Versículo destacado

Mateo 8:28 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuando Jesús llegó al otro lado del lago, a la tierra de Gadara, dos endemoniados salieron de entre las tumbas y se acercaron a él. Eran tan feroces que nadie podía pasar por aquel camino; "

Mateo 8:28

menu_book El versículo en contexto

26 Él les contestó: —¿Por qué tienen tanto miedo? ¡Qué poca fe tienen ustedes! Dicho esto, se levantó y dio una orden al viento y al mar, y todo quedó completamente tranquilo.

27 Ellos, admirados, se preguntaban: —¿Pues quién será este, que hasta los vientos y el mar lo obedecen?

28 Cuando Jesús llegó al otro lado del lago, a la tierra de Gadara, dos endemoniados salieron de entre las tumbas y se acercaron a él. Eran tan feroces que nadie podía pasar por aquel camino;

29 y comenzaron a gritar: —¡No te metas con nosotros, Hijo de Dios! ¿Viniste acá para atormentarnos antes de tiempo?

30 A cierta distancia de allí había muchos cerdos comiendo,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos el relato de cómo Cristo expulsó demonios de dos hombres endemoniados. Todo el capítulo muestra el poder divino de Cristo. Él tiene autoridad sobre las enfermedades físicas, que ya nos parecen bastante difíciles de enfrentar. Tiene autoridad sobre el viento y las olas, que parecen todavía menos controlables. Y tiene autoridad sobre los demonios, que son los más aterradores de todos.

Cristo tiene todo poder en el cielo, en la tierra y aun en las profundidades. También tiene las llaves del infierno. Los poderes y las autoridades quedaron sometidos a él incluso durante su humilde vida terrenal, como una promesa de lo que se manifestaría plenamente cuando entrara en su gloria (Efesios 1:21). Él los despojó de su poder y triunfó sobre ellos (Colosenses 2:15). Antes se nos había dicho, en términos generales, que Cristo expulsaba a los espíritus con su palabra (Mateo 8:16). Aquí encontramos un ejemplo específico, con algunos detalles especialmente impactantes.

Este milagro ocurrió en la región de los gergesenos, a quienes algunos consideran descendientes de los antiguos girgaseos (Deuteronomio 7:1). Cristo fue enviado principalmente a las ovejas perdidas de Israel, pero también visitó algunas regiones fronterizas. De este modo, obtuvo una victoria sobre Satanás que anticipaba la derrota de las fuerzas de Satanás entre los gentiles.

Este relato no solo muestra el poder de Cristo sobre Satanás y su propósito de despojarlo de su poder. También nos muestra cómo actúan los espíritus malignos en su hostilidad hacia las personas. Debemos observar el daño que causaban en los lugares donde vivían y por donde pasaban. Primero, vemos lo que hacían en el lugar donde estaban. Eso queda claro en la miserable condición de los dos hombres que estaban endemoniados. Algunos piensan que eran marido y mujer, porque los otros evangelistas hablan solamente de uno.

Vivían entre las tumbas, y de allí salieron cuando se encontraron con Cristo. El diablo, que tiene poder sobre la muerte, no como juez sino como ejecutor, se complace en habitar entre las señales de sus victorias: los cadáveres de los seres humanos. Sin embargo, allí mismo, donde parecía estar en la cumbre de su triunfo, Cristo lo enfrentó y lo derrotó, tal como lo haría después en el Gólgota, el lugar de la Calavera. Vivir entre las tumbas hacía que aquellos pobres hombres fueran más sombríos y estuvieran más perturbados mentalmente. También fortalecía el dominio del diablo sobre ellos mediante su desorden físico. Y los hacía más aterradores para los demás, pues la mayoría de las personas se aparta de cualquier cosa que se mueva entre las tumbas.

También eran extremadamente feroces. No solo eran incapaces de controlarse, sino que además hacían daño a los demás. Atemorizaban a muchos y habían herido a algunos, de modo que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. El diablo aborrece a la humanidad, y muestra ese odio haciendo que las personas se vuelvan crueles y destructivas unas con otras. El odio mutuo, allí donde debería haber amor y ayuda, es una señal de la hostilidad de Satanás contra toda la raza humana. Él convierte a una persona en un lobo, un oso o incluso un demonio para otra. Cuando Satanás gobierna el corazón de una persona mediante deseos pecaminosos como el orgullo, la envidia, la malicia y la venganza, esa persona se vuelve incapaz de vivir en comunidad y constituye un peligro para ella.

También desafiaron a Jesucristo y afirmaron que no tenían nada que ver con él (Mateo 8:29). Esto muestra el poder de Dios sobre los demonios. Aunque intentaban hacer su obra maligna por medio de aquellos pobres hombres, no pudieron impedir que se encontraran con Jesucristo, quien dispuso que así sucediera. La mano poderosa de Cristo llevó a aquellos espíritus inmundos ante su presencia, que temían más que cualquier otra cosa. Las cadenas de Cristo podían sujetarlos, aunque las cadenas que los hombres les ponían no pudieran hacerlo.

Pero una vez que estuvieron delante de él, protestaron contra su autoridad y se enfurecieron, diciendo: «¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús, Hijo de Dios?». Una de las cosas que dijeron parecía propia de un santo: se dirigieron a Cristo como Jesús, el Hijo de Dios. Era una afirmación verdadera, y en ese momento todavía estaba siendo demostrada públicamente, como Pedro aprendería después por revelación, no por conocimiento humano (Mateo 16:17). Incluso los demonios conocen, creen y confiesan que Cristo es el Hijo de Dios, y aun así siguen siendo demonios. Esto hace que su odio contra Cristo sea aún peor y constituye una tortura para ellos, porque deben oponerse a aquel que saben que es el Hijo de Dios.

Por eso, el conocimiento por sí solo no distingue a los santos de los demonios. Lo que los distingue es el amor. Quien conoce a Cristo y aun así lo aborrece, se niega a someterse a él y rechaza su ley, se parece al primogénito del infierno. Podemos recordar que, poco tiempo antes, el diablo había intentado hacer que Cristo dudara de que era el Hijo de Dios (Mateo 4:3). Ahora lo reconoce abiertamente. De la misma manera, los hijos de Dios pueden sentirse profundamente perturbados por un tiempo cuando Satanás los ataca con dudas sobre si Dios es verdaderamente su Padre; sin embargo, el Espíritu de adopción finalmente les hará tan clara esa verdad que ni siquiera el diablo podrá cambiarla.

También hablaron como demonios de otras dos maneras. Primero, pronunciaron palabras de desafío: «¿Qué tienes que ver con nosotros?». Es cierto que los demonios no tienen nada que ver con Cristo como Salvador. Él no asumió la naturaleza de los ángeles caídos ni vino a rescatarlos (Hebreos 2:16). No tienen ninguna relación con él ni participan de su obra salvadora. ¡Qué profundo prodigio del amor divino es que los seres humanos caídos tengan tanto que ver con Cristo, mientras que los ángeles caídos no tengan nada que ver con él!

Es una forma de tormento, incluso antes del juicio, verse obligados a reconocer la grandeza de Cristo y, aun así, no tener parte en él. Una persona puede decir que Jesús es el Hijo de Dios y, sin embargo, no tener nada que ver con él. También es cierto que los demonios no quieren tener nada que ver con Cristo como gobernante. Lo aborrecen, se resisten a él y se rebelan abiertamente contra su corona y su honor. Ese es el lenguaje de todos los que rechazan el evangelio, desprecian sus leyes y ordenanzas, se quitan de encima su yugo, rompen sus cadenas y no quieren que él gobierne sobre ellos. Quienes le dicen al Todopoderoso Jesús: «Déjanos en paz», muestran el mismo espíritu que el diablo y hacen las obras del diablo.

Pero no es cierto que los demonios no tengan nada que ver con Cristo como juez. Sí tienen que ver con él, y lo saben. Estos demonios no podían decir: «¿Qué tienen ustedes que ver con nosotros?». No podían negar que el Hijo de Dios es el juez de los demonios. Ya están bajo su juicio y atados con cadenas de oscuridad, y gustosamente se librarían tanto de las cadenas como de la idea de ellas.

Segundo, hablaron con angustia y temor: «¿Has venido aquí para atormentarnos, expulsarnos de estos hombres e impedirnos hacer el daño que queremos hacer?». Ser expulsado e impedido de hacer el mal es una tortura para el diablo, porque encuentra su consuelo y placer en la miseria y la destrucción humanas.

¿No deberíamos considerar que nuestro cielo consiste en hacer el bien y que nuestro tormento, tanto interior como exterior, es todo aquello que nos impide hacer el bien?

«¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?». Hay un momento en que los demonios serán atormentados mucho más de lo que lo son ahora, y ellos lo saben. El juicio final es el momento establecido para su castigo completo, en ese lugar de destrucción preparado desde hace mucho tiempo para el rey, el príncipe de los demonios y sus ángeles (Isaías 30:33; Mateo 25:41). Ya están reservados para el juicio de aquel día (2 Pedro 2:4). Estos espíritus malignos, que por permiso de Dios son como prisioneros que andan sueltos y recorren la tierra (Job 1:7), ya están encadenados. Su poder llega solo hasta cierto punto, y no más allá. Entonces se convertirán en prisioneros encerrados. Ahora tienen cierto alivio, pero después sufrirán sin ningún alivio.

Ellos lo consideran algo seguro. No ruegan que nunca sean atormentados, porque saben que no hay escapatoria para ellos. Solo ruegan no ser atormentados antes de tiempo. Aunque no sabían cuándo llegaría el día del juicio, sabían que todavía no había llegado. Los demonios también sienten una temible expectativa del juicio y de la ira ardiente cada vez que Cristo se acerca y limita su poder y su furia. Incluso ver a Cristo y escuchar su orden de salir del hombre les hizo temer el tormento que les esperaba. Así que aun los demonios creen y tiemblan (Santiago 2:19). Su propio odio contra Dios y contra las personas los pone en el tormento y los atormenta antes de tiempo. Incluso los peores pecadores, cuya ruina es segura, no pueden endurecer por completo su corazón contra el temor repentino cuando ven que se acerca el día.

Ahora veamos qué ocurrió en el lugar adonde fueron enviados los demonios después de ser expulsados de los hombres: una manada de cerdos que estaba a cierta distancia (Mateo 8:30). Aunque vivían al otro lado del Jordán, estos habitantes de Gadara eran judíos. ¿Qué tenían que ver con los cerdos, si la ley declaraba que eran animales impuros y que no debían comerse ni tocarse? Lo más probable es que, como vivían cerca de la frontera del territorio, muchos gentiles habitaran entre ellos y los cerdos les pertenecieran. O quizá los criaban para venderlos o intercambiarlos con los romanos, con quienes en ese tiempo tenían mucho comercio y a quienes les gustaba comer carne de cerdo.

Observa cómo los demonios atacaron a los cerdos. Aunque la manada estaba bastante lejos y parecía estar a salvo, los demonios ya la habían puesto en la mira y querían hacerle daño. Andan buscando a quién destruir; esperan una oportunidad y no tardan mucho en encontrarla. Primero, pidieron permiso para entrar en los cerdos (Mateo 8:31). Le rogaron a Jesús con gran insistencia que, si los expulsaba, les permitiera ir a la manada. Esto mostró, en primer lugar, su propio deseo de hacer daño y cuánto disfrutan hacerlo. Las personas que no pueden dormir si no hacen caer a alguien se parecen a ellos (Proverbios 4:16). Preferían entrar en los cerdos antes que ir al lugar de tormento; querían estar en cualquier lugar donde pudieran hacer daño. Si no podían lastimar a las personas en su cuerpo, lastimarían sus bienes, y aun eso heriría sus almas al hacer que Cristo pareciera una carga para ellas. Así son los planes astutos de aquella serpiente antigua, el diablo.

En segundo lugar, los demonios reconocieron que Cristo tenía autoridad sobre ellos. Sin su permiso, ni siquiera podían hacerle daño a un cerdo. Esto es un consuelo para todo el pueblo del Señor. El poder del diablo es muy grande, pero es limitado y no iguala su malicia. ¿Qué sería de nosotros si así fuera? Es especialmente consolador saber que el diablo está bajo el control de nuestro Señor Jesucristo, nuestro amigo fiel, poderoso y Salvador. Satanás y sus servidores no pueden llegar más lejos de lo que Cristo les permite. Allí se detienen sus olas orgullosas.

Entonces Jesús les dio permiso y les dijo: «Vayan» (Mateo 8:32), tal como Dios le permitió a Satanás afligir a Job cuando este pidió autorización para hacerlo. Muchas veces Dios, por propósitos sabios y santos, permite que la furia de Satanás actúe y que haga el daño que desea, mientras todavía utiliza ese daño para cumplir sus propios fines. Los demonios no solo son cautivos de Cristo; también son sus siervos. Su autoridad sobre ellos se ve tanto en el daño que les permite hacer como en el hecho de que no pueden hacer más. Hasta su enojo termina alabando a Cristo, y lo que queda de ese enojo él lo reprime.

Cristo permitió esto, en primer lugar, para convencer a los saduceos, que en aquel tiempo estaban entre los judíos y negaban que existieran los espíritus. No querían admitir que hubiera seres así porque no podían verlos. Por medio de este hecho, Cristo presentó la realidad, el número, el poder y la maldad de los espíritus malignos de la manera más cercana posible a una evidencia clara. Si aun así no querían creer, quedarían sin excusa. No podemos ver el viento, pero sería absurdo negarlo cuando vemos árboles y casas derribados por él.

En segundo lugar, lo permitió para castigar a los habitantes de Gadara, quienes quizá, aunque eran judíos, se habían tomado la libertad de comer carne de cerdo contra la ley. Como mínimo, criar cerdos se acercaba mucho a la maldad. Cristo también les mostró de qué clase de compañía infernal habían sido liberados aquellos hombres. Si hubiera permitido que los demonios se quedaran, pronto los habrían arruinado, tal como arruinaron a los cerdos. Los demonios obedecieron la orden de Cristo y salieron de los hombres. Tan pronto como estuvieron fuera y recibieron permiso, entraron de inmediato en la manada. Observa cuán activo es Satanás y con qué rapidez actúa. No pierde tiempo para hacer el mal.

Observa también hacia dónde llevaron a los cerdos. Como nadie les había dicho que se salvaran, corrieron violentamente por una pendiente pronunciada hasta el mar y todos se ahogaron; eran unos dos mil en total (Marcos 5:13). La posesión del diablo siempre conduce a la destrucción. De la misma manera, él lleva a las personas al pecado, aun cuando ya han decidido no hacerlo y saben que les traerá vergüenza y dolor. ¡Qué poder tiene el espíritu maligno sobre los hijos de desobediencia cuando los impulsa, por medio de tantos deseos insensatos y dañinos, a actuar directamente contra la religión, el sentido común e incluso sus propios intereses en este mundo! De la misma manera, los conduce a la ruina, porque él es Apolión y Abadón, el gran destructor. Por medio de los deseos pecaminosos que siguen, las personas se hunden en la destrucción y la ruina. Esa es la voluntad de Satanás: tragarlas y devorarlas. Tal es la condición miserable de quienes son llevados cautivos por él para hacer su voluntad. Los conduce a un lago peor que este, un lago que arde con fuego y azufre.

Observa también el efecto que esto tuvo en los dueños de los cerdos. Los pastores les llevaron rápidamente la noticia, y parecía importarles más la pérdida de los animales que cualquier otra cosa. No fueron a contar lo que había ocurrido con los hombres endemoniados sino hasta después de que se perdieron los cerdos (Mateo 8:33). Cristo no entró en la ciudad, pero la noticia de que estaba allí sí llegó. De ese modo, estuvo dispuesto a ver cómo responderían, qué efecto tendría en ellos y luego actuar conforme a eso.

La curiosidad los había llevado a salir para ver a Jesús. Toda la ciudad salió a su encuentro para poder decir que habían visto a un hombre que hacía obras asombrosas. De la misma manera, muchas personas se acercan a Cristo con una profesión externa de fe, solo para estar con los demás, sin amarlo realmente ni desear conocerlo.

Su avaricia también hizo que se alegraran de deshacerse de él. En vez de invitarlo a su ciudad o llevarle a sus enfermos para que los sanara, querían que se fuera de su región. Era como si hubieran tomado prestadas las propias palabras de los demonios: «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios?». Los demonios habían conseguido lo que querían al ahogar a los cerdos. Hicieron el daño, luego lograron que la gente creyera que Cristo lo había hecho y así la volvieron contra él.

El diablo engañó a nuestros primeros padres llenándolos de pensamientos duros acerca de Dios. También mantuvo alejados de Cristo a los habitantes de Gadara al hacerles pensar que Jesús había venido a arruinar sus bienes y que les haría más daño que bien. Ya había usado la pérdida de los dos mil cerdos, aunque Cristo había sanado a los dos hombres. De esta manera, el diablo siembra maleza en el campo de Dios, hace daño en la iglesia cristiana y luego culpa al cristianismo, incitando a la gente contra él.

Le rogaron que se fuera, temiendo que pudiera traer otra desgracia, como Moisés en Egipto. Muchas personas todavía prefieren sus cerdos antes que a su Salvador, y por eso pierden a Cristo y la salvación que él ofrece. Quieren que Cristo se vaya de su corazón y no permiten que su palabra tenga lugar en ellos, porque él y su palabra destruirían sus deseos semejantes a los de los animales, esos «cerdos» que prefieren alimentar. Y con razón Cristo se irá de quienes están cansados de él. Un día les dirá: «Apártense de mí, malditos», a los que ahora le dicen al Todopoderoso: «Aléjate de nosotros».

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