Versículo destacado
Ezequiel 3:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Al cabo de siete días, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "
Ezequiel 3:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 El espíritu me levantó y me llevó; yo fui con amargura, en el ardor de mi espíritu, pero la mano del SEÑOR era fuerte sobre mí.
15 Entonces llegué a los del cautiverio en Tel Abib, que habitaban junto al río Quebar; me senté donde ellos estaban sentados y permanecí allí, atónito entre ellos, durante siete días.
16 Al cabo de siete días, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:
17 Hijo de hombre, te he puesto como centinela de la casa de Israel; por tanto, escucha la palabra de mi boca y adviérteles de mi parte.
18 Cuando yo le diga al malvado: “Ciertamente morirás”, y tú no le adviertas ni hables para advertir al malvado que se aparte de su mal camino, a fin de salvar su vida, aquel malvado morirá por su iniquidad, pero reclamaré su sangre de tu mano.
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Estas instrucciones adicionales le fueron dadas al profeta después de siete días, es decir, el séptimo día después de la visión que había tenido. Es muy probable que tanto este encuentro como el anterior ocurrieran en sábado, día que la casa de Israel, aun en el cautiverio, seguía observando en la medida de lo posible bajo aquellas condiciones.
Sus conquistadores y opresores no parecen haberlos obligado a trabajar continuamente, como lo habían hecho los egipcios en otro tiempo. Por eso podían guardar el descanso del sábado como una señal que los distinguía de sus vecinos. Sin embargo, no tenían templo ni sinagoga donde adorar en sábado. Parece que tenían un lugar junto al río donde acostumbraban orar (Hechos 16:13). Allí se reunían el sábado, y allí sus enemigos se burlaban de ellos con los cánticos de Sion (Salmo 137:1, 3). Allí se encontró Ezequiel con ellos, y allí vino a él la palabra del Señor.
El que había pasado toda la semana reflexionando profundamente en las cosas de Dios estaba preparado para hablarle al pueblo en el nombre de Dios el sábado. También estaba listo para escuchar a Dios. En este sábado, Ezequiel no recibió visiones de la gloria de Dios como las que había recibido el sábado anterior. En cambio, recibió una explicación clara y sencilla de su deber, la cual debía transmitirle al pueblo.
Debemos recordar que los arrebatos espirituales y las explosiones de gozo no son el alimento diario de los hijos de Dios, aunque en ocasiones especiales Dios pueda alimentarlos con esas experiencias. No debemos negar que tenemos verdadera comunión con Dios (1 Juan 1:3), aunque no siempre la sintamos con la misma intensidad. Y aunque a veces podamos explorar los misterios del reino de los cielos, por lo general la enseñanza sencilla y cotidiana es la que más edifica.
Aquí Dios le dice al profeta cuál es su oficio y qué incluye el deber de ese oficio. Podemos suponer que Ezequiel debía comunicarles esto a las personas, para que prestaran atención y se beneficiaran de ello. Es bueno que las personas entiendan la responsabilidad que sus ministros tienen hacia ellas y la rendición de cuentas que pronto tendrán que hacer por esa responsabilidad.
Primero se le dice al profeta a qué oficio ha sido llamado. Dios declara: «Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya para la casa de Israel» (Ezequiel 3:17). La visión que Ezequiel había contemplado lo había abrumado, y no sabía cómo interpretarla. Por eso Dios empleó esta comparación sencilla, más adecuada para ayudarlo a entender su tarea y aceptarla.
Ezequiel se había sentado entre los cautivos y había guardado silencio, pero ahora Dios le dice que el silencio no servirá. Es un atalaya y tiene algo que decirles. El atalaya de una ciudad vigila para prevenir incendios, ladrones y alborotadores. El atalaya que cuida un rebaño vigila contra los ladrones y los animales salvajes. Pero, sobre todo, el atalaya de un campamento, de un país bajo ataque o de una ciudad sitiada observa los movimientos del enemigo y da la alarma ante la primera señal de peligro.
Esto significa que la casa de Israel se encuentra en una especie de estado de guerra, expuesta a enemigos astutos que nunca dejan de intentar hacerle daño. También significa que cada miembro de esa casa está en peligro y debe mantenerse alerta. Los ministros son atalayas sobre los muros de la iglesia (Isaías 62:6), atalayas que recorren la ciudad (Cantares 3:3).
Es un oficio agotador. Los atalayas deben permanecer despiertos aun cuando tengan sueño y quedarse afuera aun cuando haga frío. Deben mantener su puesto bajo toda clase de clima, en la torre de vigilancia (Isaías 21:8; Génesis 31:40). También es un oficio peligroso. A veces no pueden conservar su puesto sin arriesgar la vida ante el enemigo, que triunfa si mata al centinela. Pero tampoco se atreven a abandonar su puesto, porque entonces enfrentan la muerte a manos de su comandante. Los atalayas de la iglesia viven en esa difícil posición. Las personas los maldecirán si son fieles, y Dios los maldecirá si son falsos.
Aun así, es un oficio necesario. La casa de Israel no puede estar segura sin atalayas; sin embargo, si el Señor no la protege, en vano se mantiene despierto el atalaya (Salmo 127:1-2).
El deber de este oficio consiste en prestar atención y dar aviso. Primero, como atalaya, el profeta debe prestar atención a lo que Dios dice acerca de este pueblo, no solo acerca de la nación en conjunto, que era el enfoque habitual de Jeremías y de los demás profetas, sino también acerca de personas específicas, según su carácter. No debe hacer como otros atalayas, que observan el horizonte en busca de peligros y reúnen informes. Debe mirar hacia Dios, y eso es suficiente. «Oye, pues, la palabra de mi boca» (Ezequiel 3:17). Quienes han de predicar deben escuchar primero, porque no pueden enseñar a otros si ellos mismos no han aprendido.
Segundo, debe comunicar lo que escucha. Un atalaya necesita ojos, pero también necesita lengua. Si guarda silencio, es casi tan malo como si fuera ciego (Isaías 56:10). Dios dice: «Adviérteles de mi parte»; debe dar la alarma en el monte santo, no en su propio nombre, sino en el nombre de Dios y con la autoridad de Dios. Los ministros son la voz de Dios para el pueblo. Las Escrituras fueron escritas para nuestra instrucción, y por medio de ellas el siervo de Dios recibe advertencia (Salmo 19:11). Sin embargo, como las palabras pronunciadas en voz alta suelen causar una impresión más profunda, a Dios le place usar a personas como nosotros, que están personalmente involucradas, para hacer llegar con fuerza las advertencias de su Palabra escrita.
Al predicar, el profeta debe distinguir entre el malvado y el justo, entre lo valioso y lo inútil, y hablarle a cada uno de la manera apropiada. Debe darle a cada persona lo que necesita. Si hace esto, habrá cumplido con su deber, cualquiera que sea el resultado. Si no lo hace, tendrá que rendir cuentas.
Algunas de las personas con las que debe tratar son malvadas, y debe advertirles que no continúen viviendo de esa manera, sino que se aparten de ella (Ezequiel 3:18-19). El Dios del cielo ha dicho, y todavía dice, a toda persona malvada que, si continúa en su pecado, ciertamente morirá. Su pecado sin duda la llevará a la ruina. Conduce a la ruina y termina en ruina. Morirá en su pecado, bajo su culpa y bajo su poder.
Pero si una persona malvada se aparta de su maldad y de su mal camino, vivirá, y la ruina anunciada será evitada. Para apartarse de esa manera, debe ser advertida del peligro que enfrenta. La persona malvada morirá si continúa por ese camino, pero vivirá si se arrepiente. Debe apartarse de su maldad y de su mal camino. No basta con cambiar la conducta externa, algo que puede suceder simplemente porque el pecado la ha dejado en paz. También debe apartarse del amor al pecado y de la inclinación interior hacia él, mediante un verdadero cambio interno. Si ni siquiera se aparta de su mal camino exterior, hay pocas esperanzas de que se haya apartado de su maldad interior.
Los ministros tienen el deber tanto de advertirles a los pecadores acerca del peligro del pecado como de hablarles del bien que resulta del arrepentimiento, es decir, de volver a Dios. Deben mostrarles lo miserables que son si continúan viviendo en pecado y lo felices que pueden ser si se arrepienten y cambian su manera de vivir. El ministerio de la palabra de Dios trata con la vida y la muerte, porque pone delante de nosotros la bendición y la maldición, para que evitemos la maldición y recibamos la bendición.
Si los ministros no advierten a las personas malvadas como deberían, eso no excusa a quienes continúan viviendo en pecado. Aunque el atalaya no haya dado la alarma, morirán en su pecado, porque la providencia de Dios y sus propias conciencias les dieron suficiente advertencia. Si hubieran escuchado, podrían haber salvado su vida.
Si los ministros son infieles a su llamado y no advierten a los pecadores acerca del resultado mortal del pecado, sino que les permiten continuar sin corrección, Dios les pedirá cuentas por la sangre de quienes perecen a causa de ese descuido. En el día del juicio se les imputará que su infidelidad contribuyó a la ruina de almas preciosas. Porque nadie sabe si, de haber sido advertidas claramente, esas personas habrían escapado a tiempo de la ira venidera. Si es una culpa terrible contribuir a la muerte de un cuerpo que está muriendo, ¡cuánto peor es contribuir a la ruina de un alma inmortal!
Pero si los ministros cumplen con su deber y dan la advertencia, y aun así las personas se niegan a escuchar, los ministros pueden encontrar consuelo en esto: están libres de la culpa de esa sangre y han librado su propia alma, aunque no puedan rescatar las almas de los demás. Los que son fieles recibirán su recompensa, aunque no tengan éxito en todos los casos.
Algunas de las personas con las que Ezequiel tenía que tratar eran justas, al menos, según un juicio caritativo que le daba razones para pensarlo. Aun así, debía advertirles que no se apartaran ni abandonaran su justicia (Ezequiel 3:20, 3:21). Incluso las mejores personas del mundo necesitan ser advertidas contra el apartarse, y necesitan conocer tanto el peligro de esa caída como el peligro que se deriva de ella. Los siervos de Dios deben ser advertidos para que no descuiden su obra ni abandonen su servicio. Una buena manera de evitar la caída es conservar un temor santo de caer. Por eso, quienes creen estar firmes deben cuidarse; no deben enorgullecerse, sino tener temor (Salmo 19:11; Hebreos 4:1; Romanos 11:20).
Hay una clase de justicia de la que una persona puede apartarse. Es solo una justicia aparente, y cuando las personas se apartan de ella, eso demuestra que nunca fue sincera, por muy buena que pareciera. Si realmente hubieran pertenecido al pueblo de Dios, habrían permanecido con él (1 Juan 2:19). Muchos comienzan en el Espíritu, pero terminan en la carne. Al principio dirigen la mirada hacia el cielo, pero después miran atrás. Alguna vez tuvieron su primer amor, pero lo pierden y se apartan del santo mandamiento.
Cuando las personas se apartan de la justicia, pronto aprenden a hacer lo malo. En cuanto empiezan a ser descuidadas en la adoración, la descuidan o se vuelven débiles y perezosas en ella, se convierten en una presa fácil para el tentador. Las omisiones abren paso a los pecados cometidos activamente. Cuando las personas se apartan de la justicia y cometen pecado, es justo que Dios ponga piedras de tropiezo delante de ellas, de modo que vayan de mal en peor hasta quedar listas para la destrucción. Cuando el faraón endureció su corazón, Dios también lo endureció. Cuando los pecadores le dan la espalda a Dios, abandonan su servicio y lo avergüenzan, él retira justamente su gracia restrictiva, los entrega a sus propios deseos pecaminosos y ordena sus vidas por medio de su providencia de maneras que avivan su pecado y aceleran su ruina. Incluso Cristo mismo se convierte para algunos en una piedra de tropiezo y en una roca que los hace caer (1 Pedro 2:8).
La justicia que las personas abandonan nunca será recordada para su honra ni para su consuelo. No les servirá de nada en este mundo ni en el venidero. Quienes se apartan pierden todo lo que habían hecho. Su servicio y sus sufrimientos no cuentan para nada, porque no perseveraron en ellos. Según el principio de la ley, algo no se considera verdaderamente hecho si no continúa. Se dice que hacemos únicamente aquello que seguimos haciendo (Gálatas 3:3, 3:4).
Si los ministros no advierten claramente cuán débiles son incluso las mejores personas, con qué facilidad pueden tropezar y caer, qué tentaciones enfrentan y cuáles son las consecuencias mortales de apartarse, entonces la ruina de quienes sí se aparten recaerá sobre ellos, y tendrán que responder por ella. Esto no significa que no haya personas que, aun después de ser advertidas, se aparten de la justicia. Pero ese no es el caso que aquí se enfatiza, como ocurría con el malvado. Aquí se presenta lo contrario: cuando un justo recibe la advertencia, la acepta y no peca (Ezequiel 3:21). Si instruyes a una persona sabia, se hará aún más sabia.
No debemos halagar a los malvados, ni tampoco halagar a los justos como si estuvieran completamente seguros en cualquier lugar que no sea el cielo. Si los ministros advierten y las personas aceptan la advertencia, eso es bueno para ambos. Nada es más hermoso que una sabia reprensión recibida por un oído obediente. Uno vivirá porque fue advertido, y el otro habrá librado su alma. ¿Qué más podría desear un buen ministro que salvarse a sí mismo y a quienes lo escuchan? (1 Timoteo 4:16)
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De este capítulo
Ezequiel 3:1
"Además, me dijo: «Hijo de hombre, come lo que encuentres; come este rollo, y ve a hablarle a la casa de Israel»."
Ezequiel 3:2
"Entonces abrí la boca, y él me hizo comer aquel rollo."
Ezequiel 3:3
"Y me dijo: «Hijo de hombre, haz que tu vientre coma y llena tus entrañas con este rollo que te doy». Entonces lo comí, y en mi boca fue dulce como la miel."
Ezequiel 3:4
"Y me dijo: Hijo de hombre, ve, dirígete a la casa de Israel y háblales con mis palabras."
Ezequiel 3:5
"Porque no eres enviado a un pueblo de habla extraña y lengua difícil, sino a la casa de Israel;"
Ezequiel 3:6
"no a muchos pueblos de habla extraña y lengua difícil, cuyas palabras no puedes entender. Sin duda, si te hubiera enviado a ellos, te habrían escuchado."
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