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Salmos 42:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Me siento muy desanimado. Por eso pienso tanto en ti desde la región del río Jordán, desde los montes Hermón y Misar.

Salmos 42:6

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí las quejas y los consuelos se turnan, como el día y la noche en la naturaleza. Primero, el salmista se queja de lo abatido que está su espíritu; luego se consuela pensando en Dios (Salmos 42:6).

En medio de su angustia, su alma está abatida, y lleva ese dolor delante de Dios: «Oh Dios mío, mi alma está abatida dentro de mí». Cuando estamos afligidos, es un gran apoyo saber que podemos acercarnos a Dios y hablar abiertamente con él. David ya había hablado consigo mismo acerca de su amargura, pero no encontró alivio. Por eso se vuelve hacia Dios y expone delante de él su sufrimiento. Cuando no podemos aligerar nuestro corazón cargado hablándonos a nosotros mismos, debemos acudir a la oración y dejar nuestro caso en las manos de Dios. Nosotros no podemos calmar la tormenta por nuestra cuenta, pero sabemos quién sí puede hacerlo.

En su devoción, su alma también se eleva, y usa el recuerdo de Dios como un remedio. Es como si dijera: «Mi alma está hundida, así que me acordaré de ti, pensaré en ti y te invocaré para ver si eso logra afirmarme». La manera de perder el sentido de nuestra miseria es recordar al Dios que muestra misericordia. Es poco común que recordar a Dios haga que alguien se angustie (Salmos 77:3), porque generalmente ese recuerdo trae consuelo. David muchas veces se había acordado de Dios y había recibido ayuda, así que ahora vuelve a ese camino.

Sus perseguidores lo habían llevado hasta los lugares más remotos de la tierra de Canaán. Algunas veces estuvo en la región del Jordán y, cuando lo encontraron allí, se dirigió a la tierra de los hermonitas o a Mizar, la colina pequeña. Pero dondequiera que iba, llevaba consigo su fe. Allí se acordaba de Dios, elevaba su corazón hacia él y mantenía una comunión personal con él. Esto es un consuelo para los exiliados, los que andan errantes, los viajeros y todos los que viven como extranjeros en una tierra extraña: estén donde estén, el cielo sigue abierto sobre ellos.

Dondequiera que se encontraba, también conservaba su amor por la casa de Dios. Desde la región del Jordán o desde las cimas de las colinas, miraba con anhelo hacia el santuario y deseaba estar allí. Ni la distancia ni el paso del tiempo podían borrar aquello que su corazón amaba tan profundamente.

También se queja de las señales del desagrado de Dios, pero sigue aferrado a la esperanza de que el favor de Dios regresará a su debido tiempo. Considera que sus dificultades proceden de la ira de Dios, y eso lo desanima. «Un abismo llama a otro abismo»: una aflicción se precipita detrás de otra, como si cada una llamara a la siguiente para que se apresure. Las corrientes de Dios parecen anunciar el combate. Esto también puede describir lo que sucedía en su mente, donde un pensamiento temeroso provocaba otro, como suele ocurrirles a las personas tristes y angustiadas.

Era como si una inundación de dolor lo cubriera por completo, semejante al mundo antiguo cuando se abrieron las ventanas de los cielos y brotaron las fuentes del gran abismo. O puede representar un barco en medio de una tormenta violenta, sacudido por olas rugientes que lo cubren por completo (Salmos 107:25).

Cualesquiera que sean las olas y los torrentes que nos cubran, debemos reconocerlos como las olas y los torrentes de Dios. Esto nos ayuda a humillarnos bajo su poderosa mano y también a tener esperanza de que, aunque estemos amenazados, no seremos destruidos. Las olas están bajo su control. El Señor, que está en las alturas, es más poderoso que el estruendo de muchas aguas. Por eso, quienes aman a Dios no deben considerar extraño enfrentarse a muchas pruebas, una tras otra. Dios sabe lo que está haciendo, y pronto lo entenderemos con mayor claridad.

Jonás usó estas mismas palabras en el vientre del gran pez (Jonás 2:3), y en su caso se cumplieron literalmente: «Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí». El libro de los Salmos está escrito de tal manera que puede expresar la experiencia de cada creyente.

Aun así, el salmista espera la liberación que procede del favor de Dios: «El Señor ordenará su misericordia». Las cosas están mal ahora, pero no permanecerán así para siempre. Después de la tormenta llega la calma, y esa esperanza lo sostiene cuando las dificultades se acumulan. Lo que espera de Dios es su favor, la fuente de todo el bien que anhela. Ese favor es la vida misma, es mejor que la vida, y por medio de él Dios vuelve a recibir a quienes por un tiempo habían sentido que él les ocultaba su rostro (Isaías 54:7-8).

La manera en que se describe el favor de Dios —como algo que él ordena— muestra cuán gratuito es, porque no podemos afirmar que lo merecemos. También muestra su poder: cuando Dios habla su misericordia, las personas la reciben y se cumple. Él ordena la liberación (Salmos 44:4) y ordena la bendición (Salmos 133:3), como alguien que posee plena autoridad. Cuando ordena su misericordia, también ordena que se detengan las olas y los torrentes, y estos le obedecen. Lo hará durante el día, porque la misericordia de Dios puede convertir en día el alma en cualquier momento. Aunque el llanto dure toda la noche, incluso una noche larga, la alegría llegará por la mañana.

Si Dios ordena su misericordia para él, el salmista la recibirá con todo su corazón y responderá con adoración. Se alegrará en Dios: «De noche su cántico estará conmigo». Las misericordias que recibimos durante el día deben recibir como respuesta nuestro agradecimiento por la noche. Mientras otros duermen, debemos alabar a Dios (Salmos 119:62). En la quietud y la soledad, lejos del apuro del mundo, podemos consolarnos pensando en la bondad de Dios.

O, en la noche de la aflicción, antes de que amanezca el día en que Dios manifieste su misericordia, el salmista cantará alabanzas con la esperanza puesta en ella. Aun en medio del sufrimiento, el pueblo de Dios puede alegrarse con la esperanza de participar de la gloria de Dios, cantando y alabando con esperanza (Romanos 5:2-3). Dar cánticos durante la noche es un derecho especial de Dios (Job 35:10).

También seguirá orando con una dependencia constante de Dios: «Mi oración será para el Dios de mi vida». Nuestra esperanza en la misericordia no debe reemplazar la oración; debe impulsarnos a orar más. Dios es el Dios de nuestra vida, aquel en quien vivimos y nos movemos, y el dador de todo consuelo que tenemos. Por eso, nadie es más digno de recibir nuestra oración que él, ni de nadie podemos esperar mayor bien. Ver a Dios como el Dios de nuestra vida da vida a nuestras oraciones, porque entonces pedimos tanto por la vida de nuestra alma como por la de nuestro cuerpo.

Su queja es que sus enemigos lo oprimen y hablan mal de él, y esto pesa mucho sobre su corazón. Lo presionan tanto que va llorando de día en día y de un lugar a otro (Salmos 42:9). No responde con una ira insensata, aunque ha sido maltratado de una manera que pocos han experimentado. Más bien, llora en silencio por su dolor y continúa lamentándose. No podemos culparlo por sentirse así. Debe afligir profundamente a una persona que ama de verdad a su nación y desea su bienestar verse perseguida y tratada con crueldad, como si fuera un enemigo.

Sin embargo, David no debió concluir por eso que Dios lo había olvidado y rechazado. Tampoco debió hablarle a Dios como si Dios le hubiera hecho el mismo mal que sus perseguidores. Pregunta: «¿Por qué ando de luto?» y «¿Por qué me has olvidado?». Podemos llevar nuestras quejas delante de Dios, pero no tenemos permiso para quejarnos de Dios de esa manera.

Sus enemigos también se burlaban de él con tanta amargura que aquello le parecía una espada clavada en sus huesos (Salmos 42:10). Ya había expresado cuál era la provocación que lo hería tan profundamente, y aquí la repite: «Me dicen cada día: “¿Dónde está tu Dios?”». Esto le dolía especialmente porque deshonraba a Dios y tenía la intención de sacudir su esperanza en él. Su fe ya era difícil de mantener, y esa clase de burla podía debilitarla con demasiada facilidad.

Su consuelo era que Dios era su roca (Salmos 42:9), un lugar firme donde permanecer y un refugio donde esconderse. La Roca eterna, en quien hay una fuerza duradera, sería su fortaleza interior, tanto para hacer lo correcto como para soportar el sufrimiento. Podía acercarse a Dios, su roca, con confianza y decirle todo lo que necesitaba decir, sabiendo que sería escuchado con gracia.

Por eso repite lo que ya había dicho (Salmos 42:5) y termina nuevamente con esas palabras (Salmos 42:11): «¿Por qué te abates, alma mía?». Su dolor y sus temores seguían haciendo ruido, y no se calmaron de inmediato, aun después de recibir respuesta una y otra vez. Pero finalmente la fe obtuvo la victoria y expulsó a los enemigos del campo de batalla.

El salmista alcanza esta victoria de dos maneras. Primero, repite lo que ya había dicho, reprendiéndose otra vez por su tristeza e inquietud y animándose a confiar en el nombre del Señor y a descansar en su Dios. Puede ayudarnos mucho volver a pensar en las verdades buenas que ya hemos considerado. Si no nos ayudan la primera vez, quizá lo hagan la segunda. En cualquier caso, cuando el corazón acompaña las palabras, repetirlas no es algo vacío. Necesitamos afirmar la misma verdad en nuestro corazón una y otra vez, y aun así apenas es suficiente.

Segundo, añade una palabra. Antes había dicho que alabaría a Dios por la salvación de su presencia; aquí dice: «Alabaré a aquel que salva mi rostro» de la nube que ahora lo cubre. Si Dios sonríe sobre él, entonces podrá mostrar un rostro alegre, levantar la mirada, mirar hacia adelante y contemplar todo con gozo. Añade: «Mi Dios», dando a entender que Dios está unido a él por el pacto, una relación de promesa vinculante; por eso, todo lo que Dios es y todo lo que tiene le pertenece conforme al verdadero significado de esa promesa.

Este pensamiento lo ayudó a elevarse por encima de todo su dolor y sus temores. El hecho de que Dios esté con sus santos en el cielo y sea su Dios es lo que enjugará toda lágrima de sus ojos (Apocalipsis 21:3, Apocalipsis 21:4).

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