Versículo destacado

Ester 3:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" En el primer mes, es decir, el mes de Nisán, en el año doce del rey Asuero, echaron Pur, es decir, la suerte, delante de Amán, de día en día y de mes en mes, hasta el mes doce, es decir, el mes de Adar. "

Ester 3:7

menu_book El versículo en contexto

5 Cuando Amán vio que Mardoqueo no se inclinaba ni le rendía homenaje, se llenó de ira.

6 Y le pareció poca cosa poner las manos solamente sobre Mardoqueo, pues le habían dado a conocer el pueblo de Mardoqueo. Por eso Amán procuró destruir a todos los judíos que había en todo el reino de Asuero, es decir, al pueblo de Mardoqueo.

7 En el primer mes, es decir, el mes de Nisán, en el año doce del rey Asuero, echaron Pur, es decir, la suerte, delante de Amán, de día en día y de mes en mes, hasta el mes doce, es decir, el mes de Adar.

8 Y Amán dijo al rey Asuero: Hay cierto pueblo esparcido y disperso entre los pueblos de todas las provincias de tu reino. Sus leyes son diferentes de las de todos los demás pueblos, y ellos no cumplen las leyes del rey; por lo tanto, no le conviene al rey tolerarlos.

9 Si al rey le parece bien, que se escriba que sean destruidos; y yo entregaré diez mil talentos de plata en manos de los encargados del asunto, para que los lleven a los tesoros del rey.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Amán se enorgullecía de aquel plan audaz y perverso para destruir a todos los judíos. Pensaba que correspondía a la grandeza de su espíritu y que haría que su nombre perdurara para siempre. Creía que podría encontrar suficientes hombres desesperados y sedientos de sangre para acabar con ellos, si tan solo el rey lo autorizaba. Entonces la historia relata cómo obtuvo ese permiso y la orden oficial.

Primero, presentó al rey una imagen falsa y maliciosa de los judíos (Ester 3:8). Los enemigos del pueblo de Dios no podrían maltratarlos de esa manera si antes no los calumniaran. Amán quería que el rey pensara que los judíos eran un pueblo despreciable, indigno de protección. Habló de ellos como si fueran extranjeros sin nombre, dispersos, una carga y una vergüenza en cada país donde vivían.

También quería que el rey creyera que eran peligrosos. Afirmó que tenían sus propias leyes y costumbres, y que no obedecían las leyes del reino ni las costumbres del país. Con esto intentaba hacerlos parecer desleales y propensos a difundir ideas dañinas que podrían terminar en una rebelión. No es nada nuevo que se atribuyan nombres injustos a las mejores personas. Cuando se dice que matar a esas personas no es pecado, pronto también se empieza a decir que mentir acerca de ellas no es pecado.

Después, Amán ofreció un alto precio a cambio del permiso para destruirlos a todos (Ester 3:9). Sabía que muchas personas ya odiaban a los judíos y que los atacarían con gusto si contaban con la autoridad real. Por eso dijo, en esencia: «Escribe la orden para que sean destruidos». Prometió al rey diez mil talentos de plata, que serían entregados al tesoro real. Pensaba que esa suma vencería las objeciones del rey, especialmente por la pérdida que sufriría el reino si eran destruidos tantos súbditos.

Las personas orgullosas y llenas de odio no tienen reparo en gastar dinero para vengarse. Sin embargo, es probable que Amán supiera que podría recuperar el costo apoderándose de las propiedades de los judíos, que sus hombres debían confiscar más adelante (Ester 3:13). Así esperaba hacer que las propias víctimas pagaran por su ruina. Esperaba obtener ganancias de todo aquel perverso plan.

Entonces consiguió lo que quería: una orden completa para hacer con los judíos lo que le pareciera (Ester 3:10-11). El rey era negligente en sus responsabilidades y estaba tan complacido con Amán que ni siquiera se molestó en comprobar si las acusaciones eran ciertas. Estaba dispuesto a creer lo peor de los judíos, exactamente como Amán deseaba. Así que los entregó como corderos a un león: «El pueblo es tuyo. Haz con ellos lo que te parezca bien». Ni siquiera dijo: «Mátenlos», quizá con la esperanza de que Amán escogiera un camino menos severo. Pero le dio control absoluto.

El rey también le entregó a Amán la plata, sin pensar en la pérdida que sufriría su propio tesoro ni en las ganancias que Amán obtendría del saqueo. Incluso le dio su anillo, cuyo sello se usaba para confirmar las órdenes reales, para que Amán pudiera emitir cualquier decreto que quisiera. ¡Qué reino tan miserable es aquel que queda en manos de un gobernante así, alguien que solo escucha a los demás y no tiene ni discernimiento ni una voluntad firme!

Después, Amán consultó a sus astrólogos y adivinos para encontrar un día afortunado para la matanza (Ester 3:7). El plan comenzó en el primer mes del duodécimo año del reinado del rey, cuando Ester ya había sido su esposa durante unos cinco años. Había que escoger algún día de ese año. Como si el cielo fuera a favorecer su conspiración, recurrió a la suerte y confió en que esta decidiera el día. Pero la suerte resultó ser mejor aliada de los judíos que de Amán, porque cayó en el duodécimo mes. Eso les dio a Mardoqueo y a Ester once meses para actuar contra el plan, o por lo menos les dio a los judíos tiempo para prepararse y escapar si era necesario.

Amán estaba ansioso por destruir a los judíos, pero aun así se sometió a su superstición y no quiso actuar antes del supuesto día afortunado. Ni siquiera se adelantó para satisfacer su impaciencia. Tal vez temía que los judíos resultaran más fuertes que sus enemigos y no quiso arriesgarse a ejecutar un plan tan peligroso sin lo que él consideraba una señal favorable. Esto debería avergonzarnos, porque con frecuencia nos resistimos a la providencia de Dios cuando obra en contra de nuestros deseos. Quien confía en la suerte, y mucho más quien confía en la promesa de Dios, no actuará con una prisa desesperada. La sabiduría de Dios puede usar la necedad humana para llevar a cabo sus propios propósitos. Amán recurrió a la suerte, y la suerte retrasó su plan; ese retraso terminó volviéndose contra él y debilitó su conspiración.

Entonces se redactó, selló y envió el decreto sangriento. Se ordenó a los gobernantes y oficiales militares de cada provincia que estuvieran preparados para el día trece del duodécimo mes. Ese día debían matar a todos los judíos, hombres, mujeres y niños, y apoderarse de sus propiedades (Ester 3:12-14). Incluso expulsar a los judíos del reino habría sido una medida severa. Pero esta orden era mucho peor, porque mandaba abiertamente su destrucción sin mencionar siquiera una acusación contra ellos. No se señaló ningún delito, no se ofreció ninguna oportunidad de misericordia ni se estableció condición alguna que permitiera perdonarles la vida.

Así han anhelado durante mucho tiempo los enemigos de la iglesia derramar la sangre de los santos y mártires de Jesús. Han bebido de ella hasta llenarse de crueldad (Apocalipsis 17:6). Sin embargo, como una sanguijuela, siguen clamando: «¡Dame más!». Esta cruel orden fue sellada con el anillo del rey, enviada a sus gobernadores y escrita en su nombre, aunque él no comprendía realmente lo que había hecho. Los mensajeros salieron rápidamente para entregar copias del decreto en todas las provincias (Ester 3:15). Así se ve cuán incansable es la maldad de los enemigos de la iglesia: no escatima esfuerzos ni tiempo.

En la corte todo era alegría. El rey y Amán se sentaron a beber, quizá para brindar por la «ruina de todos los judíos». Amán temía que la conciencia del rey lo inquietara por lo que había hecho y que quisiera revocar la orden. Para impedirlo, lo mantuvo ocupado bebiendo y lo atrajo aún más hacia su lado. Muchas personas todavía usan este método perverso para ahogar sus convicciones y endurecer tanto su propio corazón como el corazón de otros en el pecado.

La ciudad, en cambio, estaba llena de tristeza, y probablemente las demás ciudades del reino sintieron lo mismo al enterarse. Susa, la ciudad capital, quedó confundida y angustiada. Esto afectó no solo a los propios judíos, sino también a sus vecinos que todavía tenían aprecio por la justicia y la compasión. Les dolía ver que el rey había sido manipulado de una manera tan grave, que la maldad ocupaba el lugar del juicio (Eclesiastés 3:16) y que se trataba con tanta crueldad a personas pacíficas. Tampoco podían saber qué daño podía traerles aquello a ellos mismos. Pero al rey y a Amán nada de esto les importaba.

Es necio y pecaminoso disfrutar de la comodidad y los placeres cuando la iglesia está en dificultades y la sociedad se encuentra angustiada.

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