Versículo destacado

Juan 16:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Pero les digo la verdad: es mejor para ustedes que yo me vaya. Porque, si no me voy, el Defensor no vendrá para estar con ustedes; pero, si me voy, yo se lo enviaré. "

Juan 16:7

menu_book El versículo en contexto

5 Pero ahora me voy para estar con el que me ha enviado, y ninguno de ustedes me pregunta adónde voy;

6 al contrario, se han entristecido mucho porque les he dicho estas cosas.

7 Pero les digo la verdad: es mejor para ustedes que yo me vaya. Porque, si no me voy, el Defensor no vendrá para estar con ustedes; pero, si me voy, yo se lo enviaré.

8 Cuando él venga, mostrará claramente a la gente del mundo quién es pecador, quién es inocente y quién recibe el juicio de Dios.

9 Quién es pecador: el que no cree en mí;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Así como los profetas del Antiguo Testamento solían consolar al pueblo de Dios en tiempos difíciles con la promesa del Mesías, como en (Isaías 9:6; Miqueas 5:6; Zacarías 3:8), después de la venida del Mesías la promesa del Espíritu es el gran consuelo, y lo sigue siendo. Aquí se nos enseñan tres cosas acerca de la venida del Consolador. Primero, la partida de Cristo era absolutamente necesaria para que viniera el Consolador, conforme a (Juan 16:7).

Los discípulos no estaban dispuestos a creer esto, así que Cristo dijo solemnemente: «Les digo la verdad». Podemos confiar en todo lo que Cristo nos dijo, porque no tiene intención de engañarnos. Para calmarlos, les explicó en términos generales que era mejor para ellos que él se fuera. Esto sonaba extraño, pero si era verdad, resultaba consolador y mostraba cuán poco razonable era su tristeza. Era bueno no solo para él, sino también para ellos, aunque no podían verlo y no querían aceptarlo.

A menudo pensamos que las cosas que nos causan dolor en realidad son las que más nos ayudan, especialmente cuando nuestra vida en la tierra está llegando a su fin. Nuestro Señor Jesús siempre escoge lo que es mejor para nosotros, estemos de acuerdo o no. Él no nos trata conforme a nuestras decisiones insensatas. Más bien, con bondad pasa por encima de ellas y nos da la medicina que no queremos tomar, porque sabe que nos hace bien.

También era mejor porque abría el camino para el envío del Espíritu. La partida de Cristo estaba encaminada a la venida del Consolador. Esto se expresa de manera negativa: si Cristo no se iba, el Consolador no vendría. ¿Por qué? Primero, porque así se había establecido en el plan de Dios, y ese orden no debía cambiarse. Segundo, porque era apropiado que el mensajero especial se retirara antes de que viniera el Espíritu como aquel que permanecería. Tercero, porque el envío del Espíritu era resultado de la obra redentora de Cristo, y esa obra se realizó mediante su muerte, que fue su partida. Cuarto, porque respondería a la intercesión de Cristo dentro del velo, es decir, en la presencia celestial de Dios, como en (Juan 14:16). De esta manera, nuestro Señor Jesús pagó por este don y también oró por él, para que lo valoráramos más.

Quinto, la gran obra del Espíritu de convencer al mundo dependería de la ascensión de Cristo al cielo y de su recibimiento allí, como en (Juan 16:10; Juan 7:39). Por último, los discípulos necesitaban dejar de depender de su presencia corporal, a la que tendían a aferrarse demasiado, antes de estar preparados para la ayuda y el consuelo espirituales del nuevo pacto, es decir, de la nueva manera en que Dios trata con su pueblo por medio de Cristo. Por tanto, la partida de Cristo no fue una pérdida, sino una ganancia, porque él enviaría al Espíritu en su lugar.

El Espíritu de Cristo en la iglesia es mucho mejor y más útil que su presencia corporal; por eso, verdaderamente era mejor para nosotros que él se fuera para enviar al Consolador. Su presencia física podía estar en un solo lugar a la vez, pero su Espíritu está en todas partes y en todo momento, dondequiera que dos o tres se reúnan en su nombre. La presencia corporal de Cristo atraía las miradas de las personas, pero su Espíritu atrae sus corazones. Aquel ministerio exterior era como una letra que mata, pero el Espíritu da vida.

Segundo, la venida del Espíritu era absolutamente necesaria para continuar la obra de Cristo en la tierra, como en (Juan 16:8). Cuando venga, reprenderá o, como indica la nota marginal, convencerá al mundo por medio del ministerio de los apóstoles acerca del pecado, la justicia y el juicio. Es enviado de buena voluntad y, desde el principio, realizará esta obra.

Aquí vemos la función del Espíritu, la obra para la que es enviado. Él reprende, es decir, corrige y deja al descubierto lo malo. Lo hace por medio de la Palabra y de la conciencia. Los ministros también reprenden en virtud de su llamado, y el Espíritu obra por medio de ellos. Él también convence. Esta es una palabra tomada del ámbito legal: significa reunir todas las pruebas y presentar un asunto con claridad y verdad después de que se ha discutido durante mucho tiempo. Silenciará a los opositores de Cristo al mostrar que sus afirmaciones eran falsas y débiles, y que aquello a lo que se oponían es verdadero y firme.

La obra de convencer pertenece al Espíritu. Él puede realizarla con poder, y nadie más puede hacerlo de la misma manera. Una persona puede presentar el caso, pero solo el Espíritu puede abrir el corazón. En (Juan 16:7), el Espíritu es llamado el Consolador, pero aquí se dice que convencerá. Esto puede sonar menos consolador, pero así obra el Espíritu: primero convence y después consuela. Primero deja expuesta la herida y luego aplica la medicina que sana. O, si entendemos «convencer» en un sentido más amplio, como mostrar lo que es correcto, aprendemos que los consuelos del Espíritu son sólidos y están fundamentados en la verdad.

Él reprenderá y convencerá al mundo, tanto a judíos como a gentiles. Dará al mundo los medios más poderosos para ser convencido, porque los apóstoles irán por todo el mundo, respaldados por el Espíritu, para predicar el evangelio plenamente confirmado. También quitará y silenciará las objeciones y los prejuicios del mundo contra el evangelio. Muchos incrédulos fueron convencidos por lo que escucharon y quedaron expuestos por ello, como en (1 Corintios 14:24). Además, convencerá de manera eficaz y salvadora a muchas personas en el mundo, en toda época y lugar, y las llevará a la fe en Cristo.

Esto animaba a los discípulos debido a las dificultades que enfrentarían. Verían que se hacía el bien, que el reino de Satanás caía como un relámpago, y eso sería su alegría, así como lo era la de Cristo. Incluso este mundo hostil sería transformado por la obra del Espíritu, y la conversión de los pecadores es un consuelo para los ministros fieles. También sabrían que su servicio y sus sufrimientos contribuirían a que se llevara a cabo esta gran obra.

El Espíritu convencerá al mundo de pecado, como en (Juan 16:9), porque no creen en Cristo. El Espíritu no es enviado simplemente para decirles a los pecadores que son culpables, sino para convencerlos de ello. La convicción es más que escuchar una acusación. Ocurre cuando la verdad se les presenta con tanta fuerza que deben admitirla, como en (Juan 8:9), donde las personas quedaron convencidas por su propia conciencia. Él hace que reconozcan sus pecados y sus abominaciones.

El Espíritu convence a las personas de la realidad del pecado: verdaderamente han hecho lo malo. También las convence de la culpa del pecado: han actuado mal al cometerlo. Les muestra la necedad del pecado: han actuado contra la razón sensata y contra su propio bien. Les revela la inmundicia del pecado: por medio de él se han vuelto detestables ante Dios. Les señala el origen del pecado: la naturaleza corrupta que hay dentro de ellas. Finalmente, les muestra el resultado del pecado: su fin es la muerte. De esta manera, el Espíritu deja al descubierto la corrupción y la ruina de todo el mundo, demostrando que todo el mundo es culpable delante de Dios.

El Espíritu pone un énfasis especial en el pecado de la incredulidad, es decir, en negarse a creer en Cristo. Lo hace primero porque es el gran pecado que gobierna a los demás. Siempre ha habido, y todavía hay, un mundo lleno de personas que no creen en Jesucristo y que no consideran que eso sea pecado. La conciencia natural les dice que el asesinato y el robo son pecados, pero solo el Espíritu puede mostrarles que es pecado negarse a creer en el evangelio y rechazar la salvación que ofrece. Incluso la religión natural, después de dar toda la orientación que puede dar, todavía nos deja con este deber adicional: si Dios después nos da un mensaje con pruebas claras de que proviene de él, debemos recibirlo y obedecerlo. Quienes rechazan al que habla cuando Dios habla por medio de su Hijo quebrantan esta regla y, por tanto, pecan.

La incredulidad también es el pecado que trae la ruina definitiva. Todo pecado es destructivo por naturaleza, pero la incredulidad es el pecado que condena a los pecadores, porque les impide acudir a Cristo. Por causa de la incredulidad no pueden entrar en el descanso de Dios ni escapar de su ira. Es un pecado cometido contra el único remedio. Calvino lo expresa aún más claramente: la incredulidad está en la raíz de todo otro pecado. El Espíritu convence al mundo de que la verdadera razón por la que el pecado reina entre ellos es que no están unidos a Cristo por la fe. Como dice Calvino, no debemos pensar que, separados de Cristo, tenemos siquiera una gota de justicia.

El Espíritu también convence de justicia, porque Cristo dice: «Yo voy al Padre, y ustedes ya no me verán» (Juan 16:10). Esto puede entenderse de dos maneras. Primero, señala la justicia personal de Cristo. El Espíritu convencerá al mundo de que Jesús de Nazaret era el justo, como incluso dijo el centurión: «Verdaderamente este era un hombre justo» (Lucas 23:47). Sus enemigos le dieron la peor reputación posible, y muchos no estaban convencidos, o no querían convencerse, de que él fuera bueno. Eso solo fortaleció sus prejuicios contra su enseñanza. Pero el Espíritu demuestra que él es justo y no un engañador, y con eso queda resuelto el asunto. Él es el gran Redentor o un gran impostor, y sabemos que no es un impostor.

¿Cómo lleva el Espíritu a las personas a reconocer la sinceridad del Señor Jesús? En parte, haciendo que ya no lo vean en semejanza de carne pecaminosa, en forma de siervo, algo que había llevado a muchos a despreciarlo. Moisés fue más respetado después de que fue llevado que antes. Pero el hecho de que Cristo haya ido al Padre ofrece una prueba plena. El don del Espíritu, prometido después de su partida, mostró que Cristo había sido exaltado a la diestra de Dios (Hechos 2:33). Esa era una evidencia contundente de su justicia, porque el Dios santo jamás colocaría a un engañador a su diestra.

En segundo lugar, esta justicia incluye la justicia que Cristo nos da para nuestra justificación y salvación: esa justicia eterna que el Mesías habría de traer (Daniel 9:24). El Espíritu también convence a las personas de esta justicia. Después de mostrarles su pecado y su necesidad de justicia, no las deja en la desesperación. Les muestra dónde se encuentra la justicia y cómo, por medio de la fe, pueden ser declaradas libres de culpa y aceptadas como justas ante los ojos de Dios. Era difícil convencer a quienes intentaban establecer su propia justicia (Romanos 10:3), pero el Espíritu puede hacerlo. La ascensión de Cristo es la gran prueba de esta justicia: «Voy al Padre», y como él es recibido allí, ustedes ya no me verán. Si Cristo hubiera dejado alguna parte de su obra incompleta, habría sido enviado de regreso. Pero, como sabemos que está a la diestra de Dios, podemos tener la seguridad de que somos justificados por medio de él.

El Espíritu también convence acerca del juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado (Juan 16:11). Aquí se muestra que el diablo, el príncipe de este mundo, es un gran engañador y destructor. Ya se ha dictado sentencia contra él, y parte de esa sentencia ya se ha cumplido. Fue expulsado del mundo gentil cuando sus oráculos fueron silenciados y sus altares quedaron abandonados. Fue expulsado de muchos cuerpos en el nombre de Cristo, y ese poder continuó durante mucho tiempo en la iglesia. Fue expulsado de los corazones por la gracia de Dios que obra mediante el evangelio de Cristo. Cayó del cielo como un relámpago.

Esto también es un argumento poderoso que el Espíritu usa para convencer al mundo acerca del juicio. Primero, muestra una santidad esencial, es decir, una vida hecha santa y apartada para Dios. Si el príncipe de este mundo ha sido juzgado, entonces Cristo es más fuerte que Satanás y puede quitarle su poder, expulsarlo y establecer su trono sobre las ruinas del trono de Satanás. Segundo, muestra que Cristo ha establecido un orden nuevo y mejor. El Espíritu revela que Cristo vino al mundo para poner las cosas en orden y comenzar un tiempo de reforma y vida nueva. Lo demuestra al mostrar que el príncipe de este mundo, el gran maestro del desorden, ha sido juzgado y expulsado. Todo estará bien cuando el que causó los problemas vea quebrantado su poder.

Tercero, muestra el poder y el gobierno del Señor Jesús. El Espíritu convence al mundo de que todo juicio le ha sido entregado a él y de que él es Señor de todos. Esto queda claro por el hecho de que ha juzgado al príncipe de este mundo, ha aplastado la cabeza de la serpiente, ha destruido al que tenía el poder de la muerte y ha despojado a los poderes y gobernantes. Si Satanás ha sido humillado por Cristo, podemos estar seguros de que ningún otro poder puede enfrentarse a él. Cuarto, apunta al día final del juicio. Todos los enemigos obstinados del evangelio y del reino de Cristo ciertamente tendrán que rendir cuentas al final, porque el diablo, su líder, ya ha sido juzgado.

La venida del Espíritu también sería de gran beneficio para los propios discípulos. El Espíritu tiene una obra que realizar no solo entre los enemigos de Cristo, para humillarlos y convencerlos, sino también entre sus siervos, para enseñarles y consolarlos. Por eso era mejor para los discípulos que Cristo se fuera. Con ternura, les recuerda su debilidad presente: «Todavía tengo muchas cosas que decirles», no cosas que debió haberles dicho antes, sino cosas que podría y quería decirles, «pero ahora no las pueden soportar» (Juan 16:12). Esto muestra qué gran Maestro es Cristo. Nadie se compara con él en la plenitud de su enseñanza, porque aun después de haber dicho mucho, todavía tiene mucho más que decir. En él están escondidos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, si nuestros propios corazones estrechos no nos limitan.

Jesús tenía otras cosas compasivas que decirles acerca del reino de Dios, especialmente sobre el rechazo de los judíos y el llamamiento de los gentiles, pero ellos todavía no estaban preparados para escucharlas. Eso los habría confundido y hecho tropezar, en lugar de darles consuelo. Después de su resurrección, cuando le preguntaron sobre la restauración del reino a Israel, les señaló la venida del Espíritu Santo, por medio del cual recibirían poder para aceptar verdades que en ese momento parecían demasiado difíciles de soportar.

También les prometió que recibirían suficiente ayuda mediante el derramamiento del Espíritu. Ellos conocían su propia torpeza y sus muchos errores, y seguramente se preguntaban qué harían cuando su Maestro los dejara. Pero, en efecto, él les respondió que cuando viniera el Espíritu de verdad, todo estaría bien. El Espíritu guiaría a los apóstoles y glorificaría a Cristo.

El Espíritu guiaría a los apóstoles para que no se desviaran. Los conduciría como la columna de nube y de fuego guio a Israel por el desierto. Guiaría sus palabras y sus escritos, guardándolos del error. El Espíritu nos es dado como guía (Romanos 8:14), no solo para mostrarnos el camino, sino también para permanecer con nosotros mediante su ayuda y su influencia continuas.

También los guiaría para que llegaran al destino correcto. Los guiaría a toda la verdad, como un piloto experto que lleva un barco hasta su puerto. Ser guiado a una verdad significa más que simplemente conocerla. Significa conocerla profundamente, sentir su poder y ser moldeado por ella en el corazón, no solo tenerla en la mente. También significa crecer constantemente en entendimiento, a medida que una verdad conduce a otra, desde lo que es claro y sencillo hasta lo que es más difícil.

Esto significa, primero, que los guiaría a toda la verdad necesaria para su obra. Todo lo que necesitaran saber para cumplir plenamente con su misión, él se los enseñaría. Las verdades que ellos enseñarían a otros, el Espíritu se las enseñaría primero a ellos, dándoles entendimiento para que pudieran explicarlas y defenderlas. Segundo, los guiaría únicamente a la verdad. Todo aquello a lo que los guiara sería verdadero (Juan 2:27). La unción es verdad.

Jesús explica entonces por qué esto es así. El Espíritu enseñaría únicamente la verdad porque no hablaría por su propia cuenta. Hablaría solo de lo que oyera, de lo que supiera que estaba en la mente del Padre. Esto significa que podemos confiar en el testimonio del Espíritu en la Palabra y por medio de los apóstoles. El Espíritu lo sabe todo, incluso las cosas profundas de Dios, y los apóstoles recibieron ese Espíritu (1 Corintios 2:10-11). Por eso podemos confiar con seguridad nuestra alma a la palabra del Espíritu.

También significa que el testimonio del Espíritu siempre está de acuerdo con la palabra de Cristo. Él no habla desde un plan separado ni desde un interés propio. En esencia y en los testimonios que ofrece, es uno con el Padre y el Hijo (Juan 5:7). Las palabras humanas y los espíritus humanos con frecuencia difieren, pero la Palabra eterna y el Espíritu eterno nunca lo hacen.

Él les enseñaría toda la verdad y no les ocultaría nada útil, porque también les mostraría las cosas que habrían de suceder. El Espíritu fue dado a los apóstoles como Espíritu de profecía, tal como Joel lo había anunciado (Joel 2:28). Lo hizo cuando les mostró acontecimientos futuros, como en Hechos 11:28, Hechos 20:23 y Hechos 21:11. También habló acerca de la apostasía de los tiempos posteriores (1 Timoteo 4:1). Juan, cuando estaba en el Espíritu, también vio cosas futuras en una visión.

Esto fue un gran consuelo para los propios apóstoles y los ayudó a conducirse. También fue una prueba contundente de que su misión provenía de Dios. Jansenius observó sabiamente que no debemos quejarnos de que el Espíritu no nos muestre acontecimientos futuros en este mundo como lo hizo con los apóstoles. Es suficiente que, en la Palabra, el Espíritu nos haya mostrado las cosas que habrán de suceder en el mundo venidero, las cuales son las que más nos importan.

El Espíritu también glorificaría a Cristo, como Jesús dice en Juan 16:14-15. Incluso el envío del Espíritu formaba parte de la gloria de Cristo. El Padre lo glorificó en el cielo, y el Espíritu lo glorificó en la tierra. Honraba al Redentor que el Espíritu viniera en su nombre y enviado por él, para continuar y completar su obra. Todos los dones y las gracias del Espíritu, y toda la predicación y los escritos de los apóstoles bajo la influencia del Espíritu, junto con las lenguas y los milagros, tenían como propósito glorificar a Cristo.

El Espíritu glorifica a Cristo al guiar a sus seguidores a la verdad tal como está en Jesús (Efesios 4:21). Primero, Jesús dice que el Espíritu les comunicaría lo que pertenece a Cristo: tomaría lo que es de él y se lo daría a conocer. Así como procede esencialmente del Hijo, también procede de él en su obra y poder. Todo lo que el Espíritu nos muestra para nuestra instrucción y consuelo, todo lo que nos da para fortalecernos y renovarnos, y todo lo que sella en nosotros pertenece a Cristo y proviene de él.

Le pertenece a Cristo porque lo compró a un costo muy grande. También le pertenece porque él lo recibió primero como cabeza de la iglesia, para poder comunicarlo a todos sus miembros. El Espíritu no vino a establecer un reino nuevo, sino a impulsar y afirmar el reino que Cristo ya había establecido. Vino a cumplir el mismo propósito y a sostener la misma causa. Por eso, quienes afirman tener el Espíritu mientras menosprecian a Cristo demuestran que son falsos, porque el Espíritu vino para glorificar a Cristo.

En segundo lugar, Jesús muestra que, por medio de esta obra, las cosas de Dios serían entregadas a nosotros. Para que nadie pensara que esto no los enriquecería grandemente, añade que todo lo que tiene el Padre también le pertenece a él. Como Dios, Cristo posee toda la luz eterna y toda la felicidad autosuficiente del Padre. Como Mediador, es decir, como aquel que se coloca entre Dios y la humanidad, el Padre puso todas las cosas en sus manos (Mateo 11:27). Toda la gracia y la verdad que Dios quiso revelarnos fueron depositadas en el Señor Jesús (Colosenses 1:19).

El Padre da al Hijo estas bendiciones espirituales en las regiones celestiales para nosotros, y el Hijo envía al Espíritu para hacérnoslas llegar. Algunos entienden esta frase en relación con lo que aparece justo antes: que el Espíritu les mostraría las cosas que habrían de suceder. Así lo explica Apocalipsis 1:1. Dios dio la revelación a Cristo, Cristo se la dio a conocer a Juan, y Juan escribió lo que el Espíritu dijo (Apocalipsis 1:1).

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