Versículo destacado

Nehemías 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" En el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, había vino delante de él. Yo tomé el vino y se lo serví al rey. Hasta entonces nunca había estado triste en su presencia. "

Nehemías 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 En el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, había vino delante de él. Yo tomé el vino y se lo serví al rey. Hasta entonces nunca había estado triste en su presencia.

2 Por eso el rey me preguntó: «¿Por qué está triste tu rostro, si no estás enfermo? Esto no es sino tristeza de corazón». Entonces tuve muchísimo miedo,

3 y le dije al rey: «¡Viva el rey para siempre! ¿Por qué no habría de estar triste mi rostro, cuando la ciudad, el lugar de los sepulcros de mis padres, está en ruinas y sus puertas han sido consumidas por el fuego?»

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de orar por la ayuda de sus compatriotas, y quizá de haber orado con las palabras de David: «Edifica los muros de Jerusalén» (Salmo 51:18), Nehemías no se quedó sentado diciendo: «Que Dios haga su obra, porque yo ya no tengo nada más que hacer». Al contrario, pensó cuidadosamente en lo que podía hacer para ayudar. Nuestras oraciones deben ir acompañadas de un esfuerzo sincero; de lo contrario, solo nos estamos burlando de Dios.

Pasaron unos cuatro meses, desde Quisleu hasta Nisán —es decir, de noviembre a marzo— antes de que Nehemías hablara con el rey y le pidiera permiso para ir a Jerusalén. Tal vez se debió a que el invierno no era una buena época para viajar y esperó hasta que realmente pudiera emprender el viaje. O quizá fue porque su turno de atender al rey llegó solamente en ese momento, ya que nadie podía presentarse ante el rey si no era llamado (Ester 4:11). Ahora que servía en la mesa del rey, esperaba tener la oportunidad de hablar con él. Nosotros no estamos limitados de esa manera cuando acudimos al Rey de reyes. Podemos acercarnos a él en cualquier momento; nunca llegamos al trono de la gracia en un momento inoportuno.

Primero vemos la ocasión que Nehemías le dio al rey para preguntarle por su tristeza: se presentó triste delante de él. Quienes hablan con personas importantes no deben apresurarse a plantear directamente su asunto, sino avanzar hacia él con cuidado. Nehemías quería saber si el rey estaba de buen ánimo antes de atreverse a expresar su petición, y esta fue la prueba que utilizó. Tomó el vino y se lo entregó al rey cuando este se lo pidió, esperando que entonces el rey lo mirara. Nehemías no solía mostrarse triste en su presencia. Seguía la costumbre de la corte, como debían hacerlo los servidores del palacio, y esa costumbre no permitía mostrar abiertamente la tristeza (Ester 4:2). Aunque era extranjero y cautivo, normalmente se mostraba sereno y amable. Las personas buenas deben usar su alegría para mostrarle al mundo lo agradables que son los caminos de Dios y para quitar la idea de que la religión solo vuelve sombría a la gente. Sin embargo, hay un tiempo para cada propósito (Eclesiastés 3:4).

Ahora Nehemías tenía razones tanto para sentirse triste como para mostrarlo. Los problemas de Jerusalén le daban motivo para llorar, y su tristeza llevaría al rey a preguntarle la causa. No fingía estar triste; realmente sufría por la aflicción del pueblo de Dios. No era como los hipócritas que hacen que sus rostros parezcan afligidos. Aun así, podría haber escondido su dolor si hubiera sido necesario, porque el corazón conoce su propia amargura y una persona puede estar triste incluso mientras se ríe. Pero en este caso le convenía dejar que su tristeza se hiciera visible. Aunque tenía vino delante de él, y probablemente bebió un poco antes de entregárselo al rey, eso no podía alegrar su corazón mientras el pueblo de Dios estuviera en problemas.

Segundo, vemos que el rey notó con bondad la tristeza de Nehemías y le preguntó cuál era la causa (Nehemías 2:2): «¿Por qué está triste tu rostro, si no estás enfermo?». Debemos interesarnos por las aflicciones de los demás, incluso cuando están por debajo de nosotros, movidos por la compasión cristiana. Los jefes no deben ignorar las tristezas de quienes trabajan para ellos, sino procurar que estén bien. Dios mismo no se complace cuando su pueblo está abatido y angustiado; quiere que le sirvamos con alegría y comamos nuestro pan con gozo.

No sorprende que las personas enfermas parezcan tristes, por causa de lo que sienten y temen. La enfermedad puede hacer que incluso las personas alegres se pongan serias. Sin embargo, una persona buena puede conservar la paz aun estando enferma si sabe que sus pecados han sido perdonados. Estar libres de enfermedad es una misericordia tan grande que, mientras disfrutamos de ella, no deberíamos dejarnos aplastar demasiado por las dificultades externas. Aun así, el dolor por nuestros propios pecados, por los pecados de otros y por las dificultades de la iglesia de Dios puede oscurecer legítimamente nuestro rostro, aun cuando no estemos enfermos.

Tercero, Nehemías le explicó al rey la razón de su tristeza, y lo hizo con humildad y temor. Confesó que estaba profundamente asustado, aunque más adelante la historia demuestra que era un hombre valiente. Tal vez temía la ira del rey, pues los reyes orientales afirmaban tener poder absoluto sobre la vida y la muerte (Daniel 2:12-13; Daniel 5:19). O quizá temía expresarse mal y perder su petición por hablar sin cuidado. Aunque era sabio, actuó con prudencia y no confió demasiado en sí mismo, para no hablar insensatamente. Esa también es una actitud saludable para nosotros. La confianza es una buena cualidad, pero la humilde desconfianza de uno mismo no es motivo de vergüenza.

También habló con mucho respeto. No culpó a nadie y mostró al rey, su señor, todo el honor, la cortesía y la buena voluntad debidos. Dijo: «¡Que viva el rey para siempre!», reconociendo con respeto el lugar que ocupaba el rey. Después preguntó, en efecto: «¿Cómo no voy a estar triste cuando la ciudad» —el rey sabía a cuál ciudad se refería— «el lugar donde están sepultados mis antepasados, se encuentra en ruinas?». Muchas personas viven abatidas y no pueden explicar por qué. Deberían examinarse y abandonar esos temores y tristezas innecesarios. Pero Nehemías tenía una razón profunda para su dolor y podía explicársela claramente al rey.

Llama a Jerusalén «el lugar donde están sepultados mis antepasados», es decir, el lugar donde fueron enterrados sus antepasados. Nos hace bien pensar con frecuencia en las tumbas de nuestros padres. Nos apresuramos a recordar sus honores, sus casas y sus bienes, pero también debemos recordar sus sepulcros. Nos recuerdan que quienes nos precedieron en esta vida también nos precedieron al salir de este mundo. Sus memoriales deben ser respetados. Incluso las naciones que no esperaban una resurrección muchas veces consideraban sagradas las tumbas de sus antepasados y no permitían que fueran perturbadas.

Nehemías también justifica su tristeza: «Tengo razón para estar triste. ¿Cómo no voy a estarlo?». Incluso las personas fieles y prósperas atraviesan momentos en los que deben estar tristes y expresar su dolor. Las mejores personas no deben pensar que pueden vivir como si el cielo ya hubiera comenzado, sin que les quede ninguna tristeza. Todavía caminamos por un valle de lágrimas y debemos aceptar las condiciones de ese viaje.

Finalmente, señala las ruinas de Jerusalén como la verdadera causa de su tristeza. Las aflicciones de la iglesia, especialmente su condición arruinada, deben entristecer a todas las personas buenas. Esto es particularmente cierto de quienes se preocupan por el honor de Dios, pertenecen al cuerpo de Cristo y tienen un espíritu solidario. Incluso les importa el polvo de Sion (Salmo 102:14).

Cuarto, vemos que el rey animó a Nehemías a hablar con libertad, y que Nehemías oró de inmediato a Dios en su corazón, como leemos en Nehemías 2:4. Al rey le importaba Nehemías y no le agradaba verlo triste. También es probable que tuviera cierto respeto por la religión de los judíos. Ya lo había demostrado cuando le dio a Esdras, maestro y líder sacerdotal, la autorización que necesitaba; ahora volvió a demostrarlo al concederle a Nehemías, un funcionario del gobierno, la autoridad necesaria.

Nehemías solo quería saber cómo podía ayudar a Jerusalén. Por eso el rey, que se había preocupado por él, le preguntó: «¿Qué es lo que quieres? Seguramente estás pidiendo algo». Nehemías había tenido miedo de hablar (Nehemías 2:2), pero esa pregunta le dio valor. Además, Cristo nos invita a orar y promete que recibiremos ayuda; por eso podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia.

De inmediato, Nehemías oró al Dios del cielo para que le diera sabiduría al hacer su petición y moviera el corazón del rey a concedérsela. Quienes desean obtener el favor de los reyes deben buscar primero el favor del Rey de reyes. Nehemías oró al Dios del cielo, que está muy por encima incluso de ese poderoso gobernante. No fue una oración formal, porque no tenía tiempo para eso, sino una oración repentina y silenciosa que brotó de su corazón. Elevó su alma al Dios que entiende el lenguaje del corazón y le dijo, en efecto: «Señor, dame las palabras correctas y sabiduría. Señor, concédeme el favor de este hombre».

Es bueno hacer muchas de estas oraciones breves y sinceras, especialmente cuando surgen necesidades especiales. Estemos donde estemos, siempre tenemos abierto el camino hacia el cielo. Esto no interrumpe nuestro trabajo, sino que lo ayuda. Por eso, que ninguna responsabilidad nos impida orar; más bien, que nuestras responsabilidades nos impulsen a hacerlo. Nehemías ya había orado detenidamente por este asunto (Nehemías 1:11), pero cuando llegó el momento, volvió a orar. Las oraciones breves y las más extensas no deben excluirse entre sí, porque cada una tiene su lugar.

Entonces llegó la humilde petición de Nehemías al rey. Con el ánimo que el rey le había dado, presentó su solicitud con modestia, dejando espacio para la sabiduría del rey (Nehemías 2:5), pero habló con claridad. Pidió permiso para ir a Judá como gobernador, reconstruir la muralla de Jerusalén y permanecer allí durante un tiempo determinado, probablemente varios meses. Más adelante, su autorización pudo haber sido renovada, o quizá regresó y fue enviado nuevamente, porque parece que gobernó allí durante al menos doce años (Nehemías 5:14).

También pidió una escolta (Nehemías 2:7) y cartas para los gobernadores, a fin de que le permitieran pasar por sus provincias y le proporcionaran lo necesario. Además, pidió una carta para el encargado del bosque del Líbano, de modo que pudiera obtener madera para la obra que planeaba realizar. Esto demuestra una planificación cuidadosa, junto con confianza en Dios.

El rey le mostró gran favor al preguntarle cuándo regresaría (Neh 2:6). Esto sugiere que no quería perderlo y que prefería tenerlo cerca. Aun así, estuvo dispuesto a dejarlo ausentarse por un tiempo y permitirle incluir en su autorización las condiciones que quisiera (Neh 2:8). Esta fue una respuesta inmediata a su oración, porque los hijos de Jacob nunca buscan en vano al Dios de Jacob.

Al relatar su éxito, Nehemías destaca dos cosas. Primero, la reina estaba sentada junto al rey (Neh 2:6), algo que, según se dice, no era habitual en la corte persa (Est 1:11). Si su presencia pudo haberlo perjudicado, entonces esto muestra el gran cuidado de Dios, porque Nehemías tuvo éxito de todos modos. Si ella simpatizaba con él y ayudó con su petición, entonces muestra el cuidado bondadoso de Dios al haber dispuesto que ella estuviera allí.

Segundo, Nehemías atribuye todo a la fuerza y la gracia de Dios. Recibió lo que pidió, no porque lo mereciera, ni por su influencia con el rey, ni porque hubiera manejado la situación tan bien, sino porque la buena mano de su Dios estaba sobre él. Quienes tienen un corazón lleno de gracia reconocen la buena mano de Dios en cada situación que resulta favorable para ellos. Esto es obra del Señor, y por eso resulta aún más agradable.

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