Versículo destacado
Miqueas 3:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Escuchen ahora, gobernantes y jefes de Israel: ¿acaso no les corresponde a ustedes saber qué es la justicia? "
Miqueas 3:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Escuchen ahora, gobernantes y jefes de Israel: ¿acaso no les corresponde a ustedes saber qué es la justicia?
2 En cambio, odian el bien y aman el mal; despellejan a mi pueblo y le dejan los huesos pelados.
3 Se comen vivo a mi pueblo; le arrancan la piel y le rompen los huesos; lo tratan como si fuera carne para la olla.
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Los príncipes y los profetas, cuando cumplen fielmente con su cargo, deben recibir honra por encima de otras personas. Pero cuando traicionan la confianza que se les ha dado y actúan en contra de ella, deben escuchar que se señalen sus faltas como cualquier otra persona. También necesitan saber que hay un Dios por encima de ellos, ante quien tendrán que responder. Aquí el profeta habla en nombre de Dios y los llama a rendir cuentas.
Los príncipes deben escuchar tanto la acusación como la sentencia. A los jefes de Jacob y a los príncipes de la casa de Israel se les dice que escuchen lo que el profeta les comunica (Miqueas 3:1). La palabra de Dios también reprende a los más importantes, y los siervos de Dios deben aplicar esas reprensiones cuando sea necesario. El profeta podía hallar consuelo en esto porque, cualquiera que fuera el resultado, había cumplido con su deber. Podía decir: «Dije: “Escuchen, príncipes”», sabiendo que no se había quedado callado por temor a la gente.
Primero les dice lo que debería haber sido verdad en ellos: «¿No les corresponde a ustedes conocer la justicia?». Con esto quiere decir que debían practicar la justicia, porque conocerla no sirve de nada si no la ponen en práctica. Su responsabilidad era juzgar con imparcialidad, sin favoritismos, y considerar los méritos de cada caso. O quizá la pregunta significa que los gobernantes ya debían conocer las normas de la justicia mejor que los demás, porque tenían mayor acceso a la instrucción y menos excusas para ignorarlas. Si ese es el sentido, su violación de la justicia era todavía más grave, porque pecaban contra un conocimiento claro.
Luego muestra cuán gravemente habían quebrantado esas normas, aunque las conocían. Su corazón estaba mal: odiaban el bien y amaban el mal. Odiaban el bien en los demás, odiaban cualquier influencia del bien sobre ellos mismos y odiaban hacer el bien. Amaban el mal y se deleitaban en hacer lo malo. Como su corazón estaba inclinado de esa manera, sus acciones seguían el mismo camino. Eran crueles y duros con quienes estaban bajo su poder, y quienes quedaban a su merced no encontraban misericordia en ellos.
En vez de proteger al pueblo, lo devoraban, como pastores infieles que esquilan al rebaño que deberían alimentar. De hecho, no se limitaban a quitarle la lana: se alimentaban del rebaño mismo (Ezequiel 34:2). Es correcto que quien cuida ovejas beba de la leche del rebaño (1 Corintios 9:7), pero eso no los satisfacía. Se comían la carne del pueblo de Dios. También es correcto que se vistan con la lana, pero ni siquiera eso les bastaba. Les arrancaban la piel (Miqueas 3:3).
Hacían esto aplastando al pueblo con impuestos excesivos, exigencias severas, multas y castigos por delitos inventados. Así arruinaban familias y propiedades, les quitaban la vida a unos y el sustento a otros, y actuaban más como bestias salvajes que como pastores. Quebraban los huesos para sacarles el tuétano y cortaban la carne como si fuera para echarla en una olla. Esto muestra tanto su lujo codicioso como su crueldad salvaje. No les importaba en absoluto empobrecer a otros, con tal de enriquecerse ellos mismos. Tal es el mal que surge del amor al dinero.
Debían esperar que Dios tratara con ellos como ellos habían tratado a su pueblo. La norma es firme: quienes no muestran misericordia serán juzgados sin misericordia (Miqueas 3:4). Clamarán al Señor, pero él no les responderá en el día de su angustia, así como los pobres clamaban a ellos cuando estaban en prosperidad y eran ignorados. Llegará el momento en que los pecadores orgullosos y despectivos llamarán al Señor y le rogarán la misericordia que antes despreciaron y se negaron a imitar. Pero entonces será demasiado tarde. Dios esconderá su rostro de ellos cuando más necesiten su favor, y comprenderán que están arruinados sin él.
En otro tiempo ellos le dieron la espalda a Dios, y entonces él les dará la espalda a ellos por causa de sus malas acciones. Nadie puede esperar hacer el mal y seguir prosperando. Muchas veces las personas descubren, como Adoni-bezec, que lo que hicieron a otros también les sucede a ellas, porque Dios es justo al ejecutar su venganza. Con el malvado, Dios se muestra de una manera que corresponde a su maldad. A menudo entrega a las personas crueles y despiadadas en manos de otras iguales a ellas. Esto concuerda con Proverbios 21:13: «El que cierra sus oídos al clamor del pobre también clamará y no será escuchado». Pero quienes son misericordiosos tienen buenas razones para esperar alcanzar misericordia.
Los profetas también deben escuchar la acusación y la sentencia contra ellos. Eran falsos profetas, y los príncipes gobernaban por medio de ellos. Su pecado consistía en dedicarse a halagar y engañar al pueblo. Llevaban al pueblo de Dios por el camino del error, tanto acerca de lo que debía hacer como acerca de lo que Dios haría con él. Es triste cuando los líderes de un pueblo hacen que se desvíe, y cuando quienes deberían guiarlo terminan causando su ruina.
Los engañaban proclamando: «Paz», y diciéndoles que todo estaba bien, cuando en realidad caminaban en pecado y estaban a un solo paso del desastre. Proclamaban paz, pero mordían con los dientes. Esto puede significar que se contenían de decir lo que estaban dispuestos a decir, apretando los labios mientras fingían calma. Su propio corazón contradecía su mensaje, y estaban a punto de tragarse sus propias palabras. No eran guías ciegos, porque podían ver el hoyo que tenían delante; aun así, conducían a otros hacia él.
Su verdadero objetivo era llenar su propio vientre y servirse a sí mismos, como los engañadores de quienes habla Pablo (Romanos 16:18), cuyo dios es su propio vientre (Filipenses 3:19). Proclamaban paz a quienes les daban buena comida y regalos. Pero quienes no continuaban alimentándolos ni llenándoles la boca se convertían en sus enemigos. A esas personas no les hablaban de paz. Más bien, las amenazaban con los juicios de Dios. Su conducta se parecía a la de algunos sacerdotes de la Iglesia romana que hacen sonreír o fruncir el ceño a una imagen, dependiendo de lo que ofrezca el adorador.
Con razón se dice que un ministro no debe ser codicioso de ganancias deshonestas (Tito 1:3, Tito 1:7). Esa advertencia encaja aquí, porque la codicia había contribuido a convertir a estos profetas en hombres falsos e infieles.
Esta es la sentencia pronunciada contra ellos por ese pecado, en Miqueas 3:6-7. Se les dice que quedarán atrapados en los mismos problemas y sufrimientos que habían asegurado que nunca llegarían al pueblo. La noche caerá sobre ellos: una noche oscura y fría de desastre. El peligro que ocultaron a los demás caerá sobre sus propias cabezas.
Para ellos será más oscuro que para otros. El sol se pondrá sobre los profetas, y se pondrá al mediodía. Todo consuelo los abandonará, y se desvanecerá toda esperanza que hayan depositado en un futuro brillante. El día que esperaban lleno de luz se volverá oscuro.
Su sufrimiento no estará solamente fuera de ellos. Sus mentes se confundirán y serán llevados a la desesperación. Sus propios pensamientos los atormentarán, y eso por sí solo será una angustia pesada. Mantuvieron a otros en la oscuridad, y ahora Dios los pondrá en la oscuridad.
También quedarán en silencio, y todas sus afirmaciones de ser profetas serán avergonzadas públicamente. Nunca habían tenido una verdadera visión. Cuando los acontecimientos demuestren que su mensaje de paz era falso, quedará claro que nunca habían recibido ninguna respuesta de Dios. Toda su pretensión era una farsa, y ellos eran engañadores e impostores.
Cuando su reputación quede arruinada, también perderán su atrevimiento. Sus mentes serán sacudidas, y desaparecerá su capacidad de inventar excusas o mentiras. Debido a esta oscuridad, tanto a su alrededor como dentro de ellos, no podrán profetizar. Estarán avergonzados y confundidos, y se cubrirán los labios como quienes ya no tienen nada que decir en su propia defensa.
Quienes engañan a otros solo están preparando confusión para sus propios rostros.
De este capítulo
Miqueas 3:2
"En cambio, odian el bien y aman el mal; despellejan a mi pueblo y le dejan los huesos pelados."
Miqueas 3:3
"Se comen vivo a mi pueblo; le arrancan la piel y le rompen los huesos; lo tratan como si fuera carne para la olla."
Miqueas 3:4
"Un día ustedes llamarán al Señor, pero él no les contestará. En aquel tiempo se esconderá de ustedes por las maldades que han cometido."
Miqueas 3:5
"Mi pueblo sigue caminos equivocados por culpa de los profetas que lo engañan, que anuncian paz a quienes les dan de comer, pero declaran la guerra a quienes no les llenan la boca. El Señor dice a esos profetas:"
Miqueas 3:6
"«No volverán ustedes a tener visiones proféticas en la noche ni a predecir el futuro en la oscuridad». El sol se pondrá para esos profetas, y el día se les oscurecerá."
Miqueas 3:7
"Esos videntes y adivinos quedarán en completo ridículo. Todos ellos se quedarán callados al no recibir respuesta de Dios."
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