Versículo destacado

Zacarías 7:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y sucedió que, en el cuarto año del rey Darío, la palabra del SEÑOR vino a Zacarías el cuarto día del noveno mes, es decir, en Quisleu. "

Zacarías 7:1

menu_book El versículo en contexto

1 Y sucedió que, en el cuarto año del rey Darío, la palabra del SEÑOR vino a Zacarías el cuarto día del noveno mes, es decir, en Quisleu.

2 Cuando habían enviado a la casa de Dios a Sarezer, a Regem-mélec y a sus hombres para orar ante el SEÑOR,

3 y para hablar con los sacerdotes que estaban en la casa del SEÑOR de los ejércitos y con los profetas, diciendo: «¿Debo llorar en el quinto mes y apartarme, como lo he hecho durante tantos años?»

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este mensaje especial del profeta, registrado aquí y en el capítulo siguiente, llegó más de dos años después del mensaje anterior, en el que describió sus visiones. Esto se puede ver al comparar la fecha de este pasaje —el noveno mes del cuarto año de Darío (Zacarías 7:1)— con la fecha anterior —el octavo mes del segundo año de Darío (Zacarías 1:1)—. Eso no significa que Zacarías hubiera estado inactivo durante ese tiempo. Él y Hageo siguieron profetizando hasta que el templo quedó terminado en el sexto año de Darío (Esdras 6:14-15), pero hasta ahora no se había puesto por escrito ningún otro sermón de Zacarías.

Dios puede ser honrado, su obra puede avanzar y su pueblo puede recibir ayuda tanto por medio de la enseñanza hablada como de la escrita. De hecho, repetir y reafirmar lo que ya se ha enseñado puede ser tan útil como presentar algo nuevo. Aquí el profeta comienza con una pregunta sobre el ayuno, y esa pregunta abre el camino para que Dios dé instrucción.

Algunas personas fueron enviadas a preguntar a los sacerdotes y a los profetas si debían seguir observando sus ayunos anuales, especialmente el ayuno del quinto mes. No se sabe con certeza si estos hombres venían de los judíos que todavía estaban en Babilonia —quienes habían perdido las fiestas establecidas y las habían reemplazado por ayunos motivados por el dolor— o de los exiliados que habían regresado y vivían en las zonas rurales, como algunos piensan porque se les llama «el pueblo de la tierra» (Zacarías 7:5). En cualquier caso, la respuesta no estaba dirigida solamente a los mensajeros, sino a todo el pueblo.

Los hombres que llegaron eran Serezer y Regem-melec, personas de cierta posición e importancia, pues habían venido acompañados de sus asistentes. No consideraron indigno que los enviaran a cumplir esta tarea. Esto fue un honor en dos sentidos. Primero, eran servidores en la casa de Dios, allí para cumplir con su deber y recibir dirección de parte de él. Las personas más importantes siguen siendo menos que el mandamiento más pequeño de Jesucristo. Segundo, servían como mensajeros del pueblo de Dios y ayudaban a presentar sus inquietudes. Quienes tienen bienes y tiempo deben usarlos para el bien común; al hacer el bien, llegan a ser verdaderamente grandes.

Su misión tenía dos partes. Primero, fueron enviados a orar delante del Señor. Algunos piensan que también debían ofrecer un sacrificio, como era común en aquel tiempo, junto con sus oraciones. Los judíos en el cautiverio oraban mirando hacia el templo (Daniel 6:10), y ahora que el templo estaba siendo reconstruido, enviaron representantes para orar allí. Recordaban que Dios había dicho que su casa sería llamada casa de oración para todos los pueblos (Isaías 56:7). Al orar, debemos colocarnos delante del Señor, conscientes de que sus ojos están sobre nosotros y manteniendo nuestros ojos puestos en él.

Segundo, fueron a preguntarle a Dios cuál era su voluntad. Cuando presentamos nuestras peticiones a Dios, también debemos estar dispuestos a aprender de él. Si nos negamos a escuchar su ley, no podemos esperar que nuestras oraciones le agraden. Por eso debemos anhelar vivir en la casa del Señor todos los días de nuestra vida, para preguntarle allí y aprender allí (Salmo 27:4). No debemos decir solamente: «Señor, ¿qué vas a hacer por mí?», sino también: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?».

Preguntaron a los sacerdotes que estaban en la casa del Señor y también a los profetas. Los sacerdotes eran los maestros habituales para los asuntos comunes, mientras que los profetas atendían los casos fuera de lo común. Dios había dado ambos ministerios, y ellos querían acudir a los dos, por si alguno podía comunicarles la voluntad de Dios. Puesto que Dios da diferentes dones a distintas personas para el bien de todos, debemos aprovecharlos según sea necesario.

No estaban tan ligados a los sacerdotes como para desconfiar de los profetas, ni tan impresionados por los profetas como para ignorar a los sacerdotes. Hablaron con ambos y, al hacerlo, honraron al Dios de Israel y al único Espíritu que obra por medio de todos sus siervos. Dios podía hablar por medio del Urim o por medio de los profetas (1 Samuel 28:6), así que no descuidaron ninguno de los dos medios. Los sacerdotes y los profetas no estaban enfrentados entre sí, por lo que el pueblo no debía crear divisiones entre ellos. Los profetas sí corregían lo que estaba mal en los sacerdotes, pero también enseñaban que los labios del sacerdote debían conservar el conocimiento y que el pueblo debía buscar la ley en su boca, porque él era el mensajero del Señor de los ejércitos (Malaquías 2:7). Quienes desean conocer la voluntad de Dios deben consultar a sus ministros y, en los asuntos difíciles, acudir a quienes tienen la responsabilidad de estudiar las Escrituras.

La pregunta era sencilla: ¿Debían seguir llorando y apartándose para el ayuno del quinto mes, como lo habían hecho durante tantos años? Vale la pena observar su práctica anterior. Habían mantenido estos ayunos solemnes no solo durante los setenta años del cautiverio, sino incluso hasta ese momento, veinte años después de que se anunciara la libertad. Observaban tiempos establecidos para la oración humilde, según lo permitían sus circunstancias: en privado, con sus familias o en las reuniones de adoración que podían tener.

En esta pregunta mencionan solo un ayuno, el del quinto mes, pero Zacarías 8:19 muestra que observaban cuatro ayunos anuales. Uno era en el cuarto mes, para recordar la brecha abierta en el muro de Jerusalén (Jeremías 52:6). Otro era en el quinto mes, para recordar el incendio del templo (Jeremías 52:12-13). Otro era en el séptimo mes, para recordar el asesinato de Gedalías, que completó su dispersión. El último era en el décimo mes, para recordar el comienzo del sitio de Jerusalén (2 Reyes 25:1). Estaba bien que observaran estos ayunos, porque así se humillaban bajo los dolorosos juicios que habían producido llanto y lamento. Esos ayunos también los ayudaban a disponerse para sus dificultades y a prepararse para la liberación. Además, enseñaban desde temprano a sus hijos a reconocer la mano del Señor contra ellos.

Su incertidumbre en ese momento era si debían continuar con esos ayunos o dejarlos. La pregunta está formulada como si un solo hombre preguntara: «¿Debo seguir llorando?», pero en realidad era la inquietud de muchos, y la respuesta para uno serviría para todos. O quizá muchos ya habían dejado de ayunar, pero el que hizo la pregunta no quería simplemente seguir lo que los demás hacían. Si Dios quería que continuara, lo haría sin importar lo que hicieran los demás. Su ayuno se describe como llanto y como una forma de apartarse.

El ayuno religioso debía observarse de manera solemne. No consistía solamente en abstenerse —es decir, dejar por un tiempo las comodidades legítimas de la vida—, sino también en expresar un dolor piadoso por el pecado, representado aquí por el llanto. Su pregunta —«¿Debo seguir guardando estos días para humillarme, como lo he hecho durante tantos años?»— se refiere a un ayuno que había durado setenta años, contados desde la última deportación, como se indica en Zacarías 1:12. También sugiere que estaban dispuestos a seguir ayunando si Dios aún lo exigía, aunque resultara difícil para el cuerpo.

Había razones para continuar con estos ayunos. El ayuno y la oración son buenos en cualquier momento y producen mucho bien. Siempre tenemos suficientes motivos y necesidad de humillarnos delante de Dios. Eliminar estos ayunos demostraría que se habían vuelto demasiado descuidados y probablemente los llevaría a ser aún más descuidados.

Pero también había razones para dejarlos. Dios había cambiado la manera en que trataba con ellos y había comenzado a mostrarles misericordia. ¿No debían entonces cambiar también la manera en que le servían? Cuando el novio ha regresado, ¿por qué deberían ayunar los invitados a la boda? Todo es hermoso en su momento apropiado. En cuanto al ayuno del quinto mes, por el que preguntaban especialmente, este recordaba el incendio del templo. Como el templo estaba avanzando hacia su reconstrucción, parecía que ese ayuno era el que más fácilmente podía dejarse de observar.

Aun así, como lo habían guardado durante tanto tiempo, no querían abandonarlo sin recibir consejo ni conocer la voluntad de Dios al respecto. Una práctica de adoración buena, que nos ha ayudado a nosotros y a otros, no debe cambiarse sin una razón válida, y nunca sin una reflexión cuidadosa. La respuesta que sigue sugiere que, aunque su pregunta parecía razonable, no eran completamente sinceros. Les preocupaba más la ceremonia que el asunto principal del corazón. Parecían presumir de sus ayunos y culpar a Dios porque no había regresado antes a mostrarles misericordia, como si dijeran: «Hemos hecho esto durante tantos años». Eso se parece a la queja de Isaías 58:3: «¿Por qué ayunamos, y no lo ves?».

Algunos piensan que la incredulidad y la desconfianza en las promesas de Dios estaban en la raíz de su pregunta. Si hubieran confiado en esas promesas, no habrían dudado de que los ayunos debían terminar ahora que la razón de ser de ellos había desaparecido. Por eso, la primera respuesta es una fuerte reprensión de su hipocresía, dirigida no solo al pueblo de la tierra, sino también a los sacerdotes, quienes habían establecido esos ayunos y quizá querían conservarlos para sus propios fines. Pensaban que esos ayunos habían hecho que Dios quedara en deuda con ellos, pero estaban equivocados. Los ayunos no le agradaban a Dios a menos que se observaran de una manera mejor y con un propósito correcto.

Lo que habían hecho y que externamente parecía bueno no se había hecho de la manera correcta (Zacarías 7:5). Habían ayunado y llevado luto. No eran culpables de ignorar ese deber, aunque resultaba duro para el cuerpo, y sus ayunos habían estado continuamente delante de Dios (Salmo 50:8). Pero no habían cumplido ese deber de la manera adecuada. Quienes acuden a preguntar cuál es su deber deben estar dispuestos a escuchar primero cuáles son sus faltas. Y quienes se preocupan mucho por los aspectos externos de un deber deben examinar sinceramente si también tienen la debida preocupación por su interior.

En primer lugar, no habían buscado a Dios en sus ayunos. Dios apela a su propia conciencia: «¿De verdad ayunaron para mí, para mí?». Ellos tendrían que reconocer que no habían sido sinceros; cuánto más lo sabría Dios, que es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo. Estaba presente la forma externa del deber, pero no su vida, su esencia ni su poder. Las palabras repetidas «para mí, para mí» destacan cuánto peso tiene este punto en todo ejercicio de devoción. Estas cosas deben hacerse para Dios, teniendo su palabra como norma y su gloria como meta. Debemos procurar agradarle, buscar su favor y mostrar delante de él un corazón sincero. Sin eso, todo ayuno está vacío. Ayunar sin hacerlo para Dios es burlarse de él y provocarlo.

Esto también se aplicaba a quienes usaban el ayuno como una cubierta para el pecado, como Jezabel; como una manera de obtener la alabanza de la gente, como los fariseos; o como una forma de conservar las señales externas de humildad mientras el corazón permanecía orgulloso, como Acab. ¿Ayunaban para Dios, para él? ¿Era ese el ayuno que Dios había escogido? (Isaías 58:5). Si las señales externas del ayuno, aunque sean frecuentes, prolongadas y estrictas, no hacen más profunda la devoción, no impulsan a orar, no intensifican el dolor piadoso ni producen un cambio para bien en la mente y en la vida, entonces no cumplen su propósito. Dios no las aceptará como algo hecho para él.

En segundo lugar, al ayunar tenían la misma actitud centrada en sí mismos que mostraban al comer y beber (Zacarías 7:6). En los días comunes, y quizá incluso en los días de ayuno, cuando se daban permiso para comer y beber como quisieran, simplemente seguían sus propios deseos. Siempre habían hecho lo que querían. Entonces, ¿por qué ahora fingían querer conocer la voluntad de Dios? Incluso en sus fiestas religiosas y acciones de gracias no habían mostrado más interés por Dios que en sus ayunos. Lo más probable es que esto se refiera a sus comidas habituales. No hacían más para honrar a Dios cuando ayunaban y oraban que cuando comían y bebían. El yo seguía siendo el centro alrededor del cual giraban todas sus acciones: las naturales, las sociales y las religiosas.

No necesitaban preocuparse tanto por cumplir estos ayunos si no los habían guardado de una mejor manera. También perdemos el propósito de comer y beber cuando lo hacemos para nosotros mismos. Debemos comer y beber para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31), de modo que nuestros cuerpos estén preparados para servir a nuestra alma en el servicio de Dios. Lo principal que debían haber hecho había quedado sin hacer (Zacarías 7:7). Debían haber escuchado las palabras que el Señor había proclamado por medio de los profetas anteriores. Eso era lo que debían haber hecho en sus días de ayuno. No bastaba con llorar y apartarse como señales de dolor por los juicios que estaban sufriendo. También debían haber examinado los escritos de los profetas para entender por qué Dios había confrontado a sus antepasados y aprender de aquellos sufrimientos a no seguir cometiendo los mismos pecados.

Preguntaban si debían seguir haciendo lo mismo con sus ayunos. La respuesta era no: debían hacer lo que todavía no habían hecho. Debían arrepentirse de sus pecados y reformar su vida. Ese era el llamado que ahora recibían, y era el mismo mensaje que los profetas anteriores habían dado a sus antepasados.

Para hacerles sentir más profundamente la ruina que el pecado había traído y guiarlos al arrepentimiento, el profeta les recuerda la prosperidad anterior de su país. En aquel tiempo Jerusalén estaba habitada y prosperaba, pero ahora yacía desolada y afligida. Las ciudades que la rodeaban, ahora en ruinas, también estaban habitadas y vivían en paz. La tierra igualmente estaba llena de gente: había personas viviendo en el sur de la llanura, que no estaba fortificada en absoluto; aun así, estaban seguras y disfrutaban de abundancia porque la tierra era fértil.

En aquel tiempo, por medio de los profetas, Dios los había llamado con seriedad y urgencia a cambiar sus caminos y sus acciones; de lo contrario, su prosperidad pronto terminaría. El punto del profeta es que debían haber aprendido de esa historia que lo que Dios exigía de sus antepasados para evitar el juicio ahora se les exigía a ellos para quitar el juicio. Si no obedecían, todos sus ayunos y sus lágrimas no significaban nada.

La lección es clara. Los profetas posteriores anunciaban el mismo mensaje que los anteriores. Ya sea que las personas vivan en comodidad o en dificultad, deben ser llamadas a abandonar sus pecados y cumplir con su deber. Ese siempre debe ser el llamado principal.

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