Versículo destacado

Juan 16:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Les digo estas cosas para que no pierdan su fe en mí. "

Juan 16:1

menu_book El versículo en contexto

1 Les digo estas cosas para que no pierdan su fe en mí.

2 Los expulsarán de las sinagogas, e incluso llegará el momento en que cualquiera que los mate creerá que así presta un servicio a Dios.

3 Harán esto porque no nos han conocido, ni al Padre ni a mí.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cristo trató fielmente a sus discípulos cuando los envió, porque les habló de antemano de lo peor. Quería que se sentaran a calcular el costo. En el capítulo anterior ya les había dicho que esperaran el odio del mundo. Ahora les explica por qué les hablaba con tanta franqueza: «Les he dicho estas cosas para que no tropiecen», es decir, para que no se aparten de él ni se debiliten en su fe (Juan 16:1).

Los seguidores de Cristo están muy expuestos a tropezar ante la cruz; es decir, a sentirse perturbados por el sufrimiento y la vergüenza. La cruz puede convertirse en una tentación muy seria, incluso para personas buenas, porque puede hacer que se vuelvan atrás de los caminos de Dios, se desvíen o se cansen de seguirlos. Puede llevarlos a renunciar a su integridad o a su comodidad. Por eso, un tiempo de sufrimiento se llama una hora de tentación.

Nuestro Señor quiso advertirnos de antemano para que las dificultades no nos aterrorizaran al llegar de manera inesperada. En este mundo lleno de problemas, pocas cosas alteran tanto nuestra paz como la decepción. Nos sumerge en la confusión. Pero podemos recibir mejor a un visitante que esperábamos; cuando se nos advierte de antemano, también estamos preparados de antemano.

Luego predice con más precisión lo que sus discípulos sufrirían: «Los expulsarán de las sinagogas, y llegará el momento en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios» (Juan 16:2). Aquí aparecen, por así decirlo, dos espadas desenvainadas contra los seguidores de Jesús: una proveniente de la religión y otra del Estado.

Primero está la espada de una disciplina religiosa aplicada injustamente. Los judíos, que afirmaban tener autoridad en la comunidad de fe, expulsarían a los discípulos de las sinagogas. Eso significaba excomulgarlos, separarlos de la comunión visible del pueblo de Dios. Al principio, los castigarían en sus sinagogas como personas que despreciaban la ley (Mateo 10:17). Más tarde, los expulsarían como si estuvieran más allá de toda corrección. También los excluirían de los privilegios nacionales de Israel, tratándolos como delincuentes o extranjeros, como si fueran samaritanos, gentiles o cobradores de impuestos. Muchas verdades valiosas han sido condenadas de esta manera, y a muchos hijos de Dios se les ha entregado en manos de Satanás. A menudo, los discípulos de Cristo han sido excomulgados injustamente.

Segundo, está la espada del poder civil. «Llegará la hora», dice Jesús, y las cosas empeorarían aún más. Después de ser expulsados como herejes, serían asesinados, y otros pensarían que al hacerlo le estaban haciendo un favor a Dios. Las ovejas de Cristo muchas veces han sido tratadas como ovejas destinadas al matadero. Se nos dice que todos los apóstoles, excepto Juan, fueron ejecutados. Jesús había dicho: «Ustedes darán testimonio», lo que significaba que se convertirían en mártires y sellarían la verdad con su sangre.

Además, esos perseguidores parecerían actuar con buena conciencia. Pensarían que estaban ofreciendo un servicio a Dios, como si le presentaran un sacrificio apropiado. Al igual que quienes, en los días de Isaías, expulsaban a los siervos de Dios y decían: «Sea glorificado el Señor» (Isaías 66:5), revestirían la crueldad con el lenguaje del deber. Es posible que verdaderos enemigos de la obra de Dios aparenten tener mucho celo por ella. Muchas veces, la obra del diablo se ha realizado bajo la apariencia de lo que pertenece a Dios. También es común encubrir el odio hacia la religión con una demostración de deber hacia Dios y preocupación por su iglesia. El pueblo de Dios ha sufrido los golpes más duros de manos de perseguidores que creían tener la razón. El mismo Pablo llegó a pensar que debía hacer lo que hizo contra el nombre de Jesús.

Esto no disminuye el pecado de los perseguidores, porque las malas acciones no se vuelven santas por llevar el nombre de Dios. Pero sí hace más pesados los sufrimientos de los perseguidos, porque mueren acusados de ser enemigos de Dios. Aun así, tanto los nombres como los cuerpos resucitarán en el gran día.

Jesús les dice entonces la verdadera razón por la que el mundo los odiaría y se enfurecería contra ellos: «Harán estas cosas porque no han conocido al Padre ni a mí» (Juan 16:3). Esto debe consolar a los creyentes, porque sus enemigos serán personas de la peor clase.

Muchos que afirman conocer a Dios son profundamente ignorantes de quién es él. Quienes decían estar sirviendo a Dios mientras perseguían a los seguidores de Cristo creían conocerlo, pero tenían una idea equivocada de Dios. Israel quebrantó el pacto y aun así clamó: «Dios mío, nosotros te conocemos» (Oseas 8:1-2). Nadie puede conocer verdaderamente a Dios si rechaza a Cristo. De nada sirve afirmar que se conoce a Dios y que se practica la religión mientras se desprecia a Cristo y al cristianismo. Quienes piensan que perseguir a las personas piadosas es un buen servicio demuestran una profunda ignorancia tanto de Dios como de Cristo. Todo el que conoce verdaderamente a Cristo sabe que él vino, no para destruir vidas, sino para salvarlas. Él gobierna por medio de la verdad y el amor, no por medio del fuego y la espada.

Jesús también explica por qué les dijo esto en ese momento y no antes. No quería desanimarlos ni añadir tristeza a su dolor presente. No les advertía para que pudieran evitar las dificultades, sino para que, cuando llegara el momento, recordaran que él ya se los había anunciado. Cuando llega el sufrimiento, nos ayuda recordar lo que Cristo dijo acerca de él. Eso fortalece nuestra confianza en su conocimiento anticipado y en su fidelidad; también hace que la dificultad sea menos amarga, porque fuimos advertidos de antemano. Entramos a su servicio sabiendo que tendría este costo, así que no debería sorprendernos ni parecernos injusto. Al igual que con los sufrimientos de Cristo, en los sufrimientos de sus seguidores debemos mantener la mirada puesta en el cumplimiento de las Escrituras.

Él no había hablado de esto desde el principio porque todavía estaba con ellos. Mientras estuvo con ellos, soportó personalmente toda la fuerza del odio del mundo y permaneció en la primera línea de la batalla. Los poderes de las tinieblas dirigieron contra él, el Rey de Israel, toda su fuerza; por eso, los discípulos todavía no necesitaban tantas advertencias sobre el sufrimiento. Aun así, desde el principio les había dicho que estuvieran preparados para sufrir. La parte final de esto parece apuntar más a la promesa de otro Consolador: el Espíritu Santo. Al principio, Jesús había hablado poco de ello porque él mismo estaba presente para enseñarles, guiarlos y consolarlos, y todavía no necesitaban la presencia extraordinaria del Espíritu de la misma manera.

Los hijos que están en una fiesta de bodas no necesitan tanto a un consolador mientras el novio todavía está con ellos. Jesús habla con profundo cuidado de la tristeza que sentían sus discípulos después de lo que acababa de decir (Juan 16:5-6). En efecto, les dice: «Ahora me voy al que me envió, para descansar allí después de terminar mi obra. Sin embargo, ninguno de ustedes pregunta con valor: “¿Adónde vas?”. En vez de preguntar qué podría consolarlos, siguen mirando lo que parece triste, y la tristeza ha llenado sus corazones».

Jesús les había dicho claramente que se iba. No se marchaba porque lo obligaran, sino por voluntad propia. Nadie le quitaba la vida por la fuerza; él la entregaba por decisión propia. Iba al que lo había enviado para rendir cuentas de la obra que se le había encomendado. De la misma manera, cuando dejamos este mundo, vamos al que nos envió aquí. Eso debería llevarnos a vivir con cuidado, ya que tenemos una obra que terminar y un día tendremos que responder por ella.

También les había dicho que después de su partida vendrían tiempos difíciles y que no debían esperar la vida fácil que habían conocido con él. Si esas eran las únicas cosas que parecía dejarles a quienes lo habían abandonado todo por seguirlo, podrían pensar que habían tomado una mala decisión. Por eso comparte su angustia, pero también los corrige. No estaban usando como debían los medios de consuelo que él les había dado. No seguían preguntando: «¿Adónde vas?». Pedro había hecho esa pregunta antes (Juan 13:36), y Tomás había formulado otra parecida (Juan 14:5), pero no insistieron en buscar la respuesta. Se quedaron a medio camino de una comprensión completa y no continuaron buscándola.

Esto demuestra cuán bondadoso es Jesús como maestro, especialmente con los débiles y los que tienen poco conocimiento. Muchos maestros no toleran las preguntas repetidas, pero Jesús sabe enseñar a sus hijos, que necesitan una instrucción tras otra. Si los discípulos hubieran observado con más atención, habrían comprendido que la partida de Jesús significaba una gloria mayor para él, y por eso no debían angustiarse demasiado. También significaba un bien para ellos, porque ver a Jesús a la derecha de Dios los fortalecería, tal como más tarde fortaleció a Esteban. Una búsqueda humilde y llena de fe del propósito de Dios en sus tratos más oscuros nos ayudaría a aceptarlos. Haría que sufriéramos y temiéramos menos, porque preguntaríamos no de dónde vienen, sino adónde se dirigen. Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman (Romanos 8:28).

Su tristeza también se debía a que pensaban demasiado en aquello que los entristecía. Jesús ya les había dicho lo suficiente como para llenarlos de gozo (Juan 15:11), pero ellos seguían fijándose únicamente en lo que estaba en su contra y no en lo que estaba a su favor. Por eso, sus corazones estaban tan llenos de tristeza que ya no quedaba espacio para el gozo. Esta es una debilidad común entre los creyentes dominados por el desánimo: permanecen en el lado oscuro de la nube, piensan solo en los problemas y cierran sus oídos a las palabras de alegría y gozo.

Lo que más pesaba sobre los discípulos era su fuerte apego a la vida presente. Habían esperado que su Maestro estableciera un reino y una gloria visibles, y esperaban compartirlos con él y brillar a su lado. Pero ahora, en cambio, escuchaban acerca de sufrimiento, cadenas y dificultades, y eso los llenaba de tristeza. Nada perjudica más nuestro gozo en Dios que el amor por el mundo y la tristeza que ese amor trae consigo.

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