Versículo destacado
Ezequiel 2:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y me dijo: «Hijo de hombre, ponte de pie, y hablaré contigo». "
Ezequiel 2:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y me dijo: «Hijo de hombre, ponte de pie, y hablaré contigo».
2 Y el espíritu entró en mí cuando me habló y me puso de pie, de modo que oí al que me hablaba.
3 Y me dijo: Hijo de hombre, te envío a los hijos de Israel, a una nación rebelde que se ha rebelado contra mí. Ellos y sus padres han transgredido contra mí hasta este mismo día.
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El título que Dios le da aquí a Ezequiel es muy llamativo, y también lo usa muchas veces más adelante. Cuando Dios le habla, lo llama «hijo de hombre» (Ezequiel 2:1, 2:3). Esto significa «hijo de Adán» o «hijo de la tierra», y le recuerda a Ezequiel que es un ser humano débil y mortal.
Podemos entender este título de dos maneras. Primero, es un título que lo mantiene en humildad. Ezequiel no debía enorgullecerse por las muchas visiones que Dios le había mostrado. Necesitaba recordar que seguía siendo solamente un hombre, y que era pura misericordia que Dios se le hubiera revelado.
Aunque Ezequiel estaba entre los seres vivientes santos, seguía siendo humano y estaba sujeto a la muerte. Dios tenía ángeles alrededor de su trono, listos para servirle; sin embargo, escogió a Ezequiel, un hijo de hombre, para llevar su mensaje a Israel. Dios suele usar «vasijas de barro», seres humanos comunes, para contener su tesoro, de modo que quede claro que el poder proviene de él. Ezequiel era sacerdote, pero su oficio sacerdotal había caído en deshonra; por eso él también debía mantenerse en una posición humilde, como un hombre común.
Al mismo tiempo, «hijo de hombre» también puede ser un título honorable. En el Antiguo Testamento se usa para el Mesías, el Cristo prometido, en Daniel 7:13, donde uno semejante a un hijo de hombre viene con las nubes del cielo. Puesto que los profetas señalaban hacia Cristo, es posible que Ezequiel recibiera este título por la dignidad de su oficio. En ese sentido, así como al rey David se le llama el ungido del Señor, al profeta Ezequiel se le llama hijo de hombre.
Primero hicieron que Ezequiel se pusiera de pie para que pudiera recibir su comisión. Dios dijo: «Hijo de hombre, ponte de pie» (Ezequiel 2:1). Estar postrado rostro en tierra mostraba profunda reverencia, pero ponerse de pie mostraba disposición para servir. Nuestra adoración a Dios nunca debe impedirnos obedecerle.
El mandato de Dios estuvo acompañado por el poder de Dios. El Espíritu entró en Ezequiel y lo puso de pie (Ezequiel 2:2). Esto muestra que Dios nos da la fuerza para hacer lo que nos pide. Nosotros debemos disponernos a cumplir nuestro deber, y entonces Dios nos da la ayuda necesaria para llevarlo a cabo.
El Espíritu hizo más que levantar físicamente a Ezequiel. También lo hizo dispuesto y preparado para escuchar. Ezequiel ya había oído la voz en el capítulo 1, pero ahora la escuchó con mayor claridad y se sometió a ella. El Espíritu obra en nosotros inclinando nuestra voluntad hacia la obediencia, y así nuestra mente queda preparada para recibir la verdad de Dios. Daniel y Juan recibieron una ayuda semejante cuando Dios los fortaleció con su toque (Daniel 10:18; Apocalipsis 1:17).
Luego Ezequiel es enviado con un mensaje para los hijos de Israel (Ezequiel 2:3). Durante mucho tiempo, Dios les había enviado profetas, levantándolos y enviándolos, pero ellos no habían escuchado. Ahora habían sido llevados al cautiverio porque habían maltratado a los mensajeros de Dios; aun allí, Dios les envía otro profeta. Lo hace para ver si la aflicción abrirá oídos que las advertencias no pudieron abrir.
El pueblo al que es enviado es rebelde. Dios le dice a Ezequiel que lo está enviando a una nación rebelde, a una casa rebelde (Ezequiel 2:3, 2:5). Todavía llevaban el nombre de Israel, el nombre de sus antepasados fieles, pero su conducta estaba muy lejos de ese nombre. Se habían vuelto como las naciones que los rodeaban, incluso como los pueblos de los que debían distinguirse. Su idolatría y su adoración falsa mostraban su rebelión con mayor claridad, porque estaban sirviendo a otro gobernante en lugar de servir a su legítimo Señor.
Habían sido rebeldes durante mucho tiempo. Dios dice: «Ellos y sus padres han pecado contra mí». La antigüedad de una tradición no demuestra que sea verdadera, porque el error puede durar por generaciones. De hecho, seguir un camino pecaminoso solo porque nuestros padres lo siguieron hace que el pecado sea aún más grave. Habían persistido en su rebelión hasta ese mismo día. Aun bajo la disciplina de Dios, muchos continuaban pecando, y algunos, como Acaz, pecaron más en medio de su angustia. No habían cambiado, aunque muchas cosas les habían sucedido.
Eran hijos arrogantes, de frente dura, incapaces de avergonzarse. Eran tercos, aferrados a su propio camino, incapaces de ceder o inclinarse. No les daba vergüenza pecar ni tenían temor de hacerlo. Ni el honor ni el deber los movían. Podemos esperar que esto no describiera a todos, sino a muchos, y quizá especialmente a los líderes.
Aquí conviene notar dos cosas. Primero, Dios sabía cómo eran: de cabeza dura y obstinados. Dios conoce perfectamente el verdadero carácter de cada persona, sin importar lo que afirme ni lo religiosa que parezca. Segundo, le dijo esto al profeta para que supiera cómo tratar con ellos y qué actitud adoptar. Ezequiel tendría que reprenderlos con firmeza y claridad, aunque ellos llamaran áspero ese trato. Dios le advirtió de antemano para que no se sorprendiera ni se desanimara cuando su predicación no produjera en ellos el efecto que esperaba.
La autoridad del Príncipe por medio de quien este embajador es enviado se ve, primero, en que tiene autoridad para ordenar al que envía: «Te envío a ellos, y por eso les dirás esto y aquello» (Ezequiel 2:4). Cristo tiene el derecho de enviar a los profetas y ministros, y de asignarles su tarea. Pablo dio gracias a Cristo Jesús, quien le concedió un lugar en el ministerio (1 Timoteo 1:12). Así como el Padre envió a Cristo, Cristo envía a sus ministros. Y así como él recibió el Espíritu sin medida, también da el Espíritu en la medida que determina, diciendo: «Reciban el Espíritu Santo».
Eran arrogantes y rebeldes, y aun así Cristo enviaba a Ezequiel a ellos. Cristo concede los medios de la gracia a muchas personas que sabe que no los aprovecharán bien. Pone muchas oportunidades de adquirir sabiduría en manos de los necios. No solo carecen de deseo por ella, sino que su corazón se vuelve contra ella. De esta manera, Cristo muestra la grandeza de su gracia, demuestra que su juicio es justo, los deja sin excusa y hace más pesada su condenación.
Segundo, tiene autoridad para ordenar a aquellos a quienes envía a su mensajero: «Les dirás: “Así dice el Señor Dios”». Todo lo que Ezequiel les dijera debía hablarse en el nombre de Dios, respaldado por su autoridad y presentado como un mensaje suyo. Cristo enseñó sus doctrinas con la autoridad de un Hijo: «En verdad, en verdad les digo». Los profetas hablaron como siervos: «Así dice el Señor Dios», nuestro Amo y el de ustedes. Los escritos de los profetas son la palabra de Dios, y todos debemos tratarlos como tal.
Tercero, tiene autoridad para pedir cuentas a aquellos a quienes envía sus mensajeros. Ya sea que escuchen o se nieguen a escuchar, que presten atención o se aparten, sabrán que hubo un profeta entre ellos, y lo sabrán por experiencia. Si escuchan y obedecen, aprenderán con consuelo que la palabra que les hizo bien llegó por medio de alguien que tenía una comisión de Dios, y que el poder de Dios acompañó su labor. Los que se convirtieron mediante la predicación de Pablo son llamados la prueba de su apostolado (1 Corintios 9:2). Cuando el corazón de las personas arde bajo la palabra y su voluntad se rinde a ella, saben en su interior que no es palabra de hombres, sino palabra de Dios.
Si se niegan y hacen oídos sordos a la palabra, como aquí se teme porque son un pueblo rebelde, aun así sabrán que aquel a quien rechazaron era verdaderamente un profeta. Lo sabrán por las acusaciones de su propia conciencia y por los justos juicios de Dios debido a su rechazo. Lo sabrán a costa de su propio sufrimiento y para su vergüenza, cuando experimenten cuán peligroso es despreciar a los mensajeros de Dios. Lo sabrán cuando se cumplan los juicios anunciados, demostrando que el profeta que los declaró había sido enviado por Dios. De ese modo, la palabra se apoderará de ellos (Zacarías 1:6).
Por tanto, quienes reciben la palabra de Dios están siendo puestos a prueba, para ver si escucharán o se negarán a escuchar. Su juicio final corresponderá a su respuesta. Además, seamos ayudados por la palabra o no, Dios será glorificado y su palabra será honrada. Ya sea que se convierta en una palabra de salvación o de condenación, demostrará que provino de Dios.
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De este capítulo
Ezequiel 2:2
"Y el espíritu entró en mí cuando me habló y me puso de pie, de modo que oí al que me hablaba."
Ezequiel 2:3
"Y me dijo: Hijo de hombre, te envío a los hijos de Israel, a una nación rebelde que se ha rebelado contra mí. Ellos y sus padres han transgredido contra mí hasta este mismo día."
Ezequiel 2:4
"Porque son hijos insolentes y de corazón endurecido. Yo te envío a ellos, y les dirás: «Así dice el Señor DIOS»."
Ezequiel 2:5
"Y ellos, ya sea que escuchen o que se nieguen a escuchar (porque son una casa rebelde), sabrán que hubo un profeta entre ellos."
Ezequiel 2:6
"Y tú, hijo de hombre, no tengas miedo de ellos ni tengas miedo de sus palabras, aunque haya zarzas y espinos contigo y vivas entre escorpiones. No tengas miedo de sus palabras ni te desanimes ante sus miradas, aunque sean una casa rebelde."
Ezequiel 2:7
"Les hablarás mis palabras, ya sea que escuchen o que se nieguen a escuchar, porque son sumamente rebeldes."
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