Versículo destacado
Lucas 5:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" En una ocasión, mientras Jesús estaba a orillas del Lago de Genesaret, la multitud que quería oír el mensaje de Dios lo apretujaba. "
Lucas 5:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 En una ocasión, mientras Jesús estaba a orillas del Lago de Genesaret, la multitud que quería oír el mensaje de Dios lo apretujaba.
2 Jesús vio dos barcas en la playa. Los pescadores habían bajado de ellas para lavar sus redes.
3 Jesús subió a una de las barcas, que pertenecía a Simón, y le pidió que la alejara un poco de la orilla. Luego se sentó en la barca y desde allí comenzó a enseñar a la gente.
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Este acontecimiento ocurrió antes de los dos milagros registrados al final del capítulo anterior. Es el mismo llamado de Pedro y Andrés que Mateo y Marcos relatan de manera más breve, cuando Jesús los llamó a ser pescadores de personas (Mateo 4:18; Marcos 1:16). Esos escritores no incluyeron esta pesca milagrosa porque se concentraron en el llamado mismo. Lucas la incluye como una de las muchas señales que Jesús hizo delante de sus discípulos, señales que aún no se habían escrito (Juan 20:30-31).
Observa primero a las grandes multitudes que se reunían alrededor de Jesús mientras predicaba. La gente se agolpaba para oír la palabra de Dios (Lucas 5:1), al punto de que ninguna casa podía contenerla. Jesús tuvo que trasladarse a la orilla, y esto correspondía con la promesa de que la descendencia de Abraham sería tan numerosa como la arena junto al mar (Génesis 22:17), aunque solo un remanente sería salvo (Romanos 9:27). La gente se apretaba alrededor de él. Mostraban respeto por su enseñanza, aunque quizá trataban su persona con cierta brusquedad, algo fácil de entender porque se empujaban unos a otros para acercarse.
Algunos podrían pensar que era una deshonra para Jesús que la gente común lo alabara mientras ninguno de los gobernantes o fariseos creía en él. Pero Jesús no lo consideraba una vergüenza. Las almas de esas personas eran tan valiosas como las de los grandes y poderosos, y su propósito era llevar a muchos hijos a Dios, no solamente a los poderosos. Se había profetizado que los pueblos se reunirían alrededor de él. Jesús era un predicador popular y, aunque a los doce años podía debatir con los maestros, a los treinta decidió predicar de una manera que la gente común pudiera entender.
Observa cuánto valoraba la gente la buena predicación, aun con todas las desventajas externas. Se agolpaban para oír la palabra de Dios porque podían percibir que realmente era la palabra de Dios, marcada por poder y confirmación divinos. Por eso estaban tan deseosos de escucharla.
Ahora observa el modesto lugar que Jesús tenía para predicar. Estaba junto al lago de Genesaret (Lucas 5:1), al mismo nivel que la multitud, de modo que apenas podían verlo u oírlo. La gente se apretaba alrededor de él y corría el riesgo de empujarlo hasta el agua. Había dos barcas en la orilla: una pertenecía a Simón Pedro y Andrés, y la otra a Zebedeo y sus hijos (Lucas 5:2). Mateo había mostrado antes a Jesús viendo a Pedro y Andrés mientras pescaban a cierta distancia (Mateo 4:18), pero aquí esperó hasta que ellos llegaron a la orilla y los pescadores salieron después de lavar sus redes. Entonces Jesús entró en la barca de Simón y le pidió que se alejara un poco de la tierra para poder usarla como púlpito.
Jesús podría haberle dado una orden a Pedro, pero, por bondad, se lo pidió. Quería que lo escucharan, aunque alejarse un poco de la orilla haría que fuera más difícil oírlo. Sin embargo, Jesús estuvo dispuesto a hacerlo para que pudieran verlo con mayor claridad, porque cuando es levantado, atrae a las personas hacia sí. La sabiduría clama en los lugares altos (Proverbios 8:2). Esto también sugiere que Jesús tenía una voz fuerte, lo bastante potente incluso para llamar a los muertos, y que no buscaba su propia comodidad. Allí se sentó y enseñó a la gente el buen conocimiento del Señor.
Esto produjo una relación más cercana entre Jesús y estos pescadores. Ellos ya habían hablado con él antes, desde los días del bautismo de Juan (Juan 1:40-41), y habían estado con él en Caná de Galilea (Juan 2:2) y en Judea (Juan 4:3). Pero todavía no habían sido llamados a permanecer constantemente con él. Aquí encontramos su llamado formal a una comunión más cercana con Cristo.
Cuando Jesús terminó de predicar, le dijo a Pedro que volviera a su trabajo: «Lleva la barca mar adentro y echen sus redes» (Lucas 5:4). No era día de reposo; así que, una vez terminada la enseñanza, los envió de nuevo a trabajar. El tiempo que dedicamos al culto público entre semana puede quitarnos poco tiempo, pero puede mejorar mucho nuestro corazón para el trabajo. Podemos volver a nuestras responsabilidades con qué ánimo después de haber estado en el monte con Dios, llevando una doble bendición a las labores diarias y haciendo santo nuestro trabajo por medio de la palabra y la oración. Es sabio y correcto organizar nuestro culto de manera que ayude a nuestro trabajo, y organizar nuestro trabajo de manera que no estorbe nuestro culto.
Pedro había escuchado la predicación de Cristo, y ahora Cristo iría con él a pescar. Pedro se había quedado con Jesús en la orilla, y ahora Jesús iría con él a las aguas profundas. Quienes permanecen cerca de Cristo siempre lo encontrarán como un guía firme.
Jesús les dijo a Pedro y a los demás que echaran sus redes al mar, y ellos obedecieron, aunque habían trabajado toda la noche y no habían pescado nada (Lucas 5:4-5). Su trabajo había sido agotador y decepcionante. En efecto, estaban diciendo: «Maestro, hemos trabajado toda la noche, cuando deberíamos haber estado durmiendo, y no hemos pescado nada». Uno podría pensar que eso los excusaba de escuchar el sermón, pero amaban tanto la palabra de Dios que para ellos era más refrescante que dormir después de una noche agotadora.
Hay trabajos mucho más agotadores y peligrosos que otros, pero Dios ha dispuesto las cosas para el bien de todos, de modo que ninguna ocupación útil sea tan difícil que nadie pueda realizarla. Quienes ganan mucho dinero con poco esfuerzo deberían recordar a los que trabajan durante toda la noche, como Jacob cuando cuidaba las ovejas de Labán. Además, por difícil que sea una ocupación, es bueno ver a las personas esforzándose en ella y haciendo lo mejor que pueden. Cristo escogió a estos pescadores trabajadores como sus favoritos. Ya estaban preparados para ser buenos soldados de Jesucristo porque habían aprendido a soportar dificultades.
Hasta los trabajadores más diligentes enfrentan con frecuencia la decepción. Estos hombres habían trabajado toda la noche y no habían pescado nada, porque la carrera no siempre es para los más veloces. Dios quiere que trabajemos con fidelidad porque él lo ordena y que dependamos de su bondad, no de una promesa de éxito material. Debemos cumplir con nuestro deber y dejar luego el resultado en las manos de Dios.
Cuando estamos cansados por el trabajo y decepcionados por las circunstancias de la vida, podemos acudir a Cristo y presentarle nuestro caso. Él se fijará en nosotros. Los discípulos muestran cuán dispuesta puede estar la obediencia cuando Cristo da una orden: «Porque tú lo dices, echaré la red».
Aunque habían trabajado toda la noche, estuvieron dispuestos a intentarlo de nuevo porque Cristo se los había dicho. Quienes esperan en él renovarán sus fuerzas, y con cada nueva tarea que les da, él también les concede la gracia necesaria para realizarla. Aunque hayamos trabajado durante mucho tiempo sin ver resultados, no debemos abandonar repentinamente nuestro llamado porque las cosas no hayan salido como esperábamos.
Esto es especialmente cierto en el caso de los ministros del evangelio, quienes deben seguir echando la red aunque durante mucho tiempo no hayan pescado nada. Es digno de reconocimiento seguir trabajando sin cansarse, aun cuando no veamos resultados. Ellos se dejaron guiar por la palabra de Cristo y confiaron en ella. Lo más probable es que nos vaya bien cuando seguimos la dirección de su palabra.
La cantidad de peces fue mucho mayor que cualquier pesca conocida hasta entonces y claramente fue un milagro (Lucas 5:6). Pescaron tantos que la red comenzó a romperse, pero no perdieron la pesca. Era tan grande que tuvieron que hacerles señas a sus compañeros, que estaban a cierta distancia, para que fueran a ayudarlos (Lucas 5:7). La mayor prueba de lo enorme que fue la pesca es que ambas barcas se llenaron de peces hasta sobrecargarse y comenzar a hundirse. Así también, muchas grandes riquezas han surgido de repente y luego han vuelto a caer.
Por medio de esta gran pesca, Cristo mostró que gobierna sobre el mar tanto como sobre la tierra, y sobre sus riquezas tanto como sobre sus olas. Mostró que es el Hijo del Hombre bajo cuyos pies está todo, especialmente los peces del mar y todo lo que se mueve por los senderos del mar (Salmo 8:8). También confirmó la verdad que acababa de predicar desde la barca de Pedro. La gente que estaba en la orilla y había escuchado el sermón probablemente permaneció cerca para ver qué haría Jesús después. Este milagro fortalecería su fe en que, por lo menos, él era un maestro enviado por Dios.
Cristo también quiso recompensar a Pedro por haberle prestado su barca. El evangelio de Cristo, como el arca en la casa de Obed-edom, siempre trae una rica recompensa por el servicio bondadoso. Nadie dará un lugar o prestará un servicio para la obra de Dios en vano (Malaquías 1:10). Las recompensas de Cristo por el servicio realizado en su nombre son mucho más generosas de lo que podríamos esperar.
También les dio a sus futuros mensajeros una imagen de cómo sería su misión. Podrían trabajar durante un tiempo en un lugar sin pescar nada, pero aun así serían instrumentos para llevar a muchos a Cristo y reunir a muchos en la red del evangelio.
El efecto de este milagro en Pedro fue especialmente impactante. Todos los presentes estaban asombrados, y su asombro aumentaba a medida que reflexionaban en lo ocurrido. Todos los hombres que estaban en la barca se maravillaron de la pesca que habían hecho (Lucas 5:9). Santiago y Juan, hijos de Zebedeo y compañeros de Simón Pedro, también quedaron profundamente conmovidos (Lucas 5:10). Por lo que se puede ver, antes de esto no habían conocido a Cristo tan bien como Pedro y Andrés.
Quedaron profundamente impactados porque entendieron el milagro mejor que otros. Estos hombres conocían bien el mar y probablemente habían trabajado en él durante muchos años. Nunca habían visto una pesca semejante, ni siquiera algo parecido. Por eso les resultaba más difícil atribuirla a la casualidad. Esto confirma con mucha fuerza la verdad de los milagros de Cristo, porque quienes más familiarizados estaban con ellos fueron también quienes más los admiraron. Además, ellos mismos se beneficiaron personalmente, pues Pedro y sus compañeros obtuvieron ganancias de aquella gran pesca. Su alegría ayudó a fortalecer su fe. Cuando las obras de poder de Cristo se convierten para nosotros en obras de gracia, confirman de manera especial nuestra confianza en su enseñanza.
Pedro, más que los demás, quedó abrumado. Se arrodilló a los pies de Jesús, que estaba sentado en la parte trasera de la barca, y exclamó con profundo asombro: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador» (Lucas 5:8). No quiso decir que el peso de los peces hundiría la barca porque él fuera pecador. Se sentía indigno de tener a Cristo en su barca y pensaba que su presencia debía producirle temor en vez de consuelo.
Las palabras de Pedro surgieron de la misma clase de reverencia que vemos en el Antiguo Testamento, cuando las personas temblaban ante las manifestaciones de la gloria y la majestad de Dios. Era el lenguaje de la humildad y de la negación de sí mismo, no el lenguaje de los demonios, que dijeron: «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios?». Su confesión era correcta: «Soy un hombre pecador, Señor». Incluso las mejores personas son pecadoras y deben estar dispuestas a admitirlo, especialmente delante de Jesucristo. ¿A quién más deben acudir los pecadores, sino a aquel que vino a salvarlos?
Su conclusión era comprensible, aunque no verdaderamente correcta. Si soy pecador, entonces debería decir: «Acércate a mí, Señor», o «Permíteme acercarme a ti», porque de lo contrario estoy perdido para siempre. Pero cuando recordamos cuánta razón tienen los pecadores para temer al santo Señor Dios y estremecerse ante su ira, podemos comprender que Pedro exclamara de inmediato: «Aléjate de mí». A quienes Cristo piensa llevar a una comunión cercana con él, primero les hace reconocer que merecen mantenerse a la mayor distancia de su presencia.
Todos debemos admitir que somos pecadores y que Jesús tendría todo el derecho de dejarnos. Sin embargo, eso debería impulsarnos a caer a sus pies y pedirle que no se vaya. ¡Ay de nosotros si él se aparta, porque si el Salvador abandona al pecador, no tenemos ninguna ayuda!
Cristo también aprovechó aquel momento para insinuar a Pedro, y poco después a Jacobo y Juan, que los convertiría en sus apóstoles y los usaría para extender su evangelio por el mundo. Le dijo a Simón, quien había quedado más asombrado que los demás ante aquella enorme pesca, que vería y haría cosas mayores que estas. Le dijo que no tuviera miedo y que no pensara que aquel honor sería lo último que Cristo haría por él. Desde entonces, Pedro pescaría personas, atrayéndolas a la red del evangelio. Eso sería una demostración mucho mayor del poder y del favor del Redentor que la pesca de aquellos peces, y sería mucho más extraordinaria y provechosa. Cuando Pedro predicó más adelante y tres mil personas se añadieron a la iglesia en un solo día, aquello fue una representación completa de esta gran pesca.
Finalmente, los pescadores abandonaron su oficio para permanecer todo el tiempo con Cristo. Cuando llevaron sus barcas a la orilla, no se fueron a vender los peces ni a sacar el mayor provecho posible de aquel milagro. En cambio, lo dejaron todo y siguieron a Jesús, porque les importaba más servir a Cristo que obtener ganancias personales. Es importante notar que renunciaron a todo para seguir a Cristo justamente cuando su trabajo estaba prosperando más que nunca. Cuando aumentan las riquezas y sentimos con mayor fuerza la tentación de poner en ellas nuestro corazón, dejarlas por el servicio de Cristo es verdaderamente digno de admiración.
De este capítulo
Lucas 5:2
"Jesús vio dos barcas en la playa. Los pescadores habían bajado de ellas para lavar sus redes."
Lucas 5:3
"Jesús subió a una de las barcas, que pertenecía a Simón, y le pidió que la alejara un poco de la orilla. Luego se sentó en la barca y desde allí comenzó a enseñar a la gente."
Lucas 5:4
"Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: —Lleva la barca a la parte profunda del lago, y echen allí sus redes para pescar."
Lucas 5:5
"Simón le respondió: —Maestro, hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada; pero, ya que tú lo mandas, echaré las redes."
Lucas 5:6
"Cuando lo hicieron, recogieron tantos peces que las redes se rompían."
Lucas 5:7
"Entonces hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos fueron y llenaron tanto las dos barcas que les faltaba poco para hundirse."
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