Versículo destacado
Romanos 14:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Reciban bien al que es débil en la fe y no entren en discusiones con él. "
Romanos 14:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Reciban bien al que es débil en la fe y no entren en discusiones con él.
2 Por ejemplo, algunos piensan que pueden comer de todo, mientras que otros, que son débiles en la fe, comen solamente verduras.
3 El que come de todo no debe menospreciar al que no come ciertas cosas; y el que no come ciertas cosas no debe criticar al que come de todo, pues Dios lo ha aceptado.
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En este capítulo, Pablo aborda un desacuerdo doloroso que había surgido en la iglesia cristiana. Jesús había advertido que vendrían tropiezos, y así ocurrió, porque faltaban la sabiduría y el amor necesarios para conservar la paz y la unidad entre los creyentes. Uno de los principales temas de conflicto era la diferencia de opiniones sobre los alimentos y los días, aunque quizá también había otras discusiones relacionadas. La iglesia de Roma incluía tanto creyentes judíos como creyentes gentiles. Los judíos habían sido criados bajo la ley ceremonial, así que, aun después de convertirse en cristianos, algunos todavía se aferraban a las reglas sobre los alimentos limpios e impuros y sobre ciertos días especiales. Todavía no habían comprendido plenamente que la muerte de Cristo había dejado sin efecto esas leyes ceremoniales.
En cuanto a los alimentos, algunos creyentes estaban completamente convencidos de que podían comer cualquier cosa. Sabían que la antigua distinción entre alimentos limpios e impuros ya no era obligatoria, y que toda criatura hecha por Dios es buena y no debe rechazarse por sí misma (Romanos 14:14). Entendían esto por el mensaje general del evangelio y también por la visión de Pedro, ya que Pedro, el apóstol enviado a los judíos, había recibido instrucciones directas sobre este punto (Hechos 10:15, 28). Por eso, el creyente fuerte comía lo que le servían sin hacer preguntas que afectaran su conciencia (1 Corintios 10:27). Pero el creyente débil no tenía claridad acerca de la libertad cristiana. Todavía sentía que algunos alimentos seguían siendo impuros, así que evitaba por completo la carne y comía únicamente verduras. Una conciencia sensible puede llevar a una persona a negarse muchas cosas, y solo quienes lo han experimentado saben con qué fuerza la conciencia puede frenar y, a la vez, impulsar.
También había desacuerdo acerca de los días. Algunos creyentes todavía consideraban especiales ciertos días, como la Pascua, Pentecostés, las lunas nuevas y las fiestas. Observaban esos momentos de una manera particular y les daban una especie de descanso y enfoque religioso. Otros, sabiendo que Cristo había cumplido y puesto fin a esas leyes ceremoniales, consideraban todos los días iguales. Esto no incluye el día del Señor, que todos los cristianos observaban. Pablo está hablando aquí de un asunto que era indiferente mientras permaneciera como una práctica u opinión personal entre personas que habían sido formadas durante mucho tiempo de esa manera y a quienes les resultaba difícil abandonarla. En Gálatas, sin embargo, trata un caso distinto: allí, falsos maestros estaban presionando a los creyentes gentiles para que consideraran necesarias esas observancias para la salvación. En ese contexto, Pablo las reprende como un grave error que debilitaba el evangelio (Gálatas 4:9-11). Los romanos eran débiles en su comprensión, pero los gálatas actuaban deliberadamente, y Pablo trata ambos casos de manera diferente.
El verdadero daño no estaba en la diferencia misma, sino en la manera en que la manejaban y la convertían en una disputa. Los fuertes menospreciaban a los débiles, en vez de tenerles compasión, ayudarlos y enseñarles con paciencia. Consideraban tontos, susceptibles y supersticiosos a sus hermanos porque dudaban acerca de cosas que en realidad estaban permitidas. El conocimiento puede hacer que las personas se llenen fácilmente de orgullo, y con frecuencia las lleva a hablar con dureza de otros creyentes. Por otro lado, los débiles juzgaban y criticaban a los fuertes, como si fueran cristianos descuidados que vivían sin ninguna disciplina. Los trataban como transgresores de la ley y como personas que ignoraban los mandamientos de Dios. Tales juicios mostraban falta de amor y de justicia, y naturalmente dañaban el afecto entre ellos. Este mismo problema sigue afectando a la iglesia cuando las diferencias se manejan mal.
Por eso, Pablo da instrucciones sabias para calmar el conflicto y evitar que cause más daño. Como un médico hábil, prescribe remedios compuestos tanto de reglas como de razones. No pide una disciplina severa contra ninguno de los dos grupos, sino paciencia, tolerancia y bondad mutua. Habla a los fuertes para exhortarlos a no llenarse de orgullo, y a los débiles para exhortarlos a no juzgar severamente. Si ambos lados aceptan este juicio equilibrado, dejan de lado parte de su rigidez y valoran la paz por encima de sus diferencias, las cosas mejorarán rápidamente.
La primera regla es esta: reciban al creyente débil, pero no para entrar en discusiones sobre cuestiones dudosas (Romanos 14:1). En otras palabras, acéptense unos a otros como hermanos en la fe, pero no desperdicien sus fuerzas discutiendo sobre asuntos inciertos. Dedíquense con entusiasmo a las verdades que todo el pueblo de Dios comparte, y no a debatir cuestiones que están abiertas a distintas opiniones.
Recíbanlo, denle la bienvenida y acéptenlo con gran bondad y ternura. La versión siríaca expresa la idea como: «Extiéndele la mano», es decir, ayúdenlo, acérquenlo y anímenlo. Que su comunión cristiana esté dispuesta a recibir y mostrar gracia, no que sea fría o severa.
Recíbanlo, pero no con el propósito de discutir con él sobre asuntos dudosos. No lo presionen para que exponga sus opiniones débiles sobre cosas de las que no está seguro, solo para después criticarlo. Eso únicamente lo confundiría, llenaría su mente de palabras vacías y debilitaría su fe. El pueblo de Cristo no debe arruinar su comunión con discusiones inútiles y pleitos de palabras (Colosenses 1:10; Filipenses 3:15-16).
Los que son fuertes no deben despreciar a los débiles, y los que son débiles no deben juzgar a los fuertes (Romanos 14:3). Esta advertencia señala directamente la falta de cada lado. En conflictos como este, por lo general ambos tienen parte de la culpa y ambos necesitan corrección. No debemos despreciar a nuestros hermanos y hermanas ni sentarnos a juzgarlos.
¿Por qué no? Porque Dios los ha recibido, y lo insultamos si rechazamos a quienes él ha aceptado. Dios no rechaza a nadie que tenga una gracia verdadera, aunque todavía sea débil en ella. Él no quiebra la caña cascada. Tanto los creyentes fuertes como los débiles, los que comen y los que no comen, son aceptados por Dios si realmente le pertenecen. Cuando sintamos la tentación de menospreciar a otros, debemos preguntarnos: «¿Dios los ha reconocido como suyos? Si lo ha hecho, ¿cómo puedo rechazarlos?».
Dios no solo recibe a esa persona; también la sostiene (Romanos 14:4). Tal vez pienses que el que come caerá por su atrevimiento, o que el que no come se hundirá bajo el peso del temor y sus escrúpulos. Pero si tienen una fe verdadera y mantienen la mirada puesta en Dios —uno ejerciendo sabiamente la libertad cristiana y el otro practicando sinceramente una restricción cuidadosa—, Dios los mantendrá firmes. Conservará al uno en integridad y al otro en tranquilidad. Esta esperanza se apoya en el poder de Dios, porque Dios puede mantenerlo firme. Y si puede hacerlo, sin duda está dispuesto a usar ese poder para preservar a su propio pueblo.
Este consuelo es importante cada vez que enfrentamos un peligro espiritual, ya sea en nuestra propia vida o en la vida de otros (1 Pedro 1:5; Judas 1:24). Gran parte de nuestra esperanza descansa en el poder divino. Estamos más seguros de lo que parece, porque Dios puede guardar lo que le pertenece.
También debemos recordar que nuestro hermano es siervo de su propio señor (Romanos 14:4). ¿Quién eres tú para juzgar al siervo de otra persona? Es de mala educación entrometerse con los siervos ajenos y comenzar a buscarles defectos. Los cristianos fuertes y débiles son nuestros hermanos, pero no son nuestros siervos. Santiago advierte contra esta clase de juicio apresurado cuando habla de quienes actúan como si fueran muchos los que tienen autoridad (Santiago 3:1). Cuando juzgamos a nuestros hermanos, especialmente sus pensamientos y motivos, actuamos como si estuviéramos sentados en el trono de Dios.
Esto es especialmente cierto cuando intentamos juzgar cosas que no podemos ver por completo, como las intenciones, los motivos ocultos o la verdadera condición del alma de una persona. Dios ve de una manera distinta a los seres humanos, y él es su señor, no nosotros. Cuando condenamos a nuestros hermanos, nos entrometemos en algo que no nos corresponde. Ya tenemos suficiente que atender en nuestro propio corazón y en nuestra propia vida. Si debemos juzgar, juzguémonos primero a nosotros mismos.
Ante su propio señor permanece firme o cae; esto significa que su juicio final vendrá de su señor, no de nosotros. Qué bueno es saber que no permanecemos firmes ni caemos por las opiniones de los demás, sino por el juicio justo y verdadero de Dios. Aunque el caso de tu hermano esté ante tu tribunal, en realidad no está ante el juez adecuado. El tribunal del cielo es el lugar correcto para ese juicio, y solo allí la sentencia es definitiva. Si su corazón es recto, puede apelar con seguridad de tu condena apresurada al juicio de Dios.
Tanto el que considera especial un día como el que considera iguales todos los días, si son verdaderos creyentes, tienen la mirada puesta sinceramente en Dios (Romanos 14:6). El que considera especial ese día lo hace por conciencia respecto a los ayunos y las fiestas judías, pero no impone esa práctica a los demás ni la convierte en una ley para ellos. Está dispuesto a observarlo porque piensa que es el camino más seguro, pues cree que no hay ningún daño en descansar del trabajo y adorar a Dios en ese día. Como vive como un cristiano sincero en los demás asuntos, debemos creer que también en esto busca honrar al Señor. Dios acepta la intención honesta, aun cuando la comprensión de una persona sobre los días sea equivocada. Un corazón sincero nunca ha sido rechazado por tener una comprensión débil.
La persona que no considera especial ningún día es diferente. No considera que un día sea santo y otro profano, ni que uno sea de buena suerte y otro de mala suerte. Para ella, todos los días son iguales. Si es un buen cristiano, no lo hace por resentimiento, afán de discutir o desprecio hacia su hermano. Lo hace porque cree que Dios no ha establecido esa distinción y quiere honrarlo dedicándole cada día.
Lo mismo sucede con la comida. La persona que come cualquier cosa que se le sirva, incluso alimentos que antes estaban prohibidos por la ley ceremonial, come para el Señor. Entiende la libertad que Dios ha dado bajo el evangelio y usa esa libertad para honrarlo. Le da gracias a Dios por la libertad más amplia que ahora se le concede y por haber sido liberada de las antiguas restricciones legales. También le da gracias porque su conciencia no está encadenada en esos asuntos.
Por otro lado, la persona que no come esas carnes porque todavía cree que están prohibidas tampoco come para el Señor. Las evita por causa de Dios, pues teme ofenderlo al comer algo que antes estaba prohibido. Sin embargo, también le da gracias a Dios, porque todavía hay muchas otras cosas que puede comer. Aunque se niegue lo que le parece un fruto prohibido, bendice a Dios porque puede comer libremente de los demás árboles del jardín.
Así que, si ambos actúan pensando en Dios y los dos procuran presentarse sinceramente aprobados delante de él, ¿por qué habría que juzgar o despreciar a alguno? Ya sea que comamos carne o verduras, es nuestra actitud agradecida hacia Dios, quien nos da todas sus bondades, lo que hace que la comida sea santa y agradable.
El obispo Sanderson observó acertadamente, en su trigésimo cuarto sermón sobre 1 Timoteo 4:4, que esto muestra el fundamento de la costumbre de dar gracias, como solemos llamarla, antes y después de las comidas, quizá a partir de 1 Corintios 10:30. Era una práctica conocida en la iglesia entre cristianos de toda condición, tanto débiles como fuertes. Era una antigua y digna práctica cristiana y apostólica, transmitida desde el ejemplo del propio Cristo a lo largo de todas las épocas de la iglesia (Mateo 14:19; Mateo 15:36; Lucas 9:16; Juan 6:11; Mateo 26:26-27; Hechos 27:35). Aquí se incluyen tanto bendecir a Dios por sus dones antes de usarlos como bendecirlo por ellos después de usarlos, pues las palabras «bendecir» y «dar gracias» se emplean de manera intercambiable.
Para aclarar este punto y oponerse al juicio precipitado y al desprecio, él muestra cuán esencial es para el verdadero cristianismo preocuparse por Dios y no por nosotros mismos. Por eso, a menos que se vea claramente lo contrario, debemos suponer esto de quienes difieren de nosotros en asuntos secundarios. Observemos su descripción de los verdaderos cristianos, tomada de su meta y propósito (Romanos 14:7-8), y del fundamento de esa verdad (Romanos 14:9).
Nuestra meta no somos nosotros mismos, sino el Señor. Así como una meta específica le da forma a una acción, un propósito general muestra la dirección de toda la vida de una persona. Si queremos saber por qué camino andamos, debemos preguntarnos hacia qué destino nos dirigimos. En primer lugar, no vivimos para nosotros mismos. Hemos aprendido a negarnos a nosotros mismos, y esa fue nuestra primera lección. Ninguno de nosotros vive para sí mismo. Esto es algo que todos los hijos de Dios comparten, aunque difieran en otros asuntos. Algunos son débiles y otros fuertes, pero ambos están de acuerdo en esto: no viven para sí mismos. A nadie que se haya entregado a Cristo se le permite vivir buscando únicamente su propio beneficio, porque eso contradice el fundamento mismo del verdadero cristianismo.
No vivimos para nosotros mismos ni morimos para nosotros mismos. No somos nuestros propios dueños ni nos pertenecemos. Nuestra vida no tiene como propósito agradarnos a nosotros mismos, sino agradar a Dios. Incluso nuestra muerte, a la que nos enfrentamos cada día, no tiene como propósito que la gente hable de nosotros. No buscamos el peligro para recibir elogios vacíos mientras ya estamos muriendo poco a poco. Y cuando finalmente llega el momento de morir, tampoco lo hacemos para nosotros mismos. No se trata simplemente de querer librarnos del peso del cuerpo, sino de estar con el Señor, partir para estar con Cristo y encontrarnos presentes con el Señor.
En segundo lugar, vivimos para el Señor (Romanos 14:8), para el Señor Cristo, a quien se le han dado toda autoridad y todo juicio, y en cuyo nombre se nos enseña, como cristianos, a hacer todo lo que hacemos (Colosenses 3:17). La voluntad de Cristo es nuestra norma y la gloria de Cristo es nuestra meta (Filipenses 1:21). Cristo es la ganancia que buscamos tanto en la vida como en la muerte. Vivimos para glorificarlo en cada acción y en cada asunto de la vida. Morimos, ya sea por causas naturales o de manera violenta, para glorificarlo y ser glorificados con él. Cristo es el centro en el que convergen todas las líneas de la vida y de la muerte. Esto es el verdadero cristianismo: hacer que Cristo sea todo en todos.
Así que, ya sea que vivamos o que muramos, pertenecemos al Señor. Estamos dedicados a él, dependemos de él y existimos para él. Aunque algunos cristianos sean débiles y otros fuertes, y aunque difieran en madurez, comprensión y práctica en asuntos secundarios, todos pertenecen al Señor. Todos miran a Cristo, sirven a Cristo y procuran agradar a Cristo, y él los reconoce y los acepta. Entonces, ¿es correcto que nosotros los juzguemos o despreciemos, como si fuéramos sus dueños y ellos tuvieran que agradarnos a nosotros, quedando en pie o cayendo según nuestro juicio?
Esto se fundamenta en el gobierno y la autoridad absolutos de Cristo, que se manifestaron por medio de su muerte y resurrección. Para esto murió, resucitó y volvió a la vida: después de entrar en la vida celestial y recibir la gloria que tenía antes, llegó a ser Señor tanto de los muertos como de los vivos. Él es el Señor universal, el Señor de todos (Hechos 10:36), sobre todas las criaturas, vivas e inanimadas, pues es cabeza de todo para la iglesia. Es Señor de los vivos para gobernarlos y Señor de los muertos para recibirlos y resucitarlos. Este fue el nombre sobre todo nombre que Dios le dio como recompensa por su obediencia humilde (Filipenses 2:8-9). Después de morir y resucitar, dijo: «Toda autoridad me ha sido dada» (Mateo 28:18), y pronto demostró esa autoridad al enviar a sus discípulos a cumplir su encargo (Romanos 14:19-20).
Si Cristo pagó un precio tan alto por gobernar sobre las almas y las conciencias, y tiene un derecho tan claro y legítimo sobre ellas, entonces ni siquiera debemos dar la apariencia de invadir ese dominio. No debemos traspasarlo juzgando la conciencia de nuestros hermanos y sentándolos ante nuestro propio tribunal. Cuando sintamos la tentación de hablar con dureza sobre personas que han muerto y ya no están, y de dictar juicio sobre ellas, algo que algunos hacen con mayor facilidad porque es menos probable que esas personas respondan, debemos recordar que Cristo es Señor de los muertos y también de los vivos. Si han muerto, ya han rendido cuentas, y eso debería ser suficiente.
Esto ofrece otra razón para no juzgar ni despreciar, porque ambos grupos tendrán que rendir cuentas muy pronto (Romanos 14:10-12). Una preocupación creyente por el día del juicio silenciaría todos esos juicios precipitados. ¿Por qué tú, que eres débil, juzgas a tu hermano fuerte? ¿Y por qué tú, que eres fuerte, desprecias a tu hermano débil? ¿Por qué hay tanta confrontación, contradicción y condena entre los cristianos? Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo (2 Corintios 5:10). Cristo será el juez, y tiene tanto la autoridad como el poder para decidir el destino eterno de las personas conforme a sus obras. Delante de él compareceremos como personas sometidas a juicio, listas para rendir cuentas y esperando de él la sentencia final, una sentencia que permanecerá para siempre.
Para dejar esto claro, Pablo cita el Antiguo Testamento, donde el gobierno universal de Cristo se proclama y se confirma con un juramento: «Tan cierto como que vivo, dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla» (Isaías 45:23). Allí dice: «He jurado por mí mismo». Aquí dice: «Tan cierto como que vivo». Por eso, cada vez que Dios dice «tan cierto como que vivo», debe entenderse como un juramento hecho por él mismo, porque solo Dios tiene vida en sí mismo. Allí también hay otra confirmación contundente: «La palabra ha salido de mi boca». En términos generales, es una profecía del dominio de Cristo, y aquí se aplica plenamente al día del juicio, que será la manifestación más grande y gloriosa de ese dominio.
Esto también demuestra la divinidad de Cristo. Él es el Señor y es Dios, igual al Padre. La honra divina le pertenece y debe dársele. Por medio de él, como mediador, se le rinde esa honra a Dios; Cristo es quien se interpone entre Dios y la humanidad para reconciliarlos. Dios juzgará al mundo por medio de él (Hechos 17:31). Doblar la rodilla ante él y confesarlo con la lengua son señales externas de adoración y alabanza internas. Toda rodilla y toda lengua harán esto, ya sea voluntariamente o por obligación.
Todos sus amigos lo hacen voluntariamente, porque han sido dispuestos a hacerlo en el día de su poder. La gracia es la sumisión alegre, completa y abierta del alma a Jesucristo.
Inclinarse ante él significa mucho más que hacer un gesto externo. La mente se inclina ante su verdad, la voluntad se somete a sus mandamientos y toda la persona se rinde ante su autoridad. Eso es lo que expresa arrodillarse: la postura de la adoración y la oración. Como dice la Escritura acerca de José: «Doblen la rodilla» (Génesis 41:43). Los actos corporales, por sí solos, significan poco; pero cuando nacen de un temor reverente y sincero, Dios los acepta.
Confesarle algo significa reconocer su gloria, su gracia y su grandeza. También implica admitir nuestra propia pequeñez y pecado, y confesarle nuestros pecados, como algunos entienden este pasaje. Al final, incluso sus enemigos se verán obligados a hacerlo, quieran o no. Cuando Cristo venga en las nubes y todo ojo lo vea, se cumplirán plenamente todas las promesas acerca de su victoria sobre sus enemigos.
Por eso Pablo dice: «Cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios» (Romanos 14:12). No responderemos por otras personas, ni ellas responderán por nosotros. Cada persona tendrá que rendir cuentas por su propio tiempo, sus propias oportunidades y sus propias acciones. Por eso tenemos pocas razones para juzgar a los demás: ellos no tienen que responder ante nosotros, ni nosotros somos responsables por ellos (Gálatas 2:6).
Tenemos muchas más razones para examinarnos a nosotros mismos. Ya tenemos suficiente con la cuenta que debemos rendir, y eso debería bastarnos. Que cada persona examine su propia obra (Gálatas 6:4), evalúe su propio corazón y su propia vida, y se ocupe primero de eso. Quien es estricto consigo mismo y humilde delante de Dios tendrá menos tendencia a juzgar y menospreciar a su hermano. Dejemos todas esas diferencias al juicio de Cristo en el gran día.
Lo esencial del cristianismo no se encuentra en estos asuntos menores, y ninguno de los dos lados considera que sean indispensables para la fe. Esa es la razón de Pablo en Romanos 14:17-18. No tiene sentido gastar nuestro celo a favor o en contra de cosas tan pequeñas dentro de la religión. Algunos entienden esto como una razón para renunciar a la libertad cristiana cuando existe el riesgo de ofender, pero el argumento parece dirigirse de manera más amplia contra la dureza de ambos lados.
«El reino de Dios no consiste en comida ni bebida». Al cristianismo verdadero se le llama el reino de Dios porque es una religión destinada a gobernarnos. Implica una sumisión real y voluntaria al poder y al gobierno de Dios. La era del evangelio recibe especialmente el nombre de reino de Dios, en contraste con la ley de Moisés (Mateo 3:2; Mateo 4:17). El cristianismo no consiste en comer o evitar ciertos alimentos y bebidas. En ese asunto, no establece una regla que obligue en un sentido o en el otro.
La ley judía daba mucha importancia a los alimentos y las bebidas (Hebreos 9:10). Algunos alimentos estaban prohibidos como asunto religioso (Levítico 11:2), mientras que otros se comían como parte de ofrendas sagradas delante del Señor. Pero esos mandamientos ya terminaron y dejaron de obligarnos (Colosenses 2:21-22). El asunto quedó abierto. «Todo lo creado por Dios es bueno» (1 Timoteo 4:4). Del mismo modo, el cristianismo no consiste en la circuncisión ni en la incircuncisión (Gálatas 5:6; Gálatas 6:15; 1 Corintios 7:19), ni en pertenecer a un grupo u otro, o sostener una opinión u otra en asuntos secundarios. Nada de eso nos hace aceptables delante de Dios.
En el gran día, Dios no preguntará quién comió carne y quién comió verduras, ni quién guardó ciertos días como santos y quién no. Tampoco preguntará quién fue conformista y quién no lo fue. Preguntará quién le temió, quién hizo lo correcto y quién no. Nada perjudica más al cristianismo verdadero que convertirlo en una cuestión de formas, hábitos y detalles externos, mientras se olvida lo que hay en el corazón.
El cristianismo verdadero consiste en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Estas son las cosas esenciales, aquello en lo que el pueblo de Dios está de acuerdo y lo que debemos procurar con mucho cuidado. Cada una de estas palabras es amplia y profunda. Si las explicamos con más detalle, la justicia es nuestra relación con Dios: estar delante de él justificados, es decir, declarados justos mediante la muerte de Cristo, y ser santificados por su Espíritu. La paz es nuestra relación con los demás: vivir en amor y armonía, procurando la paz con todos. El gozo en el Espíritu Santo es la alegría espiritual que el Espíritu Santo da a los creyentes cuando miran a Dios como su Padre reconciliado y al cielo como su hogar.
Después de someternos a Dios, la vida de fe también consiste en deleitarnos en él. Debemos alegrarnos siempre en el Señor. Servimos a un buen Maestro, uno que hace de la paz y el gozo elementos centrales de nuestra fe. Solo cuando la justicia está puesta como fundamento podemos esperar paz y gozo en el Espíritu Santo (Isaías 32:17).
Vivir de esta manera es servir a Cristo (Romanos 14:18). Hacemos todo esto por respeto al propio Cristo: él es nuestro Maestro, su voluntad es nuestra regla y su gloria es nuestra meta. Nuestras buenas obras son agradables porque las hacemos teniendo en cuenta a Cristo. Servimos a sus intereses y propósitos en el mundo, y su primera obra es reconciliarnos unos con otros. El cristianismo no es menos que servir a Cristo. Podemos servirlo con alegría, porque él tomó forma de siervo por nosotros y para nuestra salvación.
Esto trae grandes beneficios. La persona que verdaderamente sigue estas cosas es aceptable para Dios. Dios se complace en ella, aunque no esté completamente de acuerdo con nuestras propias opiniones. Tiene el amor y el favor de Dios, y eso basta para hacerla bienaventurada. Si Dios acepta nuestras obras, podemos comer nuestro pan con alegría. Quienes más agradan a Dios son quienes más se deleitan en él, y son también quienes abundan más en paz y gozo en el Espíritu Santo.
Esa persona también recibe la aprobación de los demás, es decir, de todas las personas sabias y buenas, aunque las opiniones ajenas no deben controlarnos. Lo que es aceptable para Dios también debería ser aprobado por nosotros.
¿Acaso no debemos alegrarnos por aquello que agrada a Dios? Ser santificados significa tener la misma actitud que Dios. No debemos tomar a la ligera la aprobación de los demás, pues tenemos que hacer lo honorable delante de todos y buscar lo bello y digno de elogio. Sin embargo, la aprobación de Dios es lo primero, porque al final Dios hará que todo el mundo esté de acuerdo con él.
Hay otra regla para los asuntos dudosos: cada persona no solo puede, sino que debe actuar conforme a la luz que Dios le ha dado. Pablo dice en Romanos 14:5: «Que cada uno esté plenamente convencido en su propia mente». Esto significa actuar según el propio juicio en esos asuntos y permitir que los demás hagan lo mismo. No debemos juzgar su manera de actuar ni condenarlos si están convencidos de que deben proceder de cierta forma. Del mismo modo, si nuestro juicio reflexivo es diferente, no debemos convertir nuestra práctica en una regla para los demás. Debemos tener cuidado de no actuar en contra de una conciencia que tiene dudas; primero hay que estar seguros de que lo que hacemos es correcto y luego proceder.
En los asuntos dudosos, lo prudente es mantenerse del lado seguro. Si un cristiano débil se pregunta si está bien comer carne, debe abstenerse hasta estar plenamente convencido en su propia mente. No debemos basar nuestras creencias en la opinión de otra persona ni convertir las acciones de los demás en nuestra regla. Debemos seguir el juicio que Dios nos ha dado.
Pablo explica esto con más detalle en Romanos 14:14 y Romanos 14:23, donde establece la regla de no actuar en contra de la conciencia, aunque esta se equivoque. Si algo es moralmente neutral, de modo que no hacerlo no sea pecado en sí mismo, pero realmente creemos que hacerlo es pecado, entonces para nosotros se convierte en pecado, porque estamos actuando contra nuestra conciencia. Pablo usa como ejemplo el asunto de la comida. Dice claramente: «Yo sé y estoy convencido», es decir, estaba completamente seguro de su libertad cristiana y no dudaba de que nada es impuro en sí mismo.
Ningún tipo de alimento produce impureza ceremonial, y no está prohibido comer nada que sea apropiado para el consumo humano. A los judíos se les habían prohibido ciertos alimentos para que, como sucedía con otros mandamientos, siguieran siendo un pueblo distinto (Levítico 11:44; Deuteronomio 14:2-3). El pecado había traído una maldición sobre toda la creación: «Maldita será la tierra por tu causa», y se había perdido el uso y el dominio que la humanidad tenía sobre ella. En ese sentido, todas las cosas eran impuras para las personas (Tito 1:15). Entonces la ley ceremonial prohibía algunos alimentos para mostrar lo que Dios podría haber hecho con todos ellos. Pero ahora que Cristo quitó la maldición, el asunto vuelve a quedar abierto y aquel antiguo mandamiento ha sido eliminado.
Por eso Pablo dice que estaba convencido por el Señor Jesús, no solo porque Jesús le había dado esa convicción, sino porque la muerte de Cristo era su fundamento. La muerte de Cristo quitó la maldición, anuló la pérdida, restauró nuestro derecho a usar la creación y puso fin a aquella ley especial que establecía una separación. Por tanto, ahora nada es impuro en sí mismo; toda criatura de Dios es buena y nada es común. La palabra que aparece al margen significa «común», es decir, nada apartado del uso de tal manera que impida a los creyentes utilizarlo. En el sentido judío, «común» también podía significar profano. Esto concuerda con Hechos 10:14, donde la palabra significa «común o impuro». Pablo aprendió esto no solo por medio de la visión de Pedro, sino también por todo el mensaje del evangelio y el propósito de la muerte de Cristo. Esta era la convicción clara de Pablo, y actuaba conforme a ella.
Pero también advierte a quienes no tienen esa misma claridad: si alguien considera que algo es impuro, para esa persona es impuro, aunque esté equivocada. De este caso se desprende una regla general: si una persona hace algo que sinceramente cree que es ilícito, entonces, sea cual sea la naturaleza de esa cosa, para ella es pecado. Esto se basa en la ley inmutable incorporada a nuestra condición de criaturas: debemos actuar con fe y no en contra de nuestra conciencia.
De este capítulo
Romanos 14:2
"Por ejemplo, algunos piensan que pueden comer de todo, mientras que otros, que son débiles en la fe, comen solamente verduras."
Romanos 14:3
"El que come de todo no debe menospreciar al que no come ciertas cosas; y el que no come ciertas cosas no debe criticar al que come de todo, pues Dios lo ha aceptado."
Romanos 14:4
"¿Quién eres tú para criticar al servidor de otro? Si queda bien o queda mal, es asunto de su propio amo. Pero quedará bien, porque el Señor tiene poder para hacerlo quedar bien."
Romanos 14:5
"Otro caso: algunos dan más importancia a un día que a otro, y otros creen que todos los días son iguales. Cada uno debe estar convencido de lo que cree."
Romanos 14:6
"El que guarda cierto día, lo guarda para honrar al Señor. El que come de todo, lo come para honrar al Señor y da gracias a Dios; y el que no come ciertas cosas, deja de comerlas para honrar al Señor y también da gracias a Dios."
Romanos 14:7
"Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo."
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