Versículo destacado

Lucas 24:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. "

Lucas 24:13

menu_book El versículo en contexto

11 Pero a los apóstoles les pareció una locura lo que ellas decían, y no querían creerles.

12 Sin embargo, Pedro fue corriendo al sepulcro; cuando miró dentro, no vio más que las sábanas. Entonces volvió a casa, admirado por lo que había sucedido.

13 Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén.

14 Iban hablando de todo lo que había pasado.

15 Mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La aparición de Cristo a los dos discípulos en el camino a Emaús solo se había mencionado brevemente antes (Marcos 16:12), pero aquí se relata con todos sus detalles. Ocurrió el mismo día en que Cristo resucitó: el primer día del nuevo mundo que resucitó con él. Uno de los dos era Cleofas, o Alfeo, de quien los primeros escritores afirmaban que era hermano de José, a quien se consideraba el padre de Jesús. No sabemos con certeza quién era el otro discípulo.

Algunos han pensado que era Pedro. Es verdad que Cristo se le apareció especialmente a Pedro aquel día, como dijeron después los once entre ellos (Lucas 24:34), y como también menciona Pablo (1 Corintios 15:5). Pero no podía ser Pedro, porque él era uno de los once a quienes regresaron los dos discípulos. Además, conocemos lo suficiente el carácter de Pedro como para pensar que habría sido el principal portavoz si hubiera estado entre ellos. Es más probable que fuera uno de los discípulos que se habían unido a los once, mencionados anteriormente (Lucas 24:9).

Primero vemos su caminar y su conversación. Iban a una aldea llamada Emaús, a unos sesenta estadios, es decir, aproximadamente siete millas, de Jerusalén. No se nos dice si iban allí por algún asunto o para visitar a alguien. Me parece probable que regresaban a su hogar en Galilea, pues ya no querían seguir averiguando más acerca de Jesús. Parece que se alejaban discretamente de los demás, sin pedir permiso ni despedirse. Los informes que habían escuchado esa mañana sobre la resurrección de su Maestro les parecían cuentos sin sentido; y, si así era, tiene sentido que emprendieran el camino de regreso a casa.

Mientras caminaban, hablaban de todo lo que había sucedido (Lucas 24:14). No se sentían con libertad de hablar abiertamente de esas cosas en Jerusalén, por temor a los judíos. Pero una vez que estuvieron fuera de peligro, pudieron conversar con mayor libertad. Razonaban entre ellos sobre la posibilidad de que Cristo hubiera resucitado, y probablemente decidirían si continuar o regresar según lo que llegaran a pensar. Es apropiado que los discípulos de Cristo, cuando están juntos, hablen de su muerte y su resurrección. De esta manera pueden ayudarse unos a otros a aprender, recordar y crecer en devoción.

Entonces encontraron buena compañía en el camino, aunque al principio no lo sabían. Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos (Lucas 24:15). Se presentó como un desconocido que casualmente viajaba en la misma dirección y que con gusto disfrutaría de su compañía. Esto anima a los creyentes a tener conversaciones cristianas y provechosas entre sí. Cuando incluso dos personas están ocupadas sabiamente de esa manera, Cristo viene y se une a ellas como un tercero. Cuando quienes temen al Señor hablan unos con otros, el Señor escucha y presta atención, y está verdaderamente presente con ellos. Dos personas unidas por la fe y el amor llegan a ser como un cordón de tres hilos que no se rompe fácilmente (Eclesiastés 4:12).

Mientras conversaban y razonaban, estaban buscando a Cristo y comparando lo que sabían acerca de él. Entonces Cristo se acercó a ellos. Quienes buscan a Cristo lo encontrarán. Él se manifestará a quienes preguntan por él y dará entendimiento a quienes usan los medios de gracia que tienen a su alcance. Cuando la novia del Cantar de los Cantares preguntó a los guardias por su amado, poco después lo encontró (Cantar de los Cantares 3:4).

Aunque Cristo estaba con ellos, al principio no lo reconocieron (Lucas 24:16). Sus ojos estaban impedidos, de modo que no podían saber quién era. Esto puede significar tanto que se les apareció de otra forma, como dice Marcos, como que Dios restringió su capacidad de verlo. O puede significar que el aire mismo estaba afectado de tal manera que no podían distinguir quién era. Fuera cual fuera la manera, no lo reconocieron. Cristo dispuso las cosas así para que pudieran hablar con mayor libertad con él, y él con ellos.

Esto también mostró que su enseñanza y el poder de ella no dependían de su presencia física. Los discípulos se habían apoyado demasiado en verlo con sus ojos, y necesitaban aprender a vivir sin esa dependencia. Él todavía podía enseñarles y hacer arder sus corazones por medio de otras personas, acompañándolos con su presencia espiritual y su gracia invisible.

Después tuvo lugar la conversación entre Cristo y los dos discípulos. Él los conocía, aunque ellos no lo conocían a él. Como ocurre cuando unos amigos se encuentran mientras uno de ellos está disfrazado, comenzaron a hacerse preguntas. Cristo primero preguntó acerca de la tristeza que se veía claramente en sus rostros: «¿Qué están conversando entre ustedes mientras caminan, y por qué están tristes?» (Lucas 24:17). Fue una pregunta amable y amistosa.

Estaban tristes, y un desconocido podía notarlo. En primer lugar, habían perdido a su querido Maestro y, en su propia mente, se habían sentido decepcionados de todo lo que esperaban recibir de él. Habían abandonado la causa y no sabían cómo recuperarla. Los discípulos de Cristo tienen motivos para entristecerse cuando él parece alejarse de ellos, y para ayunar cuando se les quita el novio. En segundo lugar, aunque él había resucitado de entre los muertos, ellos no lo sabían o no lo creían; por eso continuaban afligidos. Los discípulos de Cristo a menudo están tristes aun cuando tienen razones para alegrarse, porque la fe débil no logra recibir el consuelo que se le ofrece.

En tercer lugar, aun en medio de su tristeza, hablaban unos con otros acerca de Cristo. Los cristianos debemos hablar de Cristo. Si nuestros corazones estuvieran tan llenos de él y de lo que ha hecho y sufrido por nosotros como deberían estarlo, nuestras palabras también estarían naturalmente llenas de él. Hablaríamos no solo de Dios y de su providencia, sino también de Cristo, de su gracia y de su amor. La buena compañía y la buena conversación también ayudan mucho a enfrentar una tristeza profunda. Cuando los discípulos de Cristo estaban tristes, no se apartaron para estar solos. Permanecieron juntos, como él los había enviado, de dos en dos, porque dos son mejores que uno, especialmente en la aflicción. Hablar del dolor puede traer alivio, y al conversarlo podemos ayudarnos a pensar con mayor claridad, o permitir que nuestros amigos nos ayuden. Quienes lloran juntos también deben consolarse unos a otros, y muchas veces el consuelo llega mejor por medio de esa compañía.

Cristo se acercó a ellos y preguntó por el tema de su conversación y la causa de su tristeza: «¿Qué conversación es esa?». Aunque Cristo ya había entrado en su estado de exaltación, seguía siendo tierno con sus discípulos y se interesaba por su consuelo.

Habló como alguien preocupado por su tristeza: «¿Por qué están tan tristes hoy?» (Génesis 40:7). Nuestro Señor Jesús observa el sufrimiento de sus discípulos y participa de sus aflicciones. Con esto, Cristo nos enseña a mostrarnos abiertos y amistosos con los demás. Habló con aquellos dos hombres serios, aunque era un desconocido y ellos no lo conocían, y ellos lo recibieron. Los cristianos no deben ser sombríos ni distantes. Deben disfrutar de la buena compañía.

Cristo también nos enseña a interesarnos por el dolor de otras personas. Cuando vemos que nuestros amigos están tristes, debemos notar su aflicción, como lo hizo Cristo, y ofrecerles un consuelo sabio. Debemos llorar con los que lloran. En respuesta, ellos le preguntaron por qué era un desconocido: «¿Eres tú el único visitante en Jerusalén que no sabe lo que ha sucedido allí en estos días?».

Cleofas, uno de los dos discípulos, respondió amablemente. No habló con rudeza ni le dijo al desconocido que se ocupara de sus propios asuntos. Debemos tratar con cortesía a quienes son corteses con nosotros y actuar con bondad hacia todos, tanto con nuestras palabras como con nuestras acciones. Era un tiempo peligroso para los seguidores de Cristo, pero él no sospechó que aquel desconocido quisiera hacerles daño o denunciarlos. El amor no se apresura a suponer lo malo, ni siquiera acerca de los desconocidos.

Cleofas estaba lleno de Cristo, especialmente de su muerte y sufrimiento, y le sorprendía que los demás no estuvieran igualmente enterados. En efecto, dijo: «¿Has estado en Jerusalén y todavía no has oído lo que le sucedió allí a nuestro Maestro?». Las personas son verdaderamente extrañas a Jerusalén si no conocen la muerte y el sufrimiento de Cristo. Son como las hijas de Jerusalén, que saben muy poco del amado a quien deberían valorar.

También parece que estaba deseoso de hablarle al desconocido acerca de Cristo y de mantener la conversación. No quería que nadie permaneciera ignorante acerca de Jesús. Quienes conocen a Cristo crucificado deben hacer lo que puedan para dar a conocer esa verdad y guiar a otros hacia él. Cabe notar que estos discípulos, tan dispuestos a enseñarle al desconocido, estaban a punto de ser enseñados por él; porque a quienes tienen y usan lo que han recibido, se les dará más.

Las palabras de Cleofas muestran que la muerte de Cristo era ampliamente conocida en Jerusalén. Había ocurrido públicamente, de modo que parecía imposible que alguien en la ciudad no supiera lo sucedido. Todos hablaban de ello y se discutía por todas partes. Más adelante, después de que el Espíritu fuera derramado, se explicaría el significado de estos acontecimientos.

Cristo respondió preguntándoles qué sabían, como se ve en Lucas 24:19: «¿Qué cosas?». Con esto hizo que pareciera aún más un extraño. Jesús habló con sencillez de sus propios sufrimientos en comparación con el gozo que tenía delante, es decir, la recompensa que recibiría por ellos. Ahora que estaba entrando en su gloria, miraba hacia atrás, a su sufrimiento, con serenidad: «¿Qué cosas?». Él sabía muy bien cuáles eran, porque habían sido amargas y pesadas para él; sin embargo, preguntó como si no lo supiera. El dolor había quedado atrás ante el gozo de que la salvación se había cumplido.

Él aceptó con gozo las dificultades por causa nuestra y nos enseña a hacer lo mismo por causa de él. A quienes Cristo va a enseñar, primero los examina para ver cuánto han aprendido. Ellos deben decirle lo que saben antes de que él les explique su significado y los conduzca al misterio que hay detrás de ello.

Entonces le dieron un informe completo acerca de Cristo y de la situación actual de su causa. Primero hablaron de Jesús de Nazaret, como comúnmente se le llamaba. Era un profeta, un maestro enviado por Dios. Predicaba un mensaje verdadero y noble, claramente venido del cielo y que conducía a las personas hacia el cielo. Confirmó su enseñanza mediante muchos grandes milagros de misericordia, de modo que era poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Esto significa que tenía la aprobación del cielo y que también era una gran bendición para el mundo.

Dios lo amaba profundamente y el pueblo lo respetaba mucho. Hay personas importantes en la vida pública y alabadas por los demás que, sin embargo, no cuentan con el favor de Dios, como ocurría con los escribas y los fariseos. Pero Cristo era poderoso tanto en su enseñanza como en sus hechos delante de Dios y de todo el pueblo. Quien no supiera esto era verdaderamente un extraño en Jerusalén.

Después dieron un humilde relato de su sufrimiento y de su muerte: «Aunque era tan querido por Dios y por el pueblo, los sumos sacerdotes y nuestros gobernantes, despreciando a ambos, lo entregaron a la autoridad romana para que fuera condenado a muerte, y lo crucificaron». Sorprende que no hablaran con mayor dureza contra los culpables de crucificar a Cristo. Tal vez, como hablaban con un extraño, consideraron prudente evitar ataques directos contra los sumos sacerdotes y los gobernantes, por justificados que hubieran sido.

También explicaron por qué estaban tristes: «Nosotros esperábamos que él fuera quien redimiera a Israel» (Lucas 24:21). No solo lo habían considerado un profeta como Moisés, sino también un redentor como Moisés. Dependían de él y esperaban grandes cosas de su parte, al igual que todos los que anhelaban la redención y el consuelo de Israel. Cuando la esperanza se demora, el corazón enferma; y cuando esa esperanza se ve defraudada, especialmente una esperanza tan grande, el corazón puede desfallecer.

Sin embargo, convirtieron precisamente aquello que debía fortalecer su esperanza en la razón de su desesperación: la muerte del Señor Jesús. Dijeron: «Nosotros esperábamos que él fuera quien redimiera a Israel». Pero ¿acaso no era él quien redimía a Israel? Más aún, ¿no estaba pagando con su muerte el precio de su redención? ¿No era necesario que sufriera para salvar a Israel del pecado? Ahora que la parte más difícil de su obra ya se había cumplido, tenían todavía más razones para confiar en que él era quien liberaría a Israel. Aun así, estaban listos para darse por vencidos.

Luego hablaron de su asombro ante el hecho de la resurrección.

Ese era el tercer día desde que Jesús había sido crucificado y había muerto. Si alguna vez iba a resucitar, ese era el día en que esperaban que sucediera. Esperaban que resucitara en gloria y con gran honor, y que apareciera públicamente con el mismo honor con que había sido expuesto tres días antes en vergüenza. Pero no veían ninguna señal. Nada había sucedido, como ellos esperaban, que convenciera y avergonzara a sus acusadores o consolara a sus discípulos. Todo parecía estar en silencio.

Reconocieron que entre ellos había circulado un informe de que él había resucitado, pero hablaron de ello con ligereza y no parecían creerlo en absoluto (Lucas 24:22-23). Dijeron: «Algunas mujeres de nuestro grupo nos dejaron asombrados», y eso parecía ser todo lo que estaban dispuestos a admitir. Ellas habían ido temprano al sepulcro, habían encontrado que el cuerpo ya no estaba y habían dicho que habían visto una visión de ángeles que les anunciaron que él estaba vivo. Pero los discípulos estaban dispuestos a pensar que aquello era solo producto de la imaginación de las mujeres y no un acontecimiento real. Razonaban que, si se hubieran enviado ángeles, habrían sido enviados a los apóstoles y no a mujeres, y que las mujeres se dejaban engañar fácilmente.

También reconocieron que algunos de los apóstoles habían ido al sepulcro y lo habían encontrado vacío (Lucas 24:24). Dijeron: «Pero a él no lo vieron». Así que, según su manera de pensar, todavía había buenas razones para temer que no hubiera resucitado. Si hubiera resucitado, seguramente se habría mostrado a ellos. En general, sentían que tenían pocas razones para creer que estaba vivo y, por eso, ya no esperaban nada de él. Habían puesto todas sus esperanzas en su cruz y las habían sepultado en su tumba.

Aunque no reconocieron a Jesús por su rostro, él se dio a conocer por medio de su palabra. Primero los corrigió por su falta de entendimiento y por su débil confianza en las Escrituras del Antiguo Testamento: «¡Qué necios son ustedes y qué lentos de corazón para creer!» (Lucas 24:25). Cuando Cristo nos enseñó que no llamáramos necio a nuestro hermano, quiso prohibir los insultos injustos y pronunciados con enojo, no las reprensiones verdaderas y merecidas. Cristo los llamó necios, no en el sentido de hombres malvados, sino en el de hombres débiles e insensatos. Podía llamarlos necios porque conoce nuestra insensatez, esa necedad que habita en nuestro corazón. Las personas actúan como necias cuando obran en contra de su propio bien, y eso era lo que estaban haciendo aquellos discípulos al rechazar las pruebas de que su Maestro había resucitado y privarse del consuelo que esto les ofrecía.

Lo primero que Jesús les reprochó fue su lentitud para creer. Los ateos, los incrédulos y los librepensadores suelen burlarse de los creyentes, como si la fe fuera una credulidad ciega. Pero Cristo dice que los necios son quienes tardan en creer y permanecen detenidos por prejuicios que nunca han examinado con honestidad. En segundo lugar, les reprochó que fueran lentos para creer lo que habían escrito los profetas. No los reprendió principalmente por dudar de las mujeres o de los ángeles, sino por la causa más profunda de esa duda: no confiar en los profetas del Antiguo Testamento. Si hubieran dado a esas profecías el peso que merecían, aquella mañana habrían estado tan seguros de que Cristo resucitaría, al tercer día después de su muerte, como lo estaban de que saldría el sol. El orden de los acontecimientos establecido por la profecía es tan cierto e inquebrantable como el orden establecido por la providencia. Si conociéramos mejor las Escrituras y entendiéramos mejor los propósitos revelados de Dios, no caeríamos tan a menudo en la confusión que nosotros mismos provocamos.

Entonces Jesús les mostró que sus sufrimientos, que los habían escandalizado y les habían dificultado creer en su gloria, eran en realidad el camino señalado hacia esa gloria (Lucas 24:26). Les explicó que el Cristo, el Mesías, tenía que sufrir esas cosas y después entrar en su gloria. Ese era el plan que Dios había establecido y declarado: que el Mesías prometido primero sufriera y después reinara, que llegara a la corona por el camino de la cruz. Esto estaba anunciado en Isaías 53 y Daniel 9, donde los profetas hablan con claridad de los sufrimientos de Cristo y de la gloria que vendría después (1 Pedro 1:11).

La cruz de Cristo era la piedra de tropiezo que ellos no podían aceptar. Jesús quitó ese tropiezo de dos maneras. Primero, les mostró que el Mesías tenía que sufrir esas cosas. Sus sufrimientos no eran una razón para rechazarlo como Mesías, sino una prueba de que él era el Mesías, así como las aflicciones de los santos muestran que pertenecen a Dios. Sus sufrimientos no destruyeron su esperanza; eran precisamente el fundamento de ella. No podía haber sido Salvador si no hubiera sido también el que sufre. Su obra para salvarnos fue voluntaria, pero una vez que la aceptó, tuvo que sufrir y morir.

En segundo lugar, después de sufrir esas cosas, entraría en su gloria, y lo hizo mediante su resurrección. Esa fue su primera exaltación. Se le llama su gloria porque le pertenecía legítimamente y porque era la gloria que tenía antes de que el mundo comenzara. Tenía que entrar en ella, porque las Escrituras debían cumplirse tanto en sus sufrimientos como en su gloria. Primero tenía que sufrir y después entrar en su gloria. De esta manera, la vergüenza de la cruz queda eliminada para siempre, y se nos enseña a esperar la corona de espinas antes de la corona de gloria.

Luego les explicó las Escrituras del Antiguo Testamento que hablaban del Mesías y les mostró cómo se habían cumplido en Jesús de Nazaret (Lucas 24:27). Comenzando con Moisés, el primer escritor inspirado del Antiguo Testamento, recorrió todos los profetas en orden y les explicó lo que señalaba hacia él. Les mostró que los sufrimientos que acababa de soportar no anulaban las profecías acerca de él, sino que las cumplían. Comenzó con Moisés, quien registró la primera promesa, donde se anunció claramente que el Mesías tendría el talón herido, pero que por medio de esa herida aplastaría la cabeza de la serpiente.

Hay verdades acerca de Cristo esparcidas por toda la Escritura, y es de gran ayuda reunirlas. Es difícil avanzar mucho en cualquier parte de la Escritura sin encontrar algo que señale a Cristo: alguna profecía, promesa, oración o figura. Él es el verdadero tesoro escondido en el campo del Antiguo Testamento. Un hilo de oro de la gracia del evangelio recorre todo el tejido del Antiguo Testamento. En todas partes puede percibirse alguna señal de esta verdad.

Las verdades acerca de Cristo también necesitan ser explicadas. Incluso el funcionario etíope, aunque era una persona instruida, no habría afirmado comprenderlas si alguien no lo guiaba (Hechos 8:31), porque bajo aquel pacto anterior fueron dadas de manera velada. Pero ahora que el velo ha sido quitado, el Nuevo Testamento explica el Antiguo.

En tercer lugar, Jesucristo es el mejor intérprete de la Escritura, especialmente de las partes que hablan de él. Incluso después de su resurrección, guio a las personas hacia la verdad acerca de sí mismo de esta manera: no introdujo ideas nuevas separadas de la Escritura, sino que mostró cómo la Escritura se había cumplido. También los hizo volver al estudio de ella. Incluso el libro de Apocalipsis es, en realidad, como una segunda parte de las profecías del Antiguo Testamento, y continuamente vuelve a señalarlas. Si las personas no creen a Moisés y a los profetas, no hay remedio para ellas.

En cuarto lugar, al estudiar la Escritura, es sabio hacerlo en orden. La luz del Antiguo Testamento fue aumentando poco a poco, hasta que llegó el día pleno. Es bueno observar cómo Dios habló a los antepasados acerca de su Hijo en diferentes momentos y de distintas maneras; las promesas posteriores añadieron luz a las anteriores, y ahora Dios nos ha hablado por medio de su Hijo (Hebreos 1:1-2). Algunas personas comienzan la Biblia por el extremo equivocado cuando empiezan primero con Apocalipsis. Aquí Cristo enseña que debemos comenzar con Moisés.

Ese fue el final de su conversación. Después vino el momento en que Cristo finalmente se dio a conocer. Nos encantaría tener una copia completa del sermón que Cristo predicó en el camino y de la enseñanza bíblica que les dio, pero Dios no quiso conservarla para nosotros. Tenemos su esencia en otras partes de la Escritura. A los discípulos les había impresionado tanto que sentían como si hubieran llegado demasiado pronto a su destino. Pero se acercaron a la aldea adonde iban (Lucas 24:28), y parece que pensaban pasar allí la noche.

Entonces le pidieron que se quedara con ellos. Él hizo como que iba a seguir adelante. No dijo que se marcharía, pero parecía continuar su camino y no entró de inmediato en la casa de sus amigos, algo que no habría sido apropiado para un extraño si no lo invitaban. Habría seguido adelante si ellos no le hubieran insistido que se quedara, así que no hubo ningún engaño en esto. Una persona tímida no entra por la fuerza en una casa ni se impone en una compañía. Espera a que la inviten y entonces puede aceptar. Eso es todo lo que hizo Cristo cuando aparentó que iba a seguir más adelante.

Quienes quieren que Cristo se quede con ellos deben invitarlo e insistirle que permanezca. A menudo Cristo se deja encontrar por personas que no lo estaban buscando, pero solo quienes lo buscan pueden tener la seguridad de encontrarlo. Si parece alejarse de nosotros, es solo para motivarnos a suplicarle. Eso fue lo que sucedió aquí. Ellos le rogaron con firmeza, con una insistencia amable y afectuosa: «Quédate con nosotros». Quienes han probado el gozo y el beneficio de tener comunión con Cristo no pueden evitar desear más de su compañía. Le piden no solo que camine con ellos durante el día, sino también que se quede con ellos durante la noche.

Cuando el día casi ha terminado y se acerca la noche, naturalmente pensamos en descansar. En ese momento es apropiado acudir a Cristo y pedirle que se quede con nosotros, que se manifieste a nosotros y que llene nuestra mente de buenos pensamientos y de afectos sinceros hacia él. Cristo cedió ante su insistencia. Entró para quedarse con ellos. Cristo siempre está dispuesto a dar más instrucción y consuelo a quienes aprovechan bien lo que ya han recibido. Él ha prometido que, si alguien abre la puerta y le da la bienvenida, entrará (Apocalipsis 3:20).

Entonces se dio a conocer a ellos (Lucas 24:30-31). Podemos suponer que siguió conversando con ellos, como lo había hecho en el camino, pues debemos hablar de las cosas de Dios tanto cuando estamos en casa como cuando vamos de camino. Mientras preparaban la cena, que quizá se hizo rápidamente porque la comida era pequeña y sencilla, probablemente continuó hablándoles de una manera que los ayudaba y los fortalecía. Al sentarse a la mesa, sus palabras los alimentaban. Sin embargo, todavía no sabían que era Jesús mismo quien hablaba con ellos, hasta que él quiso quitarse el disfraz y luego desapareció.

Comenzaron a sospechar que era él cuando tomó el lugar del anfitrión durante la comida. Actuó de una manera tan propia de él y tan parecida a como lo había hecho antes con sus discípulos, que lo reconocieron. Tomó el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio. Lo hizo con la mezcla habitual de autoridad y afecto, quizá usando las mismas expresiones que había usado antes al dar gracias y entregarles el pan. No fue una comida milagrosa como la alimentación de los cinco mil, ni una comida sacramental como la Cena del Señor, sino una comida común. Aun así, aquí Cristo hizo lo mismo que había hecho en aquellas otras comidas, para enseñarnos a mantener comunión con Dios por medio de Cristo tanto en la vida cotidiana como en los servicios especiales.

Debemos pedir la bendición de Dios y dar gracias en cada comida. Debemos ver nuestro pan de cada día como algo que Jesucristo, el Señor no solo de toda la familia de Dios sino también de todos nuestros hogares, nos proporciona y parte para nosotros. Dondequiera que nos sentemos a comer, pongamos a Cristo a la cabecera de la mesa. Recibamos nuestros alimentos como algo bendecido por él, y comamos y bebamos para su gloria. Aceptemos con satisfacción y gratitud todo lo que él nos dé, por sencillo y humilde que sea. Podemos recibirlo con alegría si la fe nos permite verlo venir de la mano de Cristo y acompañado de su bendición.

De inmediato se les abrieron los ojos y reconocieron quién era. Todo lo que antes lo había ocultado de su vista fue quitado. La niebla se despejó, el velo se levantó y ya no tenían ninguna duda de que era su Maestro. Por razones sabias y santas, él podía adoptar otra forma, pero ninguna otra persona podía tomar su verdadera apariencia. Por tanto, tenía que ser él. Esto muestra cómo Cristo, por medio de su Espíritu y su gracia, se da a conocer a las almas de su pueblo.

Él les abre las Escrituras, porque ellas dan testimonio de él a todos los que las examinan y lo buscan allí. También se encuentra con ellos en su mesa, en la Cena del Señor, donde a menudo les concede un conocimiento más profundo de sí mismo y se da a conocer al partir el pan. Pero la obra se completa cuando él abre los ojos de su entendimiento y les quita las escamas, como ocurrió con Pablo en su conversión. Si quien da la revelación no da también el entendimiento, seguimos permaneciendo en la oscuridad.

Entonces desapareció de su vista. Se apartó de ellos, se alejó repentinamente y dejó de ser visible.

Parece que, aunque el cuerpo de Cristo después de su resurrección era el mismo cuerpo en el que sufrió y murió, como lo demostraban sus cicatrices, también había sido transformado de tal manera que podía aparecer o desaparecer cuando quisiera. Esto era un paso hacia su transformación en un cuerpo glorioso. Apenas les había concedido a sus discípulos un vistazo de sí mismo, cuando ya se había ido. En este mundo, nuestras percepciones de Cristo suelen ser así: breves y pasajeras. Lo vemos por un momento y luego volvemos a perderlo de vista. En el cielo lo veremos sin interrupción.

Aquí encontramos la reflexión que hicieron estos discípulos después de aquella conversación y el informe que llevaron a sus hermanos en Jerusalén. Primero pensaron en cómo las palabras de Cristo los habían afectado (Lucas 24:32). Se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros?». Uno decía: «El mío sí», y el otro estaba de acuerdo: «El mío también. Nunca me había conmovido tanto ningún sermón». No estaban tanto comparando apuntes como comparando lo que había sucedido en su corazón mientras repasaban el sermón que Cristo les había predicado. Consideraron poderosa su predicación, aunque no sabían quién era el predicador.

Sus palabras les dejaron todo muy claro. Más que eso, llevaron luz y calor a sus almas. Sus corazones se conmovieron, y en ellos se encendió un fuego santo de devoción. Se dieron cuenta de esto porque confirmó su fe en que el desconocido que había estado hablando con ellos era verdaderamente Jesús. Por fin comprendieron cuán ciegos habían estado. Nadie más que él, y ninguna otra palabra que no fueran las suyas, podía hacer que sus corazones ardieran de esa manera. Solo él tiene la llave del corazón humano.

Esto también muestra qué clase de predicación produce buenos resultados. La predicación de Cristo era clara, familiar y fácil de seguir, porque hablaba con ellos mientras caminaban. También estaba fundamentada en las Escrituras, porque les explicó lo que estas decían, especialmente las partes relacionadas con él. Los ministros deben mostrar a las personas que su fe se basa en la Biblia y demostrar que no enseñan otro mensaje que el que se encuentra allí. Las Escrituras que hablan de Cristo tienen un poder directo para avivar el corazón de sus discípulos. Los fortalecen y también los consuelan.

Esto también muestra qué clase de escucha produce buenos resultados: una escucha que hace arder el corazón. Cuando las cosas de Dios nos conmueven profundamente, especialmente el amor de Cristo al morir por nosotros, nuestros corazones se inclinan hacia él con amor. También se elevan en santo deseo y oración. Entonces podemos decir: nuestro corazón arde dentro de nosotros. Cuando nuestros corazones se elevan hacia Dios como chispas que suben, cuando se encienden con celo santo contra el pecado en los demás y en nosotros mismos, y cuando, en cierta medida, quedan purificados de él por el Espíritu de Dios, que juzga y quema, entonces podemos decir, por gracia, que nuestros corazones han sido encendidos de la manera correcta.

En segundo lugar, les contaron esto a sus hermanos en Jerusalén (Lucas 24:33). Se levantaron en ese mismo momento. Estaban tan llenos de alegría por la aparición de Cristo que no pudieron terminar de cenar. Se apresuraron a regresar a Jerusalén, aunque ya era de noche. Si habían estado pensando en alejarse de Cristo, aquello puso fin de inmediato a esos pensamientos. No necesitaban ninguna otra razón para regresar a su rebaño. Al parecer, habían planeado pasar la noche en Emaús. Pero ahora que habían visto a Cristo, no podían descansar hasta contarles a los discípulos las buenas noticias. Querían fortalecer su fe temblorosa y consolar sus corazones afligidos con el mismo consuelo que ellos habían recibido de Dios.

Es deber de aquellos a quienes Cristo se les ha revelado contarles a otros lo que él ha hecho por sus almas. Cuando te conviertas, fortalece a tus hermanos. Estos discípulos estaban tan llenos de lo que habían vivido que tuvieron que ir a sus hermanos y expresar su alegría, así como asegurarles que su Maestro había resucitado. Cuando llegaron, encontraron reunidos hasta altas horas de la noche a los once y a sus compañeros habituales. Probablemente estaban orando y considerando qué debían hacer en un momento así. También los encontraron conversando entre ellos, pues eran los once quienes hablaban, no los dos discípulos. Cuando estos dos entraron, los demás los recibieron con alegría y triunfo: «¡El Señor verdaderamente ha resucitado y se le ha aparecido a Simón!» (Lucas 24:34). El hecho de que Pedro lo hubiera visto era una prueba contundente de la resurrección.

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