Versículo destacado
Mateo 9:35 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba toda clase de enfermedades y dolencias. "
Mateo 9:35
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
33 En cuanto Jesús expulsó al demonio, el mudo comenzó a hablar. La gente, admirada, decía: —¡Nunca se ha visto en Israel algo igual!
34 Pero los fariseos decían: —Es el propio jefe de los demonios quien le ha dado a este el poder de expulsarlos.
35 Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba toda clase de enfermedades y dolencias.
36 Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
37 Entonces dijo a sus discípulos: —Ciertamente la cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos.
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Aquí Mateo cierra el relato de la predicación y los milagros de Cristo. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando y sanando, tal como Mateo ya había dicho en Mateo 4:23. Allí, este resumen introducía el relato más amplio de las enseñanzas de Cristo en los capítulos 5, 6 y 7, y de sus milagros en los capítulos 8 y 9. Aquí se repite al final, como una prueba de que todo lo anunciado ha quedado confirmado. En otras palabras, Mateo está diciendo: «Han visto sus sermones y algunos de sus milagros, y estas señales confirman su mensaje».
Algunos piensan que esta fue una segunda travesía por Galilea, semejante a la primera. Cristo volvió a lugares donde ya había predicado. Los fariseos lo criticaban y se oponían a él, pero Jesús siguió cumpliendo su obra. Predicaba el evangelio del reino: el mensaje de un reino de gracia y gloria que estaba siendo establecido bajo el gobierno del Mediador, quien reconcilia a Dios con las personas.
Observemos cómo Cristo atendía tanto a los pueblos pequeños como a los lugares públicos de reunión. No visitaba solamente las ciudades grandes y prósperas, sino también las aldeas pobres y escondidas. Predicaba allí y sanaba allí. Las almas de las personas más humildes son tan preciosas para Cristo, y deberían serlo para nosotros, como las almas de quienes ocupan los lugares más importantes. Sus obras justas entre los habitantes de aquellas aldeas deben ser recordadas.
También enseñaba en sus sinagogas, los lugares judíos de adoración. Lo hacía, en parte, para honrar las reuniones públicas, aunque tuvieran defectos. No debemos dejar de congregarnos, como algunos acostumbran. Además, predicaba allí porque la gente ya estaba reunida y esperaba escuchar. Incluso después de que la iglesia cristiana fue establecida, los apóstoles predicaban con frecuencia en las sinagogas. La sabiduría aprovecha los medios disponibles y los utiliza de la mejor manera.
Este versículo también prepara el camino para el capítulo siguiente, donde Cristo envía a sus apóstoles. Al mirar a la multitud, Jesús veía más que a las personas que lo seguían. Veía cuán poblada estaba la tierra, cuántas almas se aglomeraban en los pueblos y ciudades, cuán llenas estaban las sinagogas y cuán concurridas eran las puertas. La nación había llegado a ser muy numerosa, lo cual también era parte de la bendición de Dios sobre Abraham.
Cuando los vio, tuvo compasión de ellos. Su pesar no se debía principalmente a sus problemas físicos, como la ceguera, la cojera o las enfermedades. Era una compasión espiritual. Veía que eran ignorantes, descuidados y estaban en peligro de perecer porque carecían de la verdadera luz. Jesucristo es un amigo profundamente compasivo para las almas preciosas, y su corazón se inclinaba especialmente hacia ellas. La compasión por las almas lo llevó a venir del cielo a la tierra, y después a la cruz.
Su miseria lo conmovía. La miseria es objeto de misericordia, y la peor miseria es la de las almas pecadoras que se destruyen a sí mismas. Cristo tiene la mayor compasión por quienes menos compasión sienten por sí mismos, y nosotros debemos ser iguales. La compasión más verdaderamente cristiana es la compasión por las almas. Esa es la clase de compasión que más se parece a la de Cristo.
Estaban abatidos, agotados e indefensos. Algunos entienden que esto significa que estaban dispersos y destrozados, como un bastón hecho de varias varas que ha sido quebrado (Zacarías 11:14). Necesitaban ayuda para sus almas, pero no tenían cerca nada verdaderamente bueno. Los escribas y los fariseos los llenaban de ideas vacías, los cargaban con las tradiciones de los ancianos y los guiaban hacia muchos errores. Al mismo tiempo, no les enseñaban cuál era su deber ni el significado y el alcance espiritual de la ley de Dios. No es de extrañar que desfallecieran. Un alma no puede mantenerse fuerte y saludable si se alimenta de rastrojo y cenizas en lugar del pan de vida.
También estaban dispersos, como ovejas que no tienen pastor. Esta imagen proviene de 1 Reyes 22:17. Describe la triste condición de las personas que no tienen guías fieles que las dirijan en las cosas de Dios. Ningún animal se extravía con mayor facilidad que una oveja, y una vez que se ha apartado, queda indefensa y es difícil hacerla volver. Las almas pecadoras son como ovejas perdidas. Necesitan pastores que las hagan regresar.
Los maestros judíos afirmaban ser pastores, pero Cristo dice que no tenían ninguno, porque aquellos hombres eran peores que no tener pastor. Eran pastores negligentes que alejaban al pueblo en vez de conducirlo de regreso, y que se alimentaban del rebaño en vez de alimentarlo. Eran como los pastores descritos en Jeremías 23 y Ezequiel 34. Es una situación triste cuando las personas no tienen ministros, o cuando los que tienen son tan malos como si no tuvieran ninguno, porque se preocupan por sus propios intereses en vez de preocuparse por los de Cristo y por las almas de los demás.
La compasión de Cristo lo llevó a impulsar a sus discípulos a orar por aquellas personas. Antes de enviar a los apóstoles, Lucas muestra que Jesús pasó mucho tiempo en oración, en Lucas 6:12-13. Por aquellos a quienes compadecemos, debemos orar. Después de hablar con Dios por ellos, se dirigió a sus discípulos y les explicó cuál era la situación.
«La cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos». Muchas personas deseaban escuchar una buena predicación, pero había pocos predicadores buenos. Había mucho trabajo por hacer y mucho bien que podía realizarse, pero no había suficientes obreros. Lo alentador era que la cosecha era abundante. No era raro encontrar a muchas personas que necesitaban enseñanza. Lo menos común era encontrar personas que la necesitaran y estuvieran listas para recibirla. Sus esperanzas se habían despertado y sus corazones comenzaban a responder de una manera prometedora. Es una bendición ver a la gente deseosa de escuchar una buena predicación.
Ese es tiempo de cosecha, y el tiempo de cosecha exige mayor cuidado y esfuerzo. Un día de cosecha debe ser un día de mucho trabajo. Pero era lamentable que, cuando el cultivo estaba listo, hubiera tan pocos obreros. De lo contrario, el grano se desperdiciaría y se echaría a perder en el suelo por falta de segadores. Había muchos que perdían el tiempo, pero muy pocos que trabajaban. La iglesia se encuentra en una condición lamentable cuando la buena obra se detiene o avanza lentamente porque hay muy pocos obreros fieles. Cuando eso sucede, quienes sí están trabajando deben esforzarse especialmente.
«Por tanto, oren al Señor de la cosecha».
La triste condición de aquellos tiempos y el terrible estado de las almas preciosas deberían llevarnos a orar mucho más. Cuando las cosas parecen no tener remedio, debemos orar más, quejarnos menos y tener menos temor. También debemos ajustar nuestras oraciones a las necesidades reales de la iglesia en ese momento. Necesitamos suficiente comprensión de los tiempos para saber no solo qué debe hacer el pueblo de Dios, sino también por qué cosas debe orar.
Dios es el Señor de la cosecha, tal como dijo Jesús: «Mi Padre es el labrador» (Juan 15:1). La viña pertenece al Señor de los ejércitos (Isaías 5:7). La cosecha se recoge para él, para servirlo y darle honor. Nosotros somos campo de Dios, su era y el grano que está en ella (1 Corintios 3:9; Isaías 21:10). Él dirige todo lo relacionado con la cosecha como le place: cuándo y dónde trabajan los obreros, y cuánto tiempo trabajan. Esto es un gran consuelo para todos los que se preocupan por la obra de la cosecha, porque Dios mismo la supervisa y dispondrá todo para bien.
Los ministros son, y deben ser, trabajadores en la cosecha de Dios. El ministerio es trabajo, y debe tratarse como tal. Es una labor de cosecha, por lo que es necesaria. Debe hacerse en el momento oportuno y requiere diligencia para realizarla por completo. Sin embargo, también es una labor alegre, porque los que cosechan lo hacen con gozo. El gozo de los predicadores del evangelio se compara con el gozo de la cosecha (Isaías 9:2-3). Además, quien cosecha recibe su salario. La recompensa de los obreros que recogen el campo de Dios no será retenida, a diferencia de los salarios no pagados de los que se habla en Santiago 5:4.
Enviar obreros es obra de Dios. Cristo establece a los ministros (Efesios 4:11). Él les da el cargo, los dones y el llamado. No serán reconocidos ni recompensados como obreros si corren sin un mensaje, sin dones o sin un llamado. ¿Cómo predicarán si no son enviados?
Todos los que aman a Cristo y aman a las almas deben demostrar ese amor por medio de una oración ferviente a Dios, especialmente cuando la cosecha es abundante. Deben pedirle que envíe a su cosecha más obreros capaces, fieles, sabios y diligentes. Deben orar para que él levante a personas que use para convertir a los pecadores y edificar a los creyentes, que les dé el espíritu adecuado para la obra, los llame a ella y bendiga su trabajo. Deben pedirle que les dé sabiduría para ganar almas. Algunos han entendido «enviar» como «impulsar», porque muchos quizá no estén dispuestos a ir debido a su propia debilidad, al pecado de la gente y a la oposición de quienes intentan expulsarlos de la cosecha. Debemos orar para que toda oposición, dentro y fuera de la iglesia, sea vencida.
Cristo les da a sus amigos este mandato de orar justo antes de enviar a los apóstoles a trabajar en la cosecha. Es una buena señal de que Dios está a punto de mostrar una misericordia especial a un pueblo cuando impulsa a orar por él a quienes tienen acceso al trono de la gracia (Salmos 10:17). Observemos también que Cristo les dijo esto a sus discípulos, quienes estaban a punto de convertirse ellos mismos en trabajadores. Primero tenían que orar para que Dios los enviara, como Isaías: «Aquí estoy. Envíame» (Isaías 6:8). Los encargos que llegan como respuesta a la oración tienen más probabilidades de prosperar. Pablo fue un instrumento escogido porque «mira, está orando» (Hechos 9:11, 15).
En segundo lugar, debían orar para que Dios enviara también a otros. Nadie debería pensar que solo la gente en general debe orar por más ministros. Los propios ministros también deben orar por más ministros. Las personas egoístas quieren estar solas en el ministerio, porque menos ministros pueden significar más puestos y honores para ellas. Pero quienes buscan los intereses de Cristo desean que haya más trabajadores, para que se pueda realizar más obra, aunque eso signifique que ellos reciban menos reconocimiento.
De este capítulo
Mateo 9:1
"Después de esto, Jesús subió a una barca, cruzó al otro lado del lago y llegó a su propio pueblo."
Mateo 9:2
"Allí le llevaron a un paralítico acostado en una camilla; cuando Jesús vio la fe que tenían, le dijo al enfermo: —Ánimo, hijo; tus pecados quedan perdonados."
Mateo 9:3
"Algunos maestros de la ley pensaron: «Lo que este ha dicho es una ofensa contra Dios»."
Mateo 9:4
"Pero como Jesús se dio cuenta de lo que estaban pensando, les preguntó: —¿Por qué tienen ustedes pensamientos tan malos?"
Mateo 9:5
"¿Qué es más fácil: decir “Tus pecados quedan perdonados” o decir “Levántate y anda”?"
Mateo 9:6
"Pues voy a demostrarles que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados. Entonces le dijo al paralítico: —Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa."
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