Versículo destacado
Josué 7:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Josué rasgó sus ropas y cayó rostro en tierra delante del arca del SEÑOR hasta el atardecer, él y los ancianos de Israel, y echaron polvo sobre sus cabezas. "
Josué 7:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Así que subieron allá unos tres mil hombres del pueblo, pero huyeron ante los hombres de Hai.
5 Los hombres de Hai mataron a unos treinta y seis de ellos, pues los persiguieron desde la puerta hasta Sebarim y los atacaron en la bajada. Por eso el corazón del pueblo se derritió y se volvió como agua.
6 Entonces Josué rasgó sus ropas y cayó rostro en tierra delante del arca del SEÑOR hasta el atardecer, él y los ancianos de Israel, y echaron polvo sobre sus cabezas.
7 Josué dijo: ¡Ay, Señor DIOS! ¿Por qué hiciste cruzar el Jordán a este pueblo, solo para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos? ¡Ojalá nos hubiéramos conformado con quedarnos al otro lado del Jordán!
8 ¡Oh, Señor! ¿Qué diré cuando Israel vuelva las espaldas ante sus enemigos?
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Aquí vemos cuán profundamente afligió a Josué este triste acontecimiento. Como líder público, le dolía esta derrota nacional más que a cualquier otra persona, y les daba un buen ejemplo a los príncipes y a los grandes hombres. Les mostraba que debían tomar en serio las aflicciones de su pueblo. También apunta a Cristo, cuyo pueblo es precioso para él (Salmos 72:14).
Observemos primero cómo se lamentó Josué. Rasgó sus ropas (Josué 7:6), mostrando un profundo dolor por aquel desastre público y, sobre todo, temor al desagrado de Dios, pues sabía que eso lo había causado. Si todo hubiera sido simplemente una consecuencia normal de la guerra, como suelen decir las personas, no habría sido apropiado que un comandante se desplomara de esa manera. Pero cuando Dios estaba enojado, Josué hizo bien y honró a Dios al tomarlo tan en serio. Incluso uno de los soldados más valientes de todos los tiempos dijo que su cuerpo temblaba de temor ante Dios (Salmos 119:120).
Josué se humilló bajo la poderosa mano de Dios y cayó rostro en tierra. No consideró indigno postrarse delante del gran Dios. Mantuvo la mirada hacia el arca del SEÑOR como señal de reverencia. Los ancianos de Israel, preocupados por lo mismo y conmovidos por su ejemplo, también se postraron con él. Echaron polvo sobre sus cabezas, no solo como personas en duelo, sino también como pecadores arrepentidos. Sabían que Dios estaba tratando con ellos por algún pecado, aunque no sabían cuál era. Por eso se humillaron y le pidieron que detuviera su ira. Permanecieron así hasta el anochecer, demostrando que no se trataba de una emoción pasajera, sino de una profunda conciencia del peligro que enfrentarían si Dios se apartaba de ellos.
Josué no arremetió contra los espías por su informe equivocado ni contra los soldados por su temor, aunque quizá ambos grupos tenían alguna culpa. Sus ojos estaban puestos en Dios. Si había problemas en el campamento, sabía que Dios los había permitido. Lo que más le pesaba era que Dios parecía estar disgustado.
Observemos después cómo oró Josué, o más bien, cómo le suplicó a Dios. Habló con humildad acerca de lo ocurrido, no con amargura ni terquedad, como David cuando el SEÑOR hirió de muerte a Uza, sino con profunda angustia. Su espíritu estaba quebrantado, pero no tanto como para impedirle orar. Al llevar sinceramente su dolor delante de Dios, evitó que su corazón se desmoronara, y eso tuvo un buen resultado.
Primero, deseó que se hubieran quedado al otro lado del Jordán, en la tierra de las dos tribus y media (Josué 7:7). Pensaba que habría sido mejor permanecer allí y morir de manera prematura que llegar hasta ese lugar para ser destruidos. Esto suena demasiado a descontento y desconfianza, y no puede justificarse. Sin embargo, su conmoción y su dolor, como alguien profundamente preocupado por toda la nación, ayudan a explicarlo en parte. Sus palabras: «¿Por qué nos hiciste cruzar el Jordán para destruirnos?» se parecen mucho a las quejas de los israelitas murmuradores de tiempos anteriores (Éxodo 14:11-12; Éxodo 16:3; Éxodo 17:3; Números 14:2-3). Aun así, Dios, que examina el corazón, sabía que Josué hablaba movido por un espíritu diferente, y por eso no trató severamente con él por ese error.
Si Josué hubiera recordado que aquel problema probablemente se debía a algún pecado dentro del pueblo y que todavía podía corregirse, como había sucedido muchas veces en los días de Moisés, no habría hablado como si ya hubieran sido entregados a los amorreos para ser destruidos. Dios entiende lo que hace, aun cuando nosotros no lo entendemos. Con todo, podemos estar seguros de esto: él nunca nos hace ninguna injusticia.
Segundo, Josué habló como alguien que no sabía qué significaba aquel acontecimiento (Josué 7:8). En esencia preguntó: «¿Qué puedo decir? ¿Cómo puedo explicar esto, cuando Israel, tu propio pueblo, por el cual has hecho cosas tan grandes y al que prometiste esta tierra, vuelve la espalda delante de sus enemigos?». La expresión se refiere al cuello: habían huido. No solo escaparon, sino que cayeron ante sus enemigos y se convirtieron en su presa. Josué se preguntaba qué pensaría la gente del poder de Dios. ¿Se había debilitado el brazo del SEÑOR? ¿Qué pensarían de su promesa? ¿Era confiable su palabra o no? ¿Qué pensarían de todo lo que ya había hecho por ellos? ¿Quedaría ahora todo deshecho y perdido?
Los caminos de Dios en su providencia, es decir, en su gobierno sabio de los acontecimientos, a menudo son difíciles de entender. Incluso las personas más sabias y piadosas no siempre saben qué decir acerca de ellos. Pero más adelante los entenderán (Juan 13:7).
Tercero, Josué suplicó teniendo presente el peligro de que Israel quedara arruinado. Dio por hecho lo peor: «Los cananeos nos rodearán y nos destruirán» (Josué 7:9). Pensaba que dirían que la protección de Israel se había apartado, que el equilibrio de poder se había vuelto en su contra y que pronto serían tan débiles y despreciados como antes habían sido temidos. Por eso temía que borraran el nombre de Israel de la tierra. Las personas buenas, cuando las cosas salen mal aunque sea por poco tiempo, con frecuencia temen lo peor y sacan conclusiones más graves de lo que deberían.
Aun así, Josué convirtió ese temor en una súplica: «SEÑOR, no permitas que sea destruido el nombre de Israel, que ha sido tan querido por ti y tan honrado delante del mundo».
Cuarto, suplicó por la vergüenza que recaería sobre Dios y por el deshonor que sufriría su gloria si Israel fuera destruido. Dice que ellos borrarían nuestro nombre, pero luego casi se corrige, como si dijera que perder su pequeño nombre sería poca cosa. Lo que realmente lo afligía era esto: «¿Qué harás por tu gran nombre?». Josué veía esto como la carga más grande de toda la calamidad. Temía que el desastre reflejara mal la sabiduría y el poder de Dios, así como su bondad y fidelidad. ¿Qué dirían los egipcios?
Nada entristece más a un corazón fiel que el deshonor causado al nombre de Dios. Josué insiste en esto como motivo para pedir alivio y para que Dios vuelva a mostrar su favor. Es la única palabra llena de esperanza en toda su oración. Termina dejando todo en manos del honor de Dios, como si dijera: «Padre, glorifica tu nombre».
El nombre de Dios es grande y está por encima de todo nombre. Pase lo que pase, debemos confiar en que él actuará para su propia gloria, y debemos pedirle que lo haga, para que su nombre no sea deshonrado. Eso debería importarnos más que cualquier otra cosa. Debemos mantener ese objetivo delante de nosotros como el fin de todos nuestros deseos y encontrar en él la base de toda nuestra esperanza. No podemos presentar una súplica mejor que esta: «SEÑOR, ¿qué harás por tu gran nombre?». Cuando Dios es glorificado en todo, podemos aceptar plenamente su voluntad.
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De este capítulo
Josué 7:1
"Pero los hijos de Israel actuaron con infidelidad respecto de lo destinado a la destrucción, porque Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó de lo destinado a la destrucción. Entonces la ira del SEÑOR se encendió contra los hijos de Israel."
Josué 7:2
"Josué envió hombres desde Jericó hasta Hai, que está junto a Bet-avén, al oriente de Betel, y les dijo: Suban y reconozcan el territorio. Los hombres subieron y reconocieron Hai."
Josué 7:3
"Luego regresaron a Josué y le dijeron: Que no suba todo el pueblo. Que suban unos dos mil o tres mil hombres y ataquen Hai. No hagas que todo el pueblo se fatigue yendo allá, porque ellos son pocos."
Josué 7:4
"Así que subieron allá unos tres mil hombres del pueblo, pero huyeron ante los hombres de Hai."
Josué 7:5
"Los hombres de Hai mataron a unos treinta y seis de ellos, pues los persiguieron desde la puerta hasta Sebarim y los atacaron en la bajada. Por eso el corazón del pueblo se derritió y se volvió como agua."
Josué 7:7
"Josué dijo: ¡Ay, Señor DIOS! ¿Por qué hiciste cruzar el Jordán a este pueblo, solo para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos? ¡Ojalá nos hubiéramos conformado con quedarnos al otro lado del Jordán!"
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