Versículo destacado

Deuteronomio 18:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" El Señor tu Dios levantará para ti un profeta de en medio de ti, de tus hermanos, semejante a mí; a él escucharán ustedes. "

Deuteronomio 18:15

menu_book El versículo en contexto

13 Serás perfecto con el Señor tu Dios.

14 Porque estas naciones, que tú poseerás, escucharon a observadores de tiempos y a adivinos; pero a ti el Señor tu Dios no te ha permitido hacerlo así.

15 El Señor tu Dios levantará para ti un profeta de en medio de ti, de tus hermanos, semejante a mí; a él escucharán ustedes.

16 Conforme a todo lo que pediste al Señor tu Dios en Horeb el día de la asamblea, cuando dijiste: «No vuelva yo a oír la voz del Señor mi Dios ni vuelva a ver este gran fuego, no sea que muera».

17 Y el Señor me dijo: «Han hablado bien lo que han hablado».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta es la promesa del gran profeta, junto con el mandato de recibirlo y escucharlo. Algunos piensan que se refiere a una larga sucesión de profetas que se mantendrían en Israel durante muchos años. Además de los sacerdotes y levitas, los maestros ordinarios cuya tarea era enseñar la ley de Dios a Jacob, también tendrían profetas: mensajeros especiales que reprenderían sus pecados, les recordarían su deber y anunciarían acontecimientos futuros, tanto juicios para advertirles como rescates para consolarlos.

Con estos profetas, no necesitarían practicar la adivinación ni consultar a espíritus malignos. Podrían preguntarles a los profetas de Dios incluso acerca de asuntos privados, como hizo Saúl cuando buscaba las asnas de su padre (1 Samuel 9:6). Tampoco quedarían abandonados a la ignorancia ni a la incertidumbre respecto a su deber, porque tendrían entre ellos profetas a quienes consultar en cualquier asunto difícil o dudoso. Estos profetas eran semejantes a Moisés en ciertos aspectos, aunque muy inferiores a él (Deuteronomio 34:10).

Incluya o no esta promesa una sucesión de profetas, es evidente que apunta primero a Cristo. Es la promesa más clara de Cristo que se encuentra en toda la ley de Moisés. Los apóstoles la aplican directamente al Señor Jesús como el Mesías prometido (Hechos 3:22; Hechos 7:37). El pueblo también tenía presente esta promesa cuando dijo acerca de Jesús: «Verdaderamente, este es el profeta que había de venir al mundo» (Juan 6:14). Era el Espíritu de Cristo el que hablaba por medio de todos los demás profetas (1 Pedro 1:11).

¿Qué se promete aquí acerca de Cristo? Lo que Dios le prometió a Moisés en el monte Sinaí, y que Moisés repite más adelante en el versículo 18, aquí Dios se lo promete al pueblo en su propio nombre. Primero, vendría un profeta mayor que todos los profetas, por medio del cual Dios se daría a conocer y revelaría su voluntad de una manera más plena y clara que nunca antes. Él es la luz del mundo, así como la profecía era la luz de la iglesia judía (Juan 8:12). Él es la Palabra por medio de la cual Dios nos habla (Juan 1:1; Hebreos 1:2).

Segundo, Dios lo levantaría de entre ellos. Por su nacimiento, pertenecería a esa nación, viviría entre ellos y sería enviado a ellos. Por su resurrección, sería levantado en Jerusalén, y desde allí su enseñanza se extendería a todo el mundo. De esta manera, Dios, después de levantar a su Hijo Jesús, lo envió para bendecirnos.

Tercero, sería semejante a Moisés, aunque mucho mayor, así como los demás profetas eran muy inferiores a Moisés. Moisés fue un profeta que dio la ley a Israel y lo liberó de Egipto, y Cristo también lo es. Él no solo enseña, sino que también gobierna y salva. Moisés estableció un nuevo orden del pacto mediante señales, maravillas y grandes obras, y Cristo hizo lo mismo, demostrando que había venido de Dios. ¿Fue fiel Moisés? Cristo también lo fue: Moisés como siervo, pero Cristo como Hijo.

Cuarto, Dios pondría sus palabras en la boca de Cristo (Deuteronomio 18:18). Cualquier mensaje que Dios tuviera para la humanidad lo enviaría por medio de él, y le daría instrucciones completas sobre todo lo que debía decir y hacer como profeta. Por eso nuestro Salvador dice: «Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió» (Juan 7:16). Así que esta gran promesa se ha cumplido. Este Profeta ha venido: es Jesús. Él es aquel a quien debíamos esperar, y no debemos esperar a ningún otro.

Esta promesa también corresponde a la petición que el pueblo hizo en el monte Sinaí, cuando dijo que quería que Dios le hablara por medio de un hombre semejante a ellos (Deuteronomio 18:16-18). Allí Dios había hablado con truenos y relámpagos, desde el fuego y la densa oscuridad. Cada palabra hacía que les zumbaran los oídos y les temblara el corazón, de modo que toda la congregación temió morir. En medio de ese terror, le rogaron a Dios que no volviera a hablarles de esa manera, porque no podían soportarlo.

En cambio, pidieron que les hablara por medio de mensajeros humanos: por medio de Moisés en ese momento y, más adelante, por medio de otros profetas semejantes a él. Dios estuvo de acuerdo. Les hablaría por medio de hombres cuya presencia no los llenaría de temor. Y para mostrarles una gracia aún mayor de lo que podían pedir o imaginar, cuando llegó el momento señalado, la Palabra misma se hizo carne, y ellos vieron su gloria, la gloria del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad; no con el terror del Sinaí, sino con mansedumbre y misericordia (Juan 1:14). Así, en respuesta a la petición del pueblo, aunque quizá no la comprendieran plenamente, Dios prometió la venida de su Hijo en forma humana.

También se da a todo el pueblo el mandato de escuchar, creer y obedecer a este gran profeta prometido: «A él escucharán» (Deuteronomio 18:15). Cualquiera que se niegue a escucharlo será juzgado por ese desprecio (Deuteronomio 18:19): «Yo le pediré cuentas». Dios mismo aplicó esto a Jesús mediante la voz que salió de la nube resplandeciente: «Este es mi Hijo. Escúchenlo» (Mateo 17:5). Moisés y Elías estaban allí y estuvieron de acuerdo. El castigo anunciado aquí contra quienes no escuchan a este profeta se repite en el Nuevo Testamento: «El que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Juan 3:36). «¿Cómo escaparemos nosotros si ignoramos al que habla desde el cielo?» (Hebreos 12:25).

La paráfrasis caldea dice: «Mi Palabra le pedirá cuentas», lo cual señala a una persona divina: Cristo, la Palabra eterna, a quien el Padre le ha dado todo el juicio y por medio de quien juzgará al mundo en el día final. Quien se niega a escuchar a Jesucristo lo hace bajo su propio riesgo. El mismo que es el profeta también será su juez (Juan 12:48).

Aquí también hay una advertencia contra los falsos profetas. Primero, se anuncia una amenaza contra los impostores mismos (Deuteronomio 18:20). Quien afirme ser profeta y hable sin una verdadera comisión de Dios es culpable de alta traición contra el Rey de reyes, y ese traidor debía morir (Deuteronomio 18:20). Con el tiempo, esto se llevó a cabo mediante el juicio del gran Sanedrín, que se reunía en Jerusalén. Por eso nuestro Salvador dice que un profeta no podía morir fuera de Jerusalén, y pone sobre la propia Jerusalén la culpa por la sangre de los profetas (Lucas 13:33-34). Dios mismo castigaría a esos falsos profetas, aunque allí recibieran apoyo.

Segundo, se les da una instrucción al pueblo para que no fuera engañado por los impostores, de los cuales había muchos, como lo muestran (Jeremías 23:25; Ezequiel 13:6; 1 Reyes 22:6). La pregunta que se supone que harían es muy apropiada (Deuteronomio 18:21): puesto que es tan importante escuchar a los verdaderos profetas y puesto que existe tanto peligro de ser descarriados por los falsos, ¿cómo podemos saber si un mensaje realmente viene del Señor? ¿Cómo podemos detectar un fraude? Debemos preocuparnos profundamente por tener la prueba correcta para evaluar lo que escuchamos, a fin de reconocer qué palabra no ha hablado el Señor.

Cualquier cosa que contradiga claramente el sentido común, la luz y la ley natural, o el significado evidente de la Escritura, no puede ser una palabra del Señor. Tampoco puede venir de Dios algo que fomente el pecado o que tienda claramente a destruir la piedad o el amor. Dios no puede contradecirse.

La regla dada aquí responde a una pregunta real de aquel tiempo, como se explica en Deuteronomio 18:22. Si había motivos para dudar de la honestidad de un profeta, el pueblo debía observar esta señal: si daba una señal o anunciaba que algo sucedería y no sucedía, podían estar seguros de que Dios no lo había enviado. Esto no se refiere principalmente a predicciones de misericordia o de juicio, aunque el profeta Jeremías da una regla para distinguir la verdad de la falsedad en ese asunto (Jeremías 28:8-9). Se refiere principalmente a las señales dadas para demostrar la autoridad de un profeta.

Aunque la señal se cumpliera, eso por sí solo no demostraría que el profeta había sido enviado por Dios si estaba llevando al pueblo a servir a otros dioses. Ese asunto ya había quedado establecido en Deuteronomio 13:1-3. Pero si la señal no se cumplía, eso bastaba para demostrar que el profeta era falso. El obispo Patrick lo explica así: si Moisés hubiera arrojado su vara al suelo y dicho que se convertiría en serpiente, pero no hubiera sucedido, Moisés habría sido un falso profeta. De la misma manera, si Elías hubiera pedido que descendiera fuego del cielo para consumir el sacrificio y no hubiera caído fuego, no habría sido mejor que los profetas de Baal.

La misión de Samuel quedó demostrada porque el Señor no permitió que ninguna de sus palabras cayera al suelo; es decir, cada palabra se cumplió (1 Samuel 3:19-20). Los milagros de Cristo también demostraron su misión, especialmente la gran señal de su resurrección al tercer día, que ocurrió tal como él lo había dicho. Eso mostró que era un maestro enviado por Dios.

Por último, se les dijo que no temieran a un falso profeta. No debían dejarse intimidar por los castigos que este pudiera amenazar con imponer para engañar a la gente y sembrar miedo. Tampoco debían temer aplicar la ley contra él cuando una investigación cuidadosa y justa demostrara que era falso. Este mandato de no temer a un falso profeta también implicaba que debían temer y respetar al verdadero profeta, cuya autoridad quedara confirmada por pruebas claras e innegables. Si lo trataban con ligereza o le hacían daño, lo harían bajo su propio riesgo.

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