Versículo destacado

Ezequiel 2:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y tú, hijo de hombre, no tengas miedo de ellos ni tengas miedo de sus palabras, aunque haya zarzas y espinos contigo y vivas entre escorpiones. No tengas miedo de sus palabras ni te desanimes ante sus miradas, aunque sean una casa rebelde. "

Ezequiel 2:6

menu_book El versículo en contexto

4 Porque son hijos insolentes y de corazón endurecido. Yo te envío a ellos, y les dirás: «Así dice el Señor DIOS».

5 Y ellos, ya sea que escuchen o que se nieguen a escuchar (porque son una casa rebelde), sabrán que hubo un profeta entre ellos.

6 Y tú, hijo de hombre, no tengas miedo de ellos ni tengas miedo de sus palabras, aunque haya zarzas y espinos contigo y vivas entre escorpiones. No tengas miedo de sus palabras ni te desanimes ante sus miradas, aunque sean una casa rebelde.

7 Les hablarás mis palabras, ya sea que escuchen o que se nieguen a escuchar, porque son sumamente rebeldes.

8 Pero tú, hijo de hombre, escucha lo que te digo. No seas rebelde como esa casa rebelde. Abre la boca y come lo que te doy.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El profeta ya había recibido su comisión y, con ella, una responsabilidad. Su llamado era un honor, pero también una tarea de servicio y trabajo arduo. Debía cumplirlo con valor constante y firme determinación, sin apartarse de su deber ni dejarse frenar por las dificultades que encontraría. «Y tú, hijo de hombre, no tengas miedo de ellos» (Ezequiel 2:6). Quienes desean servir bien a Dios no deben vivir dominados por el temor a la gente, porque el temor de los demás se convierte en una trampa y dificulta llevar a cabo la obra de Dios.

Primero, Dios le dice a Ezequiel qué clase de personas encontraría. Son como zarzas y espinos: dolorosos y problemáticos por todos lados. Rasguñan, desgarran y desgastan a los siervos de Dios, y los afligen continuamente con sus palabras, como los fariseos afligían a Jesús con sus preguntas (Mateo 22:15). Aun el mejor de ellos es como una zarza, y el más recto es más afilado que un cerco de espinos (Miqueas 7:4). Las espinas y las zarzas aparecieron con el pecado y la maldición, y representan la hostilidad entre la descendencia de la serpiente y la descendencia de la mujer. Las personas malvadas, especialmente quienes se oponen a los profetas y al pueblo de Dios, son como espinos porque estorban el buen trabajo, ahogan la buena semilla y causan daño. Sin embargo, Dios puede usarlas en ocasiones para corregir y enseñar a su pueblo, como hizo Gedeón con los hombres de Sucot (Jueces 8:16). Pero su carácter más profundo es aún peor: son como escorpiones, venenosos y dañinos. Su picadura es mucho más grave que el rasguño de una espina.

La situación de Ezequiel era todavía más difícil porque vivía entre esos escorpiones. Siempre estaban a su alrededor, así que no podía sentirse seguro ni tranquilo siquiera en su propia casa. Esas personas eran sus vecinos, y eso les daba muchas oportunidades de hacerle daño. Dios se da cuenta de esto, así como Cristo le dijo al ángel de una de las iglesias: «Yo sé dónde vives, donde está el trono de Satanás» (Apocalipsis 2:13). Ezequiel había estado hablando con ángeles en una visión, pero cuando regresó a la vida cotidiana, descubrió que vivía entre escorpiones.

Dios también le dice cómo actuarían contra él. Intentarían intimidarlo con sus miradas y sus palabras. Lo amenazarían, lo mirarían con desprecio y harían todo lo posible para avergonzarlo y apartarlo. Su propósito era alejarlo de su función de profeta o, al menos, impedirle advertirles acerca de sus pecados y de los juicios de Dios. Si no podían detenerlo, tratarían de alterarlo y quitarle la paz. Ya estaban bajo juicio y habían perdido su poder, así que solo podían perseguirlo con miradas y palabras. Aun así, lo perseguían. «Has hablado y hecho cosas malas todo lo que has podido» (Jeremías 3:5). Si hubieran tenido más poder, habrían causado todavía más daño.

Ya estaban cautivos y sufrían por su rebelión, especialmente por la manera en que habían tratado a los profetas de Dios, pero seguían sin cambiar. Aunque se triture a un necio en un mortero, su necedad no se aparta de él. Las experiencias difíciles por sí solas no humillan ni transforman a las personas, a menos que la gracia de Dios obre en ellas. Por eso, por crueles que fueran, Ezequiel no debía tenerles miedo ni desanimarse. Debía continuar su trabajo con confianza y ánimo, confiando en la protección de Dios.

También debía ser fiel. Tenía que hablarles las palabras de Dios. Ese es el honor de los profetas: que se les confíe el mensaje de Dios. Pero también es su deber aferrarse a ese mensaje y no decir nada que no esté de acuerdo con él. Los ministros siempre deben hablar conforme a esa regla. Ezequiel debía ser fiel no solo a Dios, quien lo había enviado, sino también al pueblo al que había sido enviado. Ya fuera que escucharan o se negaran a escuchar, debía entregar el mensaje exactamente como lo había recibido.

No debía adaptar la palabra para satisfacer sus gustos o estados de ánimo. Aunque eran profundamente rebeldes, aun así debía hablarles las palabras de Dios, las recibieran con agrado o no. La terquedad y la falta de respuesta de quienes escuchan no son una buena razón para que los ministros dejen de predicar. No debemos rechazar ninguna oportunidad de hacer el bien, aun cuando esperemos poca respuesta.

También debía prestar mucha atención a sus instrucciones. El libro desplegado delante de él mostraba, en términos generales, lo que debía decir. Estaba escrito por ambos lados, por dentro y por fuera, como una página completamente cubierta de escritura. En un lado estaban los pecados del pueblo y, en el otro, los juicios de Dios contra esos pecados. Dios tiene mucho que decirle a un pueblo cuando se ha apartado de él y se ha vuelto rebelde.

El mensaje era triste. Estaba lleno de lamento, duelo y ayes. Llevaría a quienes reflexionaran en él a clamar con dolor: «¡Ay!» y «¡Qué tristeza!». Tanto la denuncia del pecado como el anuncio del juicio son motivos de tristeza. Nada puede ser más trágico que ver a un pueblo santo y feliz hundirse en la clase de pecado y miseria que se muestra en la profecía de este libro. El mensaje de Ezequiel hace eco de los lamentos de Jeremías. Aunque Dios es rico en misericordia, los pecadores que no se arrepienten descubrirán que algunas de sus palabras son palabras de duelo y de ayes.

Finalmente, al profeta se le dice con claridad que escuche atentamente lo que Dios habla: «Hijo de hombre, escucha lo que te digo» (Ezequiel 2:8). Quienes hablan en nombre de Dios primero deben escucharlo ellos mismos y obedecer su voz. Ezequiel no debía ser rebelde; es decir, no debía rechazar la tarea ni evitar entregar el mensaje. No debía apartarse como Jonás, por temor a ofender a sus compatriotas.

Eran una casa rebelde, entre la cual vivía, pero él no debía parecerse a ellos ni unirse a ninguna de sus maldades. Si los ministros, encargados de corregir el pecado, lo ignoran y ofrecen consuelo a los pecadores en lugar de advertirles, se hacen partícipes de la misma culpa. Actúan así cuando ocultan el pecado o no muestran sus consecuencias mortales por miedo a provocar enojo o perder la aprobación de la gente. Aunque las personas se nieguen a hacer lo correcto, los ministros deben cumplir con su deber y reprender el pecado. Entonces pueden tener el consuelo de haber obedecido a Dios, cualquiera que sea el resultado, como dijo aquel profeta: «El Señor Dios me abrió el oído, y yo no fui rebelde» (Isaías 50:5).

Incluso las mejores personas, cuando viven en tiempos y lugares malos, necesitan ser advertidas contra los peores pecados. Ezequiel también tenía que recibir este mensaje en lo más profundo de su ser, experimentando su verdad y su poder. Por eso el Señor le dijo: «No te limites a escuchar lo que te digo; abre tu boca y come lo que te doy». En otras palabras, debía estar dispuesto a recibirlo, y recibirlo con gusto y con entusiasmo. Todos los hijos de Dios están dispuestos a vivir de lo que reciben de la mano de su Padre celestial y a aceptar todo lo que él les da.

Lo que la mano de Dios le dio a Ezequiel fue un rollo, un libro escrito y enrollado. La revelación divina, el mensaje de Dios para las personas, nos llega por medio de Cristo. Él se la dio a los profetas (Apocalipsis 1:1). Al mirar el rollo del libro de Dios, debemos recordar la mano que nos lo envió. Quien lo llevó al profeta lo desplegó delante de él, para que Ezequiel pudiera recibirlo con plena fe, entender lo que decía y hacerlo suyo. Cristo dice: «No seas rebelde; come lo que te doy». Si no recibimos lo que Cristo nos asigna por medio de sus ordenanzas y providencias —sus formas establecidas de obrar y sus acciones orientadoras en nuestra vida—, si no nos sometemos a su palabra y a su disciplina, y no aceptamos ambas cosas, seremos considerados rebeldes.

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