Versículo destacado
Jeremías 42:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y sucedió que, después de diez días, la palabra del SEÑOR vino a Jeremías. "
Jeremías 42:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Entonces ellos dijeron a Jeremías: Que el SEÑOR sea testigo verdadero y fiel entre nosotros si no hacemos conforme a todo aquello para lo cual el SEÑOR tu Dios te envíe a nosotros.
6 Sea bueno o sea malo, obedeceremos la voz del SEÑOR nuestro Dios, a quien te enviamos, para que nos vaya bien cuando obedezcamos la voz del SEÑOR nuestro Dios.
7 Y sucedió que, después de diez días, la palabra del SEÑOR vino a Jeremías.
8 Entonces llamó a Johanán hijo de Carea, a todos los capitanes de las fuerzas que estaban con él y a todo el pueblo, desde el menor hasta el mayor,
9 y les dijo: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel, a quien ustedes me enviaron para presentar su súplica ante él:
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Jeremías dio a los hombres que habían pedido orientación la respuesta que Dios le había enviado. No llegó de inmediato, sino solo después de diez días (Jeremías 42:7). Tal vez tuvieron que esperar tanto para dejar al descubierto su hipocresía o para demostrar que Jeremías no hablaba por cuenta propia. Él no podía hablar cuando quisiera, sino únicamente cuando Dios le daba las palabras. Esto nos enseña a seguir esperando en Dios para recibir dirección en nuestro camino. La visión tiene un tiempo señalado, y al final se cumplirá.
Cuando llegó la respuesta, Jeremías la comunicó abiertamente, tanto a los jefes militares como a todo el pueblo, desde el más insignificante hasta el de mayor rango. Les dio el mensaje completo y con toda honestidad, tal como lo había prometido. Si Jeremías hubiera dependido de su propia sabiduría, quizá no habría sabido qué decir, porque la situación de ellos era muy difícil. Pero lo que tenía para darles era la palabra del SEÑOR, el Dios de Israel, aquel a quien ellos le habían pedido que consultara. Por eso estaban obligados, tanto por honor como por deber, a obedecerla.
La voluntad de Dios era que permanecieran donde estaban, y su promesa era que, si se quedaban, les iría bien. Quería que permanecieran en la tierra (Jeremías 42:10). Sus hermanos habían sido llevados al exilio, y eso era motivo de tristeza. Por lo tanto, quienes tenían permiso para quedarse debían considerarlo tanto una muestra de misericordia como un deber. Si tu herencia está en Canaán, la tierra prometida, no la abandones mientras puedas permanecer allí. Habría bastado con que Dios dijera: «Les ordeno que se queden en la tierra». Pero habla más como un amigo que intenta convencerlos que como un gobernante que da una orden.
Primero, Dios muestra un cuidado tierno por su condición afligida: «Me pesa la calamidad que les he enviado». Ellos habían dado pocas señales de lamentar su propio pecado; sin embargo, Dios, como quien se aflige por la miseria de Israel (Jueces 10:16), comienza a apartarse de los juicios que había enviado a causa de sus pecados. Esto no significa que Dios cambiara de opinión. Significa que estaba dispuesto a cambiar la manera de tratar con ellos y volver a acercarse con misericordia. El momento de Dios para mostrar compasión a sus siervos llega cuando ve, como en este caso, que sus fuerzas se han agotado y que no queda nadie, ni esclavo ni libre (Deuteronomio 32:36).
Dios también responde al temor que les impedía quedarse. Tenían miedo del rey de Babilonia, porque pensaban que podría castigarlos por la muerte de Gedalías, aunque ellos no habían participado en ella y se habían opuesto a ese crimen (Jeremías 41:18). Ese temor no tenía un fundamento real. Aun así, si se sentían amenazados, la respuesta de Dios era suficiente: «No tengan miedo del rey de Babilonia» (Jeremías 42:11). Era un hombre poderoso, con poca misericordia, cuyo gobierno era duro e impredecible. Sin embargo, Dios les dice, en efecto: «No le tengan miedo, porque el temor los atrapará. Yo estoy con ustedes; y si Dios está a favor de ustedes para salvarlos, ¿quién podrá estar en contra para hacerles daño?». Dios da una promesa suficiente para calmar incluso los temores innecesarios que alejan a su pueblo de la obediencia.
Dios también promete que, si se quedan en la tierra, no solo estarán a salvo del rey de Babilonia, sino que recibirán bienestar de parte del Rey de reyes. «Los edificaré y no los destruiré; los plantaré y no los arrancaré», les dice. Volverían a echar raíces y serían el nuevo comienzo de otra nación, como un ave fénix que se levanta de las cenizas de la anterior. Añade: «Les mostraré misericordia» (Jeremías 42:12). En cada consuelo debemos reconocer la misericordia de Dios. Si el rey de Babilonia les muestra bondad, deben reconocer que esa bondad proviene de la mano de Dios. Dios hace que aquellos de quienes se compadece reciban compasión incluso de parte de quienes los habían llevado cautivos (Salmos 106:46). El rey de Babilonia, que ahora gobernaba la tierra, les permitiría regresar, establecerse nuevamente en sus hogares y recuperar la tierra que les había pertenecido.
Dios ha convertido en nuestro deber lo que en realidad es un privilegio, y nuestra obediencia será su propia recompensa. En efecto, les dice: «Quédense en esta tierra, y volverá a ser de ustedes. No se vayan ahora, cuando están tan cerca de disfrutarla otra vez. No sean tan insensatos como para renunciar a la misericordia que les ofrezco por seguir mentiras vacías».
Tampoco debían pensar en ir a Egipto, precisamente a ese lugar. Egipto era la tierra de la que Dios había rescatado a sus antepasados, y era un lugar en el que con frecuencia les había advertido que no confiaran ni con el que hicieran alianzas. Dios pone al descubierto el pecado hacia el que ya se inclinaban y, para aquel que conoce sus corazones, esto era más que una suposición. «Ustedes comienzan a decir: “No viviremos en esta tierra”» (Jeremías 42:13). Estaban decididos a no quedarse, aunque Dios mismo les prometiera protegerlos. No permanecerían allí, ni siquiera para obedecer al SEÑOR su Dios. En efecto, estaban diciendo: «Que él diga lo que quiera, pero nosotros haremos lo que queramos. Iremos a Egipto y viviremos allí, lo permita Dios o no, y vaya él con nosotros o no» (Jeremías 42:14).
Su razonamiento era que en Egipto no verían guerra ni hambre, como las que habían sufrido durante tanto tiempo en Judá (Jeremías 42:14). Pero es insensato abandonar el lugar que Dios nos ha dado, especialmente la tierra santa, solo porque enfrentamos dificultades allí. Es aún más insensato pensar que podemos escapar de los juicios de Dios cambiando de lugar. El mal del pecado sigue a los desobedientes adondequiera que vayan, y no hay manera de escapar de él excepto regresar a una obediencia fiel.
Si persistían en ese pecado, la sentencia de Dios era segura. Viene en el nombre del SEÑOR: «Escuchen la palabra del SEÑOR, ustedes, resto de Judá» (Jeremías 42:15). Pensaban que, por ser un remanente, debían ser perdonados y quedar libres para hacer lo que quisieran. Pero esa era una esperanza falsa. ¿Los asustaban la espada y el hambre? Esos mismos juicios los seguirían hasta Egipto, los alcanzarían allí y allí los destruirían (Jeremías 42:16-17). Pensaban que la guerra y el hambre estaban ligadas a aquella tierra y que, si escapaban de Judá, también escaparían de esos problemas. Pero si hubieran confiado en Dios, él podría haberles dado paz incluso en esa tierra. Imaginaban que el peligro se quedaría atrás al mudarse, pero Dios lo enviaría tras ellos adondequiera que fueran. Los males que intentamos evitar mediante el pecado son precisamente los males que atraemos sobre nosotros.
Los hombres que vayan a Egipto contra la voluntad de Dios, tratando de escapar de la guerra y del hambre, morirán allí por causa de la guerra y del hambre. Esto también puede aplicarse a las dificultades comunes de la vida humana. Quienes no soportan sus problemas y creen que pueden evitarlos mudándose de lugar se darán cuenta de que están equivocados. Las mismas dificultades que afligen a las personas las encontrarán dondequiera que vayan. En este mundo, cada cambio de lugar es solo pasar de un desierto a otro, porque seguimos en la misma condición.
¿Los había aterrorizado la destrucción de Jerusalén? ¿Querían alejarse de ella lo más posible? Entonces enfrentarían el mismo juicio también en Egipto (Jeremías 42:18). Así como Dios derramó sobre Jerusalén su enojo y su furor, también los derramaría sobre Egipto. Quienes convierten a Dios en su enemigo por medio del pecado descubrirán que él es un fuego consumidor adondequiera que vayan. Entonces se convertirían en objeto de maldición y horror. Desde tiempos antiguos los hebreos habían sido una abominación para los egipcios (Génesis 43:32), y ahora serían aún más despreciados. Cuando el pueblo que profesa pertenecer a Dios se mezcla con los incrédulos y busca su aprobación, pierde su honor y trae vergüenza sobre sí mismo.
Dios también conocía la hipocresía con la que le habían pedido orientación. Cuando preguntaron qué quería que hicieran, ya habían decidido hacer lo que ellos querían. Por eso, la advertencia que antes se había expresado de manera condicional ahora se presenta como una certeza. Dios había puesto delante de ellos el bien y el mal, la bendición y la maldición, y ahora aplica lo que había dicho.
Primero, Jeremías declara solemnemente que les comunicó fielmente el mensaje de Dios (Jeremías 42:19). El punto final es este: no bajen a Egipto. Si desobedecían el mandato de Dios, la advertencia que habían recibido quedaría como testimonio en su contra. Nadie podría alegar ignorancia de la voluntad de Dios, porque habían sido advertidos con toda claridad, tanto si escuchaban como si se negaban a escuchar.
Segundo, los acusa de haber actuado con evidente engaño al pedir orientación (Jeremías 42:20). En su corazón eran falsos. Fingían una cosa, pero tenían otra intención; prometían hacer algo que nunca habían pensado cumplir. Se habían engañado a sí mismos, como señala la nota al margen. Quienes intentan engañar a Dios terminan tendiéndose a sí mismos una trampa mortal.
Tercero, Dios ya sabía que estaban decididos a desobedecer su mandato. Probablemente lo habían mostrado en sus rostros y en sus quejas silenciosas antes de que Jeremías terminara de hablar. Aun así, habló en nombre de aquel que conoce los corazones: no habían obedecido la voz del SEÑOR su Dios y en realidad no tenían el deseo de obedecerla. Moisés había dicho lo mismo en su discurso de despedida: «Yo conozco su rebeldía y su obstinación» (Deuteronomio 31:27, 29). Debemos admirar la paciencia de Dios: está dispuesto a hablarles a quienes sabe que no escucharán y a tratar con quienes sabe que actuarán con gran traición (Isaías 48:8).
Cuarto, vuelve a declararles su sentencia: «Sepan con toda certeza que morirán a espada» (Jeremías 42:22). Las advertencias de Dios pueden ser objeto de burla, pero la incredulidad humana no puede anularlas. La guerra, el hambre y las enfermedades seguirán a estos pecadores, porque ningún lugar está fuera del alcance del juicio de Dios, ni ningún culpable puede escapar de su presencia. Morirán precisamente en el lugar adonde tanto deseaban ir. No sabemos qué es realmente bueno para nosotros; lo que más deseamos suele terminar causándonos dolor y, a veces, hasta la muerte.
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De este capítulo
Jeremías 42:1
"Entonces se acercaron todos los capitanes de las fuerzas, Johanán hijo de Carea, Jezanías hijo de Osaías y todo el pueblo, desde el menor hasta el mayor,"
Jeremías 42:2
"y dijeron al profeta Jeremías: Te rogamos que nuestra súplica sea aceptada ante ti y que ores por nosotros al SEÑOR tu Dios, por todo este remanente; (porque de muchos hemos quedado solo unos pocos, como tus ojos pueden vernos)."
Jeremías 42:3
"Que el SEÑOR tu Dios nos muestre el camino por el cual debemos andar y lo que debemos hacer."
Jeremías 42:4
"Entonces el profeta Jeremías les dijo: Los he oído. Miren, oraré al SEÑOR su Dios conforme a sus palabras, y todo lo que el SEÑOR les responda se lo declararé; no les ocultaré nada."
Jeremías 42:5
"Entonces ellos dijeron a Jeremías: Que el SEÑOR sea testigo verdadero y fiel entre nosotros si no hacemos conforme a todo aquello para lo cual el SEÑOR tu Dios te envíe a nosotros."
Jeremías 42:6
"Sea bueno o sea malo, obedeceremos la voz del SEÑOR nuestro Dios, a quien te enviamos, para que nos vaya bien cuando obedezcamos la voz del SEÑOR nuestro Dios."
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