Versículo destacado

Isaías 10:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" ¡Ay de ustedes, que promulgan leyes injustas y publican decretos intolerables, "

Isaías 10:1

menu_book El versículo en contexto

1 ¡Ay de ustedes, que promulgan leyes injustas y publican decretos intolerables,

2 que niegan la justicia a los débiles y no reconocen los derechos de los pobres de mi pueblo, que explotan a las viudas y despojan a los huérfanos!

3 ¿Qué harán ustedes cuando llegue el momento de rendir cuentas, cuando vean venir desde lejos el castigo? ¿A quién acudirán para pedir ayuda? ¿Dónde dejarán sus riquezas?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

No es seguro si el profeta está hablando contra los príncipes y jueces de Israel o de Judá, o contra ambos. Si se refiere a Israel, estos versículos pertenecen al final del capítulo anterior, lo cual es bastante probable, ya que aquí repite el mensaje de aquella advertencia al decir: «A pesar de todo esto, su ira no se ha apartado» (Isaías 10:4). Si se refiere a Judá, estos versículos muestran por qué Dios permitió que el ejército asirio viniera contra ellos: para castigar a sus gobernantes por su mal gobierno, aunque ningún tribunal humano pudiera pedirles cuentas.

Antes de hablarles de consuelo a los que pertenecen a Dios, el profeta pronuncia ayes contra estos opresores. La primera acusación es que establecen leyes y decretos perversos. Crean decretos injustos, contrarios tanto a la justicia común como a la ley de Dios, y luego sus funcionarios los escriben y les dan forma legal. Las autoridades superiores son culpables por planear y ordenar esas leyes, y los funcionarios inferiores son culpables por registrarlas. Tanto los líderes como sus ayudantes quedan bajo la misma advertencia.

Este es un pecado grave, porque una cosa es hacer daño y otra peor es hacerlo deliberadamente. Aún peor es perjudicar intencionalmente a muchas personas y arrastrar a muchos otros a la culpa de la maldad. La segunda acusación es que pervierten la justicia al aplicar esas leyes. Ninguna nación tenía leyes y juicios mejores que Israel, pero aun así los jueces corruptos encontraban maneras de negarles justicia a los necesitados. Impedían que los pobres recibieran lo que legítimamente les correspondía, porque los pobres no podían darles nada ni ofrecerles sobornos.

La tercera acusación es que se enriquecían oprimiendo a los indefensos, precisamente a las personas que debían proteger. Trataban las casas y las propiedades de las viudas como botín, y les robaban a los huérfanos lo poco que les quedaba, porque no había nadie que los defendiera. Si esos gobernantes ricos y poderosos simplemente no hubieran ayudado a esas personas, eso ya habría sido pecado. Pero robárselas porque los opresores tenían poder y los oprimidos no tenían defensor era una crueldad espantosa, algo que no se esperaría de nadie que tuviera sensibilidad humana o que llevara el nombre de israelita.

Luego viene un desafío a su orgullo y a su poder: «¿Qué harán? ¿Adónde huirán?». Ahora pueden aplastar a las viudas y a los huérfanos, pero ¿qué harán cuando Dios se levante? Las personas poderosas suelen pensar que nunca tendrán que responder por su tiranía. Se imaginan que nadie volverá a hablar del asunto o que nada les sucederá. Pero ¿acaso Dios no castigará tales cosas? ¿No habrá destrucción para quienes han causado la ruina de otros?

Esa destrucción puede venir de lejos y, por eso, parecer lenta en llegar. Pero llegará finalmente, y una demora no equivale a un perdón. Si el juicio viene de un lugar que nadie esperaba, será aún más repentino y aterrador. ¿Qué les sucederá entonces a estos jueces injustos? Ahora creen tener ayuda en la puerta de la ciudad, donde se atienden los asuntos legales; pero ¿adónde huirán ese día para pedir ayuda?

Se acerca un día de visitación, un día en que Dios examinará y sacará todo a la luz. Será un día de escrutinio que pondrá a cada persona y cada obra al descubierto. Para los malvados, ese día de visitación también será un día de desolación: todos sus consuelos y esperanzas serán barridos, y ellos quedarán vacíos. Los pecadores que no se arrepientan quedarán desconcertados ese día. No podrán correr ni esconderse, ni podrán abrirse paso por la fuerza. No tendrán refugio que los proteja de la angustia presente ni un lugar donde guardar algo para asegurarse días mejores en el futuro.

«¿Qué harán con su gloria?» significa: ¿qué sucederá con las riquezas y el honor que habían obtenido? No tendrían un lugar seguro donde conservarlos y ciertamente los perderían. Si nuestras almas son nuestra verdadera gloria, como deberían ser, y si hacemos de ellas nuestra principal preocupación, entonces sabemos en manos de quién dejarlas. Podemos encomendarlas al cuidado de un Creador fiel. Por eso, todos debemos preguntarnos seriamente qué haremos en el día de la visitación, en un tiempo de angustia y en el día de la muerte y del juicio, y asegurarnos de estar preparados para salir bien de ese momento.

La sentencia contra estos gobernantes es que algunos serán arrojados a la cárcel y llevados al cautiverio. Se inclinarán entre los prisioneros o por debajo de ellos, porque quienes fueron los más elevados en pecado serán cargados con las penas más pesadas y llevados al lugar más bajo. Otros morirán. Caerán primero y luego quedarán tendidos debajo de los demás muertos. Los que pisotearon a las viudas y a los huérfanos serán pisoteados ellos mismos (Isaías 10:4).

Esto es a lo que llegan, dice Dios, quienes viven sin él, lo abandonan y lo expulsan de sus vidas. De quienes viven en el mundo sin Dios y le dan la espalda, apartándolo de su camino, no se puede esperar más que una ruina completa, pues se excluyen de su protección. Y aun después de esto, su ira no se ha apartado. Eso significa que Dios seguirá presentando su acusación contra ellos, y ellos vivirán con el temor constante de que su mano todavía esté extendida contra ellos. No les quedará nada más que una espera espantosa del juicio.

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