Versículo destacado

Ezequiel 4:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y tú, hijo de hombre, toma para ti un ladrillo, colócalo delante de ti y dibuja sobre él la ciudad, Jerusalén. "

Ezequiel 4:1

menu_book El versículo en contexto

1 Y tú, hijo de hombre, toma para ti un ladrillo, colócalo delante de ti y dibuja sobre él la ciudad, Jerusalén.

2 Pon sitio contra ella, construye una fortificación contra ella y levanta una rampa contra ella; coloca también el campamento contra ella y pon arietes a su alrededor.

3 Además, toma para ti una plancha de hierro y colócala como un muro de hierro entre tú y la ciudad; dirige tu rostro contra ella, y será sitiada, y tú pondrás sitio contra ella. Esto será una señal para la casa de Israel.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Al profeta se le ordena representar mediante señales el sitio de Jerusalén, de manera que sus acciones llamen poderosamente la atención del pueblo y conmuevan su corazón. Así, sus actos servirían como advertencia y como anuncio de lo que iba a suceder. Primero debía dibujar una imagen de Jerusalén sobre un ladrillo o tableta de barro (Ezequiel 4:1). Jerusalén había tenido gran honor, porque mientras permaneció fiel, Dios la había grabado en las palmas de sus manos (Isaías 49:16), y los nombres de las tribus estaban grabados en el pectoral del sumo sacerdote. Pero ahora la ciudad fiel se había vuelto como una mujer infiel; por eso bastaba una frágil y barata tableta para representarla.

Después debía colocar pequeñas obras de asedio contra el dibujo, semejantes a las rampas que construía un ejército enemigo para atacar una ciudad (Ezequiel 4:2). Entre la ciudad y él debía poner una plancha de hierro, como si fuera un muro de hierro (Ezequiel 4:3). Esta imagen mostraba cuán firmemente estaban decididos ambos bandos. Los babilonios estaban resueltos a tomar la ciudad, sin importar el costo, y los judíos estaban decididos a no rendirse hasta el final.

También se le ordenó acostarse de lado frente a la ciudad representada, como si la estuviera rodeando y ayudara a bloquearla. De esta manera, representaba al ejército babilonio encerrando la ciudad para que no entrara alimento ni pudiera salir nadie. Debía acostarse sobre su lado izquierdo durante 390 días (Ezequiel 4:5), aproximadamente trece meses. El sitio de Jerusalén duró dieciocho meses (Jeremías 52:4-6), pero si se descuentan los cinco meses en que los babilonios se retiraron porque se acercaba el ejército del faraón (Jeremías 37:5-8), el sitio continuo suma 390 días.

Esos 390 días también tenían un significado más profundo. En el lenguaje profético, un día puede representar un año; por eso, los 390 días señalaban 390 años. Al permanecer acostado allí, el profeta cargaba simbólicamente con la culpa de Israel, las diez tribus, por los años de pecado desde la primera rebelión de Jeroboam hasta la destrucción de Jerusalén, que completó la ruina de los pocos que se habían unido a Judá. Después debía acostarse sobre su lado derecho durante cuarenta días, cargando con la culpa de Judá, el reino de las dos tribus. Esto correspondía a los cuarenta años finales antes de su cautiverio, comenzando en el año trece de Josías, cuando Jeremías comenzó a profetizar (Jeremías 1:1-2), o, según algunos cálculos, desde el año dieciocho, cuando se encontró el libro de la Ley y el pueblo renovó su pacto con Dios.

Si continuaban en sus pecados y en su adoración a los ídolos, a pesar de tener un profeta como aquel, un rey como aquel y un pacto como aquel, no podía seguirles otra cosa que la ruina. Judá había recibido más ayuda y mejores oportunidades para volver a Dios, por lo que acumuló su culpa en menos tiempo que Israel. No debemos imaginar que el profeta permanecía día y noche sin moverse durante todos esos días. Más bien, cada día, a una hora determinada en que llegaban visitantes, lo encontraban acostado sobre uno u otro lado frente a su dibujo de Jerusalén. Cualquiera que lo viera podía entender fácilmente que la ciudad estaba siendo estrechamente sitiada, y la gente seguiría llegando a observarlo, algunos por curiosidad y otros por preocupación.

El hecho de permanecer sobre el mismo lado, como si unas cuerdas lo mantuvieran allí, mostraba la presión constante del enemigo alrededor de la ciudad durante todos esos días. No podía cambiar de lado hasta que se completara el tiempo del sitio. También se le ordenó atacar el sitio con todas sus fuerzas (Ezequiel 4:7). Debía dirigir su rostro hacia Jerusalén, completamente concentrado en la tarea, porque los babilonios estarían igual de decididos. No se dejarían sobornar ni obligarían a retirarse. Nabucodonosor estaba profundamente enojado porque Sedequías había roto el pacto que había hecho con él, y llevó el sitio con dureza para castigar a aquel rey y a su pueblo infieles. Además, su ejército esperaba obtener un gran botín de aquella ciudad orgullosa; por eso, tanto el rey como los soldados estaban resueltos a destruirla.

También actuarían con gran energía. El profeta lo mostraría descubriendo su brazo o, según otra interpretación, extendiéndolo como quien golpea sin misericordia. Cuando Dios se prepara para realizar una gran obra, la Escritura dice que desnuda su brazo (Isaías 52:10). En resumen, los babilonios llevarían a cabo su tarea con determinación y continuarían hasta alcanzar la victoria.

Toda esta señal representada estaba dirigida a la casa de Israel (Ezequiel 4:3): tanto a los que ya estaban en Babilonia, quienes podían ver las acciones del profeta, como a los que todavía se encontraban en su propia tierra, quienes oirían hablar de ellas. El profeta había quedado mudo y no podía hablar (Ezequiel 3:26). Sin embargo, aun su silencio comunicaba un mensaje, porque reprendía al pueblo por su sordera. Dios no se había quedado sin testimonio; por eso ordenó al profeta que usara señales, como podría hacerlo una persona muda, o como lo hizo Zacarías cuando no podía hablar. De esta manera, dio a conocer al pueblo la voluntad de Dios.

Esto también dejaba al descubierto la torpeza espiritual del pueblo. No estaban dispuestos a aprender mediante palabras claras, así que tuvieron que ser enseñados como niños, con imágenes, o como personas sordas, mediante señales. También pudo haber puesto en evidencia su odio contra el profeta. Si él hubiera expresado con palabras todo lo que significaban aquellas señales, quizá lo habrían atrapado por alguna de sus declaraciones y lo habrían acusado de traición. Hay personas que saben hacer culpable a alguien por una sola palabra (Isaías 29:21). Para evitarlo, se le ordenó usar señales. O, como sucedía con las parábolas de Cristo, se les dejó oír sin entender y ver sin percibir (Mateo 13:14-15). Como no querían entender lo que era claro, ahora serían enseñados por medio de algo más difícil de ignorar; y en esto el Señor actuaba con justicia y rectitud.

Así, el profeta estaba anunciando juicio contra Jerusalén (Ezequiel 4:7). Algunos de los que observaban comprendieron el mensaje con mayor profundidad porque lo veían representado ante sus propios ojos. Las imágenes suelen dejar una impresión más fuerte en la mente que las palabras por sí solas. Esa es una de las razones por las que se dan los sacramentos: para mostrar verdades divinas de manera visible, a fin de que podamos verlas, creerlas y ser movidos por ellas. Podemos esperar esta ayuda cuando usamos únicamente las señales que Dios mismo ha establecido con claridad, porque sin duda esas son las mejores.

La imaginación, cuando está sometida a la razón y a la fe, puede ayudar a despertar sentimientos santos. Eso fue cierto para Ezequiel y para quienes lo rodeaban. Pensamientos como: «Me veo muriendo; el tiempo se acaba; el mundo arde; los muertos resucitan, y se establece el gran tribunal» pueden producir un efecto poderoso en nosotros. La imaginación es como el fuego: un buen siervo, pero un mal amo.

Toda esta representación incluía cosas que Ezequiel podía tener buenas razones para rechazar; sin embargo, obedeció a Dios y la llevó a cabo tal como se le ordenó. Quizá parecía algo infantil o absurdo, y la gente podía burlarse de él. Pero el mandato de Dios le otorgaba suficiente dignidad a aquello que, de otro modo, parecía insignificante; y eso bastaba para proteger la buena reputación de Ezequiel.

También era una tarea difícil y agotadora. Aun así, cuando el deber lo exige, debemos renunciar tanto a nuestra comodidad como a nuestra reputación, y nunca debemos tratar el servicio de Dios como si fuera demasiado difícil. Seguramente a Ezequiel le resultaba doloroso enfrentarse a Jerusalén, la ciudad de Dios y la ciudad santa. Él era un verdadero amigo de esa ciudad, pero como profeta tenía que seguir las instrucciones de Dios y no sus propios sentimientos. Debía anunciar claramente la ruina de un lugar pecaminoso, aun cuando deseaba profundamente su bienestar y oraba por él.

Todo esto tenía el propósito de llevar al arrepentimiento a los hijos del pueblo. Al mostrarles el pecado que había provocado la destrucción de Jerusalén, les mostraba precisamente aquello que había arruinado a esa ciudad que antes florecía. No podía haber una enseñanza más poderosa para ayudarles a aborrecer el pecado y apartarse de él. Mientras Ezequiel describía el desastre de una manera vívida y a costa de su propio esfuerzo, también cargaba con la culpa de Israel y de Judá.

En efecto, estaba diciendo: «Miren y vean lo que produce el pecado, qué cosa tan dañina y amarga es apartarse de Dios. Esto es lo que resultó del pecado: de sus pecados y de los pecados de sus padres. Que esto sea ahora su dolor y su vergüenza diaria durante el exilio, para que hagan las paces con Dios y él vuelva a ustedes con misericordia». Sin embargo, también debemos notar esto: se asignó un día por cada año de pecado. El sitio duró 390 días, que representaban 390 años de culpa. Por eso reconocieron justamente que Dios los había castigado menos de lo que merecían sus pecados (Esdras 9:13).

Pero quienes persisten sin arrepentirse deben saber que, si Dios tiene paciencia con ellos ahora, en el mundo venidero habrá un castigo sin fin. Cuando Dios puso ataduras al profeta, mostró cómo ellos estaban sujetos por las cuerdas de sus propios pecados (Lamentaciones 1:14), y ahora estaban retenidos por las cuerdas del sufrimiento. También podemos sentir compasión por el profeta mismo cuando Dios puso sobre él las ataduras del deber, como lo hace con todos sus ministros (1 Corintios 9:16). Pablo dijo: «Tengo la obligación de anunciar el evangelio. ¡Ay de mí si no lo anuncio!». Ezequiel también tuvo hombres que le impusieron restricciones (Ezequiel 3:25). Aun bajo ambos tipos de ataduras, bastaba saber que estaba sirviendo a los intereses del reino de Dios entre los seres humanos.

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