Versículo destacado

Juan 17:20 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" No te ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí al oír el mensaje de ellos. "

Juan 17:20

menu_book El versículo en contexto

18 Como me enviaste a mí entre los que son del mundo, también yo los envío a ellos entre los que son del mundo.

19 Y por causa de ellos me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados por medio de la verdad.

20 No te ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí al oír el mensaje de ellos.

21 Te pido que todos ellos estén unidos; que así como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

22 Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Junto con la pureza, Cristo ora por la unidad. La sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura y después pacífica; y la amistad es verdaderamente hermosa cuando se parece al aceite sobre la cabeza santa de Aarón o al rocío sobre el monte santo de Sion.

Observemos primero quiénes están incluidos en esta oración (Juan 17:20): «No ruego solamente por estos», es decir, no solo por los discípulos que estaban entonces con él —los once apóstoles, los setenta y los demás hombres y mujeres que lo seguían durante su ministerio en la tierra—, «sino también por los que creerán en mí mediante la palabra de ellos», ya fuera por medio de la predicación de su tiempo o de lo que quedaría escrito para las generaciones posteriores. Cristo ora por todos ellos, para que participen de esta oración y reciban sus beneficios.

Solo quienes creen, o creerán, en Cristo están incluidos en su mediación, es decir, en su obra de interponerse entre Dios y los pecadores. El nombre «creyente» abarca toda la vida y el deber de un cristiano. Algunos creyeron cuando lo vieron, pero las generaciones posteriores no lo han visto y, aun así, han creído. Es por medio de la Palabra que las personas llegan a tener fe en Cristo. Por eso Cristo dispuso que las Escrituras fueran escritas y que permaneciera en la iglesia un ministerio duradero mientras exista el mundo, para reunir un pueblo para Dios.

Cristo también sabe exactamente quiénes creerán en él. No está orando al azar, como si todo dependiera de la voluntad incierta del ser humano, que afirma ser libre, pero en realidad está esclavizada por el pecado. No; Cristo sabía muy bien por quiénes estaba orando. El asunto había quedado establecido por el conocimiento previo y el propósito de Dios. Él sabía quiénes le habían sido dados, quiénes habían sido destinados a la vida eterna, quiénes tenían sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero y quiénes ciertamente creerían (Hechos 13:48).

Jesús intercede no solo por los creyentes importantes y conocidos, sino también por los más pequeños y débiles. No ora únicamente por quienes ocuparán los lugares de mayor honor en su reino, sino por todos, incluso por aquellos a quienes el mundo considera insignificantes. Así como el cuidado de Dios alcanza a la criatura más pequeña, su gracia también alcanza al cristiano más pequeño. El buen Pastor mantiene sus ojos aun sobre la oveja pobre.

En su oración, Cristo también tuvo una preocupación real por quienes pertenecían al remanente escogido y todavía no habían nacido: el pueblo que sería creado (Salmo 22:31), las otras ovejas que aún tenía que traer. Antes de que fueran formados en el vientre, él ya los conocía (Jeremías 1:5). Las oraciones por ellos estaban, por así decirlo, guardadas de antemano en el cielo por aquel que anuncia el fin desde el principio y llama las cosas que no existen como si existieran.

A continuación, Cristo explica el sentido de esta petición: «que todos sean uno» (Juan 17:21). Ya había dicho algo semejante antes (Juan 17:11) y lo repetiría después (Juan 17:22). Su corazón estaba profundamente comprometido con esto. Algunos consideran que la unidad mencionada especialmente en Juan 17:11 se refiere a los discípulos como ministros y apóstoles, para que fueran uno en su testimonio acerca de Cristo. En ese sentido, la armonía entre los escritores de los Evangelios y el acuerdo entre los primeros predicadores del evangelio surgieron de esta oración. Debían tener no solo un mismo corazón, sino también una misma voz, proclamando la misma verdad. La unidad de los ministros del evangelio es tanto la belleza como la fuerza de la causa del evangelio.

Sin embargo, está claro que la unidad de Juan 17:21 incluye a todos los creyentes. Esta es la oración de Cristo por todos los que le pertenecen, y podemos tener la certeza de que es una oración respondida: que todos sean uno, uno en nosotros (Juan 17:21), uno como nosotros somos uno (Juan 17:22), y que lleguen a la unidad perfecta (Juan 17:23). Esto incluye tres aspectos.

Primero, deben estar unidos en un solo cuerpo. Se le pide al Padre que los considere a todos como uno y que confirme ese gran pacto por el cual son formados en una sola iglesia. Aunque vivan en muchos lugares, desde un extremo del cielo hasta el otro, y en muchas épocas, desde el principio hasta el fin del tiempo, de modo que no puedan conocerse personalmente, deben estar unidos en Cristo, su cabeza común. Así como Cristo murió para reunirlos a todos en uno, también oró con ese propósito (Juan 11:52; Efesios 1:10).

Segundo, deben estar animados por un mismo Espíritu. Esto está claramente incluido en las palabras «que sean uno en nosotros». La unión con el Padre y con el Hijo se recibe y se conserva únicamente por medio del Espíritu Santo. «El que se une al Señor, un espíritu es con él» (1 Corintios 6:17). Todos deben llevar la misma imagen y la misma marca, y ser movidos por el mismo poder.

Tercero, deben estar unidos por el amor y la bondad, con un mismo corazón. «Que todos sean uno» significa, en primer lugar, tener una misma convicción y perspectiva. No en cada detalle pequeño, porque eso no es posible ni necesario, sino en las grandes verdades de Dios, en las que están de acuerdo en virtud de esta oración. Coinciden en que el favor de Dios es mejor que la vida, que el pecado es el peor de los males, que Cristo es el mejor amigo y que existe otra vida después de esta.

También significa tener un mismo espíritu y un mismo deseo. Todos los que han sido santificados comparten la misma naturaleza y la misma imagen divinas. Tienen un corazón nuevo y, en ese sentido, un solo corazón. Están unidos en sus metas y propósitos. Todo cristiano verdadero, en la medida en que es verdaderamente cristiano, considera la gloria de Dios como su fin supremo y la gloria del cielo como su mayor bien.

También son uno en sus deseos y oraciones. Aunque difieran en sus palabras y estilo, han recibido el mismo Espíritu de adopción y siguen la misma regla; por eso oran, en esencia, por las mismas cosas. Finalmente, son uno en amor y afecto. Todo cristiano verdadero lleva dentro algo que lo mueve a amar a todos los cristianos verdaderos por ser quienes son. Cristo está orando por esa comunión de los santos que confesamos en el credo: la participación de todos los creyentes en Dios y su estrecha unión con todos los santos en el cielo y en la tierra (1 Juan 1:3). Sin embargo, esta oración no será respondida plenamente hasta que todos los santos lleguen al cielo, porque solo entonces serán hechos perfectos en unidad (Juan 17:23; Efesios 4:13).

También se presenta una razón para esta petición, basada en la relación entre el Padre y el Hijo, que se repite una y otra vez (Juan 17:11, Juan 17:21-23). Primero, se da por sentado que el Padre y el Hijo son uno: uno en naturaleza y esencia, iguales en poder y gloria, y unidos en amor mutuo. El Padre ama al Hijo, y el Hijo siempre agrada al Padre. Son uno en propósito y en acción. Su profunda unidad se muestra en las palabras «tú en mí y yo en ti». Cristo mencionó esto con frecuencia como apoyo mientras enfrentaba el sufrimiento, cuando sus enemigos estaban listos para apresarlo y sus amigos estaban a punto de dispersarse. Aun así, él estaba en el Padre y el Padre estaba en él.

Segundo, esta unidad se presenta en la oración de Cristo por la unidad de sus discípulos. Sirve como modelo de la unidad que él desea para ellos. Los creyentes son uno, en cierta medida, como Dios y Cristo son uno. En primer lugar, su unión es estrecha y real. Están unidos por una naturaleza divina, por el poder de la gracia divina y de acuerdo con el propio propósito de Dios.

En segundo lugar, es una unión santa, formada por el Espíritu Santo con propósitos santos. No es una organización política para fines mundanos. En tercer lugar, es y finalmente será una unión completa. El Padre y el Hijo poseen las mismas cualidades, características y perfección; y los creyentes comparten ahora esa semejanza en la medida en que son santificados. Cuando la gracia sea completada en la gloria, se asemejarán perfectamente unos a otros, todos transformados a la misma imagen.

Este también es el centro de esa unidad: que sean uno en nosotros; todo converge en este punto. Hay un solo Dios y un solo Mediador, es decir, uno solo que nos lleva a Dios. Los creyentes son uno en esto: todos están de acuerdo en depender del favor de este único Dios para su felicidad y del mérito de este único Mediador para estar en paz con Dios. Una unión que no tiene a Dios como meta y a Cristo como camino no es una unión verdadera, sino una conspiración. Todos los que están verdaderamente unidos a Dios y a Cristo, quienes son uno, pronto estarán unidos también unos con otros.

Esta petición también expresa el deseo de esa unidad. El Creador y el Redentor son uno en propósito e interés, pero de nada serviría si todos los creyentes no fueran un solo cuerpo con Cristo. Tampoco serviría si juntos no recibieran de él gracia sobre gracia, así como él la recibió para ellos. El propósito de Cristo era hacer que la humanidad caída volviera a Dios. «Padre», dice, «haz que todos los que creen sean uno, para que en un solo cuerpo sean reconciliados» (Efesios 2:15-16). Esto señala especialmente la unión de judíos y gentiles en la iglesia, ese gran misterio: que los gentiles fueran coherederos y miembros del mismo cuerpo (Efesios 3:6). Creo que este es el enfoque principal de la oración de Cristo, porque era una de las grandes cosas que se propuso lograr por medio de su muerte.

Las palabras «yo en ellos y tú en mí» muestran en qué consiste esta unión y cuán necesaria es, no solo para la belleza de la iglesia, sino para su misma existencia. Primero, está la unión con Cristo: «yo en ellos». Cristo viviendo en el corazón de los creyentes es la vida y el alma de la persona nueva. Segundo, está la unión con Dios por medio de Cristo: «tú en mí», de modo que, por medio de Cristo, Dios está en ellos. Tercero, está la unión unos con otros que nace de estas dos: «para que sean hechos perfectos en uno». En él estamos completos.

Cristo también se refiere a toda la luz y la gracia que les da (Juan 17:22): «La gloria que me diste, como depositario o canal de ella, yo les he dado, con este propósito: que sean uno, como nosotros somos uno». Por eso, estos dones se desperdician si no hacen que los creyentes sean uno. Algunos de estos dones fueron dados a los apóstoles y a los primeros fundadores de la iglesia. La gloria de ser mensajeros de Dios ante el mundo, la gloria de hacer milagros y la gloria de reunir una iglesia de entre el mundo y establecer el reino de Dios entre las personas fueron dadas a Cristo. Él compartió parte de esa gloria cuando los envió a hacer discípulos de todas las naciones.

O bien, estos son los dones dados en común a todos los creyentes. La gloria de estar en pacto con el Padre, de ser aceptados por él, de permanecer cerca de su amor y de tener destinado un lugar a su derecha era la gloria que el Padre dio al Redentor, y que él confirmó a quienes redimió. Cristo dice que les ha dado este honor porque lo había destinado para ellos, lo había establecido a su favor y lo había asegurado para ellos, si creen. Las promesas de Cristo son dones reales. A él le fue dado recibirlas para dárselas a ellos. Le fueron confiadas para beneficio de ellos, y él fue fiel al que lo designó. Se las dio para que fueran uno.

Primero, esto les concede el privilegio de la unidad. Puesto que comparten un mismo Padre y un mismo Señor Jesucristo, verdaderamente pueden ser llamados uno. El don del Espíritu, esa gran gloria que el Padre dio al Hijo para que se la diera a todos los creyentes, los hace uno, porque él obra todas las cosas en todos los creyentes (1 Corintios 12:4). Segundo, esto los llama al deber de la unidad. Puesto que comparten una misma fe y un mismo pacto, un mismo Espíritu y una misma Biblia, un mismo Dios y un mismo Cristo, y esperan un mismo cielo, deben tener un mismo sentir y una misma voz. La gloria terrenal provoca rivalidad, porque cuando algunos son exaltados, otros quedan relegados. Por eso los discípulos, mientras soñaban con un reino terrenal, no dejaban de discutir. Pero los honores espirituales se conceden por igual a todo el pueblo de Cristo. Todos han sido hechos reyes y sacerdotes para nuestro Dios, así que no hay razón para competir ni para tener envidia. Cuanto más se ocupen los cristianos de la gloria que Cristo les ha dado, menos desearán los elogios vacíos y menos discutirán.

También señala la buena influencia que su unidad tendría en los demás y el bien público que promovería. Esto se enfatiza dos veces aquí: «para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17:21), y nuevamente: «para que el mundo lo conozca» (Juan 17:23), porque sin conocimiento no puede haber una fe verdadera. Los creyentes deben saber qué creen y por qué lo creen. Quienes creen ciegamente arriesgan demasiado.

Aquí Cristo muestra su buena voluntad hacia el mundo en general. En esto está plenamente de acuerdo con su Padre, como sabemos que lo está en todo: Dios quiere que todos sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Por lo tanto, deben usarse todos los medios posibles y no escatimarse ningún esfuerzo para convencer al mundo y hacerlo volver a Dios. No sabemos quiénes son los escogidos, pero cada uno, desde el lugar que ocupa, debe hacer todo lo posible para ayudar a la salvación de las personas y tener cuidado de no hacer nada que la obstaculice.

También muestra el buen fruto de la unidad de la iglesia. Esta demostrará la verdad del cristianismo y ayudará a que muchos lo acepten. En general, dará al cristianismo una mejor reputación en el mundo y entre quienes están fuera de la iglesia. Primero, la reunión de los cristianos en una sola comunidad bajo el pacto del evangelio será un fuerte respaldo para el cristianismo. Cuando el mundo vea que tantos que antes le pertenecían han sido llamados a salir de su familia, apartados de los demás y transformados de aquello que ellos mismos fueron; cuando vea que esta comunidad ha sido levantada mediante lo que parece ser la necedad de la predicación y sostenida por milagros de la providencia y de la gracia; y cuando vea lo bien formada y ordenada que está, estará dispuesto a decir: «Iremos con ustedes, porque vemos que Dios está con ustedes». Segundo, la unidad amorosa de los cristianos es la belleza de su fe e invita a otros a unirse a ellos. El amor entre los primeros cristianos (Hechos 2:42-43; Hechos 4:32-33) es un ejemplo de esto. Cuando el cristianismo, en vez de provocar discusiones sobre sí mismo, hace que otras disputas desaparezcan; cuando calma los ánimos alterados, suaviza los espíritus ásperos y lleva a las personas a ser bondadosas, amorosas, corteses y generosas con todos, y a trabajar por la paz en cada relación y comunidad, esto lo hará atractivo para todos los que tengan algún sentido de la religión o del afecto natural.

En particular, esta unidad llevará a las personas a pensar correctamente acerca de Cristo y de los cristianos.

Primero, hará que vean y crean que el Padre envió a Cristo. Sabrán y creerán que el Padre lo envió. Esta unidad demuestra que Cristo vino de Dios y que su enseñanza verdaderamente procede de Dios. Es difícil explicar de otra manera una armonía tan profunda entre personas con distintas capacidades, temperamentos e intereses. Cristo tuvo que haber sido enviado por el Dios de poder, que forma de manera semejante los corazones humanos, y por el Dios de amor y de paz. Cuando el pueblo de Dios es uno, él es honrado como uno, y su nombre es uno.

Segundo, hará que piensen correctamente acerca de los cristianos. Sabrán que el Padre los ha amado como ha amado a Cristo. Este es el privilegio de los creyentes: el Padre mismo los ama con un amor semejante al que tiene por su Hijo. Son amados en Cristo con un amor eterno. La evidencia de que participamos de este privilegio es que somos uno. Dios muestra que nos ama cuando nos amamos unos a otros con un corazón puro, porque donde el amor de Dios ha sido derramado en el corazón, transforma ese corazón para que tenga la misma semejanza.

Piensa cuánto bien haría en el mundo que las personas entendieran mejor cuán queridos son para Dios todos los verdaderos cristianos. Los judíos tenían un dicho: si el mundo conociera el valor de las personas buenas, las rodearía de perlas. Quienes tienen tanto del amor de Dios también deberían recibir más de nuestro amor.

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