Versículo destacado
Juan 8:38 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Yo hablo de lo que el Padre me ha mostrado; así también ustedes, hagan lo que han escuchado del Padre. "
Juan 8:38
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
36 Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres.
37 Ya sé que ustedes son descendientes de Abraham, pero quieren matarme porque no aceptan mi palabra.
38 Yo hablo de lo que el Padre me ha mostrado; así también ustedes, hagan lo que han escuchado del Padre.
39 Ellos le dijeron: —¡Nuestro padre es Abraham! Pero Jesús les respondió: —Si ustedes fueran verdaderamente hijos de Abraham, harían lo que él hizo.
40 Sin embargo, aunque les he dicho la verdad que Dios me ha enseñado, ustedes quieren matarme. ¡Abraham nunca hizo nada semejante!
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Aquí Cristo y los judíos todavía están enfrentados. Él procura convencerlos y llevarlos al cambio, mientras ellos siguen discutiendo contra él. Les muestra que la diferencia entre él y ellos proviene de fuentes distintas. Jesús dice: «Yo digo lo que he visto con mi Padre, y ustedes hacen lo que han visto con su padre» (Juan 8:38). Aquí aparecen dos padres: las dos líneas familiares que dividen a toda la humanidad, Dios y el diablo. Ambos están completamente opuestos.
La enseñanza de Cristo vino del cielo. Procedía de los sabios planes de Dios y del amoroso propósito de su gracia eterna. «Yo digo lo que he visto» significa que lo que Cristo revela acerca de Dios y de la vida venidera no es una suposición ni un rumor. Él lo conoce por visión directa y, por eso, habla con plena verdad y certeza. El enviado como testigo al pueblo es un testigo ocular y, por tanto, nadie puede refutarlo.
«He visto con mi Padre» significa más que haber escuchado palabras de Dios. La enseñanza de Cristo no es simplemente una idea probable respaldada por argumentos convincentes. Coincide perfectamente con las verdades seguras que existen en la mente eterna de Dios. Él no solo oyó al Padre, sino que, por así decirlo, vio lo que estaba allí cuando el consejo de paz se estableció entre ambos. Moisés habló de lo que oyó de Dios, pero no vio el rostro de Dios. Pablo fue llevado hasta el tercer cielo, pero no pudo ni debía repetir lo que vio allí. Hablar de lo que había visto era la función única de Cristo.
Las acciones de ellos provenían del infierno. «Ustedes hacen lo que han visto de su padre» significa, en efecto, que sus obras mostraban a quién pertenecían. Por sus propias acciones estaban demostrando quién era su padre. Era fácil ver a quién se parecían y, por lo tanto, rastrear su origen. Así como los hijos aprenden el modo de hablar y las costumbres de su padre, y llegan a parecerse a él por imitación, estos judíos se hicieron semejantes al diablo. Su rechazo hostil de Cristo y del evangelio mostraba que lo habían tomado como modelo.
Cristo también responde a su orgullosa afirmación de que Abraham y Dios eran sus padres, y demuestra lo vacía que era esa afirmación. Ellos dijeron: «Abraham es nuestro padre» (Juan 8:39). Querían honrarse a sí mismos y presentarse como importantes. Habían olvidado la confesión humilde que Israel debía hacer: «Mi padre fue un arameo errante» (Deuteronomio 26:5). También ignoraban la acusación dirigida contra sus antepasados pecadores, cuyos pasos estaban siguiendo: «Tu padre fue amorreo, y tu madre fue hitita» (Ezequiel 16:3). Cuando las familias están en decadencia, a menudo se jactan más de su linaje. Lo mismo ocurre con las iglesias corruptas, que con frecuencia se consideran valiosas por su antigüedad y por sus primeros fundadores. Como dice el antiguo refrán: «Fuimos troyanos; una vez existió Troya».
También querían culpar a Cristo, como si él estuviera insultando a Abraham al decir que el diablo era su padre. Así buscaban cualquier motivo para enfrentarse con él. Cristo responde con un argumento claro: los hijos de Abraham hacen las obras de Abraham; pero ellos no hacían las obras de Abraham y, por eso, no eran verdaderamente sus hijos.
El argumento es claro. Si fueran hijos de Abraham en el sentido pleno, es decir, herederos del pacto que Dios hizo con Abraham y con su descendencia, harían lo que Abraham hizo. Dios prometió bendecir solamente a los de la casa de Abraham que guardaran el camino del Señor, como lo hizo Abraham (Génesis 18:19). Solo quienes caminan en la fe y la obediencia de Abraham son considerados su verdadera descendencia, y la promesa les pertenece a ellos (Romanos 4:12). Los judíos tenían registros familiares cuidadosos, pero eso por sí solo no podía demostrar que su relación con Abraham fuera verdadera. No podían reclamar los beneficios del pacto si no compartían su espíritu. De la misma manera, se demuestra que las mujeres son hijas de Sara cuando hacen lo bueno, y no de otra manera (1 Pedro 3:6). Quienes quieren demostrar que son descendientes de Abraham deben no solo compartir su fe, sino también hacer sus obras (Santiago 2:21-22). Deben obedecer el llamado de Dios como Abraham, renunciar por él a sus comodidades más preciadas, vivir como extranjeros y peregrinos en este mundo, mantener el culto familiar y caminar con integridad delante de Dios. Esas fueron las obras de Abraham.
La segunda parte del argumento es igual de clara: ellos no hacían las obras de Abraham porque intentaban matar a Jesús, un hombre que les había dicho la verdad que había oído de Dios, y Abraham nunca hizo algo semejante (Juan 8:40). Primero, Cristo expone lo que ellos estaban haciendo en ese momento: buscaban quitarle la vida. Eso hacía más grave su pecado por tres razones. Actuaban contra la naturaleza humana, porque querían matar a un hombre como ellos, de su misma carne y sangre, que no les había hecho ningún daño. Actuaban con ingratitud, porque querían matar a quien les había dicho la verdad y les había mostrado gran bondad. Él no los había engañado con mentiras, sino que les había enseñado las verdades más necesarias. Y actuaban contra Dios, porque querían matar a quien les traía el mensaje de Dios. Atacarlo era, en efecto, levantarse contra Dios.
Después, Cristo demuestra que aquello no correspondía al carácter de Abraham. Abraham no hizo nada parecido. Era conocido por su bondad, como cuando rescató a los cautivos, y por su devoción, como lo mostró al obedecer el llamado de Dios en muchos asuntos difíciles. Abraham creyó a Dios, pero ellos persistían en su incredulidad. Abraham siguió a Dios, pero ellos luchaban contra él. Como eran tan diferentes de Abraham, él no los habría reconocido como suyos (Isaías 63:16; Jeremías 22:15-17).
Debemos usar ese mismo razonamiento para apartarnos de cualquier camino de maldad. Conviene considerar si una conducta corresponde al ejemplo de Abraham, Isaac o Jacob. Si nunca nos parecemos a ellos, no podemos esperar estar con ellos.
La conclusión se desprende naturalmente: sin importar sus jactancias y afirmaciones, ellos no eran hijos de Abraham en el verdadero sentido (Juan 8:41). Tenían otro padre porque hacían las obras de otra familia y compartían su espíritu. Cristo todavía no dijo claramente que se refería al diablo; esperó hasta que sus constantes objeciones lo obligaron a explicarlo con mayor claridad. Esto nos enseña a tratar incluso a las personas malvadas con cortesía y respeto, y a no apresurarnos a decirles cosas duras, aun cuando sean ciertas.
Primero permitió que sus propias conciencias llegaran a esa conclusión. Es mejor escuchar ahora, mientras se nos llama al arrepentimiento, que debemos cambiar de padre y de familia al cambiar nuestro espíritu y nuestra manera de vivir, que oírlo de Cristo en el gran día. Sin embargo, ellos no se humillaron ante sus palabras. En vez de eso, afirmaron tener un vínculo familiar todavía más elevado, diciendo que no habían nacido de inmoralidad sexual, sino que tenían a Dios mismo como Padre.
Algunos entienden esta afirmación literalmente. Ellos no eran hijos de una esclava, como Ismael, ni hijos nacidos de incesto, como los moabitas y los amonitas (Deuteronomio 23:3). Habían nacido dentro de un matrimonio legítimo y podían llamar Padre a Dios, puesto que él estableció ese orden honorable desde la inocencia. En ese sentido, un linaje legítimo y sin contaminación es llamado descendencia de Dios (Malaquías 2:15).
Otros entienden sus palabras en sentido espiritual. Ahora comenzaban a darse cuenta de que Cristo hablaba de un padre espiritual, no de uno carnal: el padre de su religión. Por eso negaban ser una generación de idólatras, diciendo que no habían nacido de la prostitución ni habían sido criados en la adoración falsa. La Escritura habla con frecuencia de la idolatría como infidelidad espiritual, y de los idólatras como hijos de esa infidelidad (Oseas 2:4; Isaías 57:3).
Si querían decir que no descendían de idólatras, eso era falso, porque la nación judía se había entregado profundamente a la idolatría antes del exilio. Si solo querían decir que ellos mismos no eran idólatras, eso tampoco demostraba que estuvieran a salvo. Una persona puede evitar la idolatría y aun así perecer en otro pecado, y quedar fuera del pacto de Abraham. Un hijo pródigo y rebelde será rechazado aunque no haya nacido de inmoralidad sexual.
También se jactaban de ser verdaderos adoradores del Dios verdadero. Decían que no tenían muchos padres, como los paganos, con sus muchos dioses y señores. Más bien, tenían un solo Señor y un solo Padre, y por eso suponían que todo estaba bien con ellos. Pero las personas se engañan gravemente cuando creen que profesar la religión verdadera las salvará, aunque no adoren a Dios en espíritu y en verdad ni sean fieles a aquello que profesan.
Cristo responde plenamente a esta falsa afirmación en Juan 8:42-43 y da dos razones por las que ellos no tenían derecho a llamar Padre a Dios. Primero, no amaban a Cristo. Si Dios fuera verdaderamente su Padre, amarían a Cristo. Él ya había demostrado que no eran hijos de Abraham por su intento de matarlo (Juan 8:40). Ahora muestra que tampoco eran hijos de Dios, porque no lo amaban ni lo recibían.
Una persona todavía puede parecer hija de Abraham si no se opone abiertamente a Cristo mediante pecados escandalosos. Pero nadie puede demostrar verdaderamente que es hijo de Dios a menos que sea un amigo fiel y seguidor de Cristo. Todos los que tienen a Dios como Padre aman de verdad a Jesucristo. Valoran quién es él, agradecen su amor, aman su causa y su reino, se alegran por la salvación que él obtuvo y desean guardar sus mandamientos. Esa es la señal más clara de nuestro amor por él.
Ahora estamos viviendo un tiempo de prueba. Dios nos está probando por la manera en que respondemos a nuestro Creador, y nuestro estado futuro de recompensa corresponderá a esa respuesta. Una de las maneras en que Dios nos prueba es enviando a su Hijo al mundo con pruebas claras de quién es y de dónde viene. Quienes llaman Padre a Dios deben recibir con agrado a su Hijo, el primogénito entre muchos hermanos (Juan 1:5). Nuestra adopción quedará demostrada o negada por esta cuestión: si amamos a Cristo o no. Si alguien no lo ama, está muy lejos de ser hijo de Dios y permanece bajo maldición (1 Corintios 16:22).
Cristo dice que ellos deben amarlo porque él vino de Dios. Afirma: «Yo vine de Dios». Esto se refiere a su origen divino, a que vino del Padre al compartir la naturaleza divina, y también a la unión del Verbo divino con su naturaleza humana. Puesto que es el Hijo amado del Padre, debe ser amado por todos los que han nacido de Dios (Efesios 1:6).
También dice que fue enviado por Dios, pues vino al mundo como mensajero de Dios. No vino por su propia cuenta, como los falsos profetas que no tenían una verdadera misión ni un mensaje de parte de Dios (Jeremías 23:21). Él lo recalca con claridad: «Yo vine de Dios; no vine por mi propia cuenta, sino que él me envió». Recibió de Dios tanto su autoridad como sus instrucciones. Vino para reunir a los hijos de Dios (Juan 11:51) y llevar a muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10). Sin duda, todos los hijos de Dios deberían recibir con agrado a un mensajero así, enviado por su Padre. Sin embargo, estos judíos demostraron que no se parecían a Dios por su falta de amor hacia Jesucristo.
En segundo lugar, no entendían a Cristo. El hecho de que no comprendieran su manera de hablar era una señal de que no pertenecían a la familia de Dios: «Ustedes no entienden mi manera de hablar» (Juan 8:43). Las palabras de Cristo eran celestiales, pero suficientemente claras para cualquiera que conociera su voz en el Antiguo Testamento. Quienes conocían bien la palabra del Creador no necesitaban otra clave para entender las palabras del Redentor. Aun así, estos judíos consideraban extrañas y difíciles de seguir las enseñanzas de Cristo, y tropezaban con ellas.
El habla podía revelar si alguien era galileo, y la palabra «Shibolet» podía identificar a un efraimita. Del mismo modo, nadie debería atreverse a llamar Padre a Dios si el Hijo de Dios le resulta un extraño, aun cuando habla la voluntad de Dios con las palabras del Espíritu de Dios. Quienes no están familiarizados con la manera en que Dios habla tienen razones para temer que también sean extraños a la naturaleza de Dios.
Cristo hablaba las palabras de Dios (Juan 3:34), en el lenguaje del reino de Dios. Sin embargo, quienes afirmaban pertenecer a ese reino no entendían sus caminos ni su significado. Trataban sus palabras como lo harían unos extraños e incluso se burlaban de ellas.
La razón por la que no entendían la manera de hablar de Cristo hacía aún más grave su culpa. Él dice: «Ustedes no pueden escuchar mi palabra», es decir: «No están dispuestos a escuchar con atención, con justicia y sin prejuicios». Este «no pueden» en realidad expresa una negativa obstinada. De la misma manera, los judíos no quisieron escuchar a Esteban (Hechos 7:57) ni a Pablo (Hechos 23:22).
La profunda aversión del corazón humano hacia la enseñanza de Cristo es la verdadera razón por la que las personas permanecen ignorantes de ella y se equivocan acerca de ella. No les gusta ni la aman, y por eso no quieren entenderla. Es como Pedro, quien dijo que no sabía de qué hablaba la criada (Mateo 26:70), cuando en realidad no sabía cómo responderle.
«Ustedes no pueden escuchar mis palabras» porque se han tapado los oídos (Salmo 58:4-5). Y Dios, en un juicio justo, ha hecho que sus oídos se vuelvan insensibles (Isaías 6:10).
Después de demostrar que no eran verdaderamente hijos de Abraham ni de Dios, Jesús les dice con claridad de quién eran hijos: «Ustedes son de su padre el diablo» (Juan 8:44). Si no eran hijos de Dios, entonces eran hijos del diablo, porque Dios y Satanás dividen a la humanidad. Por eso se dice que el diablo actúa en los hijos de desobediencia (Efesios 2:2).
Todos los malvados son hijos del diablo: hijos de Belial, es decir, personas inútiles y sin Dios (2 Corintios 6:15); descendencia de la serpiente (Génesis 3:15); e hijos del maligno (Mateo 13:38). Comparten su naturaleza, llevan su semejanza, obedecen sus órdenes y siguen su ejemplo. En otro tiempo, los idólatras le decían a un pedazo de madera: «Tú eres mi padre» (Jeremías 2:27). Esta es una acusación muy severa, y resulta terrible que a ciertos seres humanos, especialmente a personas dentro de la iglesia, se les llame hijos del diablo. Por eso nuestro Salvador demuestra plenamente que esa acusación es justa.
Primero lo demuestra mediante un argumento general: «Ustedes quieren hacer los deseos de su padre». Hacen lo que el diablo desea, es decir, lo que él quiere que hagan. Lo complacen, ceden a sus tentaciones y él los toma cautivos para que hagan su voluntad. Más aún, llevan a cabo incluso los deseos que el propio diablo realiza.
El diablo tienta a las personas hacia los deseos de la carne y los deseos del mundo, pero, como es un espíritu, no puede llevarlos a cabo por sí mismo. Sus pecados particulares son males espirituales: pecados de la mente y del pensamiento, junto con el orgullo, la envidia, la ira y el odio. Él aborrece lo bueno y atrae a otros hacia el mal. Esos son los deseos que el diablo cumple, y quienes se dejan gobernar por ellos se parecen a él, así como un hijo se parece a su padre. Mientras más involucra el pecado el pensamiento, la planificación y el deleite secreto, más se parece a los propios deseos del diablo.
También dice: «Ustedes harán los deseos de su padre». Cuanto más se inclina la voluntad hacia esos pecados, más del diablo se manifiesta en la persona. Cuando alguien peca por decisión propia y no por sorpresa, con placer y no de mala gana, y continúa pecando con atrevimiento y determinación obstinada, entonces está haciendo los deseos del diablo. Como lo expresa el doctor Hammond, «se deleitan en hacer los deseos de su padre». Son como un bocado dulce que se mantiene debajo de la lengua.
Luego Jesús presenta dos ejemplos claros en los que ellos se parecían abiertamente al diablo: el asesinato y la mentira. El diablo es enemigo de la vida, porque Dios es el Dios de la vida y la vida es la felicidad del ser humano. También es enemigo de la verdad, porque Dios es el Dios de la verdad y la verdad sostiene la convivencia humana.
El diablo «fue un homicida desde el principio», no desde el principio de su propia existencia, porque fue creado como un ángel de luz y al principio tenía un estado bueno y puro. Se refiere al principio de su rebelión, que comenzó poco después de la creación del ser humano. Fue un asesino de personas. Aborrecía a la humanidad en su corazón y, por eso, era homicida en sus afectos y en su propósito. Recibió el nombre Satanás de una palabra que significa odio. Aborreció la imagen de Dios en el ser humano, envidió su felicidad y deseó su ruina. Se declaró abiertamente contra toda la raza humana.
También fue quien tentó al ser humano a cometer el pecado que introdujo la muerte en el mundo. De esa manera se convirtió en el verdadero asesino de toda la humanidad, que en Adán tenía una sola cabeza. Asesinó las almas al engañarlas para que pecaran y después darles muerte por medio del pecado (Romanos 7:11). Envenenó al ser humano con el fruto prohibido y, para hacerlo aún peor, convirtió al ser humano en su propio asesino. Por eso ha sido homicida no solo desde el principio, sino también en el principio mismo. Esto demuestra que esa ha sido su obra desde entonces. Tal como comenzó, así continúa: asesinando a las personas por medio de sus tentaciones. El gran tentador es el gran destructor. Los judíos llamaban al diablo el ángel de la muerte.
También fue la primera fuerza detrás del primer asesinato cometido, cuando Caín mató a su hermano Abel, y Caín «era del maligno» (1 Juan 3:12). Si el diablo no hubiera tenido tanta influencia sobre Caín, Caín no habría podido hacer algo tan cruel y contrario a la naturaleza como matar a su propio hermano. Puesto que el diablo impulsó a Caín a matar a Abel, se le llama correctamente homicida. Esto no hace que Caín sea menos culpable, pero demuestra aún más la culpa del diablo. Su castigo será mayor cuando llegue el momento, por todo el mal al que ha llevado a las personas. Debemos protegernos de sus engaños y nunca escucharlo, porque es un homicida y siempre busca causar daño, aun cuando habla con amabilidad. Resulta sorprendente que quien asesina a los hijos de los seres humanos todavía pueda gobernarlos tanto, con el consentimiento de ellos mismos.
Estos judíos también lo seguían en esto y eran homicidas como él. Asesinaban almas al guiarlas ciegamente hacia la destrucción y convertirlas en hijos del infierno. Eran enemigos declarados de Cristo y ya estaban dispuestos a traicionarlo y matarlo, por la misma razón por la que Caín mató a Abel. Estos judíos eran aquella descendencia de la serpiente que heriría el talón de la descendencia de la mujer. «Ahora ustedes quieren matarme».
El diablo también era mentiroso. La mentira se opone a la verdad (1 Juan 2:21), por eso aquí se describe al diablo como enemigo de la verdad y, por lo tanto, de Cristo.
En primer lugar, abandonó la verdad. No permaneció en ella ni continuó en la pureza y rectitud de la naturaleza con la que fue creado, sino que dejó su estado original. Cuando se apartó del bien, también se apartó de la verdad, porque su rebelión se construyó sobre una mentira. Los ángeles eran los ejércitos del Señor, pero los que cayeron no fueron leales a su comandante y Rey. No se podía confiar en ellos, porque estaban marcados por la insensatez y la rebeldía (Job 4:18).
Por «la verdad» podemos entender aquí la voluntad revelada de Dios acerca de la salvación de las personas por medio de Jesucristo: la verdad que Cristo predicaba y que los judíos rechazaban. Al actuar así, se comportaban como su padre, el diablo. Cuando Dios honró la naturaleza humana en el primer Adán y planeó darle una honra aún mayor en el segundo Adán, el diablo no aceptó ese propósito de Dios ni quiso permanecer en la verdad acerca de él.
Más bien, movido por el orgullo y la envidia, se opuso a ese propósito e intentó arruinarlo. De la misma manera actuaron estos judíos, como hijos y agentes del diablo. Entonces Cristo muestra que el diablo está completamente separado de la verdad: «No hay verdad en él». Su poder en el mundo se sostiene por medio de mentiras y falsedades. Nada en él merece verdadera confianza, y no se puede depender de nada de lo que dice o hace.
Las ideas que difunde acerca del bien y del mal son falsas. Sus señales son prodigios engañosos, y todas sus tentaciones son trampas. Él conoce la verdad, pero no la ama. Como es enemigo declarado de la verdad, se dice que ninguna verdad vive en él.
También es amigo y promotor de la mentira. «Cuando habla mentira, habla de lo que le pertenece». Aquí se dicen tres cosas acerca del diablo y del pecado de mentir. Primero, él es mentiroso. Sus oráculos eran oráculos engañosos, sus profetas eran profetas falsos, y las imágenes por medio de las cuales era adorado enseñaban mentiras. Tentó a nuestros primeros padres con una mentira directa. Todas sus tentaciones funcionan mediante mentiras: llama bueno a lo malo y malo a lo bueno, y promete seguridad en el pecado. Él sabe que son mentiras, pero las usa para engañar y destruir.
Más adelante, cuando se opuso al evangelio por medio de los escribas y los fariseos, lo hizo con mentiras. Y cuando después lo corrompió por medio del hombre de pecado —la gran figura de maldad que se opone a Dios—, lo hizo mediante fuertes engaños y una mentira enorme y confusa. Segundo, cuando el diablo habla mentira, habla «de lo que le pertenece», es decir, de sí mismo y no de Dios. Dios no puso la mentira en él. Cuando las personas mienten, la toman prestada del diablo, porque Satanás llena los corazones para que mientan (Hechos 5:3).
Pero cuando el diablo miente, el patrón proviene de su propia mente y sus motivos nacen de él mismo. Esto muestra hasta qué punto se han vuelto malvados esos espíritus caídos. En su primera caída no tuvieron ningún tentador; por eso, su maldad fue completamente suya. Tercero, él es el padre de las mentiras. Esto significa que es la fuente de toda mentira: no solo de las mentiras que él mismo sugiere, sino también de las que otros pronuncian. Él es quien produce y origina todas las mentiras. Cuando las personas mienten, hablan de parte de él y como si fueran su boca. Sus mentiras procedieron primero de él y llevan su imagen.
También es el padre de los mentirosos. Dios creó a los seres humanos con una inclinación natural hacia la verdad. La razón, el sentido común, la manera en que funciona nuestra mente y las necesidades de la sociedad exigen que digamos la verdad. Pero el diablo, autor del pecado, ha corrompido tanto la naturaleza humana que de las personas malvadas se dice que se apartan desde el nacimiento y hablan mentiras (Salmo 58:3). Él les ha enseñado a usar el engaño con su lengua (Romanos 3:13). Es el padre de los mentirosos porque los produjo, los entrenó para mentir, y ellos se parecen a él y le obedecen. Todos los mentirosos compartirán para siempre su juicio final.
Cristo ya ha mostrado que todos los asesinos y todos los mentirosos son hijos del diablo, y deja a la conciencia de sus oyentes reconocer la verdad acerca de ellos mismos. Sin embargo, en los versículos siguientes los ayuda a aplicarla a su propia situación. No los llama directamente mentirosos, pero demuestra que no eran amigos de la verdad. En eso se parecían a aquel que no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él.
Cristo los acusa de dos cosas. Primero, no quisieron creer la palabra de verdad (Juan 8:45). Esto puede entenderse de dos maneras. Podría significar: «Aunque les digo la verdad, ustedes no creen que la estoy diciendo». Él había dado pruebas claras de que su misión procedía de Dios y de que amaba a las personas, pero ellos no quisieron creerle. En ese caso, la verdad había caído en la calle, como se describe en (Isaías 59:14-15). Ni siquiera las verdades más grandes despertaban confianza en ellos, porque se rebelaban contra la luz (Job 24:13).
O podría significar: «Como les digo la verdad, ustedes no me creen». Es decir, se negaban a aceptarlo como profeta porque les decía verdades difíciles que no querían escuchar. Les decía la verdad acerca de ellos mismos y de su propia condición. Les ponía delante un espejo que no los halagaba, y por eso rechazaban todo lo que decía. Es algo terrible cuando la verdad divina se convierte en un tormento para una persona.
Para mostrar lo irracional de su incredulidad, Jesús somete el asunto a una prueba justa (Juan 8:46). Como él y ellos estaban en posiciones opuestas, uno de los dos estaba equivocado. Así que podían considerar el asunto desde cualquier perspectiva. Si Cristo estuviera equivocado, ellos debían demostrarlo. Los falsos profetas quedaban expuestos por la naturaleza dañina de su enseñanza (Deuteronomio 13:2) o por el mal carácter de su vida: «Por sus frutos los conocerán». Pero Cristo les pregunta: «¿Quién de ustedes puede acusarme de pecado?». Con esto quiere decir: «¿Quién de ustedes puede demostrar que he enseñado o hecho algo pecaminoso?».
Lo habían acusado de muchos delitos graves: glotonería, borrachera, blasfemia, quebrantar el día de reposo y trabajar con Satanás. Pero esas acusaciones eran mentiras maliciosas, y todos los que lo conocían sabían que eran falsas. Incluso después de usar engaños, testigos falsos y perjurio para presentar un caso contra él, el juez que lo sentenció reconoció que no había encontrado ninguna falta en él. Aquí Cristo los desafía a demostrar un solo pecado en su vida, primero en su enseñanza y después en su conducta.
¿Podían demostrar que su doctrina era falsa, contradictoria o contraria a las Escrituras? ¿Podían señalar alguna corrupción de la verdad o de la moral en lo que enseñaba? ¿O podían acusarlo de alguna palabra o acto indigno de un profeta? Esto muestra la extraordinaria mansedumbre de nuestro Señor Jesús. No exigió una fe que fuera más allá de las razones que debían haberlos convencido. Los ministros pueden aprender de esto a vivir con tanto cuidado que ni siquiera sus observadores más estrictos puedan acusarlos de pecado, para que el ministerio no sea desacreditado. La única manera segura de no ser acusado de pecado es no pecar. También deben estar dispuestos a aceptar un examen minucioso. Incluso cuando estamos seguros de tener la razón, debemos estar dispuestos a que se compruebe si estamos equivocados.
Si ellos eran los que estaban equivocados, ¿por qué no se convencían con lo que Cristo les decía? Él les pregunta: «Si digo la verdad, ¿por qué no me creen?». Si no podían demostrar que estaba equivocado, entonces tenían que admitir que decía la verdad. Así que no había una razón válida para negarse a confiar en él ni para dejar de tratarlo con honestidad.
La persona que se detiene a considerar por qué no cree algo que no puede refutar suele ver con claridad cuál es el problema. Descubrirá que la incredulidad en Jesucristo normalmente nace de la negativa a abandonar el pecado, negarse a sí misma y servir fielmente a Dios. Al final, negarse a creer en el Redentor es, en realidad, rebelarse contra el Creador.
Otra acusación contra ellos es que no querían escuchar las palabras de Dios (Juan 8:47). Esto también demuestra cuán vacía era su afirmación de pertenecer a Dios. Jesús establece esta regla: quien pertenece a Dios escucha las palabras de Dios. Esto significa, en primer lugar, que está dispuesto y preparado para escucharlas. De verdad desea conocer la voluntad de Dios y acepta con gusto lo que descubre que es verdad. Las palabras de Dios tienen tanta autoridad y armonizan tan bien con el corazón de todo aquel que ha nacido de Dios, que este responde como el joven Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».
En segundo lugar, quien pertenece a Dios entiende las palabras de Dios. Las escucha de tal manera que puede reconocer en ellas la voz de Dios. La persona natural no hace esto (1 Corintios 2:14). Reconoce rápidamente la presencia misma de Dios cuando él se manifiesta, como los miembros de una casa que conocen los pasos de su amo y abren la puerta de inmediato (Lucas 12:36). Las ovejas conocen la voz de su pastor y pueden distinguirla de la voz de un extraño (Juan 10:4-5; Cantares 2:8).
Luego Jesús aplica esta verdad para convencer a esos judíos incrédulos: «Ustedes no escuchan». Es decir, no prestaban atención, no entendían, no creían ni se interesaban por las palabras de Dios, porque no pertenecían a Dios. Su sordera e insensibilidad frente a las palabras de Dios demostraban claramente que no eran suyos. Dios se da a conocer y se hace presente entre nosotros por medio de su palabra; por eso, la manera en que respondemos a ella muestra si nuestra actitud hacia Dios es correcta o equivocada (2 Corintios 4:4; 1 Juan 4:6).
Dicho de otra manera, el hecho de que no fueran de Dios era la razón por la que no aprovechaban las palabras de Dios que Cristo les hablaba. No lo entendían ni creían en él, no porque el mensaje fuera confuso o careciera de pruebas, sino porque quienes lo escuchaban no eran de Dios ni habían nacido de nuevo. Si la palabra del reino no da fruto, la culpa está en el terreno, no en la semilla, como muestra la parábola del sembrador (Mateo 13:3).
De este capítulo
Juan 8:1
"Pero Jesús fue al Monte de los Olivos,"
Juan 8:2
"y al día siguiente, al amanecer, regresó al templo. La gente se acercó a él, y él se sentó y comenzó a enseñarles."
Juan 8:3
"Entonces los maestros de la ley y los fariseos llevaron a una mujer a quien habían sorprendido cometiendo adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes,"
Juan 8:4
"y le dijeron a Jesús: —Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio."
Juan 8:5
"En la ley, Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?"
Juan 8:6
"Le preguntaron esto para ponerlo a prueba y tener así de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo."
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