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Jeremías 32:26 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces la palabra del SEÑOR vino a Jeremías, diciendo: "

Jeremías 32:26

menu_book El versículo en contexto

24 Mira, los terraplenes han llegado hasta la ciudad para tomarla, y la ciudad ha sido entregada en manos de los caldeos que pelean contra ella, a causa de la espada, del hambre y de la peste. Lo que tú dijiste ha sucedido y, mira, tú lo ves.

25 Y tú me dijiste, Señor DIOS: Compra el campo con dinero y toma testigos, porque la ciudad ha sido entregada en manos de los caldeos.

26 Entonces la palabra del SEÑOR vino a Jeremías, diciendo:

27 Yo soy el SEÑOR, el Dios de toda carne. ¿Hay algo demasiado difícil para mí?

28 Por tanto, así dice el SEÑOR: Yo entregaré esta ciudad en manos de los caldeos y en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y él la tomará.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta es la respuesta de Dios a la oración de Jeremías. Su propósito era tranquilizarlo y ayudarlo a descansar en la voluntad de Dios. Le muestra plenamente tanto la ira de Dios contra aquella generación como su gracia para las generaciones futuras. Jeremías no sabía cómo conciliar la misericordia y el juicio, pero Dios le enseña a alabarlo por ambas cosas.

Cuando no sabemos cómo encaja una parte de la palabra de Dios con otra, podemos tener la certeza de que ambas son verdaderas. Las dos son puras, las dos se cumplirán, y ni siquiera una pequeña parte de ninguna de ellas fallará. Cuando le dijeron a Jeremías que comprara el campo en Anatot, quizá esperaba que Dios cancelara su juicio y obligara a los babilonios a levantar el sitio. Pero Dios dice: «No; la sentencia se cumplirá. Jerusalén será destruida».

Debemos observar esto con cuidado: las promesas de misericordia futura no garantizan que las dificultades presentes terminarán de inmediato. Sin embargo, Dios también quería que Jeremías entendiera algo más. Comprar aquel campo no significaba que toda la misericordia que Dios había planeado para su pueblo después del exilio consistiría solamente en devolverles sus tierras. También era una señal de bendiciones espirituales mucho mayores, que les serían dadas en abundancia y que tendrían un valor muy superior al de los campos y los viñedos.

Por eso, en esta palabra del SEÑOR para Jeremías encontramos algunas de las advertencias más contundentes y algunas de las promesas más ricas del Antiguo Testamento. Aquí se nos presentan tanto la vida y la muerte como el bien y el mal. Debemos considerarlos con cuidado y escoger sabiamente.

Ahora se anuncia la ruina de Judá y de Jerusalén. La decisión ha sido tomada y no será revocada.

Dios declara primero su propio poder y autoridad: «Yo soy el SEÑOR, el que existe por sí mismo y es completamente suficiente. Yo soy el Dios de todo ser humano», es decir, de toda la humanidad. Se le llama el Dios de todo ser humano porque las personas son débiles y no pueden enfrentarse a él, y también porque son pecadoras y no están dispuestas a obedecerlo (Salmo 56:4). Dios hizo todas las cosas y las usa como le place.

El Dios de Israel también es el Dios de todos los pueblos y de cada espíritu humano. Si Israel es rechazado, Dios puede levantar para su nombre a otro pueblo de cualquier otra nación. Si él es el Dios de todo ser humano, entonces nada es demasiado difícil para él. ¿Qué no puede hacer, si toda fuerza humana procede de él, depende de él y está bajo su gobierno? Cualquier cosa que se proponga hacer, ya sea con ira o con misericordia, nadie puede detenerla ni arruinar su plan.

Dios mantiene lo que tantas veces había declarado acerca de la destrucción de Jerusalén a manos del rey de Babilonia. «Entregaré esta ciudad en sus manos», dice Dios, «ahora que la está atacando; él la conquistará y la saqueará». Los babilonios llegarán, prenderán fuego a la ciudad y quemarán todas sus casas. La casa de Dios no será perdonada, ni tampoco el palacio del rey.

Luego Dios explica la razón de estos actos tan severos contra una ciudad que en otro tiempo había disfrutado de tanto favor. Es el pecado, y nada más, lo que la destruye. Pecaban con descaro y sin vergüenza. Quemaban incienso a Baal, no en lugares ocultos como quienes se avergüenzan de lo que hacen, sino sobre las azoteas (Jeremías 32:29), desafiando abiertamente la justicia de Dios.

También procuraban insultar a Dios. Lo hacían para provocarlo a ira (Jeremías 32:29). Una vez más, Dios dice que solo lo habían provocado con la obra de sus manos (Jeremías 32:30). No podían obtener de ella verdadero placer, beneficio ni honor. Lo hacían deliberadamente para ofenderlo. Dios repite que todo el mal que habían cometido tenía como propósito provocarlo a ira (Jeremías 32:32). Sabían que Dios es celoso en asuntos de adoración, pero decidieron poner a prueba abiertamente ese celo.

Toda su conducta provocaba a Dios. Habían hecho lo malo delante de él desde su juventud, desde el momento en que comenzaron a existir como pueblo (Jeremías 32:30). Sus quejas y su rebelión en el desierto lo demuestran. En cuanto a Jerusalén, aunque era la ciudad santa, había provocado al Dios santo desde el día en que fue edificada hasta ese mismo momento (Jeremías 32:31). Cuánta razón tenemos para lamentar el poco honor que Dios recibe en este mundo y la gran vergüenza que se le causa. Incluso en Judá, donde él era conocido y su nombre era grande, y en Salem, donde estaba su tabernáculo, siempre aparecía algo que lo provocaba.

Personas de todos los rangos y clases compartían la culpa, y por eso todos fueron incluidos justamente en la ruina. Esto no solo era cierto de los hijos de Israel, que se habían apartado del templo, sino también de los hijos de Judá, que todavía permanecían junto a él. No solo era cierto de la gente común, de los hombres de Judá y del pueblo de Jerusalén, sino también de quienes debían corregir y frenar el pecado en los demás. Sus reyes y príncipes, sus sacerdotes y profetas, estaban al frente de la misma maldad.

Dios los había llamado una y otra vez al arrepentimiento, pero ellos se negaron a escuchar. Le dieron la espalda al que los llamaba, aunque él era su Señor, a quien debían obediencia, y su Benefactor, a quien debían gratitud y confianza (Jeremías 32:33). Dios dice que les enseñó con cuidado, como un padre afectuoso enseña a su hijo. Se levantaba temprano para enseñarles, buscaba la manera de adaptar sus enseñanzas a ellos y comenzaba cuando todavía eran jóvenes y más propensos a responder. Pero todo fue en vano. Ni siquiera querían volver el rostro hacia él, mucho menos escucharlo. En cambio, le dieron la espalda, señal de un profundo desprecio. Así como Dios los llamaba, ellos, como hijos obstinados, se alejaban de él (Oseas 11:2). No escucharon para recibir instrucción e ignoraron palabras destinadas a su propio bien.

Su adoración a los ídolos mostraba un desprecio abierto hacia Dios. Colocaron sus ídolos detestables, precisamente los que sabían que Dios odiaba más que cualquier otra cosa, en la casa que lleva su nombre, y así la profanaron (Jeremías 32:34). No solo tenían ídolos en los lugares altos y bajo los árboles frondosos, sino incluso dentro del templo de Dios.

También eran culpables de una crueldad terrible contra sus propios hijos, porque los sacrificaban a Moloc (Jeremías 32:35). Como no quisieron conservar el conocimiento de Dios, sino que cambiaron su gloria por aquello que les causaba vergüenza, fueron entregados a deseos degradantes y perdieron el afecto natural. Su gloria se convirtió en vergüenza.

¿Cuál fue el resultado de todo esto? Hicieron pecar a Judá (Jeremías 32:35). Toda la tierra quedó contaminada por la idolatría y la maldad que se extendían desde Jerusalén. También provocaron su propia ruina. Era como si hubieran actuado deliberadamente para que Dios los quitara de su presencia (Jeremías 32:31). Ellos mismos se expulsaron de su favor.

Después se promete la restauración de Judá y de Jerusalén (Jeremías 32:36 y siguientes).

Dios tendrá misericordia en medio del juicio, y llegará el momento, el tiempo señalado, de favorecer a Sion. Observemos primero hasta qué punto este pueblo había caído finalmente en la desesperación. Cuando el juicio solo se anunciaba desde lejos, no le tenían miedo. Pero cuando llegó de verdad, ya no tenían esperanza. Acerca de la ciudad decían (Jeremías 32:36) que sería entregada al rey de Babilonia, no por cobardía ni por mala dirección de su parte, sino a causa de la espada, el hambre y la enfermedad. Y acerca de la tierra decían con amargura (Jeremías 32:43): «Está arruinada; no quedan personas ni animales. No hay alivio ni remedio. Ha sido entregada en manos de los caldeos».

La profunda indiferencia suele terminar en una profunda desesperación. Pero quienes mantienen en todo momento un temor santo de Dios tienen una esperanza firme que los sostiene en los días más difíciles. Dios también les da la esperanza de una misericordia reservada para el futuro. Aunque sus cuerpos tengan que caer en cautiverio, sus hijos volverán a ver esta buena tierra y la bondad de Dios en ella.

Serán traídos de regreso del cautiverio y volverán a establecerse en esta tierra (Jeremías 32:37). Habían estado bajo la ira, el furor y la gran indignación de Dios, pero ahora participarían de su gracia, amor y gran favor. Él los había dispersado y los había expulsado por todos los países. Algunos huyeron y se dispersaron por sí mismos, mientras que otros fueron dispersados por sus enemigos, quienes lo hicieron como estrategia para impedir que se unieran. La mano de Dios estaba presente en ambas cosas. Pero ahora Dios los encontrará y los reunirá de todos los países adonde habían sido expulsados, tal como lo había prometido en la ley (Deuteronomio 30:3-4) y como los santos habían orado (Salmo 106:47; Nehemías 1:9). Él los había desterrado, pero los traerá de regreso a este lugar, que no podían dejar de amar. Durante muchos años, en su propia tierra, habían vivido bajo la amenaza constante de la guerra, pero ahora Dios dice: «Haré que vivan seguros». Una vez que hayan cambiado y regresado a él, ni sus propias conciencias culpables ni los enemigos externos los aterrorizarán. Él promete: «Los plantaré firmemente en esta tierra» (Jeremías 32:41). Esto significa no solo que ciertamente lo hará, sino también que allí disfrutarán de una seguridad santa y de descanso. Echarán raíces en ese lugar, establecidos con firmeza, y ya no volverán a ser arrancados ni sacudidos.

Dios también renovará su pacto con ellos: un pacto de gracia. El pacto de gracia es la promesa salvadora de Dios de bendecir y transformar a su pueblo. Sus bendiciones son espirituales y preparan a las personas para las cosas mayores que Dios se propone hacer por ellas. Se llama pacto eterno (Jeremías 32:40), no solo porque Dios siempre lo cumplirá, sino porque sus resultados permanecerán para siempre. Estas promesas van más allá del Israel según la descendencia y ciertamente se aplican a todos los creyentes, a todo verdadero israelita. Los buenos cristianos pueden aplicárselas, presentárselas a Dios en oración y hallar consuelo en ellas.

Dios los reclamará como suyos y se entregará a ellos como su Dios (Jeremías 32:38): «Ellos serán mi pueblo». Los hará suyos al obrar en ellos las marcas y el carácter de su pueblo; después los protegerá, los guiará y gobernará como a su pueblo. Y para hacerlos verdaderamente felices, plenamente y para siempre, declara: «Yo seré su Dios». Ellos adorarán y servirán a Dios como su Dios, se aferrarán solamente a él, y él demostrará que les pertenece. Todo lo que él es y todo lo que tiene será usado para el bien de ellos.

Dios también les dará un corazón que lo tema (Jeremías 32:39). Lo que él pide de quienes incorpora a su pacto es que lo teman. Esto significa que honren su grandeza, teman su ira, reverencien su autoridad, le rindan homenaje y le den la gloria debida a su nombre. Lo que él exige, también promete producirlo en ellos, porque los ha escogido como su pueblo. Así como Dios tiene el derecho de formar el corazón de las personas, también promete formar correctamente el corazón de su pueblo. Un corazón que teme a Dios es verdaderamente un buen corazón, un corazón bien formado. Esto se repite en Jeremías 32:40: «Pondré mi temor en sus corazones». Esto significa que obrará en ellos cualidades y disposiciones llenas de gracia que moldearán toda su vida. Los maestros pueden poner cosas buenas en nuestra mente, pero solo Dios puede ponerlas en nuestro corazón. Solo él puede obrar en nosotros tanto el deseo como la capacidad de hacer lo correcto.

También les dará un solo corazón y un solo camino. Para hacer que anden por un solo camino, primero les dará un solo corazón. El camino será conforme al corazón, y ambos serán uno. En primer lugar, cada persona estará unida interiormente. Tener un solo corazón equivale a tener un corazón nuevo (Ezequiel 11:19). El corazón es uno cuando está completamente centrado en Dios y entregado por entero a él. Cuando el ojo es sencillo y la gloria de Dios es el único objetivo; cuando nuestro corazón está firme, confía en Dios y nuestra obediencia es constante y completa, entonces el corazón es uno y el camino es uno. Si el corazón no permanece firme, tampoco serán firmes los pasos. Esta promesa nos da dirección y ánimo para orar como David: «Afirma mi corazón para que tema tu nombre» (Salmo 86:11), pues Dios dice: «Les daré un solo corazón, para que me teman».

En segundo lugar, estarán unidos unos con otros. Todos los verdaderos cristianos formarán un solo cuerpo. Judíos y gentiles llegarán a ser un solo rebaño y, en la medida en que sean santificados, desearán amarse unos a otros. El evangelio que confiesan ofrece las razones más poderosas para el amor mutuo, y el Espíritu que vive en ellos es el Espíritu de amor. Aunque puedan diferir en asuntos menores, serán uno en las grandes verdades de Dios, pues están siendo renovados conforme a la misma imagen. Aunque puedan tener muchos caminos en asuntos secundarios, solo tienen un camino: el camino de una vida verdaderamente piadosa.

Dios también se asegurará de que continúen en la gracia y de que el pacto entre él y ellos permanezca. Habrían sido felices cuando fueron establecidos por primera vez en Canaán, como Adán en el paraíso, si no se hubieran apartado de Dios. Ahora que han sido restaurados a la felicidad, él los mantendrá en ella protegiéndolos para que no vuelvan a apartarse de él. Eso completará su bendición. Primero, Dios nunca los abandonará ni dejará de hacerles bien: «No dejaré de hacerles bien». Los gobernantes terrenales son cambiantes, y hasta sus favoritos más cercanos han caído bajo su enojo. Pero la misericordia de Dios permanece para siempre. A quienes ama, los ama hasta el fin. Dios puede parecer apartarse de este pueblo (Isaías 54:8), pero aun entonces no dejará de hacerles bien ni de hacer planes para su bien.

Segundo, ellos no se apartarán ni abandonarán a Dios. Ese es el peligro que enfrentamos. No tenemos ninguna razón para desconfiar de la fidelidad y la firmeza de Dios, pero sí tenemos razones para desconfiar de las nuestras. Por eso, aquí Dios promete darles un corazón que lo tema para siempre, todos los días de su vida: vivir en su temor cada día y durante todo el día (Proverbios 23:17), y conservar ese temor hasta el final de sus vidas. Pondrá en su corazón un principio tan firme que no se apartarán de él.

Incluso quienes se han entregado a Dios se apartarán si quedan abandonados a sí mismos. Pero cuando el temor de Dios gobierna el corazón, mantiene a la persona firme y evita que se aparte. Nada más puede hacerlo. Si permanecemos cerca de Dios y fieles a él, es enteramente por su poderosa gracia, no por nuestra propia fuerza o determinación.

Dios también transmitirá esta bendición a sus hijos. Les dará gracia para temerlo, para el bien de ellos y de sus hijos después de ellos. Si el alejamiento de Dios perjudicó a sus hijos, permanecer fieles a Dios beneficiará a sus hijos. No podemos procurar mejor el bienestar de las generaciones futuras que estableciendo y manteniendo en nuestros hogares el temor y la adoración de Dios.

Dios se alegrará del bienestar de ellos y hará todo lo necesario para promoverlo (Jeremías 32:41): «Me alegraré de hacerles bien». Ciertamente les hará bien porque se alegra en ellos. Son valiosos para él. Se complace en ellos y, por eso, no solo les hará bien, sino que se deleitará en hacerlo. Cuando los disciplina, lo hace con tristeza. «¿Cómo podré abandonarte, Efraín?». Pero cuando los restaura, lo hace con alegría y se regocija en hacerles bien. Por eso, nosotros debemos servirle con alegría y regocijarnos en cada oportunidad que tengamos de servirle. Él da con alegría y ama al siervo que le sirve con alegría.

«Los plantaré», dice Dios, «con todo mi corazón y con toda mi alma». Estará plenamente comprometido con esa obra y se deleitará en ella. Hará de su providencia el medio para establecerlos nuevamente en Canaán, y todas sus acciones estarán encaminadas hacia ese fin. Al final, todo mostrará que Dios ha obrado todas las cosas para el bien de la iglesia, y la gente dirá que el soberano del mundo se ha ocupado por completo de cuidar a su iglesia.

Estas promesas se cumplirán con tanta certeza como se cumplieron las advertencias anteriores. La obstinación presente del pueblo no impidió que llegaran los juicios, y su desesperanza presente tampoco debería impedirles esperar estas bendiciones (Jeremías 32:42). «Así como traje sobre ellos todo este gran mal», conforme a las advertencias y para honra de la justicia divina, «también traeré sobre ellos todo este bien», conforme a la promesa y para honra de la misericordia divina. Dios es fiel a sus advertencias y será aún más fiel a sus promesas. Consolará a su pueblo en proporción al tiempo que lo afligió. Las iglesias tendrán descanso después de los días de sufrimiento.

Como señal de todo esto, las casas y los terrenos volverán a tener valor en Judá y Jerusalén. En ese momento será difícil venderlos, pero entonces volverá a haber suficientes compradores (Jeremías 32:43–44). Se comprarán campos en esa tierra, y la gente deseará adquirir terrenos allí más que en cualquier otro lugar. Se venderán tierras por todas partes: no solo alrededor de Jerusalén, sino también en las ciudades de Judá y de Israel, tanto en las regiones montañosas como en los valles y en la región del sur. La gente comprará campos y firmará escrituras. El comercio volverá, porque tendrán dinero para comprar terrenos. La agricultura se reactivará, porque quienes tengan dinero querrán invertirlo en tierras. También se normalizarán los asuntos legales, porque firmarán y sellarán escrituras.

Esto se menciona para darle seguridad a Jeremías acerca de su propia compra. Había comprado un campo y ni siquiera podía ir a verlo, pero debía creer que aquello era una señal de muchas compras futuras. Incluso esas compras eran apenas una imagen tenue de la herencia duradera en la Canaán celestial, reservada para todos los que llevan el temor de Dios en el corazón y no se apartan de él.

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