Versículo destacado

Josué 7:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces el SEÑOR dijo a Josué: Levántate. ¿Por qué estás así tendido sobre tu rostro? "

Josué 7:10

menu_book El versículo en contexto

8 ¡Oh, Señor! ¿Qué diré cuando Israel vuelva las espaldas ante sus enemigos?

9 Porque los cananeos y todos los habitantes de la tierra se enterarán, nos rodearán y borrarán nuestro nombre de la tierra. ¿Y qué harás por tu gran nombre?

10 Entonces el SEÑOR dijo a Josué: Levántate. ¿Por qué estás así tendido sobre tu rostro?

11 Israel ha pecado; también han quebrantado mi pacto, el cual les ordené guardar. Incluso han tomado de lo destinado a la destrucción; también han robado y han disimulado, y hasta lo han puesto entre sus propias pertenencias.

12 Por eso los hijos de Israel no pudieron mantenerse firmes ante sus enemigos, sino que volvieron las espaldas ante ellos, porque quedaron destinados a la destrucción. Ya no estaré con ustedes, a menos que destruyan de entre ustedes lo destinado a la destrucción.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta es la respuesta de Dios a la oración de Josué. Podemos suponer que vino del SEÑOR por medio del oráculo que estaba sobre el arca, delante de la cual Josué había caído, como dice el versículo 6. Quienes desean conocer la voluntad de Dios deben acercarse a su palabra con un deseo sincero y esperar allí su dirección. Si las personas se encuentran bajo señales del desagrado de Dios, no deben quejarse de él, sino presentarle a él su queja. Entonces recibirán una respuesta apacible.

La respuesta llegó de inmediato, mientras Josué todavía estaba hablando, como en Isaías 65:24 y cuando Dios respondió a Daniel en Daniel 9:20. Primero, Dios anima a Josué en medio de su desánimo y temor por la condición de Israel: «Levántate. ¿Por qué estás así tendido sobre tu rostro?» (Josué 7:10). Josué había hecho bien en humillarse delante de Dios y lamentarse bajo su desagrado. Pero ahora Dios le dice que deje de permanecer en esa postura de dolor. Dios no se complace en el sufrimiento de las personas arrepentidas más tiempo del necesario para llevarlas al perdón y la paz. Incluso el lamento tiene un momento apropiado para terminar. Josué había seguido de luto hasta la tarde, como se indica en Josué 7:6, tan tarde que ya no se podía hacer nada esa noche para encontrar al culpable. Daniel, en Daniel 9:21, y Esdras, en Esdras 9:5-6, permanecieron de luto solo hasta el sacrificio de la tarde, y eso los renovó a ambos. Josué había ido más allá de ese momento, por lo que se le ordena levantarse y no permanecer allí toda la noche.

Sin embargo, Moisés sí cayó delante del SEÑOR durante cuarenta días y cuarenta noches para interceder por Israel, como se relata en Deuteronomio 9:18. Josué debe levantarse porque tiene otro trabajo que hacer. Hay que encontrar y retirar lo que había sido consagrado a destrucción, y cuanto antes, mejor. Josué es quien debe actuar, así que ha llegado el momento de dejar el luto y asumir la tarea de juez. Debe vestirse de celo como quien se pone un manto. El llanto no debe impedir que una persona cumpla con su siguiente deber. Un deber de fe no debe desplazar a otro. Todo es hermoso en su momento apropiado. Es posible que Secanías haya tenido esto en mente cuando habló con Esdras en un caso parecido, como se relata en Esdras 10:2-4.

En segundo lugar, Dios le dice a Josué la verdadera y única razón de este desastre y por qué estaba contendiendo con Israel: «Israel ha pecado» (Josué 7:11). Josué no debe pensar que Dios ha cambiado de parecer, que su mano se ha acortado o que ha incumplido su promesa. No; el pecado, ese gran causante de problemas, ha detenido las bendiciones de Dios y ha provocado esta ruptura entre ellos. No se menciona el nombre del pecador, aunque sí se describe el pecado. Al principio se habla de él como un acto general de Israel, hasta que encuentren al responsable y se limpien de culpa, como en 2 Corintios 7:11.

Observemos cuán grave se presenta el pecado. Primero, habían quebrantado el pacto de Dios, un mandamiento explícito con una pena establecida. Todo el botín de Jericó debía pertenecer a Dios, mientras que Israel podía conservar el botín de las demás ciudades de Canaán. Al tomar lo que pertenecía a Dios, quebrantaron ese pacto. Segundo, tomaron algo de lo consagrado a destrucción, despreciando la maldición pronunciada contra cualquiera que se atreviera a apoderarse de lo que pertenecía a Dios. Fue como si esa maldición no significara nada. Tercero, lo robaron en secreto, como si pudieran ocultarlo de los ojos de Dios, que todo lo ve. Actuaron como si el SEÑOR no fuera a notar algo tan pequeño entre un botín tan grande. Así trataron a Dios como si fuera igual que ellos. Cuarto, mintieron al respecto. Después de lo ocurrido, Josué probablemente reunió a las tribus y preguntó si habían obedecido el mandato de Dios acerca del botín. Es probable que les hubiera ordenado que, si sabían de alguna violación, la confesaran. Sin embargo, Acán se unió a los demás en una declaración general de inocencia y guardó silencio. Fue como una mujer culpable de adulterio que come, se limpia la boca y dice: «No he hecho nada malo». Quinto, pusieron aquello que estaba bajo maldición entre sus propios bienes, como si tuvieran tanto derecho a ello como a cualquier otra cosa que poseían. No esperaban tener que rendir cuentas ni pensaban devolverlo.

Josué, aunque era sabio y vigilante, no sabía nada de esto hasta que Dios se lo reveló. Dios conoce todo el mal oculto del mundo, aun cuando quienes están cerca no sepan nada. Dios podría haberle dicho a Josué exactamente quién había hecho aquello, pero no lo hizo. En primer lugar, lo hizo para motivar a Josué y a Israel a buscar al culpable. En segundo lugar, lo hizo para darle al pecador tiempo de arrepentirse y confesar. Es probable que Josué anunciara de inmediato por todo el campamento que se había cometido semejante pecado. Si Acán se hubiera entregado, hubiera reconocido su culpa y hubiera detenido la investigación, ¿quién sabe si habría podido beneficiarse de la ley que permitía presentar una ofrenda por la culpa, junto con restitución, en el caso de quienes pecaban sin saberlo contra las cosas santas, como en Levítico 5:15-16? Pero Acán no se reveló hasta que la suerte cayó sobre él. Eso mostró la dureza de su corazón, y por eso no halló misericordia.

En tercer lugar, Dios despierta a Josué para que continúe con la investigación. Primero le dice que esa era la única razón del conflicto que Dios tenía con ellos, y que no había ninguna otra. Por eso, una vez retirado aquello que estaba bajo maldición, Josué no debía temer; todo volvería a estar bien. Una vez eliminado ese único obstáculo, sus victorias volverían a fluir con la misma fuerza de antes. Segundo, si no destruían aquello que estaba bajo maldición, no podían esperar que la presencia favorable de Dios regresara. En palabras sencillas: «Ya no estaré con ustedes como antes, a menos que destruyan lo que está bajo maldición»; es decir, a la persona que había quedado bajo maldición por medio del objeto maldito. Lo que está bajo maldición debe ser destruido. Quienes Dios pone en autoridad llevan la espada en vano si no hacen que sea un terror para el mal que trae tales juicios sobre una tierra. Mediante el arrepentimiento y el cambio personales, destruimos lo que está bajo maldición en nuestro propio corazón. Mientras no hagamos eso, nunca debemos esperar el favor del Dios bendito. Todos deben saber que el pecado es lo único que separa a las personas de Dios y que, si no se abandona mediante un arrepentimiento verdadero, las separará para siempre.

En cuarto lugar, Dios le dice a Josué cómo llevar a cabo la investigación y el castigo. Debe santificar al pueblo durante la noche; es decir, como se explica en el versículo 13, debe ordenarles que se santifiquen. ¿Qué más pueden hacer los gobernantes o los ministros con respecto a la santificación? Deben preparar al pueblo para presentarse delante de Dios y someterse a su mirada escrutadora. Ahora que Dios viene a examinarlos, ellos deben examinarse a sí mismos y prepararse para encontrarse con su Dios.

Se les había ordenado santificarse cuando estaban a punto de recibir la ley de Dios en Sinaí (Éxodo 19), y debían hacer lo mismo cuando estaban a punto de quedar bajo el juicio de Dios. En ambos casos, debían acercarse a Dios con la mayor reverencia. «Hay algo que está bajo maldición entre ustedes»; por eso, «santifíquense». En otras palabras, que cada persona inocente se declare libre de culpa y tenga aún más cuidado de mantenerse limpia.

El pecado de otros también puede ayudarnos a crecer en santidad. El pecado vergonzoso que había en la iglesia de Corinto produjo allí una buena reforma (2 Corintios 7:11). Josué también debía someter a todo el pueblo al examen mediante la suerte (Josué 7:14). Primero se identificaría la tribu del culpable, luego la familia, después la casa y finalmente la persona misma. Este juicio se llevaría a cabo por etapas para darle la oportunidad de adelantarse y confesar. Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen al arrepentimiento.

Observemos que se dice que el SEÑOR tomó la tribu, la familia y la casa sobre las cuales cayó la suerte. El resultado de echar suertes está bajo la dirección del SEÑOR, aun cuando parezca algo aleatorio. Su sabiduría y su justicia gobiernan sobre ello. Esto también muestra que, cuando los pecadores son descubiertos, debemos reconocer la intervención de Dios. Él es quien los arresta, y el arresto se hace en su nombre: «Dios ha descubierto la maldad de tus siervos» (Génesis 44:16).

Esto también muestra con cuánta certeza y justicia el Dios recto distinguirá entre el inocente y el culpable. Por un tiempo, ambos pueden parecer atrapados en el mismo juicio, como ocurrió con toda la tribu cuando al principio fue señalada por la suerte. Pero aquel que tiene en su mano el aventador separará sin falta lo precioso de lo inútil. Así que, aunque los justos pertenezcan a la misma tribu, familia y casa que los malvados, nunca serán tratados como los malvados (Génesis 18:25).

Cuando se encontró al culpable, debía ser condenado a muerte sin misericordia (Hebreos 10:28), y el castigo debía manifestar un odio santo contra el pecado (Josué 7:15). Él y todo lo que le pertenecía debían ser quemados con fuego, para que no quedara entre ellos nada de aquello que estaba bajo maldición. La razón de una sentencia tan severa era, en primer lugar, que había insultado profundamente a Dios al quebrantar el pacto del SEÑOR, quien protege especialmente el honor de su santo pacto. En segundo lugar, había causado un gran daño al pueblo de Dios. Había traído desgracia sobre Israel, había avergonzado a una nación conocida entre sus vecinos por su sabiduría y entendimiento, había contaminado a un pueblo apartado para Dios y había perturbado a un pueblo protegido por Dios.

Puesto que estos delitos eran tan graves y sus efectos y ejemplo eran tan perjudiciales, la ejecución, que de otro modo podría parecer cruel, era en realidad un acto de justicia necesaria. Se trataba de un sacrilegio, un crimen contra las cosas santas: tomar lo que pertenecía a Dios, usarlo para beneficio personal y tratar como propiedad privada lo que había sido entregado para la gloria de Dios y apartado para su santuario. Este castigo tenía el propósito de advertir a todas las personas, en toda época, que no debían robarle a Dios.

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