Versículo destacado
Juan 17:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Después de decir estas cosas, Jesús miró al cielo y dijo: Padre, la hora ha llegado: glorifica a tu Hijo, para que también él te glorifique a ti. "
Juan 17:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Después de decir estas cosas, Jesús miró al cielo y dijo: Padre, la hora ha llegado: glorifica a tu Hijo, para que también él te glorifique a ti.
2 Pues tú has dado a tu Hijo autoridad sobre todo hombre, para dar vida eterna a todos los que le diste.
3 Y la vida eterna consiste en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú enviaste.
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
Aquí encontramos las circunstancias de esta oración (Juan 17:1). Cristo hizo muchas oraciones solemnes durante los días de su vida terrenal, y algunas veces oraba toda la noche. Sin embargo, ninguna de sus oraciones quedó registrada con tanta amplitud como esta.
Observemos primero el momento de la oración. Ocurrió después de que él había pronunciado estas palabras, después de despedirse de sus discípulos, y oró mientras ellos lo escuchaban. Por tanto, fue una oración después de un sermón. Después de hablarles de parte de Dios, se volvió para hablar con Dios a favor de ellos. Debemos orar por aquellos a quienes predicamos. El que iba a profetizar sobre los huesos secos también tuvo que orar: «Ven, oh aliento, y sopla sobre ellos». También debemos orar por la palabra predicada, porque Dios es quien da el crecimiento.
Fue también una oración después del sacramento. Después de que Cristo y sus discípulos compartieron la Pascua y la Cena del Señor, y después de que él les dio la instrucción adecuada, terminó aquella comida sagrada con esta oración. Le pidió a Dios que mantuviera vivos en ellos los buenos efectos de aquella ordenanza.
También fue una oración familiar. Los discípulos de Cristo formaban parte de su casa, y él dejó un buen ejemplo para los cabezas de familia. No solo enseñó a los de su casa, como Abraham (Génesis 18:19), sino que también bendijo a los de su casa, como David (2 Samuel 6:20). Oró por ellos y con ellos.
Fue además una oración de despedida. Cuando nos separamos de nuestros amigos, es bueno despedirnos con oración (Hechos 20:36). Cristo se despedía por medio de la muerte, y esa despedida debía hacerse santa y dulce mediante la oración. Jacob, al morir, bendijo a los doce patriarcas; Moisés, al morir, bendijo a las doce tribus; y aquí Jesús, al acercarse a la muerte, bendijo a los doce apóstoles.
También fue una oración que sirvió como introducción a su sacrificio. Estaba a punto de ofrecerse a sí mismo en la tierra, y en esta oración mencionó las bendiciones y los dones que su muerte compraría con sus méritos para su propio pueblo. Es como un documento que establece el propósito de un acuerdo y muestra lo que este pretende asegurar. Cristo oró como un sacerdote que ofrece un sacrificio, y en ese sacrificio debían fundamentarse todas las oraciones.
Esta oración también nos ofrece un modelo de su intercesión, es decir, de la obra continua por medio de la cual aboga por nosotros en el cielo. Esto no significa que, en su gloria, hable con el Padre como un humilde suplicante, de la misma manera que lo hizo en la tierra. Más bien, su intercesión celestial consiste en presentar ante el Padre sus méritos y pedir que sus beneficios sean concedidos a todo su pueblo escogido.
La señal externa de su profundo deseo fue esta: levantó los ojos al cielo, como ya lo había hecho antes (Juan 11:41). Cristo no necesitaba hacer esto para concentrar su propia mente, pero quiso santificar este gesto para quienes lo usan y defenderlo de quienes se burlan de él. Muestra cómo el alma se eleva a Dios en oración (Salmo 25:1). «Elevemos el corazón» era una antigua invitación a orar. Nuestros deseos en la oración deben dirigirse hacia arriba, y de allí debemos esperar los buenos dones que pedimos.
Ahora comienza la oración misma, y Cristo primero ora por sí mismo. Levantó los ojos y dijo: «Padre». Puesto que la oración debe dirigirse solamente a Dios, es nuestro deber acudir a él como Padre y llamarlo nuestro Padre. A todos los que han recibido el Espíritu de adopción se les enseña a clamar: «Abba, Padre» (Juan 17:25). En la oración, llamarlo como esperamos encontrarlo nos ayuda mucho, tanto para saber cómo orar como para recibir consuelo.
Cristo oró primero por sí mismo. Aunque Cristo, como Dios, recibía oraciones, Cristo, como hombre, oró. De esta manera cumplió toda justicia. Dios le había dicho a él, como también nos dice a nosotros: «Pide, y te daré» (Salmo 2:8). Si él tuvo que pedir aquello que había adquirido, ¿acaso esperamos recibir lo que nunca hemos merecido y que una y otra vez hemos perdido, a menos que oremos por ello? Esto le da gran honor a la oración. Fue el medio que Cristo usó para sus propios asuntos y la manera en que permaneció en comunión con el cielo.
Esto también anima profundamente a quienes oran y nos da razones para esperar que ni siquiera la oración del pobre y necesitado sea ignorada. Hubo un tiempo en que aquel que ahora habla por nosotros tuvo que presentar ante el Padre un asunto propio, y era un asunto de gran importancia. Su honor como Mediador, como aquel que une a Dios y a las personas, dependía de que ese asunto tuviera éxito. Él buscó resolverlo por el mismo medio que se nos ha dado a nosotros: mediante oraciones y súplicas (Hebreos 5:7). Por eso conoce el corazón del suplicante (Éxodo 23:9) y conoce el camino.
Cristo comenzó orando por sí mismo y después oró por sus discípulos. El amor debe comenzar en casa, aunque no debe terminar allí. Debemos amar y orar por nuestro prójimo como por nosotros mismos, y por eso debemos amar y orar correctamente por nosotros primero. La oración de Cristo por sí mismo es mucho más breve que su oración por sus discípulos. Al orar por la iglesia, no debemos relegarla a un rincón insignificante de nuestras oraciones. Cuando pedimos por todos los santos, tenemos suficiente espacio para hacerlo de manera plena y ferviente.
Cristo hace dos peticiones por sí mismo, pero en realidad son una sola: que sea glorificado. Sin embargo, esta petición, «Glorifícame», se expresa dos veces porque mira en dos direcciones. Primero, mira hacia lo que aún faltaba de su misión: «Glorifícame para que yo te glorifique, al terminar lo que, según lo acordado, todavía debe hacerse» (Juan 17:1-3). Segundo, mira hacia atrás, a lo que ya había hecho: «Glorifícame, porque yo te he glorificado. Yo he cumplido mi parte; ahora, Señor, cumple la tuya» (Juan 17:4, Juan 17:5).
Cristo pide ser glorificado para glorificar a Dios. «Glorifica a tu Hijo conforme a tu promesa, para que tu Hijo te glorifique conforme a su propósito» (Juan 17:1). Aquí pide ser glorificado en este mundo. Había llegado la hora en que todos los poderes de las tinieblas se unirían para deshonrar al Hijo, y ahora dice: «Padre, glorifícalo».
El Padre glorificó al Hijo en la tierra incluso en medio de sus sufrimientos, por medio de las señales y maravillas que los acompañaron. Cuando quienes fueron a arrestarlo cayeron al suelo ante una palabra suya; cuando Judas lo declaró inocente y selló esa declaración con su propia sangre culpable; cuando la esposa del juez, mientras dormía, y el juez mismo, estando despierto, lo declararon justo; cuando el sol se oscureció y la cortina del templo se rasgó, el Padre hizo más que declarar inocente al Hijo. Lo glorificó.
En realidad, fue glorificado incluso por medio de sus sufrimientos. Cuando fue crucificado, fue exaltado y glorificado (Juan 13:31). En la cruz conquistó a Satanás y a la muerte. Sus espinas se convirtieron en corona, y Pilato escribió en el letrero colocado sobre su cabeza más de lo que él mismo comprendía.
Pero fue glorificado mucho más después de sus sufrimientos. El Padre glorificó al Hijo cuando lo resucitó de entre los muertos, lo mostró públicamente a testigos escogidos y derramó el Espíritu para respaldar su causa, defenderlo y establecer su reino entre las personas. Esto es lo que Cristo pide aquí y por lo que insiste con tanta fuerza.
En primer lugar, apoya esta petición apelando a la relación que existe entre ellos: «Glorifica a tu Hijo, a tu Hijo como Dios, a tu Hijo como Mediador». Debido a esta relación de Hijo, las naciones le son dadas como herencia, porque el Padre ha dicho: «Tú eres mi Hijo» (Salmo 2:7, Salmo 2:8).
En cierta ocasión, el diablo tentó a Cristo para que renunciara a su condición de Hijo, ofreciéndole los reinos de este mundo. Pero Cristo rechazó aquella oferta con desprecio, confió en que su Padre le daría honor y ahora acude a él para recibirlo. Quienes han recibido la adopción como hijos pueden orar con fe por la herencia de los hijos, porque si somos santificados, también seremos glorificados: «Padre, glorifica a tu Hijo».
En segundo lugar, Cristo apela al momento: «Ha llegado la hora». Era el tiempo señalado, establecido en el propósito de Dios. Muchas veces había dicho que su hora todavía no había llegado, pero ahora había llegado, y él lo sabía. Las personas no conocen su propio momento (Eclesiastés 9:12), pero el Hijo del Hombre sí lo conocía. Él habla de «esta hora» (Juan 12:27) y aquí simplemente de «la hora»; compárese con Marcos 14:35 y Juan 16:21. La hora de la muerte del Redentor, que también sería la hora de su triunfo, fue la hora más impresionante e importante que había llegado desde el principio del tiempo.
Era la hora en que este gran asunto llegaba a su punto decisivo. Después de muchos conflictos menores, estaba a punto de librarse la batalla definitiva entre el cielo y el infierno. La gran causa en la que estaban involucrados tanto el honor de Dios como la felicidad humana debía ganarse o perderse para siempre. David y Goliat, Miguel y el dragón, estaban a punto de entrar en la lucha. La trompeta había sonado para una batalla que terminaría en una derrota duradera para uno de los dos bandos. Cristo está diciendo: «Ahora glorifica a tu Hijo; ahora dale la victoria sobre los gobernantes y las autoridades; ahora permite que el golpe en su talón se convierta en el aplastamiento de la cabeza de la serpiente; ahora sostiene a tu Hijo para que no fracase ni se desanime». Cuando Josué salió «conquistando y para conquistar», el Señor engrandeció a Josué; del mismo modo, glorificó a su Hijo al convertir la cruz en su carroza triunfal.
También era la hora en que Cristo esperaba ser coronado: la hora en que sería glorificado y se sentaría a la derecha de Dios. Entre él y esa gloria se interponía una escena sangrienta de sufrimiento, pero como sería breve, habla de ella con sencillez. Había llegado la hora en que debía ser glorificado, y no esperaba recibir esa gloria sino hasta entonces. En una hora difícil, especialmente al acercarse la muerte, los buenos cristianos pueden orar de la misma manera: «Ahora ha llegado la hora; quédate a mi lado y defiéndeme, ahora o nunca. Ahora debe desarmarse la tienda terrenal, y ha llegado la hora de que yo sea glorificado» (2 Corintios 5:1).
En tercer lugar, apela al honor del propio Padre en este asunto: «Para que también tu Hijo te glorifique». Había dedicado toda su obra al honor del Padre. Quería atravesar el sufrimiento y llegar a la gloria para glorificar al Padre de dos maneras. Primero, por medio de la muerte en la cruz que estaba a punto de sufrir. «Padre, glorifica tu nombre» expresa el propósito principal de su sufrimiento: restaurar entre los seres humanos el honor de su Padre, que había sido herido, y, mediante el pago por el pecado, devolver a la humanidad la gloria de Dios que había perdido a causa del pecado. Es como si dijera: «Hazte cargo de mí en mis sufrimientos, para que por medio de ellos pueda honrarte».
Segundo, por medio del mensaje de la cruz, que pronto sería anunciado al mundo y restauraría el reino de Dios entre los seres humanos. Le pide al Padre que honre y confirme sus sufrimientos de tal manera que la cruz no solo dejara de ser una ofensa, sino que llegara a ser, para los que son salvos, la sabiduría y el poder de Dios. Si Dios no hubiera glorificado a Cristo crucificado al resucitarlo de entre los muertos, toda la obra habría fracasado. Por eso dice: «Glorifícame, para que yo te glorifique». Esto nos enseña qué debemos buscar en la oración, en cada plan y en cada deseo: el honor de Dios. Puesto que nuestro propósito principal es glorificar a Dios, todo lo demás debe quedar subordinado a ese objetivo y servirlo. «Haz esto y aquello por tu siervo, para que tu siervo pueda glorificarte. Dame salud, para que pueda glorificarte con mi cuerpo. Dame éxito, para que pueda glorificarte con mis bienes». «Santificado sea tu nombre» debe ser nuestra primera petición y debe dar forma a todas las demás (1 Pedro 4:11).
También nos enseña qué debemos esperar y en qué debemos poner nuestra esperanza. Si nuestro deseo sincero es glorificar a nuestro Padre, él nos dará lo que necesitemos para hacerlo. Nos dará la gracia que él sabe que es suficiente y las oportunidades que considere apropiadas. Pero si en secreto nos honramos más a nosotros mismos que a él, es justo que nos deje seguir nuestros propios planes. Entonces, en vez de honrarnos, terminaremos trayendo vergüenza sobre nosotros mismos.
En cuarto lugar, apela a la misión que recibió (Juan 17:2-3). Pide glorificar a su Padre de acuerdo con esa misión y al llevarla a cabo. «Glorifica a tu Hijo» significa: «Glorifícalo conforme a la autoridad que le has dado; glorifícalo mientras ejerce la autoridad que le has dado». También puede entenderse así: «Permite que tu Hijo te glorifique de acuerdo con la autoridad que le has dado». Aquí vemos el poder del Mediador, aquel que se interpone entre Dios y la humanidad. La fuente de su poder es esta: «Tú le has dado autoridad». La recibe de Dios, a quien pertenece toda autoridad.
Para que la humanidad caída fuera restaurada, tenía que quedar bajo una nueva forma de gobierno, y esta no podía establecerse sino mediante una misión especial del cielo, entregada a quien realizaría esta obra gloriosa. Cristo fue designado como el único juez de la gran disputa entre Dios y la humanidad, y como el único garante de la gran paz que se establecería entre ambos. Por eso recibió su poder en virtud de este oficio, que debía ejercer de una manera distinta a su poder y gobierno como Creador. Cristo no es un usurpador como el príncipe de este mundo. Nadie puede cuestionar su derecho a gobernar.
El alcance de su autoridad se extiende sobre toda la humanidad. También tiene autoridad en el mundo espiritual, y los poderes del mundo invisible están sujetos a él (1 Pedro 3:22). Sin embargo, aquí, al presentarse como Mediador entre Dios y la humanidad, habla especialmente de su autoridad sobre toda carne, es decir, sobre todos los seres humanos. Estas son las personas que vino a conquistar y salvar. De esa raza, el Padre le había dado un remanente, y por eso todo ese orden de seres quedó puesto bajo sus pies.
Tiene autoridad sobre la humanidad corrupta y caída, porque eso es lo que significa aquí la palabra «carne» (Génesis 6:3). Si Cristo no hubiera estado unido a la humanidad en este sentido, no habría necesitado ser Redentor. El Señor Jesús tiene plena autoridad sobre esta raza pecadora. Todo juicio relacionado con ella le ha sido entregado. Tiene poder para atar o desatar, absolver o condenar, y autoridad en la tierra para perdonar pecados o no perdonarlos.
Como Mediador, Cristo tiene en sus manos el gobierno de todo el mundo. Es Rey sobre las naciones. Tiene autoridad incluso sobre quienes no lo conocen ni obedecen su evangelio. No gobierna a cada persona de manera directa, pero gobierna sobre todas ellas (Salmo 22:28; Salmo 72:8; Mateo 28:18; Juan 3:35).
El gran propósito de esta autoridad es que él dé vida eterna a todos los que el Padre le ha dado. Aquí se nos revela el misterio de nuestra salvación.
Aquí vemos al Padre entregando al pueblo escogido al Redentor, dándoselo como una responsabilidad y un encargo, y también como la corona y recompensa de su obra. Cristo tiene poder soberano sobre toda la raza humana caída, pero tiene un derecho especial sobre el remanente escogido. Todas las cosas fueron puestas bajo sus pies, pero ellos fueron puestos en sus manos.
Aquí vemos al Hijo asumiendo la tarea de asegurar la felicidad de quienes le fueron entregados y prometiendo darles vida eterna. Observa cuán grande es la autoridad del Redentor. Él tiene vidas y coronas para dar: vidas eternas que nunca terminan y coronas inmortales que nunca se marchitan. Considera, entonces, cuán grande es el Señor Jesús, puesto que tales dones están bajo su poder, y cuán bondadoso es al dar vida eterna a quienes salva.
Él les da vida espiritual en este mundo, y esa vida espiritual es la vida eterna en su primera etapa o comienzo, como en Juan 4:14. La gracia en el alma es el cielo ya colocado en ella. También los glorificará en el mundo venidero. Su gozo llegará a ser completo al ver a Dios y disfrutar de su presencia. Esta última parte se menciona porque incluye todo lo demás en su obra: enseñarles, hacer expiación por ellos, santificarlos y prepararlos para la vida eterna. En realidad, todas las demás partes apuntan hacia esto. Somos llamados a su reino y gloria, y nacemos de nuevo para recibir la herencia. Lo que llega al final en la práctica estuvo primero en el propósito, y ese propósito es la vida eterna.
Así es como el gobierno de Cristo sobre todas las cosas sirve a este gran propósito. Tiene autoridad sobre todos los seres humanos para dar vida eterna al número escogido. El gobierno de Cristo sobre la humanidad tiene como finalidad llevar la salvación a los hijos de Dios. Todas las cosas existen para su beneficio (2 Corintios 4:15). Todas las leyes, ordenanzas y promesas de Cristo, que se ofrecen a todos, tienen como propósito comunicar vida espiritual y asegurar la vida eterna a todos los que le fueron entregados. Él es cabeza sobre todas las cosas para beneficio de la iglesia. El gobierno de la providencia, es decir, el cuidado de Dios sobre el mundo, y la gracia han sido puestos en las mismas manos, para que todo obre juntamente para el bien de los llamados.
En Juan 17:3 encontramos una explicación más completa de este gran plan: «Esta es la vida eterna», la vida que él tiene autoridad para dar y que ha asumido la responsabilidad de otorgar. Estas palabras describen tanto en qué consiste la vida eterna como el camino que conduce a ella: conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien él envió como Mediador, aquel que se interpone entre Dios y la humanidad, junto con las enseñanzas y los mandamientos de la santa fe que él estableció para rescatar a las personas de su condición caída.
La fe cristiana nos presenta la gran meta: la vida eterna, la felicidad de un alma inmortal al ver y disfrutar del Dios eterno. Cristo debía revelarla a todos y asegurarla para todos los que le fueron entregados. Por medio del evangelio, la vida y la inmortalidad salen a la luz y se acercan a nosotros. Es una vida muy superior a la presente, tanto en valor como en duración.
También muestra el camino seguro para llegar a este fin bendito: el conocimiento correcto de Dios y de Jesucristo. «Esta es la vida eterna: que te conozcan» puede entenderse de dos maneras. Primero, la vida eterna se encuentra en el conocimiento de Dios y de Jesucristo. La forma presente de esa vida es conocer a Dios y a Cristo mediante la fe. La perfección futura de esa vida será conocer directamente a Dios y a Cristo, cara a cara. Quienes están unidos a Cristo y viven en comunión con Dios por medio de él conocen, en cierta medida y por experiencia, lo que es la vida eterna. Pueden decir: «Si esto es el cielo, el cielo es verdaderamente dulce» (Salmo 17:15).
Segundo, el conocimiento de Dios y de Cristo conduce a la vida eterna. Esta es la manera en que Cristo da vida eterna: mediante el conocimiento de aquel que nos llamó (2 Pedro 1:3), y así es como llegamos a recibirla. La fe cristiana nos muestra el camino al cielo al dirigirnos a Dios, la fuente y la felicidad de nuestro ser. Cristo murió para llevarnos a Dios. Conocerlo como nuestro Creador, amarlo, obedecerlo, someternos a él y confiar en él como nuestro dueño, gobernante y benefactor; dedicarnos a él como nuestro Señor soberano; depender de él como nuestro bien supremo, y dirigirlo todo para su alabanza como nuestro fin más elevado: eso es la vida eterna.
A Dios se le llama el único Dios verdadero para distinguirlo de los dioses falsos de las naciones, que solo eran imitaciones y pretendientes. Esto no niega la persona del Hijo, pues se afirma claramente que él es el Dios verdadero y la vida eterna (1 Juan 5:20), y en este versículo se nos presenta como digno del mismo honor religioso que el Padre. Hay un solo Dios vivo y verdadero, y el Dios al que adoramos es ese único Dios. Él es el Dios verdadero, no un simple nombre ni una idea. Él es el único Dios verdadero, y todos sus rivales son vacío y mentira. Su servicio es la única religión verdadera.
La fe cristiana también nos dirige a Jesucristo como el Mediador entre Dios y la humanidad: Jesucristo, a quien el Padre envió. Si Adán hubiera permanecido inocente, el conocimiento del único Dios verdadero habría sido para él la vida eterna. Pero ahora que la humanidad ha caído, se necesita algo más. Como estamos bajo culpa, conocer a Dios aparte de Cristo es conocerlo como el Juez justo cuya maldición pesa sobre nosotros, y nada es más mortal que eso. Por eso debemos conocer a Cristo como nuestro Redentor, por medio de quien únicamente tenemos ahora acceso a Dios. Creer en Cristo es vida eterna, y esta es la vida que él asumió para darla a todos los que le fueron dados. Véanse Juan 6:39-40. Quienes conocen a Dios y a Cristo ya se encuentran en los atrios exteriores de la vida eterna.
Después, Cristo ora para ser glorificado porque ya había glorificado al Padre, como se expresa en Juan 17:4-5. El sentido de la petición anterior era: «Glorifícame en este mundo». El de la petición posterior es: «Glorifícame en el mundo venidero». Es como si dijera: «Yo te he glorificado en la tierra; ahora glorifícame». Observemos el consuelo con que Cristo mira hacia atrás, a su vida en la tierra: «Yo te he glorificado y he terminado mi obra». Es como si ya estuviera terminada. No se queja de la pobreza y la vergüenza en las que vivió ni de lo agotadora que fue su vida terrenal, aunque fue un hombre de dolores. Pasa por alto todo eso y encuentra consuelo al recordar el servicio que le ofreció a su Padre y el progreso que alcanzó en su comprensión.
Esto quedó registrado, en primer lugar, para honrar a Cristo y mostrar que su vida en la tierra cumplió plenamente el propósito por el que vino al mundo. Nuestro Señor Jesús recibió una obra de parte de aquel que lo envió. No vino al mundo para vivir cómodamente, sino para hacer el bien y cumplir toda justicia. Su Padre le dio su trabajo en la viña, tanto al asignárselo como al ayudarlo a realizarlo. La obra que le fue encomendada, la terminó. Aunque todavía no había atravesado la última parte de su misión, estaba tan cerca de ser perfeccionado por medio del sufrimiento que podía decir: «La he terminado». Era como si ya estuviera hecha. Estaba dando los últimos toques y podía decir: «He terminado».
La palabra significa que llevó a cabo cada parte de su misión de la manera más plena y perfecta. Al hacerlo, glorificó a su Padre, porque le agradó y lo honró. La gloria de Dios se manifiesta en una obra completa, y lo mismo ocurre con la obra del Redentor. Lo que Cristo comienza, también lo lleva a su cumplimiento.
Era una manera inesperada de que el Hijo glorificara al Padre: humillándose a sí mismo, pues podría parecer que eso lo rebajaba en vez de honrarlo. Sin embargo, así fue exactamente como el Padre fue glorificado. «Yo te he glorificado en la tierra» significa que Cristo reveló en la tierra la gloria de Dios de una manera que las personas podían contemplar y soportar.
Esto también quedó escrito como un ejemplo para nosotros. Debemos ocuparnos de hacer la obra que Dios nos ha encomendado, conforme a nuestros dones y al lugar donde vivimos y servimos. Cada uno debe hacer todo el bien que pueda en este mundo. Debemos procurar la gloria de Dios en todo. Hemos de glorificarlo en la tierra, que él les ha dado a los seres humanos y de la cual solo nos pide esta clase de tributo; debemos hacerlo mientras estamos aquí, en un tiempo de prueba y preparación para la eternidad.
Debemos perseverar en esto hasta el final de nuestra vida. No debemos descansar hasta terminar nuestra obra y haber cumplido nuestra jornada como un trabajador que ha completado su tarea. Esto también quedó escrito para consuelo de todos los que confían en él. Si Cristo terminó la obra que le fue encomendada, entonces es un Salvador completo y no hizo su obra a medias. Aquel que terminó su obra por nosotros también terminará su obra en nosotros hasta el día de Cristo.
Ahora observemos con qué confianza espera el gozo que tiene por delante cuando dice: «Ahora, Padre, glorifícame». En esto basa su petición, y no se le puede negar. Consideremos, primero, qué pidió: «Glorifícame», tal como ya lo había dicho. Repetir palabras en la oración no siempre es una repetición vacía. Cristo volvió a orar con las mismas palabras y, aun así, lo hizo con mayor urgencia. Lo que el Padre le había prometido y lo que él ya sabía que recibiría todavía debía pedirse. Las promesas no tienen el propósito de reemplazar la oración, sino de guiar lo que pedimos y fortalecer nuestra esperanza.
La glorificación de Cristo incluye todo el honor, el poder y el gozo de su estado exaltado. Es la gloria con Dios, no solo la gloria en la tierra. Él pide: «Glorifícame contigo». Estar con su Padre era el paraíso; era el cielo (Proverbios 8:30; Daniel 7:13; Hebreos 8:1). La gloria más resplandeciente del Redentor resucitado consistía en mostrarse detrás del velo celestial, donde el Padre manifiesta su gloria. En el mundo de arriba, la alabanza se ofrece juntamente al que está sentado en el trono y al Cordero (Apocalipsis 5:13); y en el mundo de abajo, la oración recibe gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo juntamente. De esta manera el Padre lo ha glorificado consigo.
Esta es también la gloria que tenía con Dios antes de que el mundo comenzara. Esto muestra que Jesucristo, como Dios, existía antes del mundo y es igual al Padre en eternidad. Nuestra fe nos habla de aquel que existía antes de todas las cosas y por medio de quien todas las cosas permanecen unidas. También muestra que su gloria con el Padre es eterna, así como es eterna su existencia con el Padre. Desde la eternidad él era el resplandor de la gloria de su Padre (Hebreos 1:3). Cuando Dios creó el mundo, solo manifestó su gloria; no le añadió nada. De la misma manera, Cristo asumió la obra de la redención no porque necesitara gloria, pues ya tenía gloria con el Padre antes de que existiera el mundo, sino porque nosotros necesitábamos gloria.
Esto también muestra que, durante su humillación, Cristo dejó a un lado esa gloria y la cubrió. Seguía siendo Dios, pero era Dios manifestado en carne humana, no en majestad abierta. Dejó esa gloria por un tiempo como garantía de que llevaría a cabo la obra que el Padre le había encomendado. También muestra que, en su estado exaltado, volvió a tomar esa gloria y se vistió otra vez con sus antiguas vestiduras de luz. Después de terminar su obra, por así decirlo, pidió que le fuera devuelta la garantía cuando dijo: «Glorifícame». Ora para que incluso su naturaleza humana sea elevada al más alto honor que pueda recibir, con un cuerpo glorificado, y para que la gloria de Dios se manifieste ahora en la persona del Mediador, aquel que está entre Dios y la humanidad: Emanuel, Dios con nosotros.
No pide ser glorificado con los gobernantes y los grandes hombres de este mundo. No; conocía ambos mundos y, si tenía que escoger dónde recibir honor, escogió la gloria del mundo venidero. Esa gloria es mucho mayor que cualquier gloria de aquí. Ya había rechazado los reinos de este mundo y su esplendor cuando Satanás se los ofreció. Por eso podía pedir con mayor confianza la gloria del otro mundo. Que tengamos también esa misma actitud: «Señor, da la gloria de este mundo a quien tú quieras, pero permíteme participar en el mundo venidero. No importa si las personas hablan mal de mí; pero Padre, glorifícame contigo».
Después, observemos qué argumento presentó: «Yo te he glorificado, y ahora, por eso, glorifícame». Había justicia en esto y una hermosa correspondencia. Si Dios fue glorificado en Cristo, entonces era justo que Cristo fuera glorificado en la presencia de Dios, como ya había dicho (Juan 13:32). Lo que Cristo hizo para glorificar a su Padre tuvo un valor tan grande que merecía toda la gloria de su estado exaltado. Si el Padre recibió gloria por medio de la humillación del Hijo, entonces el Hijo no debía quedar al final con menos gloria.
Esto también estaba de acuerdo con el pacto entre el Padre y el Hijo. Si el Hijo ofrecía su vida como sacrificio por el pecado, compartiría el botín con los fuertes y el reino sería suyo (Isaías 53:10, 12). Cristo mantuvo esto presente durante sus sufrimientos. Soportó la cruz por el gozo que le esperaba y, ahora, en su estado exaltado, todavía espera la consumación plena de su exaltación, porque terminó la obra que se le había encomendado (Hebreos 10:13).
También era la señal más clara de que su Padre había aceptado y aprobado la obra que había realizado. Cuando Cristo es glorificado, sabemos que Dios quedó satisfecho. Esto demuestra verdaderamente que el Padre se agradó de él como su Hijo amado.
De esto aprendemos que aquellos, y solamente aquellos, que glorifican a Dios en la tierra y continúan realizando la obra que Dios les ha encomendado serán glorificados con el Padre cuando ya no estén en este mundo. No merecemos esa gloria como Cristo la mereció, pero glorificar a Dios es una evidencia necesaria de que pertenecemos a Cristo. Por medio de él, la vida eterna es un regalo gratuito de Dios.
De este capítulo
Juan 17:2
"Pues tú has dado a tu Hijo autoridad sobre todo hombre, para dar vida eterna a todos los que le diste."
Juan 17:3
"Y la vida eterna consiste en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú enviaste."
Juan 17:4
"Yo te he glorificado aquí en el mundo, pues he terminado la obra que tú me confiaste."
Juan 17:5
"Ahora, pues, Padre, dame en tu presencia la misma gloria que yo tenía contigo desde antes que existiera el mundo."
Juan 17:6
"A los que escogiste del mundo para dármelos, les he dado a conocer quién eres. Eran tuyos, y tú me los diste, y han obedecido tu palabra."
Juan 17:7
"Ahora saben que todo lo que me diste viene de ti;"
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.