Versículo destacado

Mateo 11:25 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" En aquel tiempo, Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos. "

Mateo 11:25

menu_book El versículo en contexto

23 Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás levantado hasta el cielo? ¡Bajarás hasta lo más hondo del abismo! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, esa ciudad habría permanecido hasta el día de hoy.

24 Pero les digo que, en el día del juicio, el castigo para ti será peor que para la región de Sodoma.

25 En aquel tiempo, Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos.

26 Sí, Padre, porque así lo has querido.

27 Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce realmente al Hijo sino el Padre, y nadie conoce realmente al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos, Cristo levanta la mirada al cielo y le da gracias a su Padre por la certeza y la seguridad del pacto de redención, el plan salvador de Dios para rescatar a los pecadores por medio de Cristo. También mira al mundo y ofrece a todas las personas los privilegios y las bendiciones del pacto de gracia, la promesa de Dios de salvar y ayudar a su pueblo por medio de Cristo.

Aquí, Jesús le da gracias a Dios por revelar los misterios del evangelio a los pequeños, es decir, a los creyentes humildes, en vez de hacerlo a los que se consideran sabios (Mateo 11:25-26). Aunque no se registran palabras anteriores, se dice que «Jesús respondió y dijo» porque esta oración de gratitud responde a los pensamientos tristes expresados antes. La destrucción de aquellas ciudades seguramente afligió al Señor Jesús, y sin duda lloró por ellas, tal como lloró por Jerusalén (Lucas 19:41). Sin embargo, se consuela al recordar que todavía queda un remanente, aunque sean solo pequeños, a quienes se les revela el evangelio. Aunque Israel no sea reunido, él seguirá siendo glorioso.

Podemos cobrar ánimo al mirar a Dios cuando todo a nuestro alrededor parece desalentador. Es doloroso ver cuán poco le importa a la mayoría de las personas su propio bien, pero es consolador saber que el Dios sabio y fiel seguirá protegiendo el honor de su propia gloria. La gratitud es una respuesta apropiada ante los pensamientos oscuros y perturbadores, y puede ayudar a calmarlos. La alabanza es una medicina poderosa para el alma abatida y ayuda a sanar la tristeza. Cuando no encontramos otra respuesta frente al dolor y el temor, podemos volver a decir: «Te doy gracias, Padre». Demos gracias a Dios porque las cosas no están peor de lo que están.

En esta acción de gracias, Cristo primero menciona los títulos de Dios: «Padre, Señor del cielo y de la tierra». Cuando acudimos a Dios en alabanza o en oración, es bueno recordarlo como Padre. Debemos aferrarnos a esa relación no solo cuando le pedimos ayuda, sino también cuando le damos gracias por los regalos que ya hemos recibido. Las bendiciones son doblemente dulces cuando las recibimos como señales del amor de un Padre y como regalos de su mano (Colosenses 1:12). Los hijos deben ser agradecidos y decir «Gracias, Padre» con la misma disposición con que dicen «Por favor, Padre».

Al mismo tiempo, cuando acudimos a Dios como Padre, también debemos recordar que él es el Señor del cielo y de la tierra. Esto debe llevarnos a reverenciarlo, porque es el Señor soberano de todo. También debe darnos confianza, porque él puede darnos todo lo que realmente necesitamos o podemos desear legítimamente, protegernos de todo mal y proveernos todo bien. Mucho tiempo antes, Cristo había bendecido a Dios, en su papel de Melquisedec, como el Dueño o Señor del cielo y de la tierra. Por eso, cuando le damos gracias a Dios por las bendiciones que vienen de su mano, aún debemos honrarlo como la fuente completamente suficiente de ellas.

Luego Cristo le da gracias a Dios por esto: «Has ocultado estas cosas de los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños». «Estas cosas» se refiere a las grandes verdades del evangelio, las cosas que pertenecen a nuestra paz (Lucas 19:42). Habla de ellas con tanta intensidad porque llenaban su corazón y deberían llenar el nuestro. Todas las demás cosas no son nada en comparación con estas.

Las grandes verdades del evangelio eterno han estado ocultas para muchos que eran sabios y prudentes a los ojos del mundo, especialmente para quienes tenían educación y habilidades terrenales. Algunos de los más grandes eruditos y gobernantes han sido completamente ajenos a las verdades del evangelio. El mundo no conoció a Dios mediante su propia sabiduría (1 Corintios 1:21). De hecho, el evangelio suele ser rechazado por un «conocimiento falso», una clase de aprendizaje que solo pretende ser sabiduría (1 Timoteo 6:20). Las personas más hábiles en los asuntos externos y prácticos suelen tener la menor experiencia en las cosas espirituales. Alguien puede estudiar profundamente la naturaleza o aprender mucho sobre el gobierno y los asuntos públicos, y aun así saber poco de los misterios del reino de los cielos, porque nunca ha experimentado su poder.

Mientras las personas sabias según el mundo permanecen en la oscuridad respecto a la verdad del evangelio, incluso los creyentes humildes tienen un conocimiento que salva: «Las has revelado a los pequeños». Los discípulos de Cristo eran esa clase de pequeños: hombres de origen sencillo y educación común, sin preparación académica, sin habilidades especiales y sin capacidad política. Sin embargo, eran hombres sin estudios y del pueblo (Hechos 4:13). De esta manera, los secretos de la sabiduría, que son más profundos de lo que parecen (Job 11:6), se dan a conocer a los pequeños y a los niños, para que por medio de sus labios se establezca la fortaleza y se complete la alabanza de Dios (Salmo 8:2). Dios no escogió a los líderes instruidos del mundo para predicar el evangelio. En cambio, escogió lo débil y lo insensato del mundo (1 Corintios 2:6, 8, 10).

Esta diferencia entre los prudentes y los pequeños proviene de Dios mismo. Él es quien ha ocultado estas cosas de los sabios y prudentes. Les dio capacidades intelectuales, educación y entendimiento natural superiores a los de otros, pero ellos se enorgullecieron de esos dones y confiaron en ellos. No buscaron más allá. Por eso, Dios justamente retira de ellos al Espíritu que da sabiduría y revelación; entonces, aun cuando escuchan el evangelio, este les parece extraño. Dios no es la causa de su ignorancia y su error, pero los deja entregados a sí mismos, y su pecado se convierte en su castigo. El Señor tiene razón al hacerlo (Juan 12:39-40; Romanos 11:7-8; Hechos 28:26-27). Si hubieran honrado a Dios con la sabiduría que tenían, él les habría dado conocimiento de cosas mejores. Pero como usaron esa sabiduría para servir a sus deseos pecaminosos, Dios ocultó de su corazón el verdadero entendimiento.

Por otro lado, Dios es quien revela estas cosas a los pequeños. Lo que él revela pertenece a sus hijos (Deuteronomio 29:29), y les da entendimiento para recibir tanto la verdad como su impacto en el corazón. De esta manera, se opone a los orgullosos y da gracia a los humildes (Santiago 4:6). Toda esta manera de conceder la gracia debe atribuirse a la elección soberana de Dios, y Cristo mismo se somete a ella: «Sí, Padre, porque así te agradó». Cristo está de acuerdo con la voluntad de su Padre en este asunto. Dejemos que Dios use los medios que quiera para glorificarse y que escoja a las personas que quiera para llevar adelante su obra. La gracia le pertenece a él, y puede darla o retenerla según su voluntad. No podemos explicar por qué Pedro, un pescador, fue hecho apóstol y no Nicodemo, fariseo y gobernante de los judíos, aunque Nicodemo también creyó en Cristo. Pero a Dios le agradó hacerlo de esa manera.

Cristo dijo esto delante de sus discípulos para mostrarles que su honor y su llamado no se basaban en ninguna bondad propia. Todo provenía de la buena voluntad de Dios. Él fue quien los hizo diferentes. Nosotros también debemos reconocer esta manera de conceder la gracia divina con la misma gratitud que mostró nuestro Señor Jesús.

Debemos dar gracias a Dios, en primer lugar, porque estas cosas han sido reveladas. El misterio que estuvo oculto durante siglos ahora se ha dado a conocer, y no está destinado solamente a unos pocos. Debe anunciarse a todo el mundo. También debemos dar gracias a Dios porque estas cosas han sido reveladas a los pequeños, es decir, a los mansos y humildes, a quienes esta salvación hace hermosos. Dios honra a quienes el mundo suele despreciar.

Esto hace que su misericordia brille aún más, porque estas cosas están ocultas de los sabios y prudentes. Los favores especiales son los que más conmueven. Así como Job adoró el nombre del Señor tanto cuando Dios daba como cuando quitaba, también debemos alabarlo por haber ocultado estas cosas de los sabios y prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Esto no se debe a que la condición de ellos sea buena, sino a que, de esta manera, el orgullo es derribado, el yo es humillado, la sabiduría humana queda en silencio y el poder y la sabiduría de Dios resplandecen con mayor intensidad. Véase (1 Corintios 1:27, 31).

Luego Cristo ofrece bondadosamente a todos las bendiciones del evangelio, y estas son las cosas reveladas a los pequeños (Mateo 11:25). Observemos la manera solemne en que comienza esta invitación. Lo hace para llamar nuestra atención y animarnos a responder. Si queremos hallar un gran consuelo al refugiarnos en esta esperanza, Cristo primero presenta su autoridad y demuestra sus credenciales. Podemos ver que está plenamente autorizado para hacer esta oferta.

Primero presenta la comisión que recibió del Padre: «Mi Padre me ha entregado todas las cosas» (Mateo 11:27). Cristo, como Dios, es igual al Padre en poder y gloria. Pero como Mediador, es decir, aquel que se coloca entre Dios y la humanidad para reconciliarlos, recibe del Padre su autoridad y gloria. Todo juicio le ha sido entregado. Está autorizado para establecer un nuevo pacto entre Dios y la humanidad y para ofrecer paz y felicidad a un mundo caído bajo los términos que él determine. Fue apartado y designado como el único que tiene plena autoridad para organizar y establecer esta gran obra.

Para este propósito, él tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18), autoridad sobre todas las personas (Juan 17:2) y autoridad para ejecutar el juicio (Juan 5:22, 27). Esto debe animarnos a acercarnos a Cristo. Él ha sido enviado para recibirnos y darnos lo que necesitamos. Aquel que es Señor de todo le ha entregado todas las cosas con ese propósito. Todo poder y todos los tesoros están en sus manos. El Padre puso todo en las manos del Señor Jesús. Nosotros debemos poner en sus manos todo lo que tenemos, y así el asunto queda resuelto. Dios lo hizo el gran árbitro, el bendito pacificador, capaz de poner su mano sobre ambas partes. Nuestro deber es aceptar su juicio, someternos a la decisión del Señor Jesús y aceptar la solución que él ofrece para este conflicto lamentable.

Cristo también nos da a conocer su relación íntima con el Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Mateo 11:27). Esto ofrece aún más consuelo. Los mensajeros humanos suelen llevar, además de su comisión oficial, instrucciones privadas para sus negociaciones. Nuestro Señor Jesús tenía ambas cosas. Tenía autoridad y también plena capacidad para cumplir su misión. Al realizar la gran obra de nuestra redención, el Padre y el Hijo son las partes principales involucradas, y el plan de paz está entre ellos (Zacarías 6:13). Por eso es un gran estímulo saber que se entienden perfectamente en este asunto. El Padre conocía plenamente al Hijo, y el Hijo conocía plenamente al Padre, sin error alguno. Entre los seres humanos, los malentendidos suelen arruinar los acuerdos y frustrar los planes. Pero aquí no existía tal riesgo.

El Hijo había estado desde la eternidad en el seno del Padre. Era, por decirlo así, parte de su círculo íntimo (Juan 1:18). Estaba con el Padre como alguien que crece a su lado (Proverbios 8:30). Por eso nadie conoce al Padre sino el Hijo, y el Hijo puede revelarlo a quien él quiera. La felicidad de las personas consiste en conocer a Dios. Esa es la vida eterna y el bien supremo de los seres dotados de entendimiento. Si queremos conocer a Dios, debemos acudir a Jesucristo, porque la luz de la gloria de Dios resplandece en el rostro de Cristo (2 Corintios 4:6). Desde que Adán pecó, le debemos a Cristo cada revelación verdadera que tenemos de la voluntad y del amor del Padre. No puede existir una comunión pacífica entre el Dios santo y la humanidad pecadora sino por medio de un Mediador (Juan 14:6).

Luego viene la oferta misma, junto con la invitación a aceptarla. Después de una introducción tan solemne, esperaríamos algo muy grande, y así es. Esta es una palabra digna de confianza y que merece toda aceptación; son palabras capaces de salvarnos. Somos invitados a acudir a Cristo como nuestro Sacerdote, nuestro Rey y nuestro Profeta: para ser salvos y, por esa misma razón, para ser gobernados y enseñados por él.

Debemos acudir a Jesucristo como nuestro descanso y hallar nuestra paz en él: «Vengan a mí todos los que están cansados y cargados» (Mateo 11:28). Observemos quiénes reciben la invitación: todos los que trabajan y están cargados. Es una palabra oportuna para quienes están cansados (Isaías 50:4). Algunos estaban agotados por la carga de la ley ceremonial, que era un yugo pesado y que las tradiciones de los ancianos habían hecho todavía más pesado (Lucas 11:46). Que acudieran a Cristo, y encontrarían alivio. Él vino para liberar a su iglesia de ese yugo, quitar aquellas reglas externas e introducir una forma de adoración más pura y espiritual. Sin embargo, esto se refiere principalmente a la carga del pecado, tanto a su culpa como a su poder.

Solo quienes sienten el pecado como una carga reciben la invitación a descansar en Cristo. Gimen bajo su peso. No se limitan a reconocer que el pecado es malo ni a reconocer sus propios pecados, sino que sienten verdadero pesar por ellos en lo más profundo del corazón. Están sinceramente cansados de sus pecados y de servir al mundo y a la carne. Ven que su condición es triste y peligrosa a causa del pecado, y eso los aflige, como a Efraín (Jeremías 31:18-20), al hijo pródigo (Lucas 15:17), al recaudador de impuestos (Lucas 18:13), a quienes escucharon a Pedro (Hechos 2:37), a Pablo (Hechos 9:4, 6, 9) y al carcelero (Hechos 16:29-30). Esta es una preparación necesaria para recibir el perdón y la paz. El Consolador primero debe convencer de pecado (Juan 16:8). Él hiere antes de sanar.

Después viene la invitación misma: «Vengan a mí». Esa gloriosa manifestación de Cristo como Señor de todo podría hacernos temer acercarnos a él. Pero aquí extiende el cetro de oro, para que lo toquemos y vivamos. Acudir a Jesucristo cuando estamos cansados y cargados es tanto nuestro deber como nuestro bien. Debemos renunciar a todo lo que se opone a él o compite con él, y recibirlo como nuestro Médico y Abogado. Debemos entregarnos a su cuidado y gobierno, dispuestos a ser salvos por él a su manera y bajo sus condiciones. Hay que acudir a él y poner sobre sus hombros la carga que nos oprime.

Este es el llamado del evangelio: el Espíritu dice: «Ven», y la esposa dice: «Ven». Que venga el que tiene sed y que venga todo el que quiera. La bendición prometida a quienes acuden es esta: «Yo les daré descanso».

Cristo es nuestro Noé, cuyo nombre significa descanso, porque «este nos dará descanso» (Génesis 5:29; 8:9). El descanso es verdaderamente bueno, especialmente para quienes trabajan y están muy cargados (Génesis 49:15; Eclesiastés 5:12). Jesucristo dará un descanso seguro a las almas cansadas que acuden a él con una fe viva. Da descanso del temor al pecado mediante una paz de conciencia bien fundamentada. Da descanso del poder del pecado al llevar el alma a un orden correcto y a gobernarse debidamente. También da descanso en Dios: un deleite firme en su amor (Salmo 11:6-7). Este es el descanso que permanece para el pueblo de Dios (Hebreos 4:9), iniciado por la gracia y llevado a la plenitud en la gloria.

También debemos acudir a Jesucristo como nuestro Gobernante y someternos a él (Mateo 11:29): «Tomen mi yugo sobre ustedes». Esto está unido a la promesa de descanso, porque Cristo fue levantado como Príncipe y Salvador, como sacerdote sentado en su trono. El descanso que promete es libertad del duro servicio del pecado, no libertad de servir a Dios, sino un llamado a cumplir el deber que le debemos. Cristo tiene un yugo para nuestro cuello, así como una corona para nuestra cabeza, y espera que tomemos ese yugo y tiremos bajo él. Invitar a personas cansadas y cargadas a tomar un yugo parece añadir dificultad a la dificultad, pero la palabra clave es «mi». Él dice, en esencia: «Están bajo un yugo que los cansa; quítense ese yugo y prueben el mío, que les dará bienestar».

Se dice que los siervos están bajo un yugo (1 Timoteo 6:1), y también los súbditos bajo un rey (1 Reyes 12:10). Tomar el yugo de Cristo significa colocarnos en la posición de siervos y súbditos suyos, y vivir de esa manera. Significa obedecer cuidadosamente todos sus mandamientos y someternos de buena voluntad a todo lo que él ordena. Es obedecer el evangelio de Cristo y entregarnos al Señor. Es el yugo de Cristo, el yugo que él ha establecido. Él ya ha tirado bajo ese yugo delante de nosotros, porque aprendió la obediencia, y por su Espíritu tira junto con nosotros, ayudando nuestra debilidad (Romanos 8:26).

Un yugo sugiere cierta dificultad, pero cuando un animal debe tirar, el yugo le ayuda a realizar el trabajo. Los mandamientos de Cristo son todos para nuestro bien. Debemos tomar este yugo y tirar bajo él. Estamos uncidos para trabajar, por lo que debemos ser diligentes. Estamos uncidos para someternos, por lo que debemos ser humildes y pacientes. Estamos uncidos junto con otros siervos, por lo que debemos mantener la comunión con los santos. Las palabras de los sabios son como aguijones para quienes están uncidos de esta manera. Esta es la parte más difícil de la lección, así que Cristo la endulza con una promesa: «Mi yugo es fácil y mi carga es liviana» (Mateo 11:30).

El yugo de mandamientos de Cristo es un yugo fácil. La palabra significa bondadoso, amable y agradable. No hay nada en él que lastime el cuello ni lo deje en carne viva. Al contrario, es refrescante. Es un yugo revestido de amor. Sus mandamientos son razonables, buenos para nosotros y están resumidos en un solo mandamiento dulce: el amor. Su ayuda es tan fuerte, sus estímulos tan apropiados y sus consuelos tan abundantes, que verdaderamente podemos llamarlo un yugo agradable. Es fácil para la nueva naturaleza y muy fácil para quien entiende (Proverbios 14:6). Puede parecer difícil al principio, pero después se vuelve fácil. El amor de Dios y la esperanza del cielo lo hacen más llevadero.

La carga de la cruz de Cristo también es ligera, muy ligera. Esto incluye las dificultades que surgen por causa de Cristo mientras vivimos en este mundo y, especialmente, las dificultades que sufrimos por Cristo como cristianos. En sí mismo, el sufrimiento no es agradable, sino doloroso. Sin embargo, como es la carga de Cristo, es ligera. Pablo sabía mucho de esto y la llamó una «leve tribulación» (2 Corintios 4:17). La presencia de Dios (Isaías 43:2), la compasión de Cristo (Isaías 53:9; Daniel 3:25) y, sobre todo, la ayuda y el consuelo del Espíritu (2 Corintios 1:5) hacen que sufrir por Cristo sea una carga ligera y soportable. A medida que aumentan las dificultades y se prolongan, también aumentan y se prolongan el consuelo. Que esto nos dé firmeza en las partes difíciles de obedecer y en las partes difíciles del sufrimiento. Aunque perdamos algo por Cristo, no perderemos por causa de él.

También debemos acudir a Jesucristo como nuestro Maestro y disponernos a aprender de él (Mateo 11:29). Cristo estableció una gran escuela y nos invitó a ser sus discípulos. Debemos inscribirnos, unirnos a sus demás aprendices y perseverar en la enseñanza que nos da por medio de su Palabra y su Espíritu. Debemos dedicar mucho tiempo a lo que él ha dicho y tenerlo listo para ponerlo en práctica en cada situación. También debemos moldear nuestra vida conforme a lo que él hizo y seguir sus pasos (1 Pedro 2:21).

Algunos consideran que las palabras «porque soy manso y humilde de corazón» contienen la principal lección que debemos aprender del ejemplo de Cristo. Debemos aprender de él la mansedumbre y la humildad, y hacer morir el orgullo y la ira que nos hacen diferentes de él. Debemos aprender de Cristo de tal manera que verdaderamente lleguemos a conocer a Cristo (Efesios 4:20), porque él es a la vez el Maestro y la lección, el Guía y el Camino, el Todo en todos.

Se dan dos razones por las que debemos aprender de Cristo. Primero, él es manso y humilde de corazón, por lo que está capacitado para enseñarnos. Es manso y puede tener compasión de quienes saben poco, aun cuando otros pierden la paciencia con ellos. Muchos maestros expertos tienen un temperamento irritable y reaccionan con rapidez, lo cual desanima a quienes aprenden despacio. Cristo sabe soportar a esas personas y abrirles el entendimiento. Así trató a sus doce discípulos. Fue amable con ellos y sacó lo mejor de ellos. Aunque eran descuidados y olvidadizos, no juzgaba sus faltas con dureza.

Segundo, es humilde de corazón. Se acerca para enseñar a los estudiantes pobres y a los principiantes. No escogió a sus discípulos de la corte ni de las escuelas, sino de la orilla del mar. Enseña las primeras lecciones, la leche destinada a los bebés. Se inclina para alcanzar al entendimiento más débil. Él enseñó a caminar a Efraín (Oseas 11:3). ¿Quién enseña como él? Es un estímulo someternos a un Maestro así. Su humildad y mansedumbre lo hacen apto para enseñar, y también nos hacen aptos para ser enseñados, porque «guía a los humildes por el camino correcto» (Salmo 25:9).

«Hallarán descanso para su alma» (Jeremías 6:16). Cristo tomó esta promesa de los profetas, mostrando la armonía entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El descanso para el alma es el descanso más deseable, el que permite que el alma viva tranquila. La única manera segura de encontrarlo es sentarnos a los pies de Cristo y escuchar su palabra. El camino del deber es el camino del descanso. La mente encuentra descanso al conocer a Dios y a Jesucristo. Allí queda plenamente satisfecha, pues encuentra en el evangelio la sabiduría que había buscado en vano en toda la creación (Job 28:12).

Las verdades que Cristo enseña son seguras; podemos confiarles nuestra alma. Cuando descansamos en el amor de Dios y de Jesucristo, nuestro corazón encuentra aquello que lo satisface por completo: quietud y seguridad duradera. Ese descanso llegará a ser completo y permanente en el cielo, donde veremos directamente a Dios, lo veremos tal como es y disfrutaremos de él como nuestro Dios.

Cristo da este descanso a todos los que aprenden de él. En estas pocas palabras encontramos el corazón del llamado y la oferta del evangelio. Aquí el Señor Jesús nos dice claramente qué pide de nosotros, y esto coincide con lo que Dios dijo acerca de él en más de una ocasión: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escúchenlo».

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