Versículo destacado
Jeremías 14:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" La palabra del SEÑOR que vino a Jeremías acerca de la sequía. "
Jeremías 14:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 La palabra del SEÑOR que vino a Jeremías acerca de la sequía.
2 Judá está de duelo, y sus puertas languidecen; están ennegrecidas hasta el suelo, y el clamor de Jerusalén ha subido.
3 Sus nobles enviaron a sus pequeños a buscar agua. Ellos llegaron a las cisternas, pero no encontraron agua; regresaron con sus vasijas vacías. Quedaron avergonzados y confundidos, y se cubrieron la cabeza.
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El primer versículo sirve como encabezado de todo el capítulo. Es cierto que el tema principal del capítulo es la sequía, pero gran parte también trata de la oración del profeta acerca de esa sequía. Aun así, estas oraciones se llaman correctamente «la palabra del SEÑOR que vino a él» acerca de ella, porque toda oración que Dios acepta es una oración que primero pone en nuestro corazón. Nada de lo que verdaderamente le decimos es originado completamente por nosotros; antes tiene que venir de él.
Estos versículos muestran, primero, la voz de la naturaleza lamentando la calamidad. Cuando el cielo era como bronce y no daba rocío, la tierra era como hierro y no producía cosechas. Entonces el dolor y la confusión se extendieron por todas partes. Todo el pueblo de la tierra estaba de luto. Si las vides y las higueras son destruidas, se acaba toda alegría, como en Oseas 2:11-12. Su alegría desapareció junto con la cosecha, el grano y el vino de los que dependían. Judá estaba de luto (Jeremías 14:2), no por el pecado, sino por la dificultad; no por la ira de Dios, sino por la falta de lluvia.
Las puertas de la ciudad, es decir, todos los que entraban y salían por ellas, se debilitaron y palidecieron. No tenían alimento para sostener la vida y temían que todavía vinieran problemas peores. Las puertas que antes veían entrar el grano a la ciudad ahora parecían tristes, porque la gente salía por ellas para buscar pan en otra parte. Hasta los que se sentaban junto a las puertas desfallecían. Estaban oscurecidos por el dolor y el hambre, como los pobres mendigos descritos en Lamentaciones 4:8 y como el caballo negro del hambre en Apocalipsis 6:5. Caían al suelo por su debilidad y ya no podían caminar por las calles. El clamor de Jerusalén se levantaba. Esto puede referirse a los habitantes de la ciudad, porque la ciudad depende de los campos que la rodean, o a personas de todo el país que se habían reunido allí para orar por lluvia. Pero también pudo haber sido un clamor de angustia mezclado con un clamor de oración.
Los hombres importantes de la tierra también sintieron este juicio (Jeremías 14:3). Los nobles enviaron a sus siervos o asistentes a buscar agua, porque ya no podían mantener a todo el personal de sus casas y porque incluso sus hijos quizá tendrían que aprender a trabajar en un tiempo de necesidad. En una época de angustia parecida vemos a Acab y a Abdías —el rey y el funcionario principal de su casa— buscando agua ellos mismos (1 Reyes 18:5-6). Sin embargo, lo más probable es que estos nobles enviaran a sus siervos de menor rango a buscar agua, porque nadie puede vivir sin ella. Pero ellos regresaron con sus cántaros vacíos. Los manantiales se habían secado porque no había lluvia que los alimentara, y entonces los amos que los habían enviado regresaron avergonzados y consternados.
No se avergonzaban de sus pecados ni se humillaban ante las advertencias de Dios. Pensaban que su riqueza y su posición social los colocaban por encima del arrepentimiento. Pero Dios encontró la manera de avergonzarlos precisamente por aquello en lo que habían confiado con orgullo. Aprendieron que ni la riqueza ni la posición podían comprarles una sola gota de agua para refrescar su lengua. Leer esto debería hacernos agradecer el regalo del agua, para que no tengamos que aprender su valor únicamente al perderla. Lo que más necesitamos suele ser aquello que Dios nos da con mayor generosidad.
Los agricultores sintieron el problema de manera más aguda e inmediata (Jeremías 14:4). Los labradores estaban avergonzados porque la tierra estaba tan dura y seca que no permitía que el arado entrara, aunque se había agrietado tanto que parecía lista para ser arada. Les daba vergüenza quedarse sin hacer nada, porque no podían hacer nada ni tenían esperanza de lograrlo. La persona perezosa que no quiere arar porque hace frío no se avergüenza de su propia necedad. Pero el agricultor trabajador que no puede arar debido al calor sí se avergüenza de su sufrimiento. Esto muestra cuán directamente dependen los agricultores del cuidado de Dios. Siempre deben mirar hacia él, porque no pueden arar ni sembrar con esperanza a menos que él riegue los surcos (Salmo 65:10).
Hasta los animales salvajes se encontraban en una situación lamentable (Jeremías 14:5-6). El pecado humano trae juicios sobre la tierra que hacen gemir incluso a las criaturas inferiores. El profeta menciona esto como una razón para que Dios muestre misericordia. Judá y Jerusalén han pecado, pero ¿qué han hecho las ciervas, esos animales semejantes a venados, y los asnos monteses? Las ciervas son criaturas dóciles y hermosas, y cuidan mucho de sus crías. Sin embargo, durante esta terrible hambruna hacen algo contrario a su naturaleza: dejan a sus cervatillos recién nacidos y salen a buscar pasto en otro lugar. Si no encuentran nada, los abandonan porque no pueden alimentarlos. Lo triste no es solamente que la cierva no tenga pasto para sí misma, sino que no tenga nada para sus crías. Esto debería avergonzar a quienes gastan en sus propios deseos lo que deberían guardar para sus familias.
En Job 39:3 se dice que la cierva «da a luz con dolor», pero aun así sigue cuidando de sus crías. Pronto ve el buen resultado de su esfuerzo, porque sus pequeños crecen y dependen menos de ella. Aquí, en cambio, el gran problema es que no tiene absolutamente nada que darles. Hasta los asnos monteses merecen compasión, aunque normalmente la gente no sienta mucha preocupación por ellos. Su hogar habitual es el desierto árido (Job 39:5-6), pero ahora incluso ese lugar es demasiado caluroso para ellos. Suben a los lugares más altos que pueden encontrar, donde el aire es más fresco, y jadean como criaturas que luchan por respirar bajo el calor. Sus ojos se nublan y sus fuerzas se agotan porque no hay pasto que los sostenga. El asno domesticado, que sirve a su dueño, tiene un pesebre del cual alimentarse y recibe cuidado por su trabajo (Isaías 1:3). Pero el asno montés, que no se somete a un conductor, tiene que vivir del aire y recibe lo que corresponde a su negativa a servir. «Si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma».
Segundo, está la voz de la gracia, que se duele por el pecado y lleva el problema ante Dios. El pueblo no está dispuesto a orar, pero el profeta ora por ellos. Al hacerlo, los impulsa a orar por sí mismos y les da palabras que pueden usar con la esperanza de ser escuchados (Jeremías 14:7-9). En esta oración, el pecado se confiesa con honestidad. Cuando oramos para que Dios quite o evite algún juicio, siempre debemos admitir que nuestros pecados testifican contra nosotros. Nuestros pecados hablan como testigos en nuestra contra. Las personas verdaderamente arrepentidas los ven así, porque son claros e innegables. Testifican contra nosotros al producir convicción, lo que conduce a la vergüenza y la confusión presentes, y más adelante al juicio.
Sus pecados silencian toda súplica que pudieran presentar en su propia defensa. En vez de defenderlos, sus propias maldades se levantan y hablan contra ellos. Si presumen de su bondad y confían en su propia justicia, sus pecados demuestran que están equivocados y ponen en evidencia su terquedad y maldad.
Si se quejan de que Dios los trata injusta o duramente en medio de su sufrimiento, sus pecados todavía hablan contra ellos. Su infidelidad es grande y sus rebeliones son muchas. Han pecado contra Dios demasiadas veces para ocultarlo y demasiado profundamente para excusarlo.
Entonces ruegan misericordia con una humildad sincera: «Aunque nuestros pecados testifican contra nosotros y parecen impedir la ayuda que necesitamos, actúa de todos modos». No especifican exactamente qué quieren que Dios haga. Como penitentes humildes y necesitados, dejan el asunto en sus manos, como el pueblo de Jefté cuando dijo: «Haz con nosotros lo que te parezca mejor» (Jueces 10:15). No dicen: «Hazlo de esta manera» ni «Hazlo ahora», sino: «Hazlo por amor de tu nombre».
Esta es una oración poderosa. Nuestros mejores argumentos al orar son los que se basan en la gloria del propio nombre de Dios: «SEÑOR, actúa para que tu misericordia sea honrada, tu promesa se cumpla y tu lugar en el mundo sea reconocido. No tenemos nada que ofrecer por nosotros mismos, pero todo se encuentra en ti».
En esta oración también hay una petición muy humilde: «No nos abandones ni retires tu favor y tu presencia» (Jeremías 14:9). Debemos temer que Dios nos abandone más de lo que tememos perder cualquier consuelo terrenal.
También apelan a su relación con Dios, a su esperanza en él y a lo que esperan de él debido a esa relación (Jeremías 14:8-9). Lo consideran aquel que debe rescatarlos en la dificultad, aunque sus pecados testifiquen contra ellos. En Dios, la misericordia muchas veces ha triunfado sobre el juicio. El profeta, como Moisés antes que él, quiere presentar el mejor argumento posible a favor del pueblo. Por eso, aun reconociendo que han cometido muchos pecados graves (Éxodo 32:31), todavía dice: «Tú eres la esperanza de Israel».
Dios ha enseñado a su pueblo a esperar en él. Al llamarse tantas veces el Dios de Israel, la Roca de Israel y el Santo de Israel, se ha convertido en la esperanza de Israel. Les ha dado su palabra para que confíen en ella y los ha movido a confiar en ella. Todavía hay algunos en Israel que hacen de Dios su única esperanza y esperan que él sea su Salvador en la dificultad, sin esperar salvación de ningún otro lugar: «Muchas veces has sido eso para ellos en tiempos de gran necesidad».
Puesto que Dios es el Salvador plenamente suficiente de su pueblo, ellos deben esperar en él aun en medio de sus peores dificultades. Y puesto que él es su único Salvador, deben esperar únicamente en él. También dicen: «Tú estás entre nosotros». Tenían señales especiales de su presencia: su templo, su arca y sus palabras. Llevaban el nombre del Dios de Israel, por lo que tenían razones para creer que él no los abandonaría. «Te pertenecemos; sálvanos. Llevamos tu nombre, y por eso nuestros problemas también afectan tu honor, como si no fueras capaz de ayudar a tu propio pueblo».
El profeta les había advertido muchas veces que su religión no los protegería de los juicios de Dios. Sin embargo, aquí utiliza precisamente ese hecho como una súplica a Dios, tal como lo hizo Moisés (Éxodo 32:11). Incluso este argumento puede tener peso delante de un Dios misericordioso, en la medida en que sea correcto presentarlo.
Les entristece pensar que Dios no parece intervenir para librarlos. No lo acusan de actuar mal, sino que humildemente le piden que muestre misericordia por el honor de su propio nombre. Si no los ayuda, las naciones podrían decir que no le importa su propio pueblo: «La esperanza y el Salvador de Israel no se fija en ellos. Se ha vuelto como un extranjero en la tierra, sin verdadero interés en su bienestar. Su templo, del que dijo que sería su lugar de descanso para siempre, ya no es tratado de esa manera. Está allí solo como un viajero que pasa una noche en una posada y nunca pregunta qué sucede allí».
Dios nunca actúa realmente de esa manera, pero a veces puede parecerlo. En esos momentos da la impresión de que no le importa lo que llegue a sucederle a su iglesia. Cristo mismo dormía mientras sus discípulos se encontraban en medio de la tormenta.
Otros también podrían pensar que Dios es incapaz de ayudar. En una ocasión, los enemigos de Israel dijeron que el SEÑOR no había podido llevar a su pueblo a Canaán y que por eso lo había dejado morir en el desierto (Números 14:16). De la misma manera, ahora algunos podrían decir que ha fallado su sabiduría o su poder. Podrían compararlo con un hombre aturdido e indefenso, o con un hombre fuerte vencido por alguien más fuerte y, por lo tanto, incapaz de salvar. Cualquiera de esas ideas deshonraría profundamente la perfección de Dios.
Por eso preguntan por qué el Dios que ciertamente está entre nosotros se ha vuelto como un extranjero, y por qué el Todopoderoso parece nada más que un hombre fuerte demasiado aturdido para salvar, aunque quisiera hacerlo. En la oración, debemos preocuparnos más por el honor de Dios que por nuestro propio alivio: «Señor, ¿qué harás por tu gran nombre?».
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De este capítulo
Jeremías 14:2
"Judá está de duelo, y sus puertas languidecen; están ennegrecidas hasta el suelo, y el clamor de Jerusalén ha subido."
Jeremías 14:3
"Sus nobles enviaron a sus pequeños a buscar agua. Ellos llegaron a las cisternas, pero no encontraron agua; regresaron con sus vasijas vacías. Quedaron avergonzados y confundidos, y se cubrieron la cabeza."
Jeremías 14:4
"Como el suelo está agrietado porque no hubo lluvia en la tierra, los labradores quedaron avergonzados y se cubrieron la cabeza."
Jeremías 14:5
"Aun la cierva parió en el campo y abandonó a su cría porque no había hierba."
Jeremías 14:6
"Los asnos salvajes se detenían en los lugares altos y aspiraban el viento como dragones; sus ojos desfallecían porque no había hierba."
Jeremías 14:7
"Oh SEÑOR, aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, hazlo por amor de tu nombre, porque muchas son nuestras rebeliones; hemos pecado contra ti."
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