Versículo destacado
Job 15:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces respondió Elifaz el temanita y dijo: "
Job 15:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Entonces respondió Elifaz el temanita y dijo:
2 ¿Debe un hombre sabio expresar conocimiento vano y llenar su vientre con el viento del este?
3 ¿Debe razonar con palabras inútiles o con discursos con los que no puede hacer ningún bien?
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Elifaz ahora habla con mucha dureza contra Job porque Job no estuvo de acuerdo con él ni con sus amigos, y se negó a aceptar sin más su opinión. Las personas orgullosas suelen ofenderse cuando los demás no les permiten establecer las reglas y juzgar a todos a su alrededor. Se apresuran a llamar ignorantes, tercos o malvados a quienes simplemente se niegan a estar de acuerdo con todo lo que dicen.
Elifaz presenta varias acusaciones graves contra Job, únicamente porque Job no quiso admitir que era un hipócrita. Primero, dice que Job es necio y que habla tonterías (Job 15:2, 15:3). Job había sido conocido como un hombre sabio, pero Elifaz afirma que ahora ha perdido esa reputación. Dice que Job habla de manera tan descontrolada y fuera de lugar que cualquiera pensaría que su sabiduría lo ha abandonado. Bildad había dicho algo parecido antes (Job 8:2), y también Zofar (Job 11:2, 11:3). En los debates acalorados, las personas suelen tratar los argumentos de los demás como necios e inútiles, aunque no lo sean, y olvidan la advertencia de no llamar necio a un hermano.
Es verdad que en el mundo hay mucho conocimiento vacío: conocimiento del que la gente habla, pero que en realidad no produce ningún bien. Ese tipo de conocimiento suele enorgullecer a las personas porque alimenta su sentido de importancia. Y si alguien posee esa clase de conocimiento, debería guardárselo en vez de difundirlo. Las palabras que no ayudan son palabras pecaminosas. En el día del juicio daremos cuenta de las palabras inútiles, no solo de las palabras malvadas. Por eso, es mejor no decir las palabras que no hacen ningún bien a Dios, al prójimo ni a nosotros mismos. Las palabras vacías, especialmente las que causan daño y destrucción, tendrán consecuencias graves si seguimos llenándonos a nosotros mismos o a los demás con ellas.
Elifaz también acusa a Job de irreligiosidad, es decir, de no tener un verdadero respeto por Dios (Job 15:4). Dice, en esencia: «Estás rechazando el temor de Dios y dejando de orar». Aquí la religión se resume en dos cosas: temer a Dios y orarle. El temor de Dios es la actitud interior necesaria, y la oración es la práctica exterior necesaria. Cuando falta el temor de Dios, no se puede esperar nada bueno. Quienes viven sin orar viven como si Dios ni siquiera existiera en el mundo.
Dejar de orar es una prueba contundente de que una persona ha rechazado el temor de Dios. Esas personas no muestran reverencia por la grandeza de Dios, ni preocupación por su juicio, ni cuidado por su propia alma o por la eternidad. Las personas que no oran son personas sin temor y sin gracia. Cuando se rechaza el temor de Dios, el pecado entra apresuradamente y se abre la puerta a toda clase de maldad. Es especialmente triste cuando alguien que antes temía a Dios y oraba después abandona todo eso. Es una caída terrible. Su primer amor se ha perdido.
La expresión también comunica cierta resistencia deliberada. El temor de Dios permanecería con esas personas, pero ellas lo rechazan. La oración brotaría de ellas, pero la contienen. De ambas maneras, se resisten a sus propias convicciones. Una persona puede contener la oración al dejarla por completo o al hacerla demasiado breve, sin entregarse plenamente a ella. Así apaga el Espíritu de adopción, el Espíritu bondadoso que lleva a los creyentes a clamar a Dios como Padre. Es todavía peor impedir que otros oren, ya sea prohibiéndoles hacerlo o desanimándolos, como hizo Darío (Daniel 6:7).
Elifaz aplica esta acusación a Job de dos maneras. Tal vez quiere decir que esa era la práctica del propio Job. Pensaba que Job hablaba de Dios con tanta libertad como si fuera su igual, y que se quejaba tanto del trato que recibía de Dios y exigía con tanta insistencia una audiencia justa, que había abandonado todo respeto religioso por él. Esa acusación era completamente falsa, aunque en apariencia pudiera parecer tener algo de fundamento. Debemos cuidar no solo de mantener vivo en nuestra propia vida el temor de Dios y la oración, sino también de evitar palabras descuidadas que hagan que otros pongan en duda nuestra sinceridad.
O quizá Elifaz quiere decir que otros llegarían a esa conclusión a partir de las enseñanzas de Job. «Si Job tiene razón —pensaba él—, entonces la religión no sirve para nada. Entonces orar y temer a Dios no tiene sentido». Si a todos les suceden las mismas cosas y en esta vida las mejores personas pueden sufrir lo peor, muchos dirán: «No sirve de nada obedecer a Dios» (Malaquías 3:14). «De nada me sirvió mantener limpio mi corazón» (Salmo 73:13, 73:14). «¿Para qué ser honrado si los ladrones prosperan?» (Job 12:6). «Si Dios no perdona, ¿quién lo temerá?» (Job 7:21; Salmo 130:4). «Si Dios se ríe cuando se pone a prueba al inocente, y si es tan difícil acercarse a él, ¿quién le orará?» (Job 9:23, 9:32). Es una grave injusticia —una que incluso personas sabias y buenas pueden cometer en medio de una discusión acalorada— atribuirle a un oponente conclusiones que en realidad no se desprenden de sus palabras y que él mismo rechazaría.
A partir de esta interpretación forzada, Elifaz presenta una fuerte acusación contra la maldad de Job (Job 15:5). Dice que la propia boca de Job habla de su pecado y hasta lo enseña. En otras palabras, afirma que Job está enseñando a otros a tener pensamientos duros acerca de Dios y de la religión, los mismos pensamientos que él tiene. Es malo quebrantar incluso el mandamiento más pequeño, pero es peor enseñar a otros a hacer lo mismo (Mateo 5:19). Si alguna vez tenemos un pensamiento malvado, deberíamos taparnos la boca para detenerlo (Proverbios 30:32), y con mayor razón no deberíamos expresarlo en voz alta. Hablarlo equivale a aprobarlo y difundirlo, deshonrando a Dios y haciendo daño a los demás.
Cuando las personas rechazan el temor de Dios y dejan de orar, pronto su boca habla libremente del mal. Quienes dejan de hacer el bien pronto aprenden a hacer el mal. ¿Qué más podríamos esperar de quienes no se fortalecen con la gracia de Dios para resistir el pecado? Elifaz también dice que Job ha escogido «la lengua de los astutos», es decir, que habla de su pecado con una apariencia de piedad, mezclando palabras buenas con palabras malas. Es como un comerciante que mezcla algo agradable para ayudar a vender su mercancía. El pecado haría menos daño si no se disfrazara con palabras ingeniosas. La serpiente engañó a Eva mediante su astucia (Romanos 16:18). Las palabras astutas son planeadas y deliberadas; por eso las personas las eligen cuando creen que les servirán mejor que la honestidad. Pero al final, la sinceridad sencilla demuestra ser el mejor camino.
En su primer discurso, Elifaz había argumentado contra Job basándose únicamente en suposiciones (Job 4:6, 4:7). Ahora dice que tiene una prueba directa tomada de las propias palabras de Job (Job 15:6): «Tu propia boca te condena; no yo».
Pero Elifaz debió recordar que él y sus amigos habían llevado a Job a hablar de esa manera y luego se aprovecharon de sus palabras. Eso fue injusto. Con frecuencia, las personas quedan más fuertemente condenadas cuando sus propias palabras las ponen en evidencia (Tito 3:11; Lucas 19:22). Más de una persona ha quedado destruida por las mismas palabras que pronunció.
En tercer lugar, Elifaz acusa a Job de orgullo y de darse demasiada importancia. Job había hecho una petición justa y modesta al decir: «Permítanme también tener entendimiento» (Job 12:3). Pero sus amigos distorsionaron esas palabras y las convirtieron en una afirmación de que él era más sabio que todos los demás. Como Job no quiso concederles el monopolio de la sabiduría, ellos actuaron como si Job afirmara tener toda la sabiduría para sí mismo (Job 15:7-9).
Elifaz habla como si Job creyera tener más experiencia que el resto de la humanidad. «¿Fuiste tú el primer hombre que nació?», pregunta, como si Job fuera más antiguo que Adán y más sabio que todos los que vinieron después. «¿Naciste antes que las colinas?». El punto es que los planes de Dios son tan vastos y firmes como las montañas y las colinas eternas (Salmo 36:6), y Job no debería esperar que esos planes se ajustaran a sus propias opiniones. Job no era más sabio que los demás. Era simplemente «de ayer», como todos los seres humanos (Job 8:9).
O quizá Elifaz quiere decir que Job afirmaba tener un conocimiento más cercano de Dios que los demás. «¿Has escuchado el consejo secreto de Dios?», pregunta, como si Job se sentara en el consejo privado del cielo y pudiera explicar los caminos de Dios mejor que cualquier otra persona (Job 15:8). Pero hay cosas secretas que pertenecen únicamente a Dios, y no debemos pretender explicar lo que Dios no ha revelado. Hacerlo es una actitud atrevida e imprudente.
Elifaz también dice que Job actuaba como si la sabiduría le perteneciera solo a él y nadie más la tuviera. Job había dicho: «Lo que ustedes saben, yo también lo sé» (Job 13:2). Ahora sus amigos le devuelven esas palabras en medio de la discusión: «¿Qué sabes tú que nosotros no sepamos?». Respuestas así suelen surgir naturalmente en un debate, pero después parecen pequeñas y necias.
También lo acusa de oponerse a las costumbres antiguas y a la sabiduría de los ancianos. «Con nosotros están los hombres de cabello canoso y los ancianos», dice (Job 15:10), queriendo decir: «Los antepasados están de nuestro lado». La gente suele usar la antigüedad, es decir, la autoridad de lo antiguo, para respaldar su posición. Pero eso es fácil de afirmar y difícil de demostrar; y aun cuando fuera cierto, no determina por sí solo lo que es verdadero. David valoraba la palabra de Dios por encima de la edad y la tradición, pues dijo: «Tengo más entendimiento que los ancianos, porque obedezco tus mandamientos» (Salmo 119:100). Algunos de los amigos de Job quizá realmente eran mayores que él (Job 32:6), pero la edad por sí sola no hace que una persona tenga la razón. Los más ancianos no siempre son los más sabios (Job 32:9).
Cuarto, Elifaz dice que Job despreciaba el consuelo que sus amigos le ofrecían (Job 15:11). Le pregunta: «¿Son poca cosa para ti las consolaciones de Dios?». Le ofendía que Job no valorara más sus discursos ni recibiera cada palabra como si fuera importante y verdadera. Es cierto que dijeron algunas cosas buenas, pero cuando las aplicaron a Job, se convirtieron en unos consoladores miserables.
Elifaz también interpreta la reacción de Job como si estuviera rechazando los consuelos de Dios mismo. Sin embargo, si Job no hubiera valorado esos consuelos, no habría podido mantenerse firme en medio de su sufrimiento. Los consuelos que vienen de Dios no son poca cosa. Son grandes, especialmente el consuelo que se encuentra en Dios mismo. Por eso es triste cuando esos consuelos nos parecen insignificantes. Eso demuestra falta de respeto hacia Dios y un corazón que se ha vuelto insensible al gozo espiritual.
Luego Elifaz pregunta si Job tiene dentro de sí algo oculto, alguna fuente privada de fortaleza que nadie más conoce. O quizá quiere decir que Job está escondiendo algún pecado secreto que impide que reciba el consuelo de Dios. Según su perspectiva, solo quienes aman en secreto al mundo y a los deseos de la carne pueden tomar a la ligera el consuelo divino.
Quinto, Elifaz dice que Job está resistiéndose a Dios y a la religión misma (Job 15:12, Job 15:13). «¿Por qué te dejas llevar por tu corazón?», pregunta. Cada persona es tentada cuando sus propios deseos la atraen y la seducen (Santiago 1:14). Cuando nos apartamos de Dios o actuamos mal, es nuestro propio corazón el que nos desvía. Si alguien desprecia a Dios, tendrá que cargar con las consecuencias. Elifaz afirma que hay una fuerza desenfrenada en los movimientos del alma, y que un corazón corrompido puede arrastrar a la persona, casi por la fuerza, en contra de sus propias convicciones.
«¿Por qué tus ojos parpadean?», pregunta, con el sentido de: «¿Por qué eres tan descuidado con lo que se te está diciendo? ¿Por qué actúas como si estuvieras medio dormido? ¿Por qué desprecias nuestras palabras, como si fueras demasiado importante para prestarles atención?». Elifaz toma las palabras de Job como un insulto contra Dios mismo. Ya es malo que el corazón se aparte de Dios, pero es peor cuando se vuelve contra él.
Según Elifaz, esto se manifiesta en las palabras que Job deja salir de su boca, palabras que parecen cuestionar la justicia y la bondad de Dios. Los malvados «ponen su boca contra los cielos» (Salmo 73:9), y esa es una señal segura de que su espíritu está en contra de Dios. Elifaz pensaba que el espíritu de Job se había vuelto amargado contra Dios y que esa amargura se manifestaba en sus discursos. Le faltaron la compasión y la imparcialidad que debió mostrar hacia un hombre cuya devoción era conocida, especialmente mientras Job soportaba una presión tan grande. En efecto, Elifaz estaba poniéndose del lado de Satanás, como si Job hubiera hecho precisamente lo que Satanás había afirmado que haría: maldecir a Dios en su propia presencia.
Acusa a Job de llevar tan lejos su defensa personal que parece negar la corrupción que todos los seres humanos compartimos (Job 15:14). «¿Qué es el hombre para que sea limpio?». En otras palabras, ¿cómo puede alguien afirmar que es puro, o siquiera esperar serlo? «¿Y qué puede hacer justo al que nace de mujer?». Aquí Elifaz quiere decir que nadie que haya nacido dentro de la humanidad caída puede afirmar que posee una justicia sin pecado.
Aquí aparecen tres verdades. Primero, la justicia significa estar limpio delante de Dios. Nos hace aceptables ante él y trae paz a nuestra propia conciencia (Salmo 18:24). Segundo, el ser humano caído no puede afirmar que es limpio y justo delante de Dios, ni declararse inocente ante la justicia divina ni ganarse el favor de Dios. Tercero, puesto que nace de mujer, proviene de una naturaleza corrompida, y esa corrupción es tanto su culpa como su mancha.
Elifaz usa estas verdades tan claras para tratar de convencer a Job, pero Job ya había dicho lo mismo acerca de la debilidad humana (Job 14:4): «¿Quién puede sacar algo limpio de lo impuro?». Sin embargo, esto no demuestra que Job fuera un hipócrita o un hombre malvado, como tampoco demuestra la acusación que él estaba rechazando. De ninguna manera. Aunque el ser humano, por haber nacido de mujer, no es limpio, puede ser limpiado al nacer de nuevo por el Espíritu.
Elifaz continúa apoyando su argumento al decir que aun las criaturas más brillantes son imperfectas e impuras delante de Dios (Job 15:15). Dios no deposita su confianza en los santos ni en los ángeles. Se vale de ellos, pero no depende de ellos, porque necesitan recibir de él nuevas fuerzas y sabiduría para cada servicio. Dios sabe que no son suficientes por sí mismos, y que solo su gracia los hace aptos para servir. Ni siquiera los cielos lo satisfacen por completo. Por puros que nos parezcan, ante sus ojos todavía tienen muchas imperfecciones: «Los cielos no son limpios delante de sus ojos». Si las estrellas no tienen luz ante el sol, ¿qué luz puede tener el sol mismo ante Dios? (Isaías 24:23).
Si esto es cierto respecto de las cosas creadas más brillantes, lo es aún más respecto del ser humano (Job 15:16). «¡Cuánto menos el hombre, que es abominable y corrupto!». Si ni siquiera los santos son plenamente confiables, mucho menos lo son los pecadores. Si los cielos no son puros, aunque Dios los creó, entonces el ser humano lo es todavía menos, porque ha caído de su estado original. Ante los ojos de Dios es corrupto e impuro, y cuando una persona se arrepiente de verdad, ve esa misma corrupción en sí misma y la aborrece.
El pecado es algo detestable, y también hace detestables a las personas. Toda la realidad del pecado es inmunda; por eso la Escritura lo compara con un cadáver, algo impuro y repulsivo. Resulta repugnante ver a alguien comer alimento destinado a los cerdos o beber algo sucio y asqueroso. Pero así es el pecado humano. Las personas beben la maldad, eso que el Señor aborrece, con el mismo entusiasmo con que un sediento bebe agua. Esa es su bebida diaria. El pecado les parece natural a los pecadores. Complace la vieja naturaleza pecaminosa, pero no la satisface. Es como el agua para alguien que padece una enfermedad que le causa hinchazón: cuanto más bebe, más quiere beber. Cuanto más pecan las personas, más desean pecar.
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De este capítulo
Job 15:2
"¿Debe un hombre sabio expresar conocimiento vano y llenar su vientre con el viento del este?"
Job 15:3
"¿Debe razonar con palabras inútiles o con discursos con los que no puede hacer ningún bien?"
Job 15:4
"Ciertamente, tú desechas el temor y restringes la oración delante de Dios."
Job 15:5
"Porque tu boca expresa tu iniquidad, y tú escoges la lengua de los astutos."
Job 15:6
"Tu propia boca te condena, y no yo; ciertamente, tus propios labios testifican contra ti."
Job 15:7
"¿Eres tú el primer hombre que nació? ¿O fuiste formado antes que las colinas?"
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