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Salmos 42:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Como ciervo sediento que busca un río, así, Dios mío, te busco a ti.

Salmos 42:1

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El amor santo por Dios, como nuestro bien supremo y nuestra felicidad, es el poder de la verdadera religión, su misma vida y esencia. Sin ese amor, toda fe externa y toda práctica religiosa son solo una cáscara vacía y un cuerpo sin vida. Aquí vemos, entonces, algunas expresiones de ese amor.

En primer lugar, el amor santo tiene sed. Aquí el amor se eleva con un profundo deseo hacia el Señor y hacia la memoria de su nombre (Salmos 42:1-2). «Mi alma suspira y tiene sed de Dios; no busca nada menos que a Dios, y aun así anhela más de él». Observemos cuándo David, el salmista y rey de Israel, habló de esta manera. Fue cuando se encontraba alejado de las ayudas externas del culto, desterrado en la tierra del Jordán, lejos de los atrios de la casa de Dios. A veces Dios nos enseña el valor de sus dones al quitárnoslos por un tiempo. También intensifica nuestra hambre por los medios de la gracia al limitar nuestro acceso a ellos. A menudo nos cansamos del maná cuando tenemos abundancia, pero se vuelve precioso cuando sentimos su escasez.

David también habló así cuando perdió gran parte del consuelo interior que antes había encontrado en Dios. Ahora caminaba en medio del dolor, pero seguía anhelando. Si la gracia de Dios realmente ha producido en nosotros un deseo sincero por él, podemos hallar consuelo en ese deseo aun cuando no sintamos la profunda alegría que alguna vez conocimos. Lamentarnos por la ausencia de Dios es una señal de amor tan segura como regocijarnos en Dios. Antes de hablar de sus dudas, temores y tristezas, David afirma primero que ve al Dios vivo como su bien supremo. Ha puesto su corazón en Dios y está decidido a vivir y morir confiando en él. Al echar allí su ancla desde el principio, puede atravesar la tormenta.

¿Cuál es, entonces, el objeto de este deseo? David anhela a Dios mismo, no solo las formas externas del culto, sino al Dios del culto. Un alma llena de gracia encuentra poco consuelo en los atrios de Dios si allí no se encuentra con Dios. Dice: «¡Ojalá supiera dónde encontrarlo, para recibir más señales de su favor, más gracia y consuelo del Espíritu, y más esperanza de la gloria!». David mira a Dios como el Dios vivo, aquel que tiene vida en sí mismo y que es la fuente de vida y alegría para su pueblo. Él es el Dios vivo, no solo en contraste con los ídolos muertos hechos por manos humanas, sino también en contraste con los consuelos pasajeros de este mundo, que se desvanecen mientras los usamos. Las almas vivas nunca pueden descansar en nada menos que el Dios vivo.

David también anhela presentarse ante Dios y comparecer delante de él. Quiere darse a conocer ante Dios porque tiene conciencia de su propia sinceridad. Quiere acudir ante Dios como un siervo se presenta ante su amo: para mostrar respeto y recibir instrucciones. También quiere rendirle cuentas, ya que todo juicio proviene de él. Presentarse ante Dios es el deseo de la persona recta, pero el temor del hipócrita. David sabía que entrar en los atrios de Dios tendría un costo, pues la ley decía que nadie debía presentarse ante Dios con las manos vacías. Aun así, anhela ir y no le pesa pagar ese precio.

Este deseo es muy intenso. Es su alma la que suspira; es su alma la que tiene sed. Eso muestra tanto la autenticidad como la fuerza de su anhelo. Su deseo por el agua del pozo de Belén no era nada comparado con esto. Se compara con un ciervo que jadea por las corrientes de agua, especialmente un ciervo perseguido, acalorado y reseco después de la persecución. De la misma manera, un alma llena de gracia anhela tener comunión con Dios. Se inquieta cuando esa comunión falta. Nada menos puede satisfacerla; y cuando vuelve a tener la oportunidad, se deleita en la presencia de Dios, aunque sigue anhelando disfrutar plenamente de él en el cielo.

En segundo lugar, el amor santo se lamenta cuando Dios parece retirarse y cuando falta la ayuda del culto público (Salmos 42:3). «Mis lágrimas fueron mi alimento día y noche» durante esta ausencia forzada de la casa de Dios. La situación de David era dolorosa, y él permitió que su corazón reflejara esa realidad. Recibió la impresión de su tristeza y mostró sus señales. Incluso David, el profeta real, fue un profeta que lloraba cuando carecía de los consuelos de la casa de Dios. Sus lágrimas se mezclaban con su alimento y, en cierto sentido, se convirtieron en su alimento día y noche. Se alimentaba de sus lágrimas cuando había buenas razones para derramarlas, y encontraba cierto consuelo al ver cuánto se conmovía su corazón ante una aflicción semejante.

No pensaba que bastara con derramar una o dos lágrimas al salir del santuario o con hacer rápidamente una oración de despedida al marcharse. Mientras permaneció alejado de aquel lugar de alegría, siguió llorando día y noche. Quienes están privados de la ayuda del culto público siguen echándolo de menos; por eso deben continuar lamentando su ausencia hasta que vuelvan a disfrutarlo.

Dos cosas hicieron más intenso su dolor. Una fue la burla de sus enemigos: «¿Dónde está tu Dios?», le repetían. Lo decían porque David estaba lejos del arca, la señal de la presencia de Dios. Al juzgar al Dios de Israel según los dioses de las naciones, suponían que había perdido a su Dios. Pero estaban equivocados. Los seres humanos no pueden quitarnos a Dios cuando nos quitan nuestras Biblias, nuestros ministros o nuestras reuniones de culto, aunque Dios nos haya unido a esos medios cuando los tenemos. Él no se ha limitado a ellos. Sabemos dónde está nuestro Dios y dónde encontrarlo, aun cuando no sepamos dónde está el arca. Estemos donde estemos, el cielo sigue abierto para nosotros.

También decían esto porque Dios no lo había rescatado de inmediato, y por eso concluían que lo había abandonado. Pero también se equivocaban en eso. Los santos no pierden a su Dios cuando pierden a sus demás amigos. Sin embargo, al lanzar este cruel insulto contra el pueblo de Dios, añadían sufrimiento al sufrimiento, y ese era precisamente su propósito. Nada hiere más a un alma llena de gracia que las palabras destinadas a sacudir su esperanza y su confianza en Dios.

Lo segundo que profundizó el dolor de David fue el recuerdo de la libertad y la alegría que había disfrutado antes (Salmos 42:4). «Recuerda tus tiempos buenos» es un golpe duro cuando las dificultades presentes ya son pesadas. Nuestra capacidad de mirar hacia atrás y hacia adelante puede hacer que el dolor del presente se sienta mucho peor. David recordaba los días pasados, y su alma se derramaba dentro de él. Parecía desvanecerse, y ese pensamiento casi le partía el corazón. Derramó su alma en tristeza y luego la derramó delante de Dios en oración. Pero ¿qué fue lo que causó este doloroso quebranto de espíritu? No fueron los placeres del palacio ni las comodidades de su propia casa, de las que ahora estaba privado. Fue recordar con cuánta libertad había acudido antes a la casa de Dios y cuánto se había deleitado allí en los servicios santos.

Acudía a la casa de Dios, aunque en su época solo era una tienda. Si este salmo fue escrito, como muchos piensan, mientras Saúl lo perseguía, el arca de Dios se encontraba entonces en una casa particular (2 Samuel 6:3). Aun así, la sencillez, el anonimato y la incomodidad del lugar no disminuían el respeto de David por aquella señal santa de la presencia de Dios. David era un hombre de la corte, un príncipe, un hombre honorable y ocupado; pero también se aseguraba de asistir a la casa de Dios y participar en el culto público, incluso en los días de Saúl, cuando Saúl y sus hombres importantes no buscaban la dirección de Dios (1 Crónicas 13:3). Sin importar lo que hicieran los demás, David y su familia servirían al Señor.

También acudía con la multitud, y no consideraba indigno de su posición estar al frente de una gran congregación que adoraba a Dios. De hecho, la compañía hacía que el culto fuera mejor, y por eso el salmo repite este pensamiento. David extrañaba profundamente aquella comunión pública ahora que ya no la tenía. Cuantas más personas participan en el servicio de Dios, mejor, porque se parece más al cielo y nos ayuda a sentir el consuelo de la comunión con el pueblo de Dios.

Acudía con cantos de alegría y alabanza. No solo sentía alegría y alabanza en su corazón, sino que también las expresaba abiertamente. Hablaba de su alegría y tributaba grandes alabanzas a su Dios. Cuando nos presentamos ante Dios en el culto público, debemos hacerlo con alegría y gratitud, recibiendo consuelo para nosotros mismos y dando gloria a Dios por la libertad de acercarnos a él.

También acudía para celebrar los días santos, no para dedicarlos a diversiones o recreación vacías, sino al culto y a otros deberes sagrados. Los días santos se aprovechan mejor en reuniones santas.

Ahora el amor santo espera: «¿Por qué estás abatida, alma mía?». Su tristeza tenía una buena razón, pero no debía exceder sus límites apropiados ni derribar su espíritu. Por eso habla con su propio corazón para encontrar alivio. «Ven, alma mía; tengo algo que decirte en medio de tu tristeza». Primero debemos considerar la causa de este abatimiento. «Estás abatida», como alguien que se encorva bajo un peso (Proverbios 12:25). «Estás inquieta y fuera de orden. ¿Por qué estás así?». Esto puede entenderse como una pregunta que nos llama a examinarnos. Hay que sopesar cuidadosamente la causa de esta angustia y comprobar si en verdad es una causa legítima. En muchos casos, nuestras preocupaciones desaparecerían si examináramos de cerca sus motivos. «¿Por qué estoy abatida? ¿De verdad existe una razón para estarlo? ¿Acaso otros no tienen más motivos para preocuparse y, sin embargo, se quejan menos? ¿No tenemos también razones para recibir ánimo?».

También puede leerse como un reproche. Quienes suelen hablar con su propio corazón a menudo necesitan corregirse, como David lo hace aquí: «¿Por qué deshonro a Dios al hundirme en la tristeza? ¿Por qué desanimo a los demás y me hago tanto daño? ¿Podré dar cuenta de esta tormenta interior?».

Luego viene el remedio: esperar en Dios, porque todavía lo alabaré. La confianza en Dios, nacida de la fe, es un poderoso remedio contra el desaliento profundo y la inquietud del alma. Por eso, cuando nos corregimos a nosotros mismos, debemos volver a llamarnos a esperar en Dios. Cuando el alma se vuelve hacia sí misma, se hunde; pero cuando se aferra al poder y a la promesa de Dios, se mantiene a flote.

Esperemos en Dios, primero, porque él recibirá gloria de nosotros: «Todavía lo alabaré». Veré un cambio en mi situación, así que no me faltarán motivos para alabarlo. También veré un cambio en mi corazón, así que no me faltará el deseo de alabarlo. El mayor honor y la mayor felicidad de una persona, así como el deseo y la esperanza principales de toda persona buena, es vivir para la gloria y la alabanza de Dios. ¿Y en qué consiste la alegría del cielo sino en alabar a Dios para siempre? ¿Qué nos sostiene ahora en medio de nuestras dificultades sino la certeza de que seguiremos alabando a Dios, y de que nuestro sufrimiento presente no detendrá ni disminuirá nuestra alabanza eterna?

Esperemos en Dios, en segundo lugar, porque encontraremos consuelo en él. Lo alabaremos por la ayuda de su rostro, es decir, por su favor, por el apoyo que nos brinda y por el consuelo que encontramos en él. Quienes saben valorar y aprovechar la luz del rostro de Dios encontrarán en ella una ayuda apropiada, oportuna y suficiente aun en los peores momentos. También tendrán en todo momento motivos para alabarlo. La esperanza firme de David en esto le impidió caer e incluso desanimarse por completo. Su arpa solo podía aliviar por un momento la tristeza de Saúl, pero su esperanza era un remedio verdadero para su propio dolor.

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