Versículo destacado

Esdras 4:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Durante el reinado de Asuero, al principio de su reinado, le escribieron una acusación contra los habitantes de Judá y Jerusalén. "

Esdras 4:6

menu_book El versículo en contexto

4 Entonces el pueblo de la tierra debilitó las manos del pueblo de Judá y los perturbó mientras edificaban.

5 También contrataron consejeros contra ellos para frustrar su propósito durante todos los días de Ciro, rey de Persia, hasta el reinado de Darío, rey de Persia.

6 Durante el reinado de Asuero, al principio de su reinado, le escribieron una acusación contra los habitantes de Judá y Jerusalén.

7 En los días de Artajerjes, Bislam, Mitrídates, Tabeel y los demás compañeros de ellos escribieron a Artajerjes, rey de Persia. El texto de la carta estaba escrito en lengua aramea y traducido en lengua aramea.

8 Rehum, el canciller, y Simsai, el escriba, escribieron una carta contra Jerusalén al rey Artajerjes de esta manera:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Ciro se mantuvo firmemente del lado de los judíos y respaldó el permiso que les había concedido. Era inútil tratar de convencerlo para que actuara en contra de esa decisión. Lo que hizo procedía de un buen corazón y del temor de Dios, por eso se mantuvo firme. Sin embargo, aunque todo su reinado duró treinta años, algunos piensan que solo gobernó tres años después de la conquista de Babilonia y de que se promulgara el decreto para liberar a los judíos. Otros creen que fueron siete años, y que después murió o cedió esa parte de su gobierno a su sucesor, Asuero (Esdras 4:6), también llamado Artajerjes (Esdras 4:7). Muchos suponen que este era el mismo gobernante al que los escritores paganos llaman Cambises. Él no tenía un interés especial por los judíos despreciados ni conocía al Dios de Israel como Ciro.

Estos samaritanos le enviaron una carta para pedirle una orden que detuviera la reconstrucción del templo. Actuaron al principio mismo de su reinado, porque estaban ansiosos por moverse en cuanto pensaron que tenían un rey dispuesto a apoyarlos. Observemos qué dispuestos están los enemigos de la iglesia a aprovechar la primera oportunidad para hacer daño. Sus amigos deberían estar igual de dispuestos a hacer el bien.

El propósito general de la carta era informar al rey acerca de este asunto. Esdras la llama una acusación contra los habitantes de Judá y Jerusalén (Esdras 4:6). El diablo es el acusador de nuestros hermanos (Apocalipsis 12:10). Él actúa contra el pueblo de Dios no solo acusándolo delante de Dios, como hizo con Job, sino también poniendo mentiras en boca de sus agentes. Los usa para acusar a los creyentes delante de gobernantes y reyes, para hacer que la gente los odie y que los poderosos los consideren peligrosos. No debería sorprendernos que todavía se usen esas mismas estrategias para debilitar la fe sincera.

También se identifica a las personas que participaron en la redacción de la carta. Primero se mencionan los que planearon el asunto; después, los escritores que lo pusieron en forma de carta; y finalmente, los firmantes que estuvieron de acuerdo y se unieron a ese informe falso. Lo llamo un informe falso porque eso era. Observemos cómo los gobernantes se unen contra el Señor y su templo, junto con sus aliados. La construcción del templo no les hacía ningún daño, pero aun así se oponen a ella con gran enojo. Tal vez esto se debía a que los profetas del Dios de Israel habían anunciado que los dioses de las naciones se debilitarían y perecerían (Sofonías 2:11; Jeremías 10:11).

El pueblo también se unió a ese plan vacío. Siguió la protesta estruendosa, aunque no conocía los hechos del caso. Todas las distintas colonias de aquel asentamiento —nueve de ellas aparecen enumeradas aquí—, cuyos nombres provenían de ciudades o regiones de Asiria, Caldea, Persia y otros lugares, suscribieron la carta por medio de sus representantes. Tal vez estaban enojados con los judíos que habían regresado, porque entre ellos se encontraban muchos miembros de las diez tribus y aquellos colonos se habían apoderado de sus propiedades. Quizás temían que los judíos intentaran después recuperar lo que les habían quitado.

Luego Esdras incluye una copia de la carta misma, tomada de los archivos del reino persa donde había sido registrada. Es bueno que la tengamos, porque muestra de dónde vienen los métodos posteriores para provocar problemas contra la gente buena y obstaculizar las obras buenas. En la carta, primero se presentan como personas muy leales al gobierno y profundamente preocupadas por su honor y su éxito. Quieren que el rey piense que no había súbditos más fieles ni más agradecidos que ellos en todo su reino (Esdras 4:14).

La expresión acerca de estar alimentados con la sal del palacio puede significar que recibían su salario de la corte y dependían de ella como la comida depende de la sal. Otros piensan que se les pagaba con sal. O quizá quiere decir que habían sido educados en el palacio y criados en la mesa del rey, como Daniel y otros (Daniel 1:5). Eran personas a quienes el rey pensaba promover, y comían de las porciones de su mesa. Por eso dicen que no está bien que se queden mirando mientras el honor del rey sufre. Así que lo instan a detener la construcción del templo, afirmando que esta dañaría el honor del rey más que cualquier otra cosa. A menudo, el odio secreto contra Cristo y su evangelio se disfraza de preocupación por César y su poder.

Los judíos hicieron algo parecido en otra situación. Odiaban el dominio romano, pero para conseguir su propósito podían gritar: «No tenemos más rey que César». Sin embargo, si estos hombres, que vivían del apoyo del rey, se sentían obligados por gratitud a defender sus intereses, cuánto más deberíamos dejarnos impulsar a cuidar el honor de Dios. Vivimos por la bondad del Dios del cielo, estamos alimentados con su sal y dependemos de su bondad y cuidado. Por eso no está bien que veamos su honor ignorado sin sentir dolor y hacer lo que podamos para impedirlo.

También presentan a los judíos como desleales y peligrosos para el gobierno, al llamar a Jerusalén una ciudad rebelde y malvada (Esdras 4:12), perjudicial para los reyes y las provincias (Esdras 4:15). Observemos cómo Jerusalén, que alguna vez fue llamada el gozo de toda la tierra (Salmo 48:2), es difamada aquí como la vergüenza de toda la tierra. Los enemigos de la iglesia no pueden llevar a cabo sus planes malvados si antes no desacreditan al pueblo de Dios. En realidad, Jerusalén había sido leal a sus gobernantes legítimos, y sus habitantes actuales también estaban tan dispuestos a obedecer al rey y a su gobierno como cualquiera de sus otras provincias. Daniel, que era judío, había demostrado recientemente tal fidelidad a su gobernante que ni siquiera sus enemigos pudieron encontrar ninguna falta en la manera en que desempeñaba sus funciones públicas (Daniel 6:4). Sin embargo, acusaron injustamente a Elías de causar problemas a Israel; a los apóstoles, de trastornar el mundo entero; y al propio Cristo, de extraviar a la nación y prohibir pagar tributo a César. No deberíamos considerar extraño que el mismo patrón continúe.

Su relato del pasado estaba distorsionado y era hostil. Decían que desde hacía mucho tiempo se había fomentado la sedición en aquella ciudad y que, por esa razón, había sido destruida (Esdras 4:15). Había cierto fundamento aparente para esa afirmación, pues Joacim y Sedequías habían intentado sacudirse el dominio del rey de Babilonia. Si se hubieran mantenido fieles a su religión y al templo que entonces estaban reconstruyendo, nunca habrían caído en ese problema. Pero hay que recordar dos cosas. Primero, ellos y sus antepasados habían sido príncipes soberanos, y si no hubieran quebrantado un juramento, sus esfuerzos por recuperar sus derechos, hasta donde puedo entender, habrían sido justos y quizá incluso exitosos, si hubieran tomado el camino correcto y hecho primero las paces con Dios. Segundo, aun si aquellos judíos y sus príncipes hubieran sido culpables de rebelión en otro tiempo, seguía siendo injusto marcar para siempre a la ciudad con esa acusación, como si siempre debiera ser conocida como la ciudad rebelde y malvada.

Aun durante el cautiverio, los judíos habían mostrado suficiente buena conducta, si se los juzgaba con justicia, para quitarles esa vergüenza. Se les había dicho —y tenemos razones para esperar que obedecieran— que buscaran la paz de la ciudad donde vivían como cautivos y que oraran al Señor por ella (Jeremías 29:7). Por eso fue muy injusto, aunque tristemente común, culpar a los hijos por el pecado de sus padres.

Su informe acerca de lo que estaba sucediendo también era claramente falso. Le dijeron al rey, con mucho cuidado, que los judíos ya habían levantado las murallas de la ciudad o, como indica la nota al margen, que las habían terminado y colocado los cimientos, cuando eso estaba muy lejos de la verdad (Esdras 4:12). Los judíos apenas habían comenzado a reconstruir el templo, tal como Ciro había ordenado, pero no habían hecho ni planeado nada para reparar las murallas. Muchos años después, las murallas todavía estaban en ruinas (Nehemías 1:3). ¿Qué se les debería decir y qué se debería hacer con esas lenguas mentirosas y, peor aún, con esos escritores de mentiras? Ciertamente les esperan las flechas afiladas del guerrero y las brasas encendidas de enebro (Salmo 120:3-4). Si no hubieran perdido por completo la virtud y el honor, no habrían escrito semejante mentira. Y si no hubieran estado seguros de que el rey los apoyaría, no se habrían atrevido.

Sus predicciones acerca del resultado también eran infundadas y necias. Afirmaban con total seguridad, y querían que el rey les creyera basándose únicamente en su palabra, que si se reconstruía aquella ciudad los judíos no pagarían impuestos, tributos ni derechos (Esdras 4:13). Fueron aún más lejos, como suele suceder cuando una mentira conduce a otra, y afirmaron que el rey no tendría ningún dominio sobre la región al oeste del río, es decir, sobre la región al oeste del Éufrates (Esdras 4:16). Decían que todas las tierras al oeste del Éufrates se rebelarían rápidamente, impulsadas por el ejemplo de Jerusalén, y que si el gobernante permitía aquello, no solo se perjudicaría a sí mismo, sino también a sus futuros herederos: «Usted dañará los ingresos reales». Observemos cómo cada línea de esta carta revela tanto la astucia como la malicia de la serpiente antigua.

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