Versículo destacado

Mateo 14:34 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cruzaron el lago y llegaron a tierra en Genesaret. "

Mateo 14:34

menu_book El versículo en contexto

32 En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.

33 Entonces los que estaban en la barca se pusieron de rodillas delante de Jesús y le dijeron: «¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!».

34 Cruzaron el lago y llegaron a tierra en Genesaret.

35 La gente del lugar reconoció a Jesús, y la noticia se extendió por toda la región. Le llevaban a los enfermos,

36 y le rogaban que les permitiera tocar siquiera el borde de su capa; y todos los que la tocaban quedaban sanos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos un relato de muchos milagros que Cristo hizo al otro lado del lago, en la tierra de Genesaret. Dondequiera que iba, Cristo hacía el bien. Genesaret era una región entre Betsaida y Capernaúm, y dio su nombre a este mar, o tomó su nombre de él, pues también se le llama lago de Genesaret (Lucas 5:1). El nombre significa «valle de ramas».

Notemos, en primer lugar, el entusiasmo y la fe de la gente de aquel lugar. Eran mejores que los geresenos, sus vecinos de la misma orilla del lago. Los geresenos le pidieron a Cristo que se fuera, porque no querían recibir nada de él. En cambio, estas personas le pidieron ayuda, porque sabían que lo necesitaban. Cristo considera que el mayor honor que podemos darle es acudir a él y recibir de él lo que necesitamos.

Se nos dice cómo llevaron a la gente a Cristo. Habían oído hablar de él. Es probable que su cruce milagroso del mar, del que los hombres que iban en la barca hablarían por todas partes, hubiera preparado el camino para que lo recibieran allí. Cristo tiene grandes propósitos en lo que hace. Ellos sabían de ese milagro y de los demás que había hecho, y por eso corrieron a buscarlo. Quienes conocen el nombre de Cristo acudirán a él. Si Cristo fuera más conocido, no sería ignorado como lo es. Las personas confían en él solo en la medida en que lo conocen.

También sabían que estaría entre ellos por un tiempo. La persona que reconoce el momento de su oportunidad es sabia y sabe aprovecharlo. La culpa del mundo fue esta: Cristo estaba en el mundo, pero el mundo no lo conoció (Juan 1:10). Jerusalén tampoco lo reconoció (Lucas 19:42). Sin embargo, hubo algunos que supieron cuándo estaba entre ellos. Es mejor saber que hay un profeta entre nosotros que saber solamente que uno estuvo aquí en el pasado (Ezequiel 2:5).

También llevaron a otros a Cristo al decirles a sus vecinos que él había llegado a su región. Enviaron la noticia por todo aquel territorio. Quienes han encontrado a Cristo deben hacer todo lo posible para llevar también a otros a él. No debemos guardar estas bendiciones espirituales solo para nosotros. En Cristo hay suficiente para todos, y nadie gana nada al acapararlo. Cuando tenemos la oportunidad de recibir un bien para nuestra alma, debemos llevar con nosotros a tantos como podamos para que también participen. Más personas recibirían a Cristo si tan solo se les llamara y se les invitara.

Enviaron la noticia por su propio territorio porque era su tierra y les importaba su bienestar. No podemos demostrar mejor amor por nuestro país que difundiendo en él el conocimiento de Cristo. La cercanía con los demás nos da oportunidades de hacer el bien, y debemos aprovecharlas. Quienes viven cerca de nosotros deberían recibir algo de nuestra parte, al menos mediante nuestro ejemplo, que les ayude a acercarse a Cristo.

El propósito de venir a Cristo no era solamente, y quizá ni siquiera principalmente, recibir enseñanza, sino que sus enfermos fueran sanados. Le llevaron a todos los que estaban enfermos. Si el amor por Cristo y por su enseñanza no lleva a las personas a él, el interés propio todavía puede hacerlo. Si de verdad buscáramos nuestro propio bien, nuestra paz y nuestro bienestar, buscaríamos las cosas de Cristo. Lo honramos y le agradamos cuando recibimos de él la gracia y una posición justa delante de Dios. Cristo es la persona indicada para llevarle a los enfermos: es el Médico, el Sol de justicia, que trae sanidad bajo sus alas.

Acudieron a él con gran urgencia. Le rogaban que les permitiera tocar siquiera el borde de su manto (Mateo 14:36). Se acercaron con gran perseverancia, pues le suplicaban que los ayudara. Sin duda debemos rogar por sanidad cuando Dios, por medio de sus ministros, nos ruega que seamos sanados. Los dones y las bendiciones más grandes se reciben de Cristo cuando se los pedimos. Pidan, y se les dará.

Acudieron con gran humildad. Vinieron como personas que sabían que estaban lejos de él y le rogaron humildemente que las ayudara. Su deseo de tocar el borde de su manto muestra que se consideraban indignas de recibir una atención especial. No pensaban que él tuviera que dirigirse siquiera directamente a su caso, mucho menos tocarlas para sanarlas. Aun así, consideraban un gran favor que les permitiera tocar el borde de su manto. En las tierras orientales, las personas muestran respeto a los gobernantes besando la manga o el borde de su túnica.

Acudieron con una firme confianza en su poder. No dudaban de que serían sanados con solo tocar el borde de su manto. Creían que recibirían de él una ayuda abundante por medio de la señal más pequeña de comunión con él. No pidieron una acción formal como la que Naamán esperaba, cuando pensaba que el profeta agitaría su mano sobre la parte enferma (2 Reyes 5:11). Estaban seguros de que en Cristo había tal plenitud de poder sanador que ninguno de los que se acercaran a él podía dejar de ser sanado. Esta era la misma región donde la mujer que padecía de hemorragias fue sanada al tocar el borde de su manto y recibió elogios por su fe (Mateo 9:20-22). Probablemente esa historia les dio ánimo. La experiencia de otros que han buscado a Cristo puede guiarnos y animarnos a buscarlo también. Es bueno usar los mismos medios que antes les han servido a otros.

El resultado de acudir a Cristo fue maravilloso. No fue en vano que estos descendientes de Jacob lo buscaran, pues todos los que lo tocaron quedaron completamente sanos. Las sanidades de Cristo son sanidades completas. A quienes él sana, los sana por completo. No hace su obra a medias. La sanidad espiritual quizá no se complete de inmediato, pero quien comenzó la buena obra ciertamente la llevará hasta completarla (Filipenses 1:6).

En Cristo hay abundante poder sanador para todos los que acuden a él, sin importar cuántos sean. Aquel aceite precioso derramado sobre su cabeza descendió hasta el borde de su manto (Salmo 133:2). Incluso la parte más pequeña de los dones de Cristo, como el borde de su manto, está llena de las riquezas desbordantes de su gracia. Él puede salvar por completo.

El poder sanador de Cristo se concede para el bien de quienes verdaderamente lo tocan con una fe viva. Cristo está en el cielo, pero su palabra está cerca de nosotros, y él mismo está presente en esa palabra. Cuando unimos la fe a la palabra, la aplicamos a nuestra vida, confiamos en ella y nos sometemos a sus mandatos y a su influencia, entonces tocamos el borde del manto de Cristo. Si lo tocamos de esa manera, somos sanados por completo. Él ofrece sanidad espiritual en términos tan sencillos que puede decirse verdaderamente que sana de manera gratuita. Por eso, si nuestras almas mueren a causa de sus heridas, la culpa no es de nuestro Médico. No es porque le falte capacidad ni voluntad. La culpa es enteramente nuestra. Él podía sanarnos y habría querido sanarnos, pero nosotros no quisimos ser sanados. Entonces nuestra sangre recaerá sobre nuestra propia cabeza.

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