Versículo destacado
Ester 9:20 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y Mardoqueo escribió estas cosas y envió cartas a todos los judíos que estaban en todas las provincias del rey Asuero, tanto cercanas como lejanas, "
Ester 9:20
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
18 Pero los judíos que estaban en Susa se reunieron el día trece y el día catorce del mismo mes; y el día quince descansaron y lo convirtieron en un día de banquete y alegría.
19 Por eso los judíos de las aldeas, que habitaban en poblaciones sin murallas, hicieron del día catorce del mes de Adar un día de alegría, banquete y celebración, y de enviarse porciones unos a otros.
20 Y Mardoqueo escribió estas cosas y envió cartas a todos los judíos que estaban en todas las provincias del rey Asuero, tanto cercanas como lejanas,
21 para establecer entre ellos que cada año celebraran el día catorce del mes de Adar y el día quince del mismo,
22 como los días en que los judíos descansaron de sus enemigos, y como el mes que para ellos se convirtió de tristeza en alegría y de duelo en día de celebración; para que los hicieran días de banquete y alegría, de enviarse porciones unos a otros y de dar regalos a los pobres.
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Podemos imaginar cuánto conmovió a Mardoqueo y a Ester la victoria de los judíos sobre sus enemigos. Debieron contemplar ese momento decisivo con una alegría tan grande como la preocupación y el cuidado que habían llevado antes. Sus corazones seguramente estaban llenos de alabanza a Dios, y de ellos debieron surgir nuevos cantos de gratitud.
Luego el texto nos cuenta cómo trabajaron para difundir la noticia entre su pueblo y mantener vivo su recuerdo para las generaciones futuras. Querían que Dios fuera honrado y que su pueblo recibiera ánimo para confiar en él en todo momento. Primero, se puso por escrito la historia y se enviaron copias a todos los judíos de cada provincia del imperio, tanto cercanas como lejanas (Ester 9:20). Todos conocían ya una parte de la historia, porque el primer decreto les había mostrado el peligro y el segundo, su liberación. Pero no sabían cómo se había producido aquel gran cambio, así que Mardoqueo lo escribió todo.
Si Mardoqueo fue quien escribió este libro, como muchos piensan, es interesante comparar su estilo con el de Nehemías. Nehemías se detiene con frecuencia para hablar de la providencia de Dios y de «la buena mano de mi Dios» sobre él, lo cual ayuda a despertar la devoción del lector. Mardoqueo, en cambio, nunca menciona a Dios en toda la historia. Nehemías escribió en Jerusalén, donde la religión pública era común, mientras que Mardoqueo escribió en Susa, la capital persa, donde la política tenía más importancia que la piedad.
Aun así, una persona puede tener una verdadera devoción a Dios sin usar muchas palabras devocionales. No debemos juzgar ni menospreciar por eso a nuestros hermanos y hermanas. Algunos piensan que Mardoqueo no fue realmente el autor, sino que la historia fue tomada de los registros persas y luego explicada por los judíos. Sea cual sea la manera en que llegó hasta nosotros, el punto es que esta gran obra quedó cuidadosamente registrada.
En segundo lugar, se estableció una fiesta anual para recordar aquella maravillosa liberación. Debía celebrarse de generación en generación, para que los niños escucharan la historia y se la contaran a sus propios hijos, y así pusieran su esperanza en Dios (Salmo 78:6-7). Esto honraría a Dios como protector de su pueblo y animaría a los creyentes a confiar en su sabiduría, poder y bondad durante sus pruebas más difíciles. Las generaciones futuras se beneficiarían de aquella liberación, así que también debían celebrar su recuerdo.
La fiesta se celebraba cada año los días catorce y quince del duodécimo mes, aproximadamente un mes antes de la Pascua (Ester 9:21). De ese modo, el primer y el último mes del año quedaban unidos por los recuerdos del cuidado preservador de Dios. Celebraban juntos dos días como días de gratitud, y no consideraban excesivo dedicar ese tiempo a la alabanza. No debemos ser tacaños al dar gracias a Aquel que da con tanta generosidad.
No celebraban el día de la batalla misma, sino los días en que descansaron de sus enemigos. Los judíos de Susa también guardaban el día quince, y ambos días llegaron a formar parte de la celebración. De manera semejante, el sábado no fue establecido para el día en que Dios terminó su obra, sino para el día en que descansó de ella. Algunos judíos modernos guardan el día trece como día de ayuno porque fue el día señalado para su destrucción, pero esa práctica se basa en las circunstancias de ayuno y clamor propias del tiempo de angustia (Ester 4:3, 4:16). Esa tristeza no debía continuar después de que Dios transformara su ayuno en alegría y gozo (Zacarías 8:19).
La fiesta se llamó Purim (Ester 9:26), por la palabra persa que significa «suertes». Amán había usado suertes para escoger el momento de la destrucción de los judíos, pero el Señor, que gobierna sobre toda suerte, convirtió precisamente ese momento en su victoria. El nombre mismo les recordaba que el Dios de Israel gobierna sobre los planes de las naciones. Él puede usar las necias supersticiones de los paganos para cumplir su propio propósito, y puede frustrar las señales y las afirmaciones de los falsos guías (Isaías 47:13; Isaías 44:25-26).
Esta fiesta no fue establecida por un mandato divino, por lo que no se la llama un día santo, sino una celebración instituida por seres humanos que se convirtió en un día bueno (Ester 9:19, 9:22). Los propios judíos acordaron guardarla y asumieron la responsabilidad de continuar lo que habían comenzado (Ester 9:23, 9:27). Luego Mardoqueo y Ester confirmaron su decisión para que permaneciera con mayor firmeza entre las generaciones futuras. Escribieron con autoridad, pues Ester era la reina y Mardoqueo era el principal funcionario del reino. Es bueno que quienes tienen autoridad la usen para apoyar lo correcto.
También escribieron «con palabras de paz y de verdad». Aunque escribieron con firmeza, lo hicieron con bondad, no de manera áspera ni autoritaria. Su estilo se parecía mucho al de la carta del concilio en Jerusalén, que en esencia decía: «Si hacen esto, harán bien. Que les vaya bien» (Hechos 15:29). Tanto el saludo como la despedida transmitían el espíritu de paz y verdad.
Esta celebración era para todos los judíos, para sus hijos y para todos los que se habían unido a ellos (Ester 9:27). Estaba destinada a ser universal y permanente. Incluso los prosélitos, es decir, quienes se habían unido al pueblo judío, debían celebrarla como señal de su amor sincero por ellos y de la vida que compartían. Compartir el gozo y la alabanza es una parte de la comunión del pueblo de Dios.
La fiesta debía celebrarse para que el recuerdo de las grandes cosas que Dios había hecho por su iglesia nunca desapareciera entre sus descendientes (Ester 9:28). Dios no hace maravillas solamente para un día. Lo que hace debe recordarse para siempre, porque sus obras permanecen (Eclesiastés 3:14). En este caso, debían recordar los planes malvados de Amán contra la iglesia, que quedarían como una deshonra permanente para él (Ester 9:24). Debían tenerlo presente para que el pueblo de Dios nunca se descuidara mientras siguieran existiendo enemigos tan llenos de odio. Sus enemigos no buscan nada menos que su destrucción, por lo que el pueblo de Dios debe acudir a él en busca de salvación.
El buen servicio de Ester a la iglesia le trajo un honor duradero. Cuando Ester arriesgó su vida al presentarse ante el rey, este anuló la orden de destruir a los judíos (Ester 9:25). Eso debía recordarse siempre, y cada vez que se celebrara la fiesta y se leyera esta historia, debían contar lo que ella había hecho como memorial de su nombre. Las buenas obras realizadas a favor del pueblo de Dios deben recordarse, para animar a otros a hacer lo mismo. Dios no las olvidará, y nosotros tampoco debemos olvidarlas.
También debían recordar sus propias oraciones y las respuestas que Dios les había dado (Ester 9:31). Estas quedaron registradas en sus ayunos y sus clamores. Cuanto más hemos clamado a Dios en medio de la angustia y cuanto más hemos orado por liberación, mayor debe ser nuestra gratitud cuando él nos rescata. Debemos invocar a Dios en el día de la angustia y después ofrecerle nuestro agradecimiento.
Esta fiesta debía observarse de una manera buena. Primero, debía ser un día de alegría, banquete y gozo (Ester 9:22). El banquete se prepara para la risa (Eclesiastés 10:19). Cuando Dios nos da motivos para alegrarnos, debemos expresar abiertamente nuestro gozo.
También debía ser un día de generosidad, en el que las personas se enviaran porciones unas a otras. Eso demostraba amistad, bondad y el estrecho vínculo que habían formado al compartir el peligro y la liberación. Los amigos comparten sus bienes unos con otros.
Además, debía ser un día de caridad, en el que se enviaran regalos a los pobres. No debían enviar obsequios solamente a sus familiares y vecinos ricos, sino también a los pobres y a las personas con discapacidades (Lucas 14:12, 13). Quienes han recibido misericordia deben mostrar misericordia a su vez. Siempre hay necesidad, porque los pobres siempre están con nosotros. La gratitud y la ayuda a los pobres deben ir juntas, para que mientras nosotros nos alegramos y bendecimos a Dios, los pobres también puedan alegrarse con nosotros y bendecirnos.
Más adelante, esta fiesta se enriqueció con algo aún mejor. Durante la celebración, se leía cada día en la sinagoga toda la historia y se ofrecían tres oraciones a Dios. En la primera, daban gracias a Dios por considerarlos dignos de participar en aquella adoración. En la segunda, le agradecían por la liberación milagrosa de sus antepasados. En la tercera, lo alababan por permitirles vivir y guardar otra fiesta en memoria de aquellos acontecimientos. Así lo explica el obispo Patrick.
Pero con el paso del tiempo, la fiesta degeneró en algo mucho peor. Sus propios escritores admiten que a menudo se celebra con glotonería, borracheras y conducta desenfrenada. El Talmud dice claramente que en Purim un hombre debe beber hasta no poder distinguir entre «Maldito sea Amán» y «Bendito sea Mardoqueo». Esto muestra cómo el corazón humano pecaminoso suele convertir incluso algo bueno en algo corrupto. Así, una fiesta santa se transformó en un carnaval, en una celebración desenfrenada, semejante a ciertos velorios rurales entre nosotros. Nada purifica más el corazón ni honra más la religión que el gozo santo, y nada mancha más el corazón ni avergüenza más a la religión que la diversión carnal y el placer sensual. Lo mejor, cuando se corrompe, se convierte en lo peor.
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De este capítulo
Ester 9:1
"Ahora bien, en el mes duodécimo, es decir, el mes de Adar, el día trece del mismo, cuando se acercaba el momento de ejecutar el mandamiento y el decreto del rey, el día en que los enemigos de los judíos esperaban tener poder sobre ellos, (aunque ocurrió lo contrario, pues los judíos dominaron a quienes los odiaban;)"
Ester 9:2
"los judíos se reunieron en sus ciudades, por todas las provincias del rey Asuero, para poner la mano sobre quienes procuraban hacerles daño; y nadie pudo hacerles frente, porque el temor de ellos cayó sobre todos los pueblos."
Ester 9:3
"Y todos los gobernantes de las provincias, los lugartenientes, los delegados y los funcionarios del rey ayudaron a los judíos, porque el temor de Mardoqueo cayó sobre ellos."
Ester 9:4
"Porque Mardoqueo era grande en la casa del rey, y su fama se extendía por todas las provincias, pues este hombre, Mardoqueo, se hacía cada vez más grande."
Ester 9:5
"Así, los judíos hirieron a todos sus enemigos con golpe de espada, matanza y destrucción, e hicieron lo que quisieron con quienes los odiaban."
Ester 9:6
"Y en la fortaleza de Susa los judíos mataron y destruyeron a quinientos hombres."
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