Versículo destacado

Lucas 4:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Jesús regresó a Galilea lleno del poder del Espíritu Santo, y se hablaba de él por toda la tierra de alrededor. "

Lucas 4:14

menu_book El versículo en contexto

12 Jesús le respondió: —También dice la Escritura: «No pongas a prueba al Señor tu Dios».

13 Cuando el diablo ya no encontró otra manera de poner a prueba a Jesús, se alejó de él por algún tiempo.

14 Jesús regresó a Galilea lleno del poder del Espíritu Santo, y se hablaba de él por toda la tierra de alrededor.

15 Enseñaba en la sinagoga de cada lugar, y todos lo alababan.

16 Jesús fue a Nazaret, el pueblo donde se había criado. El sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso de pie para leer las Escrituras.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de vencer al espíritu maligno, Cristo mostró hasta qué punto estaba bajo el poder del buen Espíritu. Después de defenderse de los ataques del diablo, ahora comienza a enfrentarlo mediante su predicación y sus milagros, que el diablo no podía resistir ni detener.

Aquí se nos habla primero, en términos generales, de su predicación y de la manera en que la gente la recibió en Galilea, una región distante del país y alejada de Jerusalén. Fue parte de la humillación de Cristo que comenzara allí su ministerio. Sin embargo, llegó con el poder del Espíritu. El mismo Espíritu que lo había preparado para su oficio profético también lo impulsó con fuerza a comenzarlo. No necesitaba esperar un llamado humano, porque en sí mismo tenía luz y vida.

Enseñaba en las sinagogas, los lugares públicos donde se reunían para adorar. A diferencia del templo, que se usaba para los servicios ceremoniales, las sinagogas servían para leer, explicar y aplicar la palabra, para orar y alabar, y para ejercer la disciplina eclesial. Estas reuniones se hicieron más comunes después del cautiverio, cuando el culto ceremonial estaba llegando casi a su fin. Mediante esta obra, Cristo alcanzó gran renombre. Las noticias acerca de él se extendieron por toda la región (Lucas 4:14), y eran buenas noticias, porque todos lo alababan (Lucas 4:15). La gente lo admiraba y hablaba muy bien de él, porque nunca había escuchado una predicación como la suya. Al principio, no enfrentó desprecio ni oposición. Todos lo alababan, y todavía nadie hablaba en su contra.

Después llegamos a su predicación en Nazaret, el pueblo donde se había criado, y a la respuesta que recibió allí. Allí se nos muestra tanto cómo predicó como la oposición que enfrentó. Llegó a Nazaret después de haber ganado buena fama en otros lugares, con la esperanza de que se suavizaran algo el desprecio y los prejuicios de sus propios conciudadanos. Allí predicó en la sinagoga, el lugar apropiado para la adoración pública, donde antes había asistido como un hombre común (Lucas 4:16). Nosotros también debemos asistir al culto público siempre que podamos. Ahora que había comenzado su ministerio público, predicó allí. Donde estaban reunidos los peces, este Pescador sabio echaría su red.

También predicó allí en el día de reposo, el momento apropiado para los judíos piadosos, no solo para descansar del trabajo común, sino para dedicarse a la adoración de Dios. Desde mucho tiempo atrás, se reunían en las escuelas de los profetas durante las lunas nuevas y los días de reposo. Es bueno guardar los días de reposo mediante reuniones solemnes. Se puso de pie para leer, lo cual muestra reverencia por la lectura y la escucha de la palabra de Dios. En sus sinagogas tenían siete lectores cada día de reposo: el primero era un sacerdote, el segundo un levita y los otros cinco eran israelitas de aquella sinagoga. A menudo encontramos a Cristo predicando en otras sinagogas, pero solo aquí, en Nazaret, donde había sido miembro durante mucho tiempo, lo encontramos leyendo. Ofreció su servicio, como probablemente lo había hecho muchas veces antes, y leyó una de las lecturas de los profetas (Hechos 13:15). La lectura de las Escrituras es muy apropiada en las reuniones religiosas, y Cristo no consideró indigno de él realizarla.

Le entregaron el libro del profeta Isaías, ya fuera el encargado de la sinagoga o el ministro mencionado más adelante (Lucas 4:20), de modo que no se estaba entrometiendo, sino que había sido debidamente autorizado para esa ocasión. Como la segunda lectura de aquel día era de Isaías, le dieron ese rollo para que lo leyera. Se puso de pie para leer, lo cual nos enseña a ser reverentes al leer y escuchar la palabra de Dios. Cuando Esdras abrió el libro de la ley, todo el pueblo se puso de pie (Nehemías 8:5). Cristo hizo lo mismo aquí al leer de los profetas.

Cuando le entregaron el libro, lo abrió. Los libros del Antiguo Testamento estaban, en cierto sentido, cerrados hasta que Cristo los abrió (Isaías 29:11). El Cordero que fue sacrificado es digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque puede abrir no solo el libro, sino también el entendimiento. Encontró el pasaje señalado para la lectura de ese día sin necesitar que nadie lo guiara. Lo encontró rápidamente, lo leyó y lo tomó como texto para su predicación. El texto provenía de Isaías 61:1-2 y aquí se cita ampliamente (Lucas 4:18-19). No fue una casualidad que ese pasaje se leyera aquel día, porque habla claramente del Mesías. Así, no tenían excusa si no lo reconocían, aunque cada día de reposo escuchaban leer a los profetas, quienes daban testimonio acerca de él (Hechos 13:27).

Este texto presenta una descripción completa de la obra de Cristo y de aquello para lo cual vino al mundo. Primero, muestra cómo fue preparado para esa obra: «El Espíritu del Señor está sobre mí». Todos los dones y las gracias del Espíritu le fueron dados sin medida, a diferencia de otros profetas, que los recibieron solo en parte (Juan 3:34). Ahora venía con el poder del Espíritu (Lucas 4:14). Segundo, muestra cómo fue designado: «Porque me ha ungido y me ha enviado». Sus dones especiales formaban parte de su comisión. Ser ungido significa tanto ser preparado para la tarea como ser llamado a realizarla. A quienes Dios designa para servir, también los unge para ese servicio. Como el Padre lo envió, también envió con él a su Espíritu.

Tercero, muestra cuál era su obra. Fue preparado y enviado para ser un gran profeta. Fue ungido para predicar, y esto se menciona tres veces aquí, porque esa era la obra que estaba comenzando. Debía predicarles a los pobres: a quienes eran pobres en este mundo y despreciados por los maestros judíos, y también a quienes eran pobres en espíritu, es decir, a los mansos y humildes, y a quienes verdaderamente lamentan su pecado. El evangelio y su gracia son bien recibidos por ellos, y ellos los recibirán (Mateo 11:5). En términos generales, debía predicar el evangelio. Esta palabra significa traer buenas noticias; no solo anunciarlas, sino hacer que sean eficaces, de modo que lleguen no solamente a los oídos, sino también al corazón.

Debía anunciar libertad a los cautivos. El evangelio es una proclamación de libertad, como los anuncios hechos a Israel en Egipto y Babilonia. Por los méritos de Cristo, los pecadores pueden ser liberados de la culpa; y por su Espíritu y su gracia, pueden ser liberados del poder de la corrupción. Es un rescate de la peor clase de esclavitud, y todos los que están dispuestos a tener a Cristo como su cabeza y gobernante reciben sus beneficios. También debía anunciar la recuperación de la vista a los ciegos. No vino solamente por medio de la palabra de su evangelio para traer luz a quienes estaban en tinieblas, sino también mediante el poder de su gracia para dar vista a quienes estaban ciegos. Esto incluye no solo al mundo gentil, sino a toda persona inconversa, que se encuentra tanto en esclavitud como en ceguera, como Sansón y Sedequías.

Cristo vino a decirnos que tiene un remedio para nuestros ojos y que podemos recibirlo si se lo pedimos. Si nuestra oración es: «Señor, abre mis ojos», su respuesta será: «Recibe la vista».

También vino a proclamar «el año agradable del Señor» (Lucas 4:19). Vino a decirle al mundo que el Dios a quien habían ofendido estaba dispuesto a reconciliarse con ellos y recibirlos bajo nuevas condiciones. Todavía había una manera de que su servicio fuera aceptable para él, y ahora había un tiempo de buena voluntad para la humanidad. Esto apunta al año de la liberación, o año del jubileo, que era un año favorable para los siervos, porque entonces eran puestos en libertad; para los deudores, porque se cancelaban sus deudas; y para quienes habían hipotecado sus tierras, porque las recuperaban. Cristo vino a hacer sonar la trompeta del jubileo, y bienaventurados los que escuchan ese sonido alegre (Salmo 89:15). Era un tiempo favorable porque era un día de salvación.

Cristo también vino como el gran Médico. Fue enviado para sanar a los quebrantados de corazón, consolar y curar las conciencias atribuladas, y dar paz a quienes están afligidos y humillados por el pecado y por el temor de la ira de Dios contra él. Vino a dar descanso a quienes están cansados y cargados bajo el peso de la culpa y la corrupción, el deterioro interior causado por el pecado.

Vino como el gran Redentor. Hace más que proclamar la libertad, como Ciro cuando permitió que los judíos regresaran a su tierra desde Babilonia y dijo, en esencia: «El que quiera puede subir». Cristo realmente libera a quienes están heridos y oprimidos. Lo hace por medio de su Espíritu, quien inclina y capacita a las personas para aprovechar la libertad que él concede, así como solo regresaron bajo Ciro aquellos cuyo espíritu Dios había movido (Esdras 1:5). Vino en el nombre de Dios para cancelar la deuda de los pobres pecadores, que eran deudores y prisioneros ante la justicia divina. Los profetas solo podían anunciar la libertad; pero Cristo, con autoridad y poder para perdonar pecados, vino a liberar a las personas. Por eso se añade aquí esta frase. El doctor Lightfoot considera que Cristo también la tomó de Isaías 58:6, donde el año agradable incluye dejar libres a los oprimidos y donde la Septuaginta emplea aquí las mismas palabras.

Aquí tenemos la aplicación que Cristo mismo hizo de este texto a su propia persona (Lucas 4:21). Después de leerlo, enrolló el rollo, se lo devolvió al encargado o ayudante que servía allí, y se sentó, como acostumbraban hacerlo los maestros judíos. Él se sentaba diariamente en el templo para enseñar (Mateo 26:55). Entonces comenzó su mensaje con estas palabras: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes». En otras palabras: «Lo que Isaías escribió como profecía, ahora se lo he leído como historia».

Esto comenzaba a cumplirse en el ministerio público de Cristo: en los informes que ellos escuchaban acerca de su predicación y sus milagros en otros lugares, y en la predicación que les estaba dando en su propia sinagoga. Lo más probable es que Cristo continuara mostrando cómo esta profecía se cumplía en su mensaje acerca de que el reino de los cielos estaba cerca. Ese mensaje traía libertad, vista, sanidad y todas las bendiciones del año favorable del Señor. Muchas otras palabras llenas de gracia salieron también de su boca, pero aquellas eran apenas el comienzo, porque Cristo con frecuencia predicaba sermones extensos que solo conocemos de manera resumida. Esto era suficiente para abrir un tema grandioso: «Hoy se ha cumplido esta Escritura».

Aquí debemos observar dos cosas. Primero, toda Escritura del Antiguo Testamento que debía cumplirse en el Mesías se cumplió plenamente en el Señor Jesús. Esto demuestra con mucha fuerza que él era el que había de venir. Segundo, en la providencia de Dios, debemos estar atentos al cumplimiento de las Escrituras. Las obras de Dios completan no solo su palabra oculta, sino también su palabra revelada. Comparar las Escrituras con la providencia de Dios nos ayuda a comprender mejor tanto la Biblia como sus obras.

Los que escuchaban mostraron atención y admiración. Su atención se ve en que los ojos de todos los que estaban en la sinagoga —y probablemente eran muchos— estaban fijos en él, esperando con interés escuchar lo que diría. Cuando escuchamos la Palabra, es bueno mantener los ojos fijos en el siervo por medio de quien Dios nos habla. Con frecuencia, los ojos influyen en el corazón, y el corazón suele seguir a los ojos, ya sea vagando o permaneciendo fijo. Mejor aún, debemos aprender de esto a mantener los ojos fijos en Cristo, quien nos habla por medio de su siervo. ¿Qué les está diciendo mi Señor a sus siervos?

Su admiración se ve en que todos hablaban bien de él y se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Sin embargo, como muestra el resto de la historia, todavía no creían en él. Es posible admirar a buenos ministros y una buena predicación, y aun así no ser verdaderamente cristianos. ¿Qué era lo que admiraban? Las palabras llenas de gracia que salían de su boca: palabras llenas de bondad, expresadas de una manera persuasiva y tierna. Las palabras de Cristo son palabras de gracia, porque la gracia fue derramada sobre sus labios (Salmo 45:2), y de ellos fluían palabras llenas de gracia. Bien podemos maravillarnos de que él quisiera dirigir palabras tan bondadosas a personas tan poco bondadosas como nosotros.

Lo que aumentaba su asombro era lo que pensaban acerca de su origen: «¿No es este el hijo de José?». Su familia parecía común, y también parecía común la manera en que se había criado. Algunos quizá admiraban aún más sus palabras llenas de gracia por esa razón, pensando que Dios debía haberle enseñado, ya que sabían que nadie más le había enseñado. Otros quizá usaban la misma idea para disminuir su admiración, decidiendo que nada verdaderamente grande podía provenir de alguien tan ordinario, sin importar las apariencias, porque era el hijo de José. ¿Puede venir algo grande, o digno de nuestra atención, de alguien tan humilde?

Cristo también respondió a una objeción que sabía que muchos de sus oyentes ya estaban formando en su mente. La objeción era: «Médico, cúrate a ti mismo» (Lucas 4:23).

Como sabían que era el hijo de José, su vecino, esperaban que Jesús hiciera entre ellos los mismos milagros que había hecho en otros lugares. Era como esperar que un médico, si tiene la capacidad, sanara no solo a sí mismo, sino también a su propia familia y a sus compañeros de trabajo. La mayoría de los milagros de Cristo fueron sanidades, así que en realidad estaban diciendo: «¿Por qué no deberían sanar también los enfermos de tu propio pueblo? Si la gente ha escuchado lo que hiciste en Capernaum, haz aquí lo mismo, en tu propia tierra».

Les agradaban sus palabras llenas de gracia únicamente porque esperaban que esas palabras condujeran a grandes milagros. Querían que sus cojos, ciegos, enfermos y leprosos fueran sanados, en parte para que el pueblo no tuviera que cargar con el costo. En realidad, eso era lo principal que deseaban. Pensaban que Nazaret era un lugar tan digno de milagros como cualquier otro pueblo, y sentían que sus vecinos debían beneficiarse primero de su predicación y de su poder.

Jesús responde a esta objeción de dos maneras. Primero, da una razón sencilla y clara por la que no convertiría a Nazaret en su base, pues generalmente es verdad que ningún profeta es aceptado en su propia tierra, al menos no de la misma manera ni con las mismas oportunidades de hacer el bien que en otro lugar (Lucas 4:24). La experiencia lo confirma. Cuando los profetas son enviados con mensajes y milagros de misericordia, pocas personas de su propia tierra, que conocen a su familia y su crianza, están dispuestas a recibirlos. La familiaridad suele producir desprecio, y tendemos a pensar poco de quienes siempre hemos conocido. Además, la gente suele tener envidia de sus vecinos y no soporta ver que alguien a quien antes consideraba igual ahora esté por encima de ella.

Por esa razón, Cristo no quiso hacer nada extraordinario en Nazaret, porque allí ya existía un profundo prejuicio contra él. Segundo, apoya su respuesta con ejemplos de dos de los profetas más conocidos del Antiguo Testamento. Ambos ayudaron a extranjeros en lugar de ayudar a su propio pueblo, y lo hicieron bajo la dirección de Dios.

Elías ayudó a una viuda de Sarepta, una ciudad de Sidón, una mujer que estaba fuera de la nación de Israel, cuando había hambre en la tierra (Lucas 4:25-26). La historia aparece en 1 Reyes 17:9 y siguientes. Las Escrituras dicen que los cielos estuvieron cerrados durante tres años y seis meses. Sin embargo, 1 Reyes 18:1 dice que en el tercer año Elías se presentó ante Acab y vino la lluvia. Ese tercer año no era el tercer año de la sequía misma, sino el tercer año de la estancia de Elías con la viuda de Sarepta. De esta manera, Dios se mostró como Padre de los huérfanos y defensor de las viudas, y también rico en misericordia para todos, incluso para los gentiles, es decir, las naciones que no eran judías.

Eliseo limpió de lepra a Naamán el sirio, aunque Naamán era extranjero y enemigo de Israel (Lucas 4:27). Había muchos leprosos en Israel en los días de Eliseo. Cuatro hombres, en particular, llevaron la noticia de que los sirios habían huido del sitio de Samaria, dejando atrás su campamento y permitiendo que Samaria recibiera provisiones. Esto ocurrió mientras Eliseo estaba encerrado en la ciudad sitiada, y también cumplió su profecía (2 Reyes 7:1, 3 y siguientes). Sin embargo, no encontramos que Eliseo limpiara a ninguno de aquellos leprosos, ni siquiera como recompensa por la buena noticia que habían anunciado. Sanó únicamente al sirio, porque nadie más tuvo la fe suficiente para acudir al profeta en busca de sanidad.

Cristo a menudo encontró una fe mayor entre los gentiles que entre los israelitas. Menciona estos dos ejemplos para mostrar que no concedía las bendiciones de sus milagros por favoritismo personal, sino conforme al sabio plan de Dios. El pueblo de Israel bien podría haberles dicho a Elías o a Eliseo «Médico, cúrate a ti mismo», tal como los habitantes de Nazaret se lo dijeron a Cristo. De hecho, Cristo hizo sus milagros, aunque no entre sus propios conciudadanos, entre los israelitas, mientras que aquellos grandes profetas ayudaron a gentiles. El ejemplo de personas piadosas no convierte una acción incorrecta en correcta, pero puede ayudar a proteger una acción buena de críticas injustas.

La mención de la bondad de Dios hacia los gentiles por medio de Elías y Eliseo hizo que se encendiera la ira de los habitantes de Nazaret. Al escuchar esto, se llenaron de furia (Lucas 4:28). Todos estaban enojados, lo cual representaba un gran cambio respecto de Lucas 4:22, cuando se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Las opiniones y los sentimientos de la multitud eran muy inestables. Si hubieran mezclado la fe con las palabras que al principio les agradaron, estas últimas palabras les habrían advertido que no desperdiciaran su oportunidad de arrepentirse. Pero solo les gustaba cómo sonaban sus palabras, sin que hubiera nada más profundo en ellos. Por eso, aquellos comentarios los ofendieron y despertaron su ira pecaminosa.

Estaban enojados porque él, a quien conocían como el hijo de José, se atrevía a hablar de sí mismo como si estuviera al mismo nivel que aquellos grandes profetas. También les molestaba que comparara a los profetas con los hombres de aquella época corrompida, cuando todos se habían inclinado ante Baal, el dios falso. Pero lo que más los enfurecía era su insinuación de que Dios todavía tenía preparada bondad para los gentiles. Los judíos no podían soportar esa idea (Hechos 22:21). Sus antepasados fieles habían esperado que los gentiles fueran incorporados al pueblo de Dios, como muestran muchos de los salmos de David y las profecías de Isaías. Pero aquella generación posterior había perdido por sí misma la bendición del pacto, y odiaba la idea de que alguien más pudiera ser incluido.

Su enojo llegó a tal punto que intentaron matarlo. Fue una dura prueba al comienzo mismo de su ministerio, pero solo anticipaba el trato que más adelante recibiría de su propio pueblo, que no lo aceptaría. Se levantaron en medio de un tumulto, interrumpieron su discurso e incluso suspendieron su propio culto, porque no quisieron esperar hasta que terminara el servicio en la sinagoga. Lo expulsaron de la ciudad, como si no tuviera derecho a vivir entre ellos, aunque había vivido allí durante tantos años. Expulsaron al Salvador y la salvación que él traía, como si fueran la basura del mundo. Habría estado plenamente justificado si hubiera hecho descender fuego del cielo sobre ellos, pero aquel era el día de su paciencia.

Lo llevaron hasta el borde de la colina, con la intención de arrojarlo de cabeza, como si fuera alguien a quien no se le debía permitir seguir con vida.

Aunque sabían lo intachable que había sido su conducta entre ellos durante tantos años y cuán pura había sido toda su vida, aun así lo llevaron a toda prisa, en medio de una agitación desenfrenada —en realidad, de un frenesí—, para matarlo de una manera cruel. En otras ocasiones habían querido apedrearlo por las buenas obras que había hecho (Juan 10:32), y ahora querían castigarlo porque no hacía la clase de milagros que esperaban de él. La violencia se había vuelto descarada entre ellos.

Sin embargo, él escapó, porque aún no había llegado su hora. Pasó en medio de la multitud sin que le hicieran daño. Puede ser que Dios les haya cegado los ojos, como lo hizo con la gente de Sodoma y con los sirios; que haya detenido sus manos, o que los haya confundido por completo para que no pudieran llevar a cabo su plan. Su obra no había terminado; apenas comenzaba, y su hora aún no había llegado. Cuando llegó esa hora, él se entregó voluntariamente. Ellos lo expulsaron, y él siguió su camino.

Él habría reunido a Nazaret bajo su cuidado, pero ellos no quisieron acudir a él; por eso, su casa quedó abandonada. Esto hizo aún más vergonzoso que lo llamaran Jesús de Nazaret. Nazaret ya era un lugar del que la gente esperaba poco bueno, y ahora también sería conocido como un lugar grosero, malvado y hostil con él. Aun así, la providencia de Dios estaba obrando. Jesús no recibiría grandes honores de la gente de Nazaret, porque eso podría haber dado la impresión de que existía algún acuerdo entre él y sus antiguos vecinos. Pero ahora, aunque los suyos no lo recibieron, otros sí lo hicieron.

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