Versículo destacado
Ezequiel 20:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por tanto, los hice salir de la tierra de Egipto y los llevé al desierto. "
Ezequiel 20:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Pero ellos se rebelaron contra mí y no quisieron escucharme. Cada uno no desechó las abominaciones que tenía ante sus ojos ni abandonó los ídolos de Egipto. Entonces dije: Derramaré mi furor sobre ellos y consumaré mi ira contra ellos en medio de la tierra de Egipto.
9 Pero actué por causa de mi nombre, para que no fuera profanado ante las naciones entre las cuales ellos estaban, ante cuyos ojos me di a conocer a ellos al sacarlos de la tierra de Egipto.
10 Por tanto, los hice salir de la tierra de Egipto y los llevé al desierto.
11 Les di mis estatutos y les mostré mis decretos, por los cuales el hombre que los cumpla vivirá.
12 Además, también les di mis sábados como señal entre ellos y yo, para que supieran que yo soy el SEÑOR que los santifica.
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Aquí continúa la historia de la lucha entre los pecados de Israel, que lo estaban llevando a la ruina, y la misericordia de Dios, que obraba para salvarlo y bendecirlo. Estos versículos se enfocan en lo que sucedió entre Dios e Israel en el desierto, donde Dios honró su propio nombre y ellos se cubrieron de vergüenza. El Nuevo Testamento vuelve a la vida de Israel en el desierto, especialmente en (1 Corintios 10) y (Hebreos 3), como una advertencia para los cristianos. Por eso, estos versículos también nos hablan directamente a nosotros.
En primer lugar, Dios les recuerda las grandes cosas que había hecho por ellos, no porque estuviera resentido por haberles mostrado bondad, sino para demostrar cuán ingratos habían sido. Los sacó de Egipto, aunque los condujo al desierto en vez de llevarlos directamente a Canaán, la tierra prometida (Ezequiel 20:10). Es mejor ser libre en un desierto que vivir esclavizado en una tierra de abundancia. Es mejor disfrutar de Dios y de nosotros mismos en la quietud que perder ambas cosas en medio de una multitud. Sin embargo, muchos tenían una mentalidad tan baja y propia de esclavos que no podían verlo; cuando el desierto se volvió difícil, quisieron regresar a Egipto.
También les dio su ley en el monte Sinaí (Ezequiel 20:11). Esto hizo más que enseñarles lo correcto y lo incorrecto. Por medio de su autoridad, Dios los comprometió con lo bueno y los apartó de lo malo. Moisés llamó a esa ley una herencia preciosa para Israel (Deuteronomio 33:4). Dios dio a conocer sus decretos; es decir, no solo les dio mandamientos, sino que también les mostró cuán sabios y justos eran. La ley prometía vida a quienes la obedecieran: «La persona que los cumpla vivirá por ellos». Hay consuelo y recompensa en obedecer a Dios. Jesús dijo que, si alguien quería tener vida, debía guardar los mandamientos. Pablo usa esto en (Gálatas 3:12) para mostrar que la ley no se basa en la fe, porque promete vida únicamente a quien obedece perfectamente, algo que nosotros no podemos hacer. Por eso debemos acudir a la gracia del evangelio; de lo contrario, estamos perdidos.
También restableció el sábado, el día de descanso, que había sido descuidado mientras eran esclavos en Egipto. Sus amos egipcios no les permitían descansar un día de cada siete. En el desierto, en cierto sentido, todos los días eran días de descanso, porque vivían del maná y sus ropas no se desgastaban. Aun así, un día de cada siete debía ser un descanso santo (Ezequiel 20:12). Dios dice que les dio sus sábados como una señal entre él y ellos. El sábado mostraba la buena voluntad de Dios hacia ellos, y guardarlo demostraba el respeto que le tenían. También les enseñaba que él es el Señor que los santifica.
Los sábados son un privilegio y deben tratarse como tal. En (Nehemías 9:14), la comunidad de fe habla de esto como una gran muestra de bondad: «Les diste a conocer tus santos sábados». Los sábados también son señales. Cuando a las personas les importa guardar santo ese día, eso muestra que tienen cierto sentido de la religión y una verdadera comunión con Dios. Y si guardamos correctamente el sábado, se convierte en un medio de santificación, es decir, de ser hechos santos. Cuando cumplimos con el deber de ese día, descubrimos que el Señor es quien nos santifica ahora y quien nos prepara para alcanzar una santidad perfecta más adelante.
En segundo lugar, Dios recuerda su conducta desobediente e ingrata. Podría haberlos rechazado en cuanto entraron en pacto con él, pero en vez de eso se rebelaron en el desierto (Ezequiel 20:13). Allí, donde habían recibido tanta misericordia y dependían completamente de él, aun así se rebelaron abiertamente contra el Dios que los guiaba y los alimentaba. No se limitaron a dejar de guardar sus estatutos; despreciaron sus decretos, como si no valiera la pena obedecerlos. En vez de honrar los sábados, los profanaron gravemente. Un hombre recogió leña, y muchos salieron a recoger maná ese día.
Por causa de esto, en ocasiones Dios estuvo dispuesto a destruirlos. Más de una vez dijo que acabaría con ellos en el desierto. Moisés intercedió por ellos, y la propia misericordia de Dios intercedió aún con más fuerza. Sobre todo, Dios actuó por amor a su propia gloria, para que su nombre no fuera profanado entre las naciones (Ezequiel 20:14). No quería que los egipcios dijeran que había sacado a Israel solo para hacerle daño, o que no podía llevarlo a la tierra, o que la buena tierra que había prometido no existía (Éxodo 32:12; Números 14:13). Muchas veces, las razones más poderosas de Dios para mostrar misericordia surgen de su preocupación por el honor de su propio nombre.
En tercer lugar, Dios declara que acabaría con aquella generación en el desierto. El mismo Dios que había levantado su mano para hacerles una promesa (Ezequiel 20:6), ahora la levantó contra ellos. Aquel que había jurado sacarlos de Egipto, ahora juró que no los llevaría a Canaán (Ezequiel 20:15, Ezequiel 20:16). Dijo: «Tan cierto como que yo vivo», quienes lo habían puesto a prueba diez veces jamás verían la tierra que había jurado dar a sus antepasados (Números 14:22, Números 14:23; Salmo 95:11). Su desprecio por la ley de Dios, especialmente por sus sábados, les cerró la puerta. Debajo de su desobediencia había un amor oculto por los dioses de Egipto, porque «su corazón iba detrás de sus ídolos».
Esa sigue siendo la raíz de muchos pecados. Cuando la mente se inclina hacia el mundo, la carne, el dinero o los deseos, esa atracción interior se convierte en la raíz amarga de la cual crece la desobediencia. El corazón que sigue a esos ídolos terminará despreciando los decretos de Dios.
En cuarto lugar, Dios reservó un remanente, un grupo más pequeño, para comenzar de nuevo, y le dio instrucción (Ezequiel 20:17). Aunque merecían la ruina y ya habían sido condenados a ella, Dios tuvo compasión de ellos. Cuando los miró, se apiadó y no acabó con ellos. Les dio tiempo para que pudiera levantarse una nueva generación. Solo por la misericordia de Dios no nos ha destruido desde hace mucho tiempo. Esa nueva generación recibió una enseñanza cuidadosa.
En Deuteronomio, Moisés repitió y explicó con insistencia a Israel las leyes que habían sido dadas primero a quienes salieron de Egipto. Lo hizo para que sus hijos las escucharan nuevamente, con claridad, cuando entraran en Canaán (Ezequiel 20:18). Les dijo al pueblo que estaba en el desierto, en las llanuras de Moab, que caminaran según los estatutos de su Dios y no según los estatutos de sus padres. En otras palabras, no debían imitar las prácticas supersticiosas de sus padres ni conservar sus costumbres insensatas y pecaminosas.
También les advirtió que no se contaminaran con sus ídolos, porque habían visto cuán detestables habían hecho sus padres a los ojos de Dios. En cambio, debían guardar los decretos de Dios y honrar sus sábados (Ezequiel 20:19, Ezequiel 20:20). Si los padres no dan una buena instrucción, los hijos deben compensar esa carencia estudiando con más cuidado la palabra de Dios cuando lleguen a la edad adulta. Los malos ejemplos de los padres deben servir como advertencias, no como modelos que imitar.
La siguiente generación también se rebeló contra Dios y, por eso, atrajo sobre sí su ira (Ezequiel 20:21). La misma acusación que se hizo contra los padres se hizo contra los hijos, porque eran, como dice la Escritura, una descendencia de malhechores. Moisés ya les había dicho que conocía su rebeldía y terquedad (Deuteronomio 31:27), y que habían sido rebeldes contra el Señor desde el día en que los conocía (Deuteronomio 9:24). No caminaron según los estatutos de Dios; de hecho, los despreciaron (Ezequiel 20:21, Ezequiel 20:24). Quienes quebrantan los mandamientos de Dios demuestran que desprecian tanto los mandamientos como al Dios que los dio.
También profanaron los sábados de Dios, tal como lo habían hecho sus padres. El mal uso del sábado suele ser la puerta de entrada a pecados más amplios, porque quienes arruinan el tiempo santo tienden a no considerar nada como santo. Acerca de los padres se dijo que su corazón iba detrás de sus ídolos, porque los amaban. Pero acerca de los hijos se dice que sus ojos iban detrás de los ídolos de sus padres (Ezequiel 20:24). Se habían vuelto fríos e incrédulos, pero aun así seguían a esos ídolos porque pertenecían a sus padres y siempre estaban delante de ellos. Les resultaban familiares y, si iban a tener dioses, querían unos que pudieran ver y tocar.
Esta rebelión era especialmente grave porque la obediencia les habría traído vida y bendición (Ezequiel 20:21). Quienes actúan en contra de su deber también actúan en contra de su propio bien. Se niegan a obedecer y se niegan a acudir a Cristo para tener vida (Juan 5:40). Es justo que quienes no quieren vivir ni prosperar en obediencia mueran en desobediencia.
El gran ejemplo de la rebelión y la inclinación hacia la idolatría de aquella generación fue el pecado de Peor, así como el gran pecado de sus padres había sido el becerro de oro. Entonces la ira del Señor se encendió contra Israel (Números 25:3). Una plaga azotó al pueblo y, si Finees, el nieto celoso de Elí, no hubiera actuado a tiempo, habría destruido a todos. Incluso más adelante, en los días de Josué, todavía decían que no habían sido limpiados de aquella iniquidad (Josué 22:17; Salmo 106:29).
En ese momento, Dios dijo que derramaría su furor sobre ellos y los dispersaría entre las naciones (Ezequiel 20:21). Moisés ya había anunciado la misma advertencia en su cántico de despedida (Deuteronomio 32:20). Como lo habían provocado con dioses falsos, Dios dijo que escondería su rostro de ellos. También dijo que los dispersaría por todos los rincones, aunque temía que sus enemigos malinterpretaran la situación y se jactaran demasiado (Ezequiel 20:26-27).
Esto ayuda a explicar el significado de Ezequiel 20:21-22. Dios dijo que derramaría su furor, pero se contuvo por honor a su nombre. Incluso cuando la iglesia visible llega a corromperse profundamente y parece estar a punto de ser destruida, podemos tener esta seguridad que nos consuela: Dios protegerá su honor y cumplirá su promesa de conservar una iglesia en el mundo mientras este permanezca.
El sexto punto son los juicios que Dios envió sobre ellos por su rebelión. Ellos no quisieron respetar los estatutos y los juicios que les mostraban cuál era su deber, sino que los despreciaron. Por eso Dios les dio estatutos y juicios que no eran buenos y por medio de los cuales no podían vivir (Ezequiel 20:25). Esto se refiere a los muchos castigos que les envió en el desierto, como la plaga, las serpientes ardientes y otros juicios semejantes. En relación con la ley que habían quebrantado, se les llama juicios porque Dios los envió con justicia, y estatutos porque Dios los ordenó. Él decretó desolaciones, así como antes había decretado liberaciones. Dispuso las plagas de Israel de la misma manera que había dispuesto las plagas de Egipto.
Cuando Dios dijo que los consumiría en un instante (Números 16:21), y cuando ordenó tomar a los líderes del pueblo y colgarlos (Números 25:4), y cuando los advirtió con maldiciones y les hizo responder «amén» a cada una de ellas (Deuteronomio 27:26), entonces les estaba dando juicios por medio de los cuales no podían vivir. Esto implica más de lo que se expresa directamente, porque eran juicios que conducían a la muerte. Quienes no quieran someterse a los mandamientos de la ley quedarán sometidos a su sentencia. La palabra de Dios se cumplirá en las personas de una manera o de otra (Zacarías 1:6).
Los juicios espirituales son los más terribles, y Dios también los castigó con ellos. Las prácticas que los pueblos paganos usaban en la adoración de ídolos no eran buenas, y nadie podía vivir conforme a ellas. Dios entregó a Israel a esas prácticas. Hizo que su propio pecado se convirtiera en su castigo, entregándolos a una mente inútil, como hizo con los gentiles idólatras (Romanos 1:24, 26), y dejándolos seguir sus propios deseos obstinados (Salmo 81:12). Los castigó por costumbres supersticiosas que quebrantaban su ley escrita, entregándolos a costumbres que incluso violaban la luz de la naturaleza.
Así que los dejó seguir sus propios caminos, y cayeron en las idolatrías más repugnantes, como ocurrió con Baal-peor, donde los «contaminó»; es decir, permitió que se contaminaran con sus propios regalos (Ezequiel 20:26). También cayeron en las idolatrías más crueles, como ocurrió con Moloc, cuando hacían pasar por el fuego a sus hijos, especialmente a sus primogénitos, como sacrificios a los ídolos. Dios había reclamado para sí la propiedad especial de los primogénitos al decir que los primogénitos de sus hijos debían ser entregados a él. De esta manera los dejaría desolados, no solo porque era justo, sino también porque ellos mismos provocarían su propia ruina. Un pecado así necesariamente debilitaría a sus familias y reduciría el honor y la fuerza de su nación.
A veces Dios permite que el pecado se convierta en su propio castigo, pero él nunca es el autor del pecado. Nada más hace falta para volver miserables a las personas que entregarlas a sus propios deseos y pasiones corruptos. Si se las deja seguir sus propios planes, se arruinarán a sí mismas y quedarán desoladas.
De esta manera, Dios hace que reconozcan que él es el Señor y que es un Dios justo. Tendrán que admitirlo cuando vean cuánto contribuyeron sus pecados deliberados a su propia ruina. Quienes no quieran aceptar a Dios como su gobernante algún día tendrán que reconocerlo como su juez, pero entonces será demasiado tarde.
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De este capítulo
Ezequiel 20:1
"Y sucedió que, en el séptimo año, en el quinto mes, el día diez del mes, algunos de los ancianos de Israel vinieron a consultar al SEÑOR y se sentaron delante de mí."
Ezequiel 20:2
"Entonces vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Ezequiel 20:3
"Hijo del Hombre, habla a los ancianos de Israel y diles: Así dice el Señor DIOS: ¿Han venido ustedes a consultarme? Vivo yo, dice el Señor DIOS, que no seré consultado por ustedes."
Ezequiel 20:4
"¿Los juzgarás, Hijo del Hombre? ¿Los juzgarás? Hazles conocer las abominaciones de sus padres."
Ezequiel 20:5
"Y diles: Así dice el Señor DIOS: El día en que escogí a Israel, alcé mi mano ante la descendencia de la casa de Jacob y me di a conocer a ellos en la tierra de Egipto; alcé mi mano ante ellos y dije: Yo soy el SEÑOR, su Dios."
Ezequiel 20:6
"Aquel día alcé mi mano ante ellos para sacarlos de la tierra de Egipto y llevarlos a una tierra que había explorado para ellos, una tierra que fluye leche y miel y que es el esplendor de todas las tierras."
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