Versículo destacado

Isaías 66:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Porque miren, el SEÑOR vendrá con fuego, y sus carros serán como un torbellino, para descargar su ira con furor y su reprensión con llamas de fuego. "

Isaías 66:15

menu_book El versículo en contexto

13 Como alguien a quien su madre consuela, así los consolaré yo; y ustedes serán consolados en Jerusalén.

14 Cuando ustedes vean esto, su corazón se alegrará y sus huesos florecerán como la hierba. La mano del SEÑOR será conocida a favor de sus siervos, y su indignación contra sus enemigos.

15 Porque miren, el SEÑOR vendrá con fuego, y sus carros serán como un torbellino, para descargar su ira con furor y su reprensión con llamas de fuego.

16 Porque con fuego y con su espada el SEÑOR juzgará a toda carne, y serán muchos los muertos por el SEÑOR.

17 «Los que se santifican y se purifican en los jardines, detrás de un árbol en medio, comiendo carne de cerdo, la abominación y el ratón, serán consumidos todos juntos», dice el SEÑOR.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos, al igual que la columna de nube y de fuego, tienen un aspecto oscuro para los enemigos y rebeldes de Dios, y otro resplandeciente para su pueblo fiel. Probablemente se refieren primero a los judíos que estaban cautivos en Babilonia. Algunos fueron llevados allí para su propio mal, y Dios amenaza con juzgarlos porque se negaron a recibir corrección (Jeremías 24:9). Otros fueron llevados para su bien; Dios haría que esa aflicción obrara a su favor, los sostendría hasta sacarlos de ella a su debido tiempo y les concedería días mejores después.

Muchas de las expresiones de este pasaje encajan con aquel período, pero la profecía claramente va más allá. Apunta al juicio que Cristo vino a traer una vez y que volverá a traer sobre este mundo. También señala la manera en que su palabra establece una separación entre lo precioso y lo inútil. Cristo se manifestará para avergonzar y atemorizar a todos los que continúan resistiéndose a él. A veces lo hace por medio de juicios terrenales. Los judíos que persistieron en su incredulidad fueron destruidos por el fuego y por su espada. La ruina fue extensa, porque el Señor estaba tratando entonces con todos los pueblos; y, puesto que era su espada, a los que murieron se les llama sus muertos, entregados a su justicia, y serían muchos.

En el gran día, la ira de Dios será fuego y espada contra todos los que se nieguen a arrepentirse. Cuando su palabra llega a la conciencia del pecador, arde como fuego y corta con más fuerza que cualquier espada de dos filos. En especial, los idólatras enfrentarán el juicio en el día de la ira (Isaías 66:17). Es posible que algunos de los que regresaron de Babilonia todavía conservaran esas prácticas de idolatría y superstición. Tal vez tenían ídolos en sus jardines, porque no se atrevían a colocarlos abiertamente en los lugares altos; allí se purificaban antes de participar en sus ritos idolátricos, uno tras otro o, según se entiende el texto, detrás de un árbol en medio del jardín, ante algún ídolo llamado Ahad o Ehad. En su honor comían carne de cerdo, algo que la ley de Dios prohibía claramente, y otras cosas impuras, entre ellas el ratón o algún animal parecido.

Sin embargo, la profecía también puede referirse a todos los juicios que la ira de Dios traerá, conforme a su palabra, sobre los pecadores obstinados que se burlan de él y viven para el mundo y los deseos de la carne. Todos serán consumidos juntos. El cielo excluye claramente a los idólatras y a todo el que practica el mal (Apocalipsis 21:27; Apocalipsis 22:15). En el día del juicio, los pecados secretos quedarán expuestos y serán tomados en cuenta, pues Dios dice: «Yo conozco sus obras y sus pensamientos» (Isaías 66:18). Él sabe lo que hacen las personas y también conoce las razones y los motivos que hay detrás de sus actos. Por eso está capacitado para juzgar al mundo, ya que puede juzgar lo que está oculto en el corazón humano (Romanos 2:16).

También se manifestará para consolar y llenar de alegría a todos los que permanezcan fieles a él, mientras establece su reino en este mundo: el reino de la gracia, que es el principio y la promesa del reino de gloria. Llegará el tiempo en que reunirá a todas las naciones y lenguas para que vengan y contemplen su gloria resplandeciendo en el rostro de Jesucristo (Isaías 66:18). Esto se cumplió cuando se ordenó hacer discípulos de todas las naciones y se concedió el don de lenguas con ese propósito. Hasta entonces, la iglesia se había limitado a una sola nación y Dios era adorado en un solo idioma. Pero en los días del Mesías, el muro que dividía a los pueblos sería derribado, y quienes habían estado alejados de Dios llegarían a conocerlo y a ver su gloria en el evangelio, así como los judíos la habían visto en el santuario.

Primero, algunos de la nación judía serían apartados por la gracia de Dios y señalados para salvación. Dios no solo levantaría una bandera para reunir a las naciones, hacia la cual acudirían los gentiles (Isaías 11:12), sino que también pondría una marca distintiva sobre algunos de ellos, que es el sentido de la palabra usada aquí. Aunque la nación estaba corrompida y muy apartada, Dios todavía apartaría para sí un remanente, dedicado a su servicio y dispuesto para su obra. Pondría sobre ellos una marca que expresaría una pertenencia segura y evidente, como lo hizo en Ezequiel 9:4. Los siervos de Dios llevan su sello en la frente (Apocalipsis 7:3). El Señor conoce a los que le pertenecen, y las ovejas de Cristo están marcadas como suyas.

Segundo, quienes son apartados por la gracia de Dios serán enviados a invitar a otros a participar de esa misma gracia. Los que escapen de la incredulidad que mantiene cautivo al resto de la nación serán enviados a las naciones para llevar el evangelio y predicarlo a toda criatura. Quienes han escapado de la ira venidera deben hacer todo lo posible por rescatar a otros, como tizones arrancados del fuego. A menudo Dios elige para sus encargos a personas que pueden hablar con sensibilidad y desde su propia experiencia, y que pueden advertir del peligro del pecado porque ellas mismas estuvieron a punto de sucumbir a ese peligro.

Son enviados a las naciones mencionadas aquí: Tarsis, Pul, Lud y otras. No es seguro qué territorios se tienen en mente, y los intérpretes no están de acuerdo. Tarsis puede referirse al mar en general, aunque algunos lo identifican con Tarso, en Cilicia. Pul fue en ocasiones el nombre de un rey de Asiria, por lo que quizá se trate de una región de ese imperio. A Lud se le suele identificar con Lidia, un pueblo guerrero conocido por sus arqueros, como en Jeremías 46:9. Tubal podría referirse a Italia o a España, y generalmente se entiende que Javán representa a Grecia, es decir, a los jonios. Las islas de las naciones, pobladas por los descendientes de Jafet (Génesis 10:5), probablemente son las costas lejanas que no han oído el nombre de Dios ni han visto su gloria.

Durante muchos siglos, Dios fue conocido solamente en Judá, donde su nombre era grande. Las demás tierras estaban sentadas en oscuridad, sin haber escuchado las buenas noticias ni visto la luz resplandeciente. El texto habla de esa triste condición con compasión, porque es doloroso que un ser humano esté tan alejado de su Creador que no oiga su nombre ni vea su gloria. Por eso, los enviados a las naciones cumplen la misión de Dios al declarar su gloria entre los gentiles. Los judíos dispersos entre las naciones hablarían de las obras de Dios entre su propio pueblo y así atraerían a muchos para que se unieran a ellos; también mostrarían la gloria de Dios por medio de las prácticas de adoración que mantenían entre ellos.

Algunas personas de cada lengua tomarían del borde del manto de un judío y le suplicarían que las tomara en cuenta, las recibiera en su compañía y esperara un poco por ellas, diciendo: «Iremos con ustedes, porque hemos oído que Dios está con ustedes» (Zacarías 8:23).

De esta manera, la gloria de Dios se dio a conocer parcialmente entre los gentiles, pero fue revelada con mayor claridad y plenitud por los apóstoles y los primeros predicadores del evangelio. Ellos fueron enviados a todo el mundo, incluso a islas lejanas, para proclamar el glorioso evangelio del Dios bienaventurado. Salieron y predicaron por todas partes, mientras el Señor obraba con ellos (Marcos 16:20).

También se convertirán muchas personas por medio de este testimonio (Isaías 66:20). Traerán a todos sus hermanos, porque quienes llegan a la fe deben ser recibidos y acogidos como hermanos, como una ofrenda al Señor. La gloria de Dios no les será anunciada en vano. Serán invitados y guiados a unirse al Señor. Los enviados tendrán tanto éxito que habrá una afluencia hacia Jerusalén semejante a la que había en las grandes fiestas, cuando se esperaba que todos los hombres de la tierra acudieran y no se presentaran con las manos vacías.

También se debe observar la ayuda que recibirán para el viaje. Algunos llegarán a caballo, porque vivirán lejos y el trayecto será demasiado largo para hacerlo a pie, como solían viajar los judíos cuando iban a sus fiestas. Las personas de rango llegarán en carros, mientras que los ancianos, los enfermos y los niños pequeños serán transportados en literas o en carretas cubiertas. Los jóvenes llegarán en mulas y animales veloces. Esto muestra su entusiasmo y fervor por venir. No escatimarán esfuerzos ni gastos para llegar a Jerusalén. Si algunos no pueden montar a caballo, vendrán en literas. Y quienes sí puedan hacerlo se apresurarán, montados en mulas y animales veloces, sin querer retrasarse.

Estas palabras son figurativas. La mención de todas esas formas de transporte sirve para mostrar, como señala el erudito señor Gataker, la abundante provisión de toda ayuda llena de gracia que se necesita para traer al pueblo escogido de Dios de regreso a Cristo. Todos serán bienvenidos, y no faltará nada que necesiten para recibir ayuda o ánimo.

Esto también muestra qué clase de personas serán cuando lleguen. No vendrán, como antes, para presentar ofrendas en Jerusalén, sino que ellos mismos serán una ofrenda al Señor. Esto debe entenderse en sentido espiritual: serán presentados a Dios como sacrificios vivos (Romanos 12:1). El apóstol explica esta verdad y quizá incluso se refiere a ella cuando habla de servir como ministro del evangelio a los gentiles, para que la ofrenda de los gentiles sea aceptable (Romanos 15:16). Ellos se ofrecerán a sí mismos, y quienes los lleven a Cristo los presentarán como un botín conquistado para él, ahora dedicados a su servicio y a su honra.

Serán llevados como los israelitas que presentaban una ofrenda en un recipiente limpio, cuidando mucho que fueran santos, purificados del pecado y apartados para Dios. Se dice que los gentiles convertidos tuvieron el corazón purificado por la fe (Hechos 15:9). Todo lo que se ofrecía a Dios debía presentarse en un recipiente limpio, apartado para un uso santo. Dios será servido y honrado de la manera que él ha establecido, mediante las ordenanzas que él mismo instituyó, las cuales son los medios adecuados para estas ofrendas espirituales. Cuando el alma se ofrece a Dios, el cuerpo también debe ser un recipiente limpio para ella, conservado en santidad y honor, no dominado por deseos pecaminosos (1 Tesalonicenses 4:4-5). Los convertidos a Cristo no solo son limpiados de una conciencia culpable, sino que también han lavado su cuerpo con agua pura (Hebreos 10:22).

Esto también puede referirse, en primer lugar, a los judíos, a los hombres devotos y a los convertidos de todas las naciones bajo el cielo que se reunieron en Jerusalén esperando que se manifestara el reino del Mesías (Hechos 2:5-6, 10). Llegaron desde todas partes al monte santo en Jerusalén como una ofrenda para el Señor, y muchos llegaron a la fe en Cristo mediante el don de lenguas derramado sobre los apóstoles. Parece haber una estrecha conexión entre ese acontecimiento y esta profecía. Más adelante, el eunuco etíope llegó a Jerusalén en su carruaje para adorar, y regresó a su país con el conocimiento de Cristo y de su santa religión.

En segundo lugar, puede referirse a los gentiles, personas de muchas naciones que se convertirían a Cristo y serían añadidas a su iglesia. Aunque esta es una reunión espiritual, la profecía suele describirla como el traslado de un lugar a otro. El apóstol dice que todos los verdaderos cristianos han llegado al monte Sion y a la Jerusalén celestial (Hebreos 12:22). Esto ayuda a explicar este pasaje. Muestra que toda esta manifestación externa significa, en realidad, que serán incorporados a la iglesia por la gracia de Dios y mediante los medios que él ha establecido, con tanto cuidado, seguridad y consuelo como si fueran transportados en carros y literas. De esta manera Dios hará que Jafet habite en las tiendas de Sem (Génesis 9:27).

El pasaje también dice que se establecerá un ministerio del evangelio en la iglesia, ahora que esta ha sido ampliada con un número tan grande de miembros (Isaías 66:21). Dios dice: «Tomaré a algunos de ellos», es decir, a algunos de los prosélitos y de los gentiles convertidos, «para que sean sacerdotes y levitas». Ellos ministrarán en las cosas santas y presidirán las reuniones religiosas, lo cual es necesario para la enseñanza, la adoración y el orden de la iglesia. Hasta ese momento, los sacerdotes y los levitas provenían todos de los judíos y pertenecían a una sola tribu. Pero en los tiempos del evangelio, Dios tomaría a algunos gentiles convertidos para ministrar en las cosas santas, enseñar al pueblo, bendecirlo en el nombre del Señor y servir como administradores de los misterios de Dios, tal como lo hacían los sacerdotes y los levitas bajo la ley. Serían pastores y maestros, u obispos, dedicados a la palabra y a la oración, y diáconos que servirían a las mesas. Como los levitas, también atenderían las necesidades prácticas de la casa de Dios (Filipenses 1:1; Hechos 6:2-4).

Los apóstoles eran todos judíos, al igual que los setenta discípulos. El gran apóstol a los gentiles era, él mismo, hebreo de hebreos. Pero cuando se establecieron iglesias entre los gentiles, se apartaron ministros de entre ellos, ancianos en cada iglesia (Hechos 14:23; Tito 1:5). Esto hizo que el ministerio se extendiera con mayor facilidad y resultara más cercano a ellos; y aunque no siempre fuera más respetado, al menos sería más aceptado. Por la gracia de Dios, se podía esperar que las personas fueran liberadas del antiguo prejuicio que impide que un profeta sea honrado en su propia tierra.

Dios dice: «Tomaré», no a todos ellos, aunque en un sentido espiritual todos son hechos reyes y sacerdotes para nuestro Dios, sino a algunos. Desde el principio, es obra de Dios escoger a sus ministros, capacitándolos para el servicio y guiándolos hacia él, así como constituirlos ministros al darles su llamado. «Los tomaré» significa: «Los aceptaré, aunque sean gentiles, y aceptaré tanto a ellos como a su ministerio». Esto es un gran honor y una bendición para la iglesia gentil, así como lo fue para la iglesia judía cuando Dios levantó profetas de entre sus hijos y nazareos de entre sus jóvenes (Amós 2:11).

Finalmente, una vez que la iglesia y el ministerio queden establecidos de esta manera, continuarán y serán preservados de una generación a la siguiente (Isaías 66:22).

El cambio producido por el establecimiento del reino del Mesías es muy grande y extenso. Es como un mundo nuevo, los cielos nuevos y la tierra nueva prometidos anteriormente (Isaías 65:17). Las cosas antiguas pasan y todo se hace nuevo (2 Corintios 5:17). El antiguo pacto, que señalaba a un pueblo especial, queda atrás, y se establece un nuevo pacto, un pacto de gracia (Hebreos 8:13). Ahora servimos de una manera nueva, por el Espíritu, y no de la manera antigua, bajo la ley escrita (Romanos 7:6). Se dan nuevos mandamientos y nuevas promesas para el cielo y la tierra, y juntos forman el Nuevo Testamento. Estos son los cielos nuevos y la tierra nueva que Dios creará, y preparan el camino para los cielos nuevos y la tierra nueva definitivos al final de los tiempos (2 Pedro 3:13).

Este cambio es obra del propio Dios. Él creará los cielos nuevos y la tierra nueva. Tiene autoridad para dar nuevas reglas y nuevas formas de adoración, y tiene poder para crear mundos nuevos. También será un cambio duradero, que nunca necesitará ser reemplazado. Permanecerá delante de él sin alteración, porque la era del evangelio continuará hasta el fin de los tiempos y no será seguida por otro pacto.

El reino de Cristo es un reino inconmovible. Sus leyes y sus dones no pueden ser sacudidos, sino que permanecerán para siempre (Hebreos 12:27-28). Permanecerá porque está delante de Dios, bajo su mirada, su cuidado y su protección especial. Dios también conservará un pueblo para Cristo. Su descendencia y su nombre en ellos permanecerán; es decir, habrá una línea continua de ministros y creyentes. Cuando una generación pase, vendrá otra, y así el nombre de Cristo y el nombre de los cristianos permanecerán en la tierra mientras la tierra exista, y su trono durará tanto como los días del cielo. Las puertas del infierno, aunque luchen contra la iglesia, no prevalecerán ni desgastarán a los santos del Altísimo.

La adoración pública de Dios en las reuniones religiosas será guardada con cuidado y constancia por todos los que sean llevados como una ofrenda al Señor (Isaías 66:23). Estas palabras están escritas en el lenguaje del Antiguo Testamento para mostrar que, aunque la ley ceremonial terminaría y el servicio del templo cesaría, Dios seguiría siendo adorado con tanta regularidad y aceptación como antes. Antes, solo los judíos subían para presentarse delante de Dios; debían hacerlo únicamente tres veces al año, y solo los varones. Ahora toda carne, tanto gentiles como judíos, tanto mujeres como hombres, vendrá y adorará delante de Dios, en su presencia, aunque no en el templo de Jerusalén, sino en reuniones esparcidas por todo el mundo. Estas reuniones serán para ellos lo que la tienda de reunión había sido para los judíos.

Dios pondrá allí su nombre, y aunque solo dos o tres se reúnan, él estará presente, se encontrará con ellos y los bendecirá. Disfrutarán con frecuencia de estas reuniones santas: cada luna nueva y cada sábado, y no solo durante las tres fiestas anuales como ocurría antes. Ya no hace falta un único lugar fijo, como lo era el templo. Cristo es nuestro templo, y todos los creyentes se reúnen en él por la fe. Puesto que la iglesia ahora se extiende tan ampliamente, es imposible que todos se reúnan en un solo lugar. Sin embargo, es apropiado que haya tiempos establecidos, para que la adoración se realice con regularidad y frecuencia, y para que todas las congregaciones cristianas manifiesten su comunión espiritual unas con otras mediante la fe, la esperanza y el amor santo.

Se mencionan las lunas nuevas y los sábados porque, bajo la ley, las fiestas anuales se celebraban en Jerusalén, mientras que las lunas nuevas y los sábados se observaban en toda la tierra, primero en las escuelas de los profetas y después en las sinagogas (2 Reyes 4:23; Amós 8:5; Hechos 15:21). Las reuniones cristianas parecen seguir ese modelo. Donde se guarda semanalmente el Día del Señor y se celebra mensualmente la Cena del Señor, y ambas prácticas se observan con fidelidad, allí se cumple esta promesa. Allí se guardan las lunas nuevas y los sábados cristianos.

Aquí vemos que Dios debe ser adorado en reuniones solemnes, y que es deber de todos, según tengan la oportunidad, asistir a ellas. «Toda carne» debe venir. Aunque la carne es débil, corrupta y pecaminosa, debe venir para que sea sometida. Al adorar a Dios, nos presentamos delante de él y, de una manera especial, permanecemos en su presencia. Por eso debe haber tiempos establecidos para la adoración, y los hay. Debemos reconocer que guardarlos fielmente y con cuidado es tanto nuestro deber como nuestro bien.

Su gratitud por el favor especial de Dios hacia ellos debería aumentar mucho al considerar el terrible destino de quienes persisten en la incredulidad y el pecado, y terminan destruidos por ellos (Isaías 66:24). Quienes han adorado al SEÑOR de los ejércitos y se han alegrado delante de él por la bondad de su casa contemplarán la miseria de los malvados para sentir más profundamente su propia felicidad. Se trata de personas que han pecado contra Dios: no solo quebrantaron sus leyes, sino también el pacto con él, y pensaron que podían enfrentarse a él. Esto puede referirse especialmente a los judíos incrédulos que rechazaron el evangelio de Cristo.

Su miseria se representa como un campo de batalla aterrador, cubierto con los cuerpos de los muertos, tendidos y pudriéndose a la intemperie, mientras los gusanos se arrastran sobre ellos y se alimentan de ellos. Si alguien intenta quemarlos, están tan esparcidos y el trabajo es tan repugnante que parece no tener fin; el fuego nunca se apaga. Son un espectáculo repulsivo para todos, y nadie quiere acercarse. Esto a veces se cumple en juicios externos, quizá en ningún caso de manera más evidente que en la destrucción de Jerusalén y de la nación judía a manos de los romanos, cuando murieron más de dos millones de personas en total, además de quienes murieron por el hambre y las enfermedades.

También puede señalar los juicios espirituales que cayeron sobre los judíos incrédulos, tal como los describe Pablo (Romanos 11:8). Quedaron muertos en sus pecados, doblemente muertos. La iglesia judía llegó a parecerse al cadáver de una iglesia, y todos sus miembros eran como cuerpos podridos. Su gusano no moría, porque sus propias conciencias seguían atormentándolos, y el fuego de su furia contra el evangelio no se apagaba. Esa furia era al mismo tiempo su castigo y su pecado. Más que cualquier otra nación bajo el cielo, llegaron a ser objeto de horror para todos.

Pero nuestro Salvador aplica esto a la miseria y el tormento interminables de los pecadores obstinados en la vida venidera, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga (Marcos 9:44). El alma es inmortal, y la conciencia seguirá atormentándola. La ira de Dios también permanecerá para siempre, y eso hace que el terror sea eterno.

¿Qué efecto tendrá esto? Los que adoran a Dios saldrán y contemplarán a los condenados, y esto despertará en su corazón amor por su Redentor al ver la miseria de la que fueron rescatados. Así como hará más dolorosa la miseria de los condenados ver a otros en el cielo mientras ellos quedan fuera (Lucas 13:28), también hará que la alegría y la gloria de los bienaventurados resplandezcan con mayor intensidad al ver lo que les sucede a quienes murieron en su pecado. Sus alabanzas se elevarán al recordar que ellos mismos eran como tizones arrebatados del fuego. Que los redimidos del SEÑOR, con profunda humildad y santo temor, canten sus cantos de victoria para honrar esa gracia gratuita que los hizo diferentes.

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