunto, y queda demostrado que la sentencia de Dios contra él es justa. Observemos cuán engañoso es el pecado. Lo que parece agradable al cometerlo se vuelve amargo al recordarlo. Al final, muerde como una serpiente. También vemos qué sucede con las riquezas robadas y cómo quienes le roban a Dios terminan siendo engañados. «Se tragará las riquezas, pero las vomitará» (Job 20:15).
Dios ya había declarado culpable a Acán mediante la suerte, y Acán se había declarado culpable mediante su propia confesión. Pero Josué no quería dejar lugar a queja alguna de parte de ningún israelita descontento, así que hizo que el asunto se comprobara otra vez al registrar la tienda de Acán. Allí encontraron los bienes robados, tal como Acán había confesado. Se destaca especialmente la rapidez con que los mensajeros corrieron a la tienda (Josué 7:22). Esto demostró tanto su disposición a obedecer a Josué como su deseo de limpiar el campamento de aquello que estaba bajo maldición, para que pudieran recuperar el favor de Dios. Quienes sienten la ira de Dios no deben tardar en apartar el pecado. Las demoras son peligrosas, y no hay tiempo para tomar el asunto a la ligera.
Cuando sacaron los bienes robados, los colocaron delante del Señor (Josué 7:23). Así todo Israel pudo ver cuán clara era la evidencia contra Acán. También esto los llevó a honrar la seriedad del juicio de Dios, tanto al castigar incluso el robo de aquellas cosas como al defender su derecho sobre lo que le había sido consagrado. Fue una advertencia para que temieran hacer lo mismo. Al poner los bienes delante del Señor, reconocieron que le pertenecían a él y esperaron su dirección acerca de lo que debía hacerse con ellos. Quienes creen que pueden engañar a Dios solo se engañan a sí mismos. Lo que le quitan, él lo recuperará (Oseas 2:9), y al final nadie podrá hacer que pierda nada.
Entonces Josué dicta sentencia sobre Acán (Josué 7:25): «¿Por qué nos has traído problemas?». Algunos lo interpretan así: «¡Cuánto nos has traído problemas!». Con esas palabras, Josué recuerda la advertencia dada cuando se ordenó a Israel no tocar lo consagrado al exterminio: «De lo contrario, harán que el campamento de Israel quede bajo maldición y le traerán problemas» (Josué 6:18). El pecado es algo muy problemático, no solo para quien lo comete, sino también para todos los que lo rodean. Un hombre codicioso como Acán trae problemas a su propia casa (Proverbios 15:27) y a todos los grupos a los que pertenece. Josué le dice: «Ahora el Señor te traerá problemas». Acán fue tratado con tanta severidad no solo porque le robó a Dios, sino porque trajo problemas a Israel. Era como si sobre él llevara escrito: «Acán, el que trae problemas a Israel», como sucedió con Acab (1 Reyes 18:18). Esa fue su sentencia: Dios te traerá problemas. El Dios justo ciertamente devolverá aflicción a quienes afligen a su pueblo (2 Tesalonicenses 1:6). Quienes causan problemas terminarán sufriendo las consecuencias.
Algunos maestros judíos dicen que, como el texto afirma que sus problemas durarían «hasta el día de hoy», Acán no sería afligido en el mundo venidero. Piensan que su cuerpo fue destruido para que su espíritu pudiera ser salvo; de ser así, el castigo habría sido menos severo de lo que parecía. Tanto en su pecado como en su castigo hay un claro juego de palabras con su nombre, Acán o Acar, que significa «problema» (1 Crónicas 2:7). Su nombre le quedó demasiado bien.
No podía permitirse ninguna demora en su ejecución. Una parte enferma del cuerpo debe cortarse de inmediato.
Cuando se demostró que Acán estaba destinado a la destrucción y que era quien había traído problemas al campamento, podemos imaginar a todo el pueblo clamando contra él: «¡Fuera con él! ¡Apedréenlo!». Este juicio tuvo varios aspectos.
Primero estaba el lugar de la ejecución. Lo llevaron fuera del campamento, mostrando así que alejaban de en medio de ellos a aquella persona malvada (1 Corintios 5:13). Cuando nuestro Señor Jesús fue hecho maldición por nosotros, para que pudiéramos tener paz por medio de su sufrimiento, padeció como alguien maldito fuera de la puerta, llevando nuestra vergüenza (Hebreos 13:12-13). La ejecución se realizó a cierta distancia para que el campamento, que ya había sido afectado por el pecado de Acán, no fuera contaminado por su muerte.
En segundo lugar estaban las personas que llevaron a cabo el castigo. Fue un acto de todo Israel (Josué 7:24-25). Todos observaron, para que pudieran ver y temer. Los castigos públicos sirven como advertencias públicas. Más aún, todos estuvieron de acuerdo con su muerte, y cuantos pudieron participaron en ella. Así mostraron cuánto aborrecían su acto sacrílego y cuánto temían la ira de Dios contra ellos.
En tercer lugar estaban quienes sufrieron con él. No pereció solo en su pecado (Josué 22:20). Los bienes robados fueron destruidos junto con él. La vestidura fue quemada, como debía hacerse con los demás objetos de Jericó, y la plata y el oro fueron arruinados, derretidos, perdidos y enterrados bajo las piedras junto con el resto de sus bienes, para que nunca pudieran usarse para otra cosa. Esto muestra que las riquezas obtenidas por medio del robo, especialmente cuando se obtienen robándole a Dios, no benefician a nadie. Con frecuencia terminan arruinando también el resto de lo que una persona posee.
Todos sus demás bienes fueron destruidos también, no solo su tienda y sus pertenencias, sino además sus bueyes, asnos y ovejas. El punto es claro: los bienes obtenidos por medios perversos no solo dejan de ayudar; pueden arruinar todo lo demás que una persona tiene. Una fábula cuenta que un águila robó carne del altar y llevó de regreso una brasa encendida que quemó su nido (Habacuc 2:9-10; Zacarías 5:3-4). Quienes se apoderan de más de lo que les pertenece a menudo terminan perdiendo lo que ya tenían.
Sus hijos y sus hijas también fueron ejecutados con él. Algunos piensan que solo los llevaron para que presenciaran el castigo de su padre (Josué 7:24), pero la mayoría concluye que murieron junto con él, ya que Josué 7:25 dice que los quemaron después de apedrearlos. Dios había establecido que los jueces no debían dar muerte a los hijos por los pecados de sus padres, pero esa regla no lo limitaba a él. En este caso, ya había ordenado que el culpable y todo lo que poseía fueran quemados (Josué 7:15). Es posible que sus hijos e hijas ayudaran en el crimen o, al menos, contribuyeran a ocultarlo. Tal vez sabían lo que estaba escondido en la tienda y guardaron silencio. Si compartieron de alguna manera la culpa, aunque fuera en parte, entonces el castigo fue justo. De ese modo Dios fue honrado y el juicio adquirió aún mayor gravedad.
El castigo consistió en que Acán fue apedreado y luego su cuerpo muerto fue quemado como algo maldito, sin dejar ningún resto. Algunos piensan que fue apedreado por haber quebrantado el día de descanso, suponiendo que el sacrilegio ocurrió en sábado. La participación de todo el pueblo en esta ejecución enseña cuán importante es para una nación que cada persona haga lo que pueda, desde su propia posición, para detener el mal y la irreverencia y para mejorar la conducta pública. El pecado trae vergüenza sobre cualquier pueblo; por eso, todo verdadero israelita debía estar dispuesto a lanzar una piedra contra él.
Por medio de esto, la intensa ira de Dios se apartó (Josué 7:26). Quitar el pecado mediante un arrepentimiento verdadero y un cambio de conducta no solo es lo correcto; también es la manera más segura y eficaz de recuperar el favor de Dios. Si se elimina la causa, el efecto se detendrá.
También se conservó un registro de la condena y ejecución de Acán como advertencia para las generaciones posteriores. Se levantó un montón de piedras en el lugar donde fue ejecutado, y quizá todos los miembros de la comunidad arrojaron una piedra como señal de su rechazo al crimen. Se le dio un nuevo nombre al lugar: el valle de Acor, que significa «problema». Esto se convirtió en una deshonra permanente para el nombre de Acán y en una advertencia duradera para que nadie tomara lo que pertenece a Dios.
La severidad con que se trató a Acán confirmó la autoridad de Josué, que todavía era reciente y apenas comenzaba a consolidarse. Además, al entrar Israel en la tierra prometida de Canaán, el pueblo recibió de inmediato el recordatorio de que debía respetar las condiciones y los límites de la concesión por la cual poseía esa tierra. Se dice que el valle de Acor llegaría a ser una puerta de esperanza, porque cuando se aparta lo maldito, la esperanza vuelve a surgir en Israel (Oseas 2:15; Esdras 10:2).
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De este capítulo
Josué 7:1
"Pero los hijos de Israel actuaron con infidelidad respecto de lo destinado a la destrucción, porque Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó de lo destinado a la destrucción. Entonces la ira del SEÑOR se encendió contra los hijos de Israel."
Josué 7:2
"Josué envió hombres desde Jericó hasta Hai, que está junto a Bet-avén, al oriente de Betel, y les dijo: Suban y reconozcan el territorio. Los hombres subieron y reconocieron Hai."
Josué 7:3
"Luego regresaron a Josué y le dijeron: Que no suba todo el pueblo. Que suban unos dos mil o tres mil hombres y ataquen Hai. No hagas que todo el pueblo se fatigue yendo allá, porque ellos son pocos."
Josué 7:4
"Así que subieron allá unos tres mil hombres del pueblo, pero huyeron ante los hombres de Hai."
Josué 7:5
"Los hombres de Hai mataron a unos treinta y seis de ellos, pues los persiguieron desde la puerta hasta Sebarim y los atacaron en la bajada. Por eso el corazón del pueblo se derritió y se volvió como agua."
Josué 7:6
"Entonces Josué rasgó sus ropas y cayó rostro en tierra delante del arca del SEÑOR hasta el atardecer, él y los ancianos de Israel, y echaron polvo sobre sus cabezas."
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