Versículo destacado
Romanos 15:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Los que somos fuertes en la fe debemos aceptar como propias las debilidades de los que son menos fuertes, y no buscar lo que nos agrada a nosotros mismos. "
Romanos 15:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Los que somos fuertes en la fe debemos aceptar como propias las debilidades de los que son menos fuertes, y no buscar lo que nos agrada a nosotros mismos.
2 Cada uno de nosotros debe agradar a su prójimo, haciendo lo que contribuya a su bien y a la edificación mutua.
3 Porque tampoco Cristo buscó agradarse a sí mismo; al contrario, en él se cumplió lo que dice la Escritura: «Las ofensas de los que te insultaban cayeron sobre mí.»
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El apóstol presenta aquí dos mandatos, cada uno acompañado de una razón, para mostrar que los cristianos fuertes deben tratar con consideración y humildad a los débiles. Primero, debemos soportar las debilidades de los débiles (Romanos 15:1). Todos tenemos debilidades, pero los creyentes débiles pueden ser afectados por ellas con mayor facilidad, ya sea por falta de conocimiento o de gracia, como una caña lastimada o una mecha que apenas humea. No debemos aplastarlos ni menospreciarlos. Más bien, debemos animarlos y soportar con paciencia sus debilidades.
Aunque ellos nos juzguen con dureza o hablen mal de nosotros debido a su debilidad, debemos seguir soportándolos. Debemos tener compasión de ellos y no permitir que nuestro amor se enfríe. Muchas veces su conducta nace de la debilidad, y no pueden evitarla por completo. En esto, Cristo trató con ternura a sus discípulos débiles y tuvo consideración de ellos. Nosotros también debemos cargar con sus debilidades, compartir sus dificultades, preocuparnos por ellos y ayudarlos a fortalecerse cuando sea necesario. Eso forma parte de llevar los unos las cargas de los otros.
Segundo, no debemos vivir para agradarnos a nosotros mismos, sino para agradar a nuestro prójimo (Romanos 15:1-2). Debemos renunciar a nuestra propia voluntad teniendo en cuenta la debilidad de nuestros hermanos. Los cristianos no deben proponerse satisfacer cada pequeño deseo de su propio corazón. A veces es bueno negarnos ciertas cosas, porque así soportaremos más fácilmente cuando otros nos contradigan. Si siempre nos complacen en todo, podemos volvernos malcriados, como Adonías. La primera lección de la vida cristiana es negarse a sí mismo (Mateo 16:24).
Los cristianos deben procurar agradar a sus hermanos. El cristianismo está destinado a ablandar el corazón y hacernos amables, serviciales y considerados. No nos convierte en servidores de los deseos pecaminosos de nadie, sino de las necesidades y debilidades de nuestros hermanos, en la medida en que podamos hacerlo con una conciencia limpia. Los cristianos deben aprender a ser agradables. No debemos usar nuestra libertad cristiana para nuestro propio disfrute, porque no nos fue dada para el placer egoísta, sino para la gloria de Dios y para el bien y la edificación de los demás. Qué diferente sería la iglesia si los creyentes procuraran agradarse unos a otros, en vez de tratar siempre de oponerse, frustrarse y discutir.
Esto no significa agradar a los demás en todo asunto. No es una regla sin límites. Debemos agradar a nuestro prójimo para su bien, especialmente para su bien espiritual. No debemos servir deseos pecaminosos, fomentar el mal ni participar en la tentación. Agradar a las personas de esa manera sería ayudar a arruinar sus almas, y si hacemos eso, no estamos sirviendo a Cristo. Más bien, debemos agradarlas de maneras que las ayuden, no para obtener un beneficio propio ni para aprovecharse de ellas, sino para su beneficio espiritual y para su edificación; es decir, para fortalecer el cuerpo de Cristo. Cuanto mejor encajan las piedras unas con otras, más fuerte se vuelve el edificio.
La razón es esta: ni siquiera Cristo se agradó a sí mismo. La renuncia del Señor Jesús a sí mismo es la mejor respuesta al egoísmo cristiano. Él no buscó para sí el honor, la comodidad, la seguridad ni el placer del mundo. No tuvo un lugar donde recostar la cabeza, vivió de lo que otros le daban, se negó a ser hecho rey y rechazó la idea de evitar el sufrimiento. No buscó su propia voluntad (Juan 5:30), lavó los pies de sus discípulos, soportó la hostilidad de los pecadores y, en una palabra, se despojó a sí mismo y renunció a toda reputación. Hizo todo esto por nosotros, para traernos justicia y dejarnos un ejemplo. Toda su vida fue una vida de negación propia y de llevar su cruz. Él cargó con las debilidades de los débiles (Hebreos 4:15).
Las Escrituras también lo habían anunciado: «Los insultos de los que te insultan cayeron sobre mí» (Salmo 69:9). Pablo cita estas palabras para mostrar que Cristo estuvo muy lejos de agradarse a sí mismo y que, en cambio, soportó la forma más profunda de negación propia. Esto no significa que toda su misión fuera una carga que detestaba, porque la aceptó con voluntad y alegría. Pero en su humillación, toda comodidad que sus deseos naturales podían buscar fue contrariada y negada. Prefirió nuestro bien a su propia comodidad y placer. Pablo usa aquí las palabras mismas de las Escrituras, porque las cosas de Dios se expresan mejor con las palabras que Dios ha dado.
Estos insultos cayeron sobre Cristo de dos maneras. Primero, fueron los insultos vergonzosos que sufrió. Todo deshonor hecho contra Dios afligía al Señor Jesús. Le dolía la dureza del corazón, contemplaba con tristeza y lágrimas los lugares entregados al pecado y consideraba que el maltrato de su pueblo se hacía contra él mismo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Cristo también soportó grandes insultos personales durante su sufrimiento.
Segundo, estos insultos se refieren al pecado que cargó sobre sí para hacer expiación por nosotros. Muchos entienden el pasaje de esta manera. Todo pecado es una especie de insulto contra Dios, especialmente el pecado cometido con descaro y deliberación. La culpa de ese pecado cayó sobre Cristo cuando fue hecho pecado —es decir, una ofrenda por el pecado— por nosotros. Cuando el Señor puso sobre él la iniquidad de todos nosotros y él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, estos cayeron sobre él como nuestro fiador delante de Dios: «Caiga sobre mí la maldición». Esta fue la forma más profunda posible de negación propia. Considerando su santidad perfecta, el amor del Padre por él y su constante preocupación por la gloria de su Padre, nada podía ser más contrario a él que ser hecho pecado y maldición por nosotros, y que los insultos dirigidos contra Dios cayeran sobre él, especialmente por personas que eran extrañas, enemigas y traidoras: el justo por los injustos (1 Pedro 3:18).
Esto nos da la razón por la que debemos soportar las debilidades de los demás. No debemos vivir para agradarnos a nosotros mismos, porque Cristo no se agradó a sí mismo. Debemos soportar a los débiles, porque Cristo soportó los insultos de quienes insultaban a Dios. Él cargó con la culpa y la maldición del pecado, mientras que a nosotros solo se nos llama a cargar con una pequeña parte de las dificultades que este produce. Él llevó los pecados de los malvados con toda su culpa, mientras que a nosotros solo se nos pide soportar las debilidades de los débiles.
Incluso Cristo, quien era perfectamente feliz en sí mismo y no necesitaba nada de nosotros, no se agradó a sí mismo. Él era igual a Dios y tenía toda razón para vivir únicamente para su propia satisfacción, pero decidió no hacerlo. Incluso cargó con nuestros pecados. Por eso, nosotros también debemos ser humildes, negarnos a nosotros mismos y estar dispuestos a pensar en los demás, porque pertenecemos unos a otros.
Por eso debemos ir y hacer lo mismo, porque todo lo que se escribió anteriormente se escribió para nuestra enseñanza. Lo que está escrito acerca de Cristo, especialmente sobre su negación propia y su sufrimiento, fue escrito para enseñarnos. Él nos dejó un ejemplo. Si Cristo se negó a sí mismo, nosotros también debemos negarnos a nosotros mismos, por gratitud, sensatez y deseo de parecernos a él. El ejemplo de Cristo, tanto en sus palabras como en sus hechos, quedó registrado para que lo imitemos.
Lo que fue escrito en general en el Antiguo Testamento también fue escrito para nuestra enseñanza. Pablo acababa de aplicar a Cristo las palabras de David, y esto podría parecer una interpretación forzada del pasaje. Por eso presenta una regla amplia: todas las Escrituras del Antiguo Testamento, y aún más las del Nuevo, fueron escritas para nuestra enseñanza y no deben tratarse como si fueran solo para una interpretación privada. Lo que les sucedió a los santos del Antiguo Testamento ocurrió como ejemplo para nosotros, y esas Escrituras tienen muchas aplicaciones cumplidas. Fueron dejadas como una norma permanente para nosotros, escritas para que siguieran disponibles para nuestro uso y beneficio.
En primer lugar, fueron escritas para nuestra enseñanza. Hay mucho que aprender de las Escrituras, y el mejor aprendizaje proviene de ellas. Los verdaderamente instruidos son quienes conocen mejor las Escrituras. Por eso debemos esforzarnos no solo por entender su significado evidente, sino también por aprender aquello que nos hará bien. Necesitamos ayuda no solo para quitar la piedra, sino también para sacar el agua, porque en muchos lugares el pozo es profundo. Las lecciones prácticas importan más que las explicaciones técnicas.
En segundo lugar, fueron escritas para que, por medio de la paciencia y el consuelo de las Escrituras, tengamos esperanza. La esperanza de la que se habla aquí es la esperanza de la vida eterna. Las Escrituras fueron escritas para que sepamos qué esperar de Dios, sobre qué fundamento y de qué manera. Eso debe hacer que las Escrituras sean preciosas para nosotros, porque son una amiga cercana de la esperanza cristiana.
El camino hacia esta esperanza pasa por la paciencia y el consuelo que provienen de las Escrituras. La paciencia y el consuelo presuponen dificultades y tristeza, y esa es la realidad del pueblo de Dios en este mundo. Si la vida no fuera así, no necesitaríamos paciencia ni consuelo. Sin embargo, ambos sostienen la esperanza que da vida a nuestra alma. La paciencia produce experiencia, y la experiencia produce esperanza, una esperanza que no nos avergüenza (Romanos 5:3-5). Cuanto más paciencia mostramos en medio de las dificultades, con más confianza podemos mirar más allá de ellas. Nada perjudica tanto la esperanza como la impaciencia.
El consuelo de las Escrituras también sostiene la esperanza. Este consuelo proviene de la palabra de Dios y es el consuelo más seguro y dulce. Es como un anticipo de las cosas buenas que esperamos. El Espíritu, nuestro Consolador, es la garantía de nuestra herencia.
De este capítulo
Romanos 15:2
"Cada uno de nosotros debe agradar a su prójimo, haciendo lo que contribuya a su bien y a la edificación mutua."
Romanos 15:3
"Porque tampoco Cristo buscó agradarse a sí mismo; al contrario, en él se cumplió lo que dice la Escritura: «Las ofensas de los que te insultaban cayeron sobre mí.»"
Romanos 15:4
"Todo lo que antes se dijo en las Escrituras fue escrito para instruirnos, a fin de que tengamos esperanza mediante la constancia y el consuelo que recibimos de ellas."
Romanos 15:5
"Que Dios, quien da constancia y consuelo, los ayude a ustedes a vivir en armonía unos con otros, siguiendo el ejemplo de Cristo Jesús,"
Romanos 15:6
"para que todos juntos y a una sola voz alaben al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo."
Romanos 15:7
"Por tanto, acéptense unos a otros, así como Cristo también los aceptó a ustedes, para gloria de Dios."
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