Versículo destacado

Juan 17:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" A los que escogiste del mundo para dármelos, les he dado a conocer quién eres. Eran tuyos, y tú me los diste, y han obedecido tu palabra. "

Juan 17:6

menu_book El versículo en contexto

4 Yo te he glorificado aquí en el mundo, pues he terminado la obra que tú me confiaste.

5 Ahora, pues, Padre, dame en tu presencia la misma gloria que yo tenía contigo desde antes que existiera el mundo.

6 A los que escogiste del mundo para dármelos, les he dado a conocer quién eres. Eran tuyos, y tú me los diste, y han obedecido tu palabra.

7 Ahora saben que todo lo que me diste viene de ti;

8 pues les he dado el mensaje que me diste, y ellos lo han aceptado. Se han dado cuenta de que en verdad he venido de ti, y han creído que tú me enviaste.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cristo ya había orado por sí mismo, y ahora se dispone a orar por los que le pertenecen. Los conocía por nombre, aunque aquí no menciona sus nombres. Primero debemos notar por quiénes no oró. En Juan 17:9 dice: «No ruego por el mundo». Esto no significa toda la humanidad en cuanto tal, porque en otro sentido sí ora por el mundo: para que el mundo crea que el Padre lo envió (Juan 17:21).

Aquí, «el mundo» se refiere a las personas que están fuera de los escogidos, aquellos que fueron dados a Cristo de entre el mundo. Si pensamos en el mundo como un montón de grano en la era, Dios lo ama, Cristo ora por él y Cristo muere por él, porque hay bendición en él. Pero Dios sabe perfectamente quiénes le pertenecen. Él separa a los que fueron dados a Cristo, y el montón restante queda como paja inútil. Cristo no ora por ese mundo ni muere por él. Lo deja, y el viento se lo lleva.

Se les llama «el mundo» porque viven bajo el espíritu de este mundo y participan de él. Aun así, Cristo puede pedir a Dios algunas cosas a favor de ellos, como un jardinero que ruega que se perdone un poco más a un árbol estéril. Pero en esta oración no pide por ellos, porque no participan de las bendiciones que está pidiendo aquí. No dice: «Ruego contra el mundo», como Elías rogó contra Israel. Dice: «No ruego por ellos». Los pasa por alto y los deja a su suerte. Sus nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, y por eso no están en el pectoral del gran sumo sacerdote.

Esa es una condición terrible, semejante a la de aquellas personas por las que al profeta se le prohibió orar, y aun peor (Jeremías 7:16). Como no sabemos quiénes son escogidos y quiénes han sido pasados por alto, debemos orar por todos (1 Timoteo 2:1, 1 Timoteo 2:4). Mientras hay vida, hay esperanza y hay lugar para la oración (1 Samuel 12:23).

Ahora consideremos por quiénes sí oró. No oró por los ángeles, sino por seres humanos. Oró por aquellos que el Padre le había dado, especialmente por los discípulos que habían estado con él en esta nueva vida del evangelio. Pero esto ciertamente abarca más, e incluye a todos los que tienen esa misma señal: los que reciben y creen las palabras de Cristo (Juan 17:6, Juan 17:8). También ora por todos los que creerían en él más adelante (Juan 17:20). Por eso, las peticiones que siguen, e incluso las que aparecen antes, deben entenderse como dirigidas a todos los creyentes, en todo lugar y en toda época. Él se preocupa por todos ellos y habla de los creyentes futuros como si ya estuvieran presentes.

También debemos notar la poderosa razón que da para orar por ellos. Una de sus principales súplicas es esta: el Padre se los había dado. «Tuyos eran, y me los diste» (Juan 17:6), y de nuevo: «Los que me diste» (Juan 17:9). En otras palabras: «Padre, aquellos por quienes estoy orando son los que tú me encomendaste. Lo que pido por ellos corresponde a la responsabilidad que recibí con respecto a ellos».

Esto se aplica primero a los discípulos que estaban con él en ese momento. Fueron dados a Cristo como aprendices, para que él les enseñara mientras estaba en la tierra, y como obreros, para que le sirvieran después de que regresara al cielo. Fueron dados para escuchar su enseñanza, ver su vida y sus milagros, y convertirse en una prueba viviente de su gracia y favor. Después saldrían a predicar su evangelio y a establecer su iglesia. Cuando dejaron todo para seguirlo, ese valor nació de esta verdad escondida: habían sido dados a él; de otro modo, no se habrían entregado a él.

Esto también muestra el honor del ministerio del evangelio. Los apóstoles y ministros son un regalo de Cristo para la iglesia, pero antes de eso fueron un regalo del Padre a Jesucristo. Bajo la ley, los levitas, la tribu sacerdotal, fueron dados a Aarón (Números 3:9). De la misma manera, el Padre dio primero a los apóstoles y después a los ministros de cada época para que cumplieran la responsabilidad de Cristo y cuidaran de toda la iglesia. Compárese con Efesios 4:8, Efesios 4:11 y Salmo 68:18. Cristo recibió este regalo para beneficio de las personas, para luego entregarlo a las personas. Esto eleva la dignidad del ministerio del evangelio y también impone a los ministros un deber serio: entregarse por completo al servicio de Cristo, puesto que fueron dados a él.

Pero esto va más allá de los apóstoles y alcanza a todos los escogidos, aquellos que Dios eligió. Cristo dice en otro lugar que ellos le fueron dados (Juan 6:37, Juan 6:39). Con frecuencia recalca que aquellos a quienes vino a salvar fueron puestos bajo su cuidado. Le fueron encomendados, se esperaba que los devolviera de sus manos, y recibió mandatos acerca de ellos.

Primero muestra que el Padre tenía el derecho de dárselos: «Tuyos eran». El Padre no entregó algo que no le perteneciera ya. Los escogidos eran suyos de tres maneras. Primero, eran criaturas, y su vida y su existencia misma procedían de él. Cuando fueron dados a Cristo para convertirse en vasos de honra, estaban en las manos de Dios como el barro en las manos del alfarero, para ser formados según su sabiduría, como él considerara mejor para su gloria. Segundo, eran personas culpables, y sus vidas le habían sido entregadas por causa de su pecado. Eran un remanente de la humanidad caída, dado a Cristo para ser redimido. Justamente podrían haber sido entregados al castigo, pero en vez de eso fueron dados al Salvador. Tercero, fueron escogidos y apartados para él. Fueron señalados para Dios y encomendados a Cristo como su siervo designado.

Cristo repite esto en Juan 17:7: «Todas las cosas que me has dado proceden de ti». Esto puede incluir todo lo relacionado con su obra como Mediador, el que une a Dios y a las personas, pero parece señalar especialmente a aquellos que le fueron dados. «Ellos proceden de ti», dice. «Su existencia viene de ti como Creador, y su bienestar viene de ti como Dios de gracia. Todos proceden de ti, y por eso, Padre, te los devuelvo a todos, para que todos sean para ti».

También muestra que el Padre realmente se los dio al Hijo: «Me los diste», como se entregan ovejas a un pastor para que las cuide, pacientes a un médico para que las sane o niños a un maestro para que los instruya. Así es como Cristo devolverá a aquellos que le fueron confiados (Hebreos 2:13): «Los hijos que Dios me dio». Fueron dados a Cristo, primero, para que la gracia electiva de Dios no fracasara y ninguno de ellos, ni siquiera los más pequeños, se perdiera. Ese gran propósito debía estar en manos seguras, en manos lo bastante fuertes para asegurar que el plan de elección de Dios permaneciera firme. Segundo, fueron dados a él para que la obra de Cristo no fuera en vano. Fueron dados como su descendencia, en quienes vería el fruto de su sufrimiento y quedaría satisfecho (Isaías 53:10, Isaías 53:11). No gastaría sus fuerzas ni derramaría su sangre sin resultado y en vano (Isaías 49:4).

Podemos suplicar, como lo hace Cristo: «Señor, conserva las gracias y los consuelos que me diste, porque ya eran tuyos antes de dármelos».

2. Cristo también cuidó de ellos enseñándoles: «He manifestado tu nombre a los hombres que me diste del mundo» (Juan 17:6). «Les he dado las palabras que me diste» (Juan 17:8). El propósito principal de la enseñanza de Cristo era dar a conocer a Dios. Vino para explicar quién es el Padre, corregir las ideas falsas acerca de Dios y enseñar a un mundo ciego e insensato a amarlo y adorarlo mejor (Juan 1:18).

Cristo cumplió fielmente esta obra. Primero, su enseñanza era verdadera. Coincidía exactamente con la instrucción que había recibido del Padre. No solo entregó el mensaje, sino también las mismas palabras que le habían sido dadas. Al preparar su mensaje, los ministros deben prestar atención a las palabras enseñadas por el Espíritu Santo. Segundo, su enseñanza tenía como propósito dar a conocer el nombre de Dios. Él no buscaba su propio honor. Todo lo que decía y hacía tenía como objetivo glorificar a su Padre.

Este es un derecho especial de Cristo: dar a conocer a Dios al corazón humano. Nadie conoce al Padre sino aquel a quien el Hijo decide revelarlo (Mateo 11:27). Solo Cristo conoce plenamente al Padre, por lo que puede abrir la verdad con claridad. También tiene acceso directo al espíritu humano, así que puede abrir nuestro entendimiento. Los ministros pueden proclamar el nombre del Señor, como lo hizo Moisés (Deuteronomio 32:3), pero solo Cristo puede revelar verdaderamente ese nombre.

Por medio de la palabra de Cristo, Dios se nos revela. Por medio del Espíritu de Cristo, Dios se revela en nosotros. Los ministros pueden hablarnos las palabras de Dios, pero Cristo puede darnos sus palabras y ponerlas dentro de nosotros, como alimento o como un tesoro. A su debido tiempo, Cristo dará a conocer el nombre de Dios a todos los que le fueron dados. Les dará su palabra como semilla del nuevo nacimiento, sustento de la vida espiritual y promesa de gozo eterno.

3. Cristo también señala el buen resultado de su cuidado y enseñanza: «Han guardado tu palabra» (Juan 17:7), y «Han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti» (Juan 17:8). Recibieron las palabras del Padre, las acogieron y estuvieron plenamente de acuerdo con ellas. Supieron con certeza que Cristo venía del Padre y creyeron que el Padre lo había enviado.

Este resultado se manifestó de varias maneras. En primer lugar, recibieron las palabras que Cristo les dio, como la buena tierra recibe la semilla y la tierra seca absorbe la lluvia. Escucharon a Cristo, comprendieron en cierta medida lo que quería decir y fueron conmovidos por sus palabras. La palabra llegó a ser para ellos una palabra implantada, que echó raíces en su interior.

En segundo lugar, guardaron la palabra de Dios al permanecer en ella y vivir conforme a ella. El mandamiento de Cristo solo se guarda verdaderamente cuando se obedece. Quienes enseñan los mandamientos de Cristo deben guardarlos primero ellos mismos. Estos discípulos tenían que aferrarse a lo que se les había confiado, porque lo transmitirían en todo lugar y a cada generación.

En tercer lugar, entendieron la palabra y conocieron la base sobre la cual la habían recibido y guardado. Comprendieron que la religión santa que Cristo vino a establecer procedía del Padre: «Todo lo que me diste viene de ti» (Juan 17:8). Todas las funciones y la autoridad de Cristo, todos los dones del Espíritu, y toda su gracia y consuelo le fueron dados por Dios sin medida. Procedían de la sabiduría de Dios, habían sido establecidos por su voluntad y habían sido dispuestos por su gracia para su propia gloria al salvar a las personas.

Esto nos da un gran consuelo cuando confiamos en Cristo. Él, todo lo que es y todo lo que tiene, y todo lo que dijo, hizo, está haciendo y hará, procede de Dios (Colosenses 1:30). Por eso podemos confiar con seguridad nuestras almas a la mediación de Cristo, es decir, a su obra como mediador entre Dios y las personas. Si la justicia procede de la elección de Dios, seremos justificados, es decir, considerados justos delante de Dios. Si la gracia procede de él, seremos santificados, es decir, hechos santos.

En cuarto lugar, ellos «dieron testimonio» de esta verdad: «Han reconocido con certeza que vine de Dios» (Juan 17:8). Creer es saber con certeza que algo es verdad. Los discípulos todavía eran débiles y su comprensión aún era incompleta; sin embargo, Cristo, que los conocía mejor de lo que ellos se conocían a sí mismos, dice que sí creían. Podemos conocer con certeza aquello que no comprendemos por completo. Podemos conocer la verdad de las cosas invisibles, aunque no podamos describir plenamente su naturaleza. Caminamos por fe: ella conoce con seguridad, aunque todavía no por vista, que conoce con claridad.

Esto era lo que creían: Jesucristo vino de Dios como el Hijo de Dios, llevando en su persona la imagen del Dios invisible, y enviado por Dios para cumplir su misión. Por eso, la fe cristiana tiene la misma autoridad que la verdad acerca de Dios conocida por medio de la creación y de la conciencia. Las enseñanzas de Cristo deben recibirse como verdad divina, sus mandamientos deben obedecerse como ley divina y sus promesas deben confiarse como seguridad divina.

Cristo habla de esto con agrado. Los discípulos muchas veces habían mostrado debilidad y lentitud para comprender, lo cual le había causado tristeza. Sin embargo, su apego constante a él, su crecimiento con el paso del tiempo y su madurez posterior le produjeron alegría. Cristo es un Maestro que se deleita en el progreso de sus discípulos. Acepta la sinceridad de su fe y pasa por alto bondadosamente sus debilidades. Está dispuesto a pensar y hablar bien de nosotros; esto fortalece nuestra fe en él y nos enseña a tratarnos unos a otros con gracia.

También presenta esto delante del Padre en oración. Ora por quienes le fueron dados y alega que ellos se habían entregado a él. El buen uso de la gracia que ya hemos recibido es, conforme al nuevo pacto, una razón importante para recibir más gracia. La promesa de Dios dice: «Al que tiene, se le dará más». Quienes guardan la palabra de Cristo y creen en él pueden dejar que Cristo los encomiende y, más aún, que los presente ante su Padre.

Cristo también apela al interés del propio Padre en ellos: «Ruego por ellos, porque son tuyos» (Juan 17:9). Esto se basa en la posesión compartida y mutua que el Padre y el Hijo tienen de todo lo que les pertenece: «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío». No hay desacuerdo entre el Padre y el Hijo acerca de lo que es mío y lo que es tuyo, como suele ocurrir entre las personas, porque esto quedó establecido desde la eternidad.

La petición se refiere especialmente a los discípulos: «Son tuyos». El hecho de que el Padre haya dado a los elegidos a Cristo no hizo que dejaran de pertenecerle. Su propósito era que pertenecieran a él de una manera más clara. Todos los que reciben la palabra de Cristo y creen en él entran en una relación de pacto con el Padre y son reconocidos como suyos. Cristo los presenta ante el Padre, y por medio de Cristo ellos mismos se presentan ante él.

Cristo nos redimió, no solo para sí mismo, sino para Dios por medio de su sangre (Apocalipsis 5:9-10). Los redimidos son primicias para Dios, la primera parte de la cosecha apartada para él (Apocalipsis 14:4). Esta es una poderosa razón para orar. Cristo la usa aquí: «Son tuyos». Nosotros podemos usarla para nosotros mismos: «Soy tuyo; sálvame», y también por los demás, como lo hizo Moisés: «Ellos son tu pueblo» (Éxodo 32:11).

«Son tuyos» significa: «Reconócelos como tuyos». También significa: «¿Acaso no cuidarás lo que te pertenece? ¿No los protegerás del diablo y del mundo? ¿No conservarás a tu propio pueblo para que no se aparte de ti?». Cristo le pide al Padre que preserve su interés en su pueblo, para que este permanezca fiel a él.

Esta petición se apoya en una verdad profunda: «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío». Esto muestra que el Padre y el Hijo son uno en su ser y uno en su propósito. Toda criatura puede decirle a Dios: «Todo lo mío es tuyo». Pero solo alguien que comparte la misma naturaleza, poder y gloria de Dios puede decir también: «Todo lo tuyo es mío».

También son uno en sus intereses, sin ningún propósito dividido entre ellos. Todo lo que el Padre tiene como Creador le es dado al Hijo para que lo use al llevar a cabo su gran obra. Todo le ha sido entregado en sus manos (Mateo 11:27), excepto el Padre, quien puso todas las cosas bajo su autoridad. Lo que el Hijo tiene como Redentor está destinado a honrar al Padre, y pronto el reino será entregado de nuevo al Padre. Todas las bendiciones que Cristo obtuvo por medio de la redención tienen el propósito de traer alabanza al Padre, y todo lo que Cristo hace se centra en esa gloria.

Por eso, el Hijo no considera suyos a quienes no están dedicados al servicio del Padre. Tampoco debe considerarse verdadero servicio a la fe cristiana aquello que contradice la enseñanza clara de la religión natural, es decir, la verdad acerca de Dios que las personas pueden conocer por medio de la creación y de la conciencia. En un sentido limitado, todo verdadero creyente puede decir: «Todo lo tuyo es mío». Si Dios es nuestro en virtud del pacto, entonces todo lo que él es y todo lo que tiene es nuestro para nuestro bien. En un sentido pleno y apropiado, todo verdadero creyente también dice: «Señor, todo lo mío es tuyo». Todo se coloca a sus pies para servirle.

Todo lo que tenemos puede ser confiado con seguridad al cuidado y la bendición de Dios cuando lo ponemos de buena voluntad bajo su gobierno. Podemos decir: «Señor, cuida de lo que tengo, porque todo te pertenece».

Cristo también apela al honor que recibe por medio de su pueblo: «Yo soy glorificado en ellos». Cristo ya había sido glorificado en ellos. Todo el honor que Cristo recibió en este mundo llegó principalmente por medio de sus discípulos. Ellos lo honraron al seguirlo y obedecerlo, al predicar y al hacer milagros en su nombre. Por eso ora por ellos. Quienes glorifican a Cristo participan de su intercesión, es decir, de sus oraciones a favor de ellos.

Cristo también sería glorificado en ellos después de ir al cielo. Ellos llevarían su nombre adelante. Los apóstoles predicaron e hicieron milagros en el nombre de Cristo, y el Espíritu que estaba en ellos glorificó a Cristo (Juan 16:14). Cristo dice: «Yo soy glorificado en ellos», y por eso se interesa por ellos. El poco lugar que Cristo todavía tiene en este mundo caído se encuentra en su iglesia. Por eso, su iglesia y todo lo que se relaciona con ella están muy cerca de su corazón, incluso ahora que está en el cielo.

Como Cristo es glorificado en ellos, los encomienda al Padre, quien ha prometido glorificar al Hijo. El Padre mirará con bondad a quienes honran al Hijo. Todo lo que trae gloria a Dios y a Cristo puede ponerse con seguridad bajo el cuidado especial de Dios.

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