Versículo destacado

Esdras 3:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" En el segundo año de su llegada a la casa de Dios en Jerusalén, en el segundo mes, comenzaron Zorobabel hijo de Salatiel, Jesúa hijo de Josadac, el resto de sus hermanos los sacerdotes y los levitas, y todos los que habían salido del cautiverio y venido a Jerusalén; y designaron a los levitas de veinte años en adelante para dirigir la obra de la casa del SEÑOR. "

Esdras 3:8

menu_book El versículo en contexto

6 Desde el primer día del séptimo mes comenzaron a ofrecer holocaustos al SEÑOR. Pero todavía no se habían puesto los cimientos del templo del SEÑOR.

7 También dieron dinero a los albañiles y a los carpinteros, y alimentos, bebida y aceite a los de Sidón y de Tiro, para que llevaran madera de cedro desde el Líbano por mar hasta Jope, conforme a la autorización que habían recibido de Ciro, rey de Persia.

8 En el segundo año de su llegada a la casa de Dios en Jerusalén, en el segundo mes, comenzaron Zorobabel hijo de Salatiel, Jesúa hijo de Josadac, el resto de sus hermanos los sacerdotes y los levitas, y todos los que habían salido del cautiverio y venido a Jerusalén; y designaron a los levitas de veinte años en adelante para dirigir la obra de la casa del SEÑOR.

9 Entonces Jesúa, con sus hijos y sus hermanos, Cadmiel y sus hijos, los hijos de Judá, se pusieron juntos a dirigir a los trabajadores en la casa de Dios; también los hijos de Henadad, con sus hijos y sus hermanos los levitas.

10 Cuando los constructores pusieron los cimientos del templo del SEÑOR, colocaron a los sacerdotes con sus vestiduras y trompetas, y a los levitas hijos de Asaf con címbalos, para alabar al SEÑOR conforme a la ordenanza de David, rey de Israel.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

No hubo un verdadero debate entre los judíos que habían regresado acerca de si debían reconstruir el templo. Esa cuestión ya estaba resuelta, y estaban decididos a hacerlo lo más pronto posible. ¿Qué consuelo podían encontrar realmente en su propia tierra si no tenían aquella señal de la presencia de Dios ni el lugar donde su nombre era conocido entre ellos?

Así se nos muestra cómo comenzó esta buena obra. Comenzó en el segundo mes del segundo año, tan pronto como la época del año lo permitió, después de que terminaron las solemnes celebraciones de la Pascua (Esdras 3:8). Pasaron un poco más de seis meses preparando el terreno y reuniendo materiales, lo cual demuestra cuán firmemente estaban comprometidos con la obra. Cuando es necesario realizar una buena obra, conviene comenzar pronto y no perder tiempo, aun cuando podamos ver que habrá dificultades y oposición. De ese modo nos comprometemos con la tarea y confiamos en que Dios se comprometerá a ayudarnos. Bien comenzado, medio terminado.

La obra estuvo dirigida por Zorobabel, el gobernador, y Jesúa, el sumo sacerdote, junto con sus compatriotas judíos. La obra de Dios suele avanzar bien cuando los líderes, los ministros y el pueblo están de acuerdo y trabajan con entusiasmo, cada uno desde el lugar que le corresponde. Dios les había dado un mismo corazón para este servicio, y eso era una buena señal para el futuro.

También designaron a los levitas, los hombres apartados para el servicio del templo, para ayudar a impulsar la obra (Esdras 3:8). Los levitas lo hicieron animando a los trabajadores y fortaleciéndolos con palabras buenas y consoladoras (Esdras 3:9). Incluso quienes no realizan personalmente el trabajo pueden hacer mucho bien al alentar y ayudar a quienes están trabajando.

Cuando colocaron los cimientos del templo, alabaron a Dios de manera ordenada (Esdras 3:10-11). Los sacerdotes usaron las trompetas establecidas por medio de Moisés, y los levitas usaron los címbalos establecidos por medio de David. Su música no tenía como único propósito agradar al oído. Debía ayudar al pueblo a cantar ese himno perdurable que nunca pasa de moda: «Dios es bueno, y su misericordia permanece para siempre» (Salmo 136). Todas las corrientes de misericordia deben llevarnos de regreso a su fuente.

Sin importar cuál sea nuestra condición, ni cuántas tristezas o temores carguemos, debemos seguir confesando que Dios es bueno y que su misericordia no falla. En este momento, el canto tenía un significado especial: no solo afirmaba que su misericordia permanece para siempre, sino que permanece para siempre hacia Israel, incluso hacia Israel después del cautiverio y como extranjero en su propia tierra. Aun así, Dios es bueno para con Israel (Salmo 73:1), y también es bueno para con nosotros. Cuando la vida y la fuerza de la iglesia parecen haberse extinguido, su renovación debe atribuirse a la misericordia permanente de Dios, porque la iglesia continúa precisamente por esa razón.

El pueblo respondió con sentimientos encontrados. Había distintas maneras de pensar entre el pueblo de Dios, y cada persona habló conforme a lo que sentía. Sin embargo, no hubo división entre ellos, ni el trabajo que compartían resultó perjudicado por esas diferentes reacciones.

Algunos solo habían conocido la miseria de no tener templo alguno. Por eso gritaron de alegría cuando vieron que al menos habían colocado sus cimientos (Esdras 3:11). Para ellos, ese comienzo parecía algo grandioso, como si la vida regresara después de la muerte. Sus almas hambrientas encontraron en ello un verdadero consuelo. Gritaron tan fuerte que el sonido se escuchó a lo lejos. Debemos agradecer las primeras señales de la misericordia de Dios, aun antes de que la obra esté completa. Después de una ruina tan prolongada, la colocación de los cimientos del templo solo podía producir alegría en todo israelita fiel.

Otros recordaban la gloria del primer templo, el que había construido Salomón, y veían que este nuevo templo probablemente sería mucho menos espléndido, ya fuera en tamaño o en belleza. Por eso lloraron a gritos (Esdras 3:12). Si se cuenta el cautiverio a partir del cuarto año de Joacim, habían pasado unos cincuenta y dos años desde la destrucción del templo. Si se cuenta a partir del cautiverio de Jeconías, habían pasado unos cincuenta y nueve años. Eso significa que muchos de los que estaban vivos todavía podían recordar el templo anterior. También fue una muestra de misericordia que tantos sacerdotes y levitas hubieran vivido lo suficiente para contarle al pueblo lo que recordaban de la antigua gloria de Jerusalén y animarlo mientras regresaba.

Quienes lloraban tenían cierta razón para entristecerse, si la usaban correctamente y lamentaban el pecado que había provocado aquel cambio. El pecado arruina la gloria de cualquier iglesia o pueblo, y cuando son abatidos, esa es la verdadera causa de su desgracia. Pero se equivocaron al mezclar sus lágrimas con la alegría pública y echar así una sombra sobre ella. Menospreciaron los pequeños comienzos y no dieron gracias a Dios por el bien que tenían, porque no era tanto como lo que habían disfrutado sus antepasados, aunque era mucho más de lo que merecían. En una alegría pública compartida, no debemos desentonar como cuerdas fuera de tono.

Esto era aún más grave porque quienes lloraban eran sacerdotes y levitas, que debían haberlo entendido mejor y enseñar a los demás a responder correctamente a las distintas maneras en que Dios actúa. No debieron permitir que los recuerdos de las dificultades pasadas borraran la gratitud por la misericordia presente. Esta mezcla de tristeza y alegría representa la vida en este mundo. Algunas personas están llenas de alegría mientras otras se encuentran abrumadas por las lágrimas. En el cielo, todos cantan y nadie suspira. En el infierno, todos lloran y se lamentan, y nadie se alegra. Pero aquí en la tierra, la alegría y el dolor a menudo se escuchan juntos. Aprendamos a alegrarnos con los que se alegran y a llorar con los que lloran, sin permitir que nuestro propio corazón sea arrastrado por ninguno de los dos sentimientos.

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