Versículo destacado

Isaías 10:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" ¡El rey de Asiria! Él es el palo con el que castigo en mi ira, la vara que uso cuando estoy enojado. "

Isaías 10:5

menu_book El versículo en contexto

3 ¿Qué harán ustedes cuando llegue el momento de rendir cuentas, cuando vean venir desde lejos el castigo? ¿A quién acudirán para pedir ayuda? ¿Dónde dejarán sus riquezas?

4 Si no son humillados y llevados cautivos, caerán junto con los que mueran asesinados. A pesar de todo, la ira del Señor no se ha calmado; él todavía sigue amenazando.

5 ¡El rey de Asiria! Él es el palo con el que castigo en mi ira, la vara que uso cuando estoy enojado.

6 Lo envío a atacar a un pueblo impío, a una nación que me ofende, para que la saquee y le quite sus riquezas, y para que la pisotee como el barro de las calles.

7 Pero el rey de Asiria no piensa de esa manera, ni es eso lo que se propone. Solo piensa en destruir y acabar con muchas naciones.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La destrucción del reino de Israel por parte de Salmanasar, rey de Asiria, había sido anunciada en el capítulo anterior, y ocurrió en el sexto año del reinado de Ezequías (2 Reyes 18:10). Fue completa y definitiva: tanto los dirigentes como el pueblo fueron eliminados. Ahora Isaías anuncia la disciplina de Judá por medio de Senaquerib, rey de Asiria. Esta profecía se cumplió en el decimocuarto año de Ezequías, cuando aquel poderoso rey, animado por las victorias de su predecesor sobre las diez tribus, atacó todas las ciudades fortificadas de Judá, las capturó y sitió Jerusalén (2 Reyes 18:13, 2 Reyes 18:17). Podemos imaginar la gran alarma de Ezequías y de su reino, aunque poco antes había comenzado entre ellos una buena obra de reforma. Pero todo terminó bien: los asirios fueron confundidos, y Ezequías y su pueblo se fortalecieron al volver a Dios.

Aquí vemos, en primer lugar, cómo Dios, en su gobierno soberano, designó al rey de Asiria como su siervo y lo usó como una herramienta para llevar a cabo sus propios propósitos (Isaías 10:5, 6). Dios dice: «Asirio, entiende esto: tú eres la vara de mi ira, y te enviaré contra el pueblo de mi indignación». Observemos aquí dos cosas. La primera es la verdadera condición de los judíos, aunque pareciera que estaban haciendo lo correcto. Eran una nación hipócrita. Profesaban una religión y, en ese tiempo, especialmente una reforma, pero no eran verdaderamente religiosos ni estaban realmente reformados. No eran tan buenos como pretendían ser ahora que Ezequías había hecho que la bondad volviera a ser respetada. Cuando los gobernantes son piadosos y la religión recibe honra, naciones enteras suelen volverse hipócritas. Algunos también traducen esta expresión como «una nación impía». Ezequías los había librado en gran medida de la idolatría, pero ahora se habían vuelto irreverentes. De hecho, la hipocresía es una forma de impiedad. Nadie deshonra más el nombre de Dios que quienes llevan ese nombre, lo invocan y, aun así, viven en pecado. Como eran impíos e hipócritas, ahora eran el pueblo de la ira de Dios, estaban bajo su enojo y cerca de ser destruidos por él. Las naciones hipócritas son objeto de la ira de Dios, porque nada lo ofende más que pretender servirle mientras viven en falsedad. Observa cómo el pecado los había cambiado: aquellos que antes habían sido, más que cualquier otro pueblo, los escogidos y santos de Dios, se habían convertido en el pueblo de su ira (Amós 3:2).

Lo segundo es la posición insignificante del asirio, aunque pareciera tan grande. Él solo era la vara de la ira de Dios, un instrumento que Dios había escogido para corregir a su pueblo, a fin de que, al ser disciplinado por el Señor, no fuera condenado con el mundo. Los tiranos del mundo no son más que herramientas en la providencia de Dios. A veces los seres humanos son la mano de Dios, su espada, para herir y matar (Salmo 17:13, 14), y en otras ocasiones son su vara para corregir. El bastón que llevan en la mano, con el que golpean al pueblo de Dios, en realidad es su indignación. Es la ira de Dios la que pone el bastón en sus manos y les da fuerza para golpear a su antojo a quienes antes se creían capaces de resistirles. A veces Dios usa a una nación idólatra, que no le sirve en absoluto, para castigar a una nación hipócrita, que le sirve sin sinceridad ni verdad.

El asirio es llamado la vara de la ira de Dios porque Dios lo está usando. En primer lugar, su poder proviene de Dios. Dios dice: «Yo lo enviaré; yo le daré su encargo». Todo el poder que tienen los malvados, incluso cuando lo usan contra Dios, proviene de él. Pilato no habría tenido autoridad alguna contra Cristo si no le hubiera sido dada de arriba (Juan 19:11). En segundo lugar, Dios dirige la manera en que ese poder debe usarse. El asirio debía tomar despojos y botín, no derramar sangre. Aquí no leemos que se ordenara una matanza. Debía saquear la tierra, registrar las casas, llevarse el ganado, despojar al pueblo de sus riquezas y adornos, y pisotearlo como lodo en las calles. Cuando el pueblo que profesa pertenecer a Dios se revuelca en el lodo del pecado, es justo que Dios permita que sus enemigos lo pisoteen como lodo.

¿Por qué se permitió que el asirio prevaleciera de esa manera? No para arruinar al pueblo de Dios, sino para corregirlo y reformarlo por completo. Después vemos cómo el rey de Asiria, en su orgullo, se consideró dueño de sí mismo y afirmó estar más allá de todo control, actuando solamente según su propia voluntad y para su propia honra. Dios lo había destinado para ejecutar juicio, y el Dios poderoso lo había establecido para corregir (Habacuc 1:12), como instrumento para llevar a su pueblo al arrepentimiento. Pero él no tenía esa intención, ni su corazón pensaba de esa manera (Isaías 10:7). No imaginaba que fuera siervo de Dios ni ayudante de Israel; tampoco creía que pudiera hacer más de lo que Dios le permitiera, o que haría algo que Dios no pudiera encaminar para el bien de su pueblo. Dios se proponía corregir a su pueblo, sanarlo de su hipocresía y acercarlo más a sí mismo, pero ese no era el propósito de Senaquerib. Él no lo pretendía. El Dios sabio a menudo hace que incluso los deseos y planes pecaminosos de los seres humanos sirvan a sus propios propósitos santos. Cuando Dios usa a las personas como instrumentos en su mano, es muy común que él tenga una intención y ellas otra, incluso la contraria. Los hermanos de José se propusieron hacerle mal, pero Dios lo encaminó para bien (Génesis 50:20). Véase también (Miqueas 4:11, 12). Los seres humanos tienen sus planes, y Dios tiene los suyos, pero el propósito del Señor permanecerá.

Pero ¿qué pretendía el orgulloso asirio? El corazón de los reyes es difícil de entender, pero Dios sabía lo que había en el suyo. Solo planeaba destruir y eliminar naciones, y no unas pocas, para convertirse en su amo. Quería satisfacer su crueldad. Nada le bastaba excepto la destrucción y la matanza. No era suficiente matar a personas aisladas; tenía que eliminar naciones enteras. Consideraba indigno ocuparse de asuntos pequeños. Se dedicaba al asesinato a gran escala. Las naciones, y muchas de ellas, debían ser tratadas como si tuvieran un solo cuello que él pudiera disfrutar al cortar.

También pretendía satisfacer su codicia y ambición, establecerse como gobernante universal y reunir bajo su poder a todas las naciones (Habacuc 2:5). Una sed insaciable de riqueza y poder lo impulsaba en esta campaña. El profeta lo presenta jactándose y amenazando, y la carta del general a Ezequías, escrita en su nombre, muestra hasta qué punto el orgullo y la arrogancia se habían apoderado de él. Su soberbia y presunción se describen extensamente, y se citan sus propias palabras, en parte para mostrar lo ridículo que era y en parte para asegurar al pueblo de Dios que sería humillado. Aquí se cumple la regla habitual: el orgullo precede a la destrucción. Esto también nos recuerda que Dios observa y registra cada palabra orgullosa y arrogante, cada palabra con la que las personas se ponen en contra del cielo y de la tierra. Quienes pronuncian palabras grandiosas y vacías tendrán que responder por ellas. El asirio comienza jactándose de las grandes cosas que había hecho contra otras naciones.

Había convertido a sus reyes en miembros de su corte (Isaías 10:8). «Todos mis príncipes son reyes» puede significar que los hombres que ahora le servían habían sido reyes. O quizá quiso decir que había elevado tanto el rango de su corte que sus siervos y comandantes vivían con el mismo lujo y recibían el mismo honor que los reyes de otras tierras. También podría significar que incluso los gobernantes que conservaban sus propias coronas le pagaban tributo y le rendían homenaje. Era una jactancia orgullosa y necia, pero nos recuerda cuán grande es nuestro Dios, porque él sí es verdaderamente el Rey de reyes, y ha hecho de su pueblo reyes para sí (Apocalipsis 1:6).

También se había convertido en el amo de sus ciudades. Menciona varias de ellas, tratándolas a todas como si no hubiera diferencia entre unas y otras (Isaías 10:9). Calno cayó como había caído Carquemis; Hamat no pudo resistir más que Arfad, y Samaria había llegado a ser suya, igual que Damasco. Para hacer más fuerte su jactancia, tuvo que contar también las victorias de su predecesor, porque no fue Senaquerib, sino otro rey, quien conquistó Samaria.

Afirma que había sido demasiado fuerte para sus ídolos y sus dioses locales, y que había descubierto y conquistado también los reinos pertenecientes a esos ídolos (Isaías 10:10). Las naciones a menudo daban a sus territorios el nombre de los dioses que adoraban. Por ejemplo, a los moabitas se les llama el pueblo de Quemos (Jeremías 48:46), porque creían que sus dioses los protegían. Por eso, Senaquerib neciamente imaginaba que conquistar un reino significaba conquistar también a su dios.

También había extendido su propio dominio y alejado las fronteras de los pueblos (Isaías 10:13), incorporando grandes territorios a su reino y empujando las antiguas fronteras muy lejos de donde sus antepasados las habían establecido. No soportaba estar limitado dentro de fronteras estrechas y quería más espacio para expandirse. Al hablar de alejar las fronteras, el señor White entiende que también se refiere a trasladar colonias por la fuerza de un lugar a otro, una práctica común en las conquistas asirias. Esa parece ser una explicación probable.

También había llenado su propio tesoro con las riquezas de ellos. «He saqueado sus tesoros», dice. En eso decía la verdad, porque los grandes conquistadores muchas veces no son más que grandes saqueadores. También afirmaba haber aplastado toda forma de resistencia: «He derribado a sus habitantes como un hombre valiente», es decir, había humillado a los que ocupaban posiciones elevadas y los había hecho descender (2 Corintios 10:4).

No solo se jacta de lo que hizo, sino también de cómo lo hizo (Isaías 10:13). Dice que fue por la fuerza de su propia mano, porque era poderoso, y por su propia sabiduría, porque era astuto. No toma en cuenta la providencia ni la bendición de Dios. No reconoce que fue Dios quien lo hizo ser lo que era y puso el bastón en su mano. En cambio, rinde culto a su propio poder, como dice Habacuc acerca de un hombre así (Habacuc 1:16). «Toda esta riqueza la he obtenido por mi poder y por la fuerza de mi mano», afirma, con el mismo espíritu de Deuteronomio 8:17. Detrás de este tipo de palabras hay una incredulidad evidente, junto con orgullo y vanidad, cuando las personas atribuyen su éxito a sí mismas y construyen su propia reputación a partir de él.

También se jacta de haber hecho todo esto con facilidad, casi como si fuera un juego, como quien toma nidos de aves (Isaías 10:14). «Mi mano encontró las riquezas de los pueblos como quien encuentra un nido», dice. Una vez que los encontraba, apoderarse de ellos no le resultaba más difícil que saquear un nido, y no sentía más compasión por las familias y ciudades destruidas que por los nidos destrozados. Para él, matar a los niños era tan insignificante como matar aves. «Como quien recoge los huevos que quedaron en un nido abandonado, así recogí toda la tierra». Al igual que Alejandro, pensaba que había conquistado el mundo. Todo lo que tomaba, lo tomaba sin que ningún ave moviera sus alas, abriera el pico o piara, como sucede cuando saquean su nido. Nadie se atrevía a resistir ni a quejarse. Eran demasiado débiles para contraatacar, y él era demasiado cruel para que pudieran esperar justicia.

Es extraño que los seres humanos, creados para hacer el bien, se enorgullezcan y se complazcan en hacer el mal, y que se gloríen de aquello que debería avergonzarlos. Pero llegará el día en que caerán los que se convierten en un terror para los fuertes y, aún más, para los débiles en la tierra de los vivientes. Entonces amenaza con hacerle a Jerusalén lo que ya se está preparando para hacerle: conquistaría Jerusalén y sus ídolos tal como había conquistado otros lugares y sus dioses, especialmente Samaria (Isaías 10:10-11).

Primero, blasfemamente llama ídolo al Dios de Israel y lo pone al mismo nivel que los dioses falsos de las naciones. Es como si ningún dios fuera verdadero, excepto Mitra, el dios del sol al que adoraba. Su orgullo ayuda a explicar su ignorancia, y su ignorancia hace que su orgullo resulte menos sorprendente. Segundo, considera superiores las imágenes talladas de otros países a las de Jerusalén y Samaria. Sin embargo, podría haber sabido que a quienes adoraban al Dios de Israel se les prohibía hacer imágenes talladas y que, si existía alguna, habría sido hecha en secreto. Por lo tanto, no podían ser tan ricas ni llamativas como los ídolos de otras naciones. Si se refiere al arca y al propiciatorio, entonces habla como era de esperarse: con necedad y basándose únicamente en las apariencias, que son una guía muy pobre en asuntos espirituales. Quienes consideran el esplendor exterior como señal de la iglesia verdadera usan el mismo criterio superficial.

Tercero, como había conquistado Samaria, daba por sentado que Jerusalén también caería. «¿Acaso no haré lo mismo con Jerusalén?», pregunta, como si pudiera y debiera hacerlo. Pero esa conclusión no se sigue, porque Jerusalén permanecía firme en su Dios, mientras que Samaria se había apartado de él.

Ahora observemos cómo Dios, en su justicia, reprende este orgullo y anuncia su sentencia. Hemos escuchado lo que dice el gran rey de Asiria y la manera tan atrevida en que habla. Escuchemos ahora lo que el gran Dios dice por medio de su profeta, y veremos que, mientras el rey actúa con orgullo, Dios está por encima de él. Dios muestra cuán vacías y necias son esas jactancias arrogantes (Isaías 10:15): «¿Acaso se jacta el hacha contra quien la usa para cortar? ¿O presume la sierra contra quien la mueve?». Así de absurdo suena este hombre orgulloso. «¡Qué cantidad de polvo levanto!», decía la mosca sobre la rueda del carro en la fábula. «¡Qué destrucción causo entre los árboles!», dice el hacha.

El hacha puede jactarse contra quien la maneja de dos maneras. Puede hacerlo al resistirse y rebelarse. Senaquerib insultó a Dios, blasfemó contra él y amenazó con tratarlo como había tratado a los dioses de las naciones. Eso sería como si un hacha se lanzara contra la persona que la está usando. Una herramienta que pelea contra el trabajador es tan absurda como el barro que pelea contra el alfarero. Del mismo modo que está mal que las personas luchen contra Dios usando la inteligencia, las riquezas y el poder que él les da, también es algo que no puede permitirse.

Si las personas se vuelven orgullosas y atrevidas, y desafían todo lo que es justo y santo, deben esperar que Dios actúe contra ellas. Cuanto más insolentes sean, más segura y severa será su ruina.

Esto también muestra rivalidad y una importancia personal absurda. ¿Puede un hacha atribuirse el mérito del trabajo para el que se usa? Fue absurdo que Senaquerib, rey de Asiria, dijera: «Con mi propio poder y sabiduría hice esto» (Isaías 10:13). Es como si un bastón se jactara de controlar la mano que lo agita. Aunque el bastón sea un símbolo de autoridad, como los bastones que llevaban los líderes del pueblo (Números 21:18), o un instrumento usado para sostener al débil o castigar al malvado, sigue siendo solamente madera y no puede hacer nada si quien lo usa no lo dirige.

El salmista le pide a Dios que haga saber a las naciones que no son más que seres humanos (Salmo 9:20). Del mismo modo, el bastón debería reconocer que no es más que madera.

También anuncia la caída y la ruina de Senaquerib. Cuando Dios hubiera terminado su obra por medio de él, entonces haría su obra contra él (Isaías 10:12). Esto fue un consuelo para el pueblo de Dios durante la invasión de Senaquerib. Aunque era un tiempo oscuro y doloroso, debían saber que, por medio de todo aquello, Dios tenía el propósito de hacerles bien a Sion y a Jerusalén. Cuando Dios permite que los enemigos de su iglesia y de su pueblo tengan éxito por un tiempo, es porque está realizando una obra mayor entre los suyos.

Cuando Dios lleva a su pueblo a la aflicción, lo hace para probarlo (Daniel 11:35), recordarle sus pecados y humillarlo, y despertarlo para que cumpla con sus deberes. Les enseña a orar, y a amarse y ayudarse unos a otros. El resultado que busca es quitar el pecado (Isaías 27:9). Cuando esa obra se ha realizado en parte, la aflicción es retirada con misericordia (Levítico 26:41-42). Si no, permanece, porque tanto la palabra como la vara cumplirán aquello para lo cual Dios las envió.

Dios también derramaría su ira y juicio sobre los invasores: «Castigaré el fruto del corazón orgulloso del rey de Asiria». Sus palabras orgullosas procedían de su corazón orgulloso y eran su fruto. Lo que llena el corazón sale por la boca. También se menciona la arrogancia de sus miradas, porque una mirada altiva revela un espíritu orgulloso. Los enemigos de la iglesia suelen ser muy arrogantes y engreídos, pero Dios hará cuentas a su debido tiempo por causa de su orgullo. Él demuestra su poder y autoridad cuando mira a los orgullosos y los humilla (Job 40:11).

Por amenazante que pareciera este ataque contra Sion y Jerusalén, fracasaría por completo. Senaquerib no podría llevar a cabo su plan (Isaías 10:16, Isaías 10:19). Quien provocaría su destrucción no sería Ezequías, ni sus príncipes, ni los soldados de Judá y Jerusalén, porque ellos no eran rival para una fuerza semejante. Dios mismo lo haría, como el Señor de los ejércitos y la Luz de Israel. Podemos estar seguros de que puede hacerlo, porque él es el Señor de todos los ejércitos del cielo y de la tierra. Todas las criaturas están bajo su mando, y él las usa como quiere. Es el Señor de los ejércitos tanto de Judá como de Asiria, y puede dar la victoria a quien él quiera. Por eso no necesitamos temer a ningún enemigo si el Señor de los ejércitos está de nuestra parte.

También hay razones para esperar que lo haga, porque él es la Luz de Israel y su Santo. Dios es luz, con una claridad, pureza y gozo perfectos en sí mismo. Es luz porque es santo, y su santidad es su gloria. Es la luz de Israel porque guía y aconseja a su pueblo, le muestra su favor y lo consuela en los peores momentos. Es su Santo porque está en pacto con ellos, y su santidad está comprometida con el bien de su pueblo. La santidad de Dios es un consuelo para los suyos. Ellos le dan gracias por ella y, con alegría, lo llaman su Santo (Habacuc 1:12).

Esta destrucción se describe de dos maneras. Primero, es como un cuerpo que se consume por una enfermedad: «El Señor enviará debilidad entre sus hombres robustos». Su gran ejército, que parecía un cuerpo lleno de fuerza y gordura, se reduciría y se consumiría hasta quedar como un esqueleto. Segundo, es como la destrucción de edificios o árboles por el fuego. «Bajo su gloria» —es decir, precisamente en aquello de lo que se jactaba— Dios encendería un fuego que destruiría su ejército tan rápidamente como un incendio arrasador reduce a cenizas una casa imponente.

Algunos consideran que esto representa el fuego usado en los sacrificios, porque los pecadores orgullosos caen como sacrificios ante la justicia divina. El mismo Dios que es una luz gozosa para quienes le sirven fielmente será un fuego consumidor para quienes se burlan de él o se rebelan contra él. La Luz de Israel sería fuego para los asirios, así como la columna de nube fue luz para Israel y terror para los egipcios junto al mar Rojo. Nada puede resistir un fuego así, y nada puede apagarlo.

El fuego traería una gran ruina. Quemaría y devoraría sus espinos y zarzas, es decir, a sus oficiales y soldados, que tenían poco valor y eran una carga para el pueblo de Dios, como los espinos y las zarzas destinados a arder. Si los hombres levantan espinos y zarzas contra Dios en la batalla, solo estarán alimentando el fuego. Él marchará contra ellos y los quemará juntos (Isaías 27:4). Serían destruidos en un solo día, eliminados de una vez.

Cuando estuvieran diciendo no solo «paz y seguridad», sino también «victoria y triunfo», les sobrevendría una destrucción repentina. Llegaría de manera inesperada y terminaría rápidamente. Incluso la gloria de su bosque —es decir, las mejores tropas de su ejército: los veteranos, las tropas de élite y los regimientos más valientes, aquellos en quienes más confiaba y de los que se sentía más orgulloso— sería tratada como espinos delante del fuego. Serían consumidos por completo, en cuerpo y alma; no quedarían simplemente heridos, sino totalmente destruidos. Dios puede destruir tanto el alma como el cuerpo, por lo que debemos temerle más a él que al ser humano, que solo puede matar el cuerpo. Ante Dios, los grandes ejércitos son como enormes bosques que él puede cortar o quemar cuando le place.

Primero, el profeta está diciendo que el ejército sería reducido a un número muy pequeño. «El resto de los árboles de su bosque» se refiere a los pocos soldados que quedarían con vida. Escaparían de la espada del ángel destructor tan pocos que no haría falta un experto ni un oficial militar para contarlos. Hasta un niño podría contarlos rápidamente y escribir sus nombres.

Segundo, los pocos sobrevivientes quedarían completamente desanimados. Serían como un ejército cuando el portaestandarte, el que lleva la bandera de batalla, se desmaya. Si cae o huye y el enemigo se apodera de la bandera, todo el ejército pierde el ánimo y cae en confusión. Al final, debemos preguntarnos: ¿quién puede permanecer firme delante de este gran y santo Señor Dios?

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