Versículo destacado

Ezequiel 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Además, me dijo: «Hijo de hombre, come lo que encuentres; come este rollo, y ve a hablarle a la casa de Israel». "

Ezequiel 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 Además, me dijo: «Hijo de hombre, come lo que encuentres; come este rollo, y ve a hablarle a la casa de Israel».

2 Entonces abrí la boca, y él me hizo comer aquel rollo.

3 Y me dijo: «Hijo de hombre, haz que tu vientre coma y llena tus entrañas con este rollo que te doy». Entonces lo comí, y en mi boca fue dulce como la miel.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Algunos traductores relacionan estrechamente estos versículos con el capítulo anterior, ya que continúan la misma visión. Los profetas recibían la palabra de Dios para transmitirla al pueblo de Dios. Primero eran llenos de ella, para después llenar a otros con el conocimiento de la mente y la voluntad de Dios.

Aquí se le enseña al profeta, en primer lugar, cómo debe recibir personalmente la revelación de Dios (Ezequiel 3:1). Cristo, aquel a quien Ezequiel había visto sentado en el trono (Ezequiel 1:26), le dijo: «Hijo de hombre, come este rollo». Esto significaba que debía recibir la revelación en su mente, entenderla correctamente, llevarla a su corazón y dejarse conmover profundamente por ella. Debía meditar en ella una y otra vez, como quien mastica la comida, hasta que se convirtiera en su alimento y fortaleza interior.

Así deben acercarse los ministros a la palabra de Dios en el estudio y la meditación. Antes de hablarla a otros, deben recibirla personalmente. «Tus palabras fueron halladas, y yo las comí» (Jeremías 15:16). Quienes hablan en nombre de Dios deben conocer bien sus verdades y sentirlas profundamente, para poder comunicarlas con claridad y calidez.

Observa cuántas veces se repite este mandato. En el capítulo anterior se le dijo: «Come lo que yo te doy». Aquí se le dice: «Come lo que encuentres» (Ezequiel 3:1). Todo lo que Dios pone delante de nosotros en las Escrituras debemos recibirlo sin discutir. También se le dice: «Llena tu estómago con este rollo» (Ezequiel 3:3). No debía recibirlo para luego rechazarlo, como si fuera algo dañino. Debía conservarlo, como se conserva un buen alimento, hasta que lo nutriera por completo. Nosotros también debemos hacer lo mismo con la palabra de Dios, haciendo espacio en el corazón al sacar de él las cosas del mundo.

El mandato también se explica con mayor detalle en Ezequiel 3:10. «Todas mis palabras que yo te hable» debían ser recibidas en su corazón, además de ser escuchadas con sus oídos. Debía amarlas y meditar en ellas, entregándose por completo a ellas (1 Timoteo 4:15). Cristo pedía toda la atención del profeta, no solo a lo que le decía en ese momento, sino también a todo lo que le diría después.

El profeta obedeció en la visión. Abrió la boca, y Cristo hizo que comiera el rollo (Ezequiel 3:2). Si verdaderamente deseamos recibir la palabra de Dios en el corazón, Cristo hará que, por medio de su Espíritu, habite abundantemente en nosotros. Si él no abriera nuestro entendimiento y no nos diera sabiduría, seguiríamos siendo extraños a su palabra.

Es probable que el profeta temiera que el rollo tuviera un sabor desagradable. Sin embargo, en su boca era dulce como la miel. Cuando obedecemos incluso los mandatos difíciles, muchas veces descubrimos que el consuelo que viene después compensa con creces la dificultad. Aunque el rollo estaba lleno de lamento, duelo y aflicción, seguía siendo dulce para él. La gracia puede hacer que un creyente reciba con verdadero deleite verdades que producen temor en las personas malvadas. Juan tuvo una experiencia parecida cuando tomó el librito y lo comió: fue dulce en su boca, aunque amargo en su estómago (Apocalipsis 10:9-10). Más adelante, Ezequiel también experimentó esa amargura (Ezequiel 3:14).

En segundo lugar, el profeta debía transmitir la revelación que había recibido (Ezequiel 3:1). Debía comer el rollo y después ir a hablarle a la casa de Israel. No debía predicar hasta haber entendido personalmente el mensaje. Pero, una vez que lo hubiera recibido por completo, debía hablar con valentía y fidelidad para el bien de los demás. No debemos esconder las palabras del Santo (Job 6:10), como si enterráramos el don que se nos dio para ponerlo al servicio de otros.

Fue enviado a la casa de Israel porque ellos tenían el privilegio de conocer los estatutos y los juicios de Dios. Así como la ley les había sido dada por medio de los «oráculos vivientes», también la profecía, como palabra viva de Dios, les pertenecía. Ezequiel no fue enviado a los babilonios para reprenderlos por sus pecados, sino a Israel, el propio pueblo de Dios, para reprenderlo por los suyos. Un padre disciplina a su propio hijo cuando es necesario, no al hijo de un extraño.

Las instrucciones para hablarles eran muy parecidas a las del capítulo anterior. Debía comunicar únicamente lo que Dios le dijera y expresarlo, tanto como fuera posible, con las propias palabras de Dios (Ezequiel 3:4). Aunque Pablo tenía grandes dones para hablar, aun así usaba las palabras que le enseñaba el Espíritu Santo (1 Corintios 2:13). La verdad de las Escrituras se expresa mejor con el lenguaje de las Escrituras, que es su forma natural. ¿Qué mejor manera hay de comunicar la mente de Dios que usando las palabras de Dios?

También debía recordar quiénes eran esas personas: la casa de Israel, la casa de Dios y su propio pueblo. Eso significaba que debía cuidarlos de una manera especial, con fidelidad y ternura. No eran extraños para él. Era su compatriota y compañero en el sufrimiento. Habían compartido el mismo doloroso viaje desde Judea hasta Babilonia, y ese sufrimiento compartido había unido sus corazones. Era bueno para el pueblo que su profeta supiera por experiencia cómo compadecerse de ellos y comprender su debilidad. También era bueno para el profeta tratar con su propia nación y no con personas de idioma extraño y lenguaje difícil, imposibles de entender y difíciles de abordar.

Todo idioma extranjero nos parece profundo y difícil. Dios le estaba diciendo a Ezequiel: «No eres enviado a personas cuyo idioma no puedes entender ni responder sin la ayuda de un intérprete». Los apóstoles fueron enviados a muchos pueblos que hablaban otros idiomas, pero no podían hacerles bien sin el don de lenguas. Ezequiel, en cambio, fue enviado solamente a un pueblo: una nación pequeña, formada por personas de su propia comunidad, entre quienes ya tenía cierta familiaridad y podía esperar ser aceptado.

También necesitaba recordar lo que Dios ya había dicho acerca del pueblo al que era enviado. Si enfrentaba desánimo y fracaso, no debía sorprenderse ni sentirse ofendido. Eran obstinados y de corazón duro (Ezequiel 3:7). Ninguna advertencia sobre el pecado los llevaría a sentir vergüenza, y ninguna advertencia sobre el juicio los haría temblar. Su obstinación se agravaba de dos maneras.

En primer lugar, eran más obstinados de lo que habrían sido otras naciones si Dios hubiera enviado al profeta a ellas. Si lo hubiera enviado a personas extranjeras, aunque hablaran otro idioma, seguramente habrían escuchado. Al menos lo habrían oído con paciencia y le habrían mostrado el respeto que sus propios compatriotas no le mostrarían. La gente de Nínive se conmovió ante la predicación de Jonás, mientras que la casa de Israel, rodeada de tantos profetas, permanecía sin humillarse y sin cambiar. Sin embargo, debemos dejar esto en las manos de la voluntad soberana de Dios. Los medios de la gracia se les dan a algunos que no los aprovecharán, y se les niegan a otros que los habrían aprovechado bien. Debemos decir: «Señor, tus juicios son un gran abismo».

En segundo lugar, eran obstinados contra Dios mismo. «No te escucharán», dice Dios, «y no es de extrañarse, porque no quieren escucharme a mí». Rechazaban la palabra del profeta porque rechazaban la vara de corrección de Dios, por medio de la cual el Señor hace oír su voz en la ciudad. Si no creen cuando Dios habla por medio de un ministro, tampoco creerían aunque este hablara desde el cielo. De hecho, rechazaban la palabra del profeta porque provenía de Dios, contra quien está decidido el corazón pecaminoso. Ya les desagradaba la ley de Dios, y por eso cerraban los oídos a los profetas, cuya tarea era hacerles sentir el peso de esa ley.

Ezequiel también debía estar preparado para tener valor, y Cristo prometió fortalecerlo (Ezequiel 3:8-9). Era enviado a personas descaradas y de corazón duro, que no se dejarían conmover ni por la bondad ni por la severidad. Incluso se enorgullecerían de insultar al mensajero de Dios y resistirse a su mensaje. Sería una tarea difícil saber cómo tratar con ellos. Aun así, Dios lo ayudaría a permanecer firme.

Dios dice: «He hecho tu rostro fuerte contra los rostros de ellos». Es decir, le daría la firmeza y la valentía que la tarea requería. Ezequiel quizá era naturalmente tímido y reservado, pero si Dios no lo consideraba apto, lo haría apto por su gracia. Cuando las personas malvadas se oponen abiertamente a la fe, el pueblo de Dios debe defenderla con la misma claridad y firmeza. Que el inocente se levante contra el hipócrita (Job 17:8). Cuando el vicio se muestra atrevido, la virtud no debe ser tímida. Cuando Dios tiene una obra que realizar, les da a las personas la fuerza que necesitan para ese día. Si fuera necesario, Dios puede hacer que la frente de sus ministros fieles sea como el diamante, de modo que las amenazas más fuertes no puedan avergonzarlos. «El Señor Dios me ayuda; por eso he puesto mi rostro como un pedernal» (Isaías 50:7).

Así que a Ezequiel se le dice que cobre ánimo y siga adelante con santa confianza, sin dejarse dominar por los insultos ni las amenazas de sus enemigos: «No les tengas miedo ni te asustes por sus caras». Los rostros airados de personas cuya maldad es débil no debían sacudirlo ni ponerle tropiezo. Los pecadores atrevidos necesitan que se les reprenda con valentía. A las personas dañinas hay que reprenderlas con firmeza (Tito 1:12-13), y a algunas hay que rescatarlas con temor (Judas 1:23). Quienes permanecen cerca del servicio de Dios pueden estar seguros de su favor, y entonces no tienen por qué angustiarse ante las miradas orgullosas de los seres humanos. Un rostro severo, capaz de hacer callar a una lengua calumniadora, no debe detener a una lengua fiel que reprende.

También debe seguir predicando con constancia, sin importar los resultados que vea (Ezequiel 3:11). Debe ir a los exiliados, quienes, debido a su sufrimiento, quizá estén más dispuestos a aprender. Debe considerarlos como los hijos de su propio pueblo, estrechamente relacionados con él y, por lo tanto, merecedores de una preocupación afectuosa, como la que Pablo sentía por su propio pueblo (Romanos 9:3). Y no solo debe decirles lo que el Señor afirma, sino también que es el Señor mismo quien lo afirma. Tiene que hablar en el nombre de Dios y respaldar su mensaje con la autoridad de Dios: «Así dice el Señor Dios». Debe decirlo, tanto si escuchan como si se niegan a escuchar.

No debemos pensar que da igual si nuestro ministerio tiene éxito. Sí importa. Pero, cualquiera que sea el resultado, debemos cumplir con nuestro deber y dejar el resultado en manos de Dios. No debemos decir: «Estas personas son tan buenas que no necesitan que les hablemos», ni tampoco: «Son tan malas que hablarles no sirve de nada». Sea cual sea la situación, debemos comunicar el mensaje con fidelidad. Hay que decirles: «Esto dice el Señor Dios», y dejar que lo rechacen, asumiendo ellos mismos el peligro de hacerlo.

Una vez que el profeta recibió todas las instrucciones para su llamado, se nos muestra cómo los santos ángeles recibieron con alegría esta misión. Se alegraban de ver que alguien de una naturaleza inferior a la de ellos era empleado y honrado de una manera tan especial, y recibía una responsabilidad tan importante. Ezequiel oyó un sonido semejante al de una gran corriente impetuosa, como si los ángeles se reunieran para presenciar la ordenación de un profeta (Ezequiel 3:12). Por medio de la iglesia, es decir, al observar la obra de Dios en la iglesia, los ángeles llegan a conocer la sabiduría multiforme de Dios (Efesios 3:10). Parecían acercarse con interés, ansiosos por contemplar aquella gran escena.

También oyó el ruido de sus alas al tocarse o, más exactamente, al rozarse unas con otras. Esto señala el amor y la ayuda mutua entre los ángeles. Oyó el sonido de las ruedas de la providencia, que avanzaban en armonía con los ángeles. Todo esto tenía el propósito de captar su atención y mostrarle que el Dios que lo enviaba contaba con un séquito tan glorioso de asistentes que, sin duda, tenía poder suficiente para sostenerlo en su obra. Sin embargo, todo aquel ruido terminó en alabanza. Ezequiel los oyó decir: «Bendita sea la gloria del Señor desde su lugar».

Esta alabanza procede del cielo, su morada celestial, desde donde su gloria, en la visión, descendía o quizá regresaba nuevamente allí. Que la incontable multitud de ángeles de lo alto se una a los de la visión para decir: «Bendita sea la gloria del Señor». Alaben al Señor desde los cielos; alábenlo todos sus ángeles (Salmo 148:1-2). La alabanza también procede del templo, su morada en la tierra, del cual su gloria estaba saliendo. Ellos lamentan la partida de la gloria, pero aun así honran la justicia de Dios manifestada en ella. Pase lo que pase, Dios es bendito y glorioso, y siempre lo será.

El profeta Isaías oyó que Dios era alabado de esta manera cuando recibió su llamado al ministerio (Isaías 6:3). Esto es un consuelo para todos los siervos fieles de Dios. Cuando ven cuánto se deshonra a Dios en este mundo, pueden recordar cuánto se le admira y glorifica en el cielo. La gloria de Dios recibe muchos insultos entre nosotros, pero recibe muchas alabanzas en su propia morada.

Ezequiel también fue llevado a su tarea en medio de una fuerte lucha interior, pero con la poderosa ayuda del Espíritu de Dios. La gracia que había recibido no fue desperdiciada. El Espíritu lo guio con mano fuerte. Dios le dijo que fuera, pero él no se movió hasta que el Espíritu lo levantó. El mismo Espíritu que estaba en los seres vivientes y en las ruedas también estaba en el profeta. Primero lo levantó para que pudiera oír con mayor claridad las alabanzas de los ángeles (Ezequiel 3:12), y después lo levantó y lo llevó a su trabajo (Ezequiel 3:14). Él se mostraba renuente porque no quería atraer problemas sobre sí ni anunciarles el juicio que vendría a su pueblo. Con gusto habría pedido que lo excusaran, pero tuvo que decir, como otro profeta: «Tú eras más fuerte que yo y me venciste» (Jeremías 20:7). Ezequiel habría preferido guardarse todo lo que había oído y visto, para que no fuera más lejos, pero la mano del Señor estaba con fuerza sobre él y lo dominó. Fue llevado contra sus propios deseos por el impulso profético, de modo que no pudo dejar de hablar de lo que había oído y visto, como les sucedió a los apóstoles (Hechos 4:20). A quienes Dios llama al ministerio no solo los prepara en su mente; también inclina su corazón hacia esa labor.

Ezequiel obedeció, pero con el corazón entristecido. «El Espíritu me llevó», dice, «y entonces fui, pero fui con amargura y con el espíritu encendido». Tal vez había visto lo difícil que había sido el ministerio de Jeremías en Jerusalén, cuánto trabajo le había costado, cuánta resistencia había enfrentado y qué maltrato había recibido de la gente, tanto con palabras como con acciones, todo sin producir resultados. Quizá Ezequiel se preguntó: «¿Tendré que convertirme también yo en un blanco como él?». La vida de un cautivo ya era bastante difícil. ¿Cómo sería ser profeta en el cautiverio? Así que fue afligido y profundamente inquieto. Aun así, puede existir una verdadera lucha en el corazón de un creyente, incluso cuando la gracia es claramente más fuerte.

Ezequiel sí fue; no estaba rechazando el llamado de Dios como Jonás. Pero fue con amargura, sin sentirse complacido en absoluto con la tarea. Cuando recibió para sí el mensaje de Dios, este le resultó dulce como la miel (Ezequiel 3:3). Podría haber pasado todos sus días deleitándose en él. Pero cuando tuvo que predicárselo a otros y supo que se endurecerían y se enojarían, agravando así su propia culpa, fue con amargura. Los ministros fieles sienten un profundo dolor cuando las personas se resisten a la corrección y rechazan ser transformadas.

Fue con el espíritu encendido porque esperaba sufrir desaliento. Sin embargo, la mano del Señor estaba con fuerza sobre él, no solo para impulsarlo a realizar la obra, sino también para prepararlo, sostenerlo durante ella y afirmarlo frente a las dificultades que tenía por delante. Cuando encontró esa fortaleza, quedó mejor afirmado en su llamado y se dedicó a la tarea. Entonces llegó hasta los exiliados junto al río, al lugar donde muchos de ellos se habían reunido, y se sentó donde ellos estaban: trabajando, leyendo o conversando. Permaneció entre ellos durante siete días para escuchar lo que decían y observar lo que hacían. Durante todo ese tiempo esperó que la palabra del Señor viniera a él.

Quienes desean hablar de manera sabia y útil acerca de la condición espiritual de las personas tienen que conocerlas y comprender su situación. Deben hacer como Ezequiel: sentarse donde ellas se sientan, hablar con claridad sobre las cosas de Dios y ponerse, hasta donde sea posible, en su lugar, aunque estén sentadas junto a los ríos de Babilonia. Aun así, Ezequiel estaba allí aturdido y abrumado por el dolor causado por los pecados y el sufrimiento de su pueblo, y también por el esplendor de la visión que había contemplado. Algunos entienden que esto significa que quedó desolado. Dios no le dio nuevas visiones, y las personas no fueron a visitarlo. De ese modo quedó solo para procesar su dolor y llegar a una mejor disposición interior antes de que la palabra del Señor viniera a él. A quienes Dios se propone levantar y ensanchar, a menudo primero los humilla y limita por un tiempo.

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