Versículo destacado

Juan 17:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Yo ya no seguiré en el mundo, pero ellos sí seguirán en el mundo, mientras que yo voy para estar contigo. Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo. "

Juan 17:11

menu_book El versículo en contexto

9 Yo te ruego por ellos; no ruego por los que son del mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos.

10 Todo lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío; y mi gloria se hace visible en ellos.

11 Yo ya no seguiré en el mundo, pero ellos sí seguirán en el mundo, mientras que yo voy para estar contigo. Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo.

12 Cuando yo estaba con ellos en este mundo, los cuidaba y los protegía con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado. Ninguno de ellos se perdió, sino aquel que ya estaba perdido, para que se cumpliera lo que dice la Escritura.

13 Ahora voy adonde tú estás; pero digo estas cosas mientras estoy en el mundo, para que ellos se llenen de la misma alegría perfecta que yo tengo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de sus oraciones generales, en las que puso a sus discípulos bajo el cuidado de su Padre, Cristo ahora presenta peticiones específicas por ellos. Todas estas peticiones se relacionan con bendiciones espirituales y realidades celestiales. No pide que se vuelvan ricos o poderosos, ni que obtengan propiedades y honores en el mundo, sino que sean guardados del pecado, equipados para su obra y llevados a salvo al cielo. El bienestar del alma es la mejor clase de éxito, y eso es lo que Cristo vino a obtener y a dar.

Estas oraciones también corresponden a sus necesidades y peligros presentes. La intercesión de Cristo, es decir, su oración a favor de su pueblo, siempre se adapta a la situación. Nuestro Abogado ante el Padre conoce cada detalle de nuestras necesidades, cargas, peligros y dificultades, y da forma a sus oraciones de acuerdo con ellos. Así lo hizo ante el peligro de Pedro, que el mismo Pedro no veía venir, cuando le dijo: «He orado por ti» (Lucas 22:32).

Cristo también ora de manera completa y con gran fervor. Presenta las necesidades de ellos ante su Padre y ofrece razones firmes para sus peticiones. Esto nos enseña a orar con fervor y perseverancia, a expresar plenamente nuestras peticiones y a permanecer delante del trono de la gracia. Debemos luchar en oración como Jacob, quien dijo: «No te dejaré, si no me bendices».

Lo primero que Cristo pide para sus discípulos es protección. Los encomienda a todos al cuidado de su Padre, porque pedir que sean guardados implica que el peligro está cerca. Su peligro proviene del mundo en el que viven, y Cristo pide que sean guardados de su mal. Aquí la petición es: «Guárdalos del mundo».

Había dos maneras en que podrían ser librados del mundo, pero Cristo no pide ninguna de las dos. No pide que sean sacados de él. Eso significaría, en primer lugar, ser retirados rápidamente por medio de la muerte. Si el mundo les resultara doloroso, el alivio más rápido sería llevarlos de inmediato al mundo mejor del cielo. Job, Elías, Jonás y Moisés, en momentos difíciles, desearon ser quitados de este mundo. Pero Cristo no pediría esto para sus discípulos por dos razones. Primero, vino a vencer las pasiones impacientes que hacen que las personas se cansen de la vida y anhelen la muerte. Quiere que tomemos nuestra cruz, no que nos adelantemos a ella. Segundo, tenía una obra que ellos debían realizar en el mundo. El mundo estaba enfermo de ellos y no era digno de ellos, pero difícilmente podía vivir sin ellos. Por compasión hacia este mundo oscuro, Cristo no quiso que estas luces fueran quitadas antes de que terminaran su obra, especialmente por causa de quienes más adelante creerían en él por medio de su palabra. Debían morir como mártires en su debido tiempo, después de completar su testimonio.

Esto nos recuerda que no debemos desear sacar a las personas buenas del mundo, sino considerar ese asunto con seriedad. También es cierto que Cristo no lleva a sus discípulos al cielo en el momento en que son llamados verdaderamente. Los deja aquí por un tiempo para que hagan el bien, honren a Dios en la tierra y se preparen para el cielo. A muchas personas buenas se les permite seguir viviendo porque otros difícilmente podrían permitir que murieran.

Cristo tampoco pide que sean completamente libres de los problemas ni que sean sacados de las tensiones y peligros de esta vida para llevarlos a un lugar de comodidad y seguridad. Esa no es la clase de protección que busca para ellos. No ora para que sean librados de toda dificultad y vivan con tranquilidad y lujo, sino para que, con la ayuda de Dios, permanezcan a salvo en medio del peligro. No pide que eviten todo conflicto con el mundo, sino que el mundo no los derrote. No ora para que escapen de entre las personas malvadas, sino para que, como Ezequiel, sean firmes frente a los rostros malvados (Ezequiel 3:8). Para un soldado cristiano, es un honor mayor vencer al mundo por medio de la fe que huir de él mediante un voto monástico.

La otra manera en que Cristo ora por su rescate es pidiendo que sean guardados de la corrupción del mundo; esto lo pide en Juan 17:11 y Juan 17:15. Esta petición tiene tres partes: «Padre santo, guarda en tu propio nombre a los que me has dado». Cristo está a punto de dejarlos, pero no quiere que piensen que su defensa también se va. Delante de ellos, los entrega al cuidado de su Padre y Padre de ellos. Esto es un gran consuelo para todos los creyentes: Cristo mismo los ha encomendado al cuidado de Dios. Aquellos a quienes el Dios todopoderoso guarda están verdaderamente seguros, y él guardará a quienes el Hijo ama y le entrega. Con esta confianza podemos encomendar nuestras almas al cuidado de Dios (1 Pedro 4:19; 2 Timoteo 1:12).

Cristo pide primero por su protección, para que sus enemigos no los destruyan. Pide que ellos y todo lo que les concierne estén bajo el cuidado especial de Dios. Que sus vidas sean guardadas hasta que terminen su obra. Que sus consuelos sean protegidos para que las dificultades no los aplasten. Que su lugar y su influencia en el mundo no desaparezcan. A esta oración debemos la preservación extraordinaria del ministerio del evangelio y de la iglesia del evangelio en el mundo hasta el día de hoy. Si Dios no hubiera guardado con gracia a ambos, habrían desaparecido hace mucho tiempo.

Segundo, Cristo pide por su cuidado espiritual, para que ellos mismos no se aparten de su deber ni sigan la debilidad y el engaño de su propio corazón. «Guárdalos en su integridad; guárdalos como discípulos; mantenlos cerca de su deber». Necesitamos el poder de Dios no solo para llevarnos a un estado de gracia, es decir, a su favor salvador, sino también para mantenernos allí. Véanse Juan 10:28-29; 1 Pedro 1:5.

Los nombres que Cristo usa fortalecen su petición. Se dirige a Dios como «Padre santo». Cuando nos encomendamos a nosotros mismos y a los demás al cuidado de Dios, primero podemos encontrar consuelo en su santidad. Su santidad respalda la protección de su pueblo santo. Él ha jurado por su santidad (Salmo 89:35). Si es un Dios santo que aborrece el pecado, entonces hará santos a los suyos y los guardará del pecado, que ellos también aborrecen y temen como el mayor de los males.

Segundo, podemos encontrar consuelo en su paternidad. Por medio de Cristo, él se relaciona con nosotros como Padre. Si es Padre, cuidará de sus propios hijos, los enseñará y los guardará. ¿Quién más lo haría? Luego Cristo se refiere a los discípulos como aquellos que el Padre le ha dado.

Lo que recibimos como regalos de nuestro Padre podemos dejarlo con seguridad bajo el cuidado de nuestro Padre. Por eso Cristo ora: «Padre, guarda los regalos y los consuelos que me has dado, los hijos que me has dado y el ministerio que he recibido».

Pide que sean guardados por el propio nombre de Dios. Algunos entienden esto como: «Guárdalos por causa de tu nombre». En otras palabras, el honor de Dios está unido a la seguridad de ellos, así como al honor de Cristo. Si ellos se apartan o caen, ambos sufrirán. El pueblo de Dios ha orado muchas veces: «Por causa de tu nombre», y quienes más se preocupan por el honor de Dios pueden orar así con confianza.

Otros lo entienden como: «Guárdalos en tu nombre». Es decir, guárdalos en el conocimiento y el temor de tu nombre, y en el servicio público de tu nombre, sin importar lo que les cueste. Mantenlos aferrados a tu verdad, a tu adoración y a tus mandamientos. Otros lo entienden como: «Guárdalos por medio de tu nombre», es decir, por tu propio poder y cuidado. Que tu nombre sea su torre fuerte y que tu tabernáculo, tu morada, sea su refugio.

También ora: «Guárdalos del mal». Esto corresponde a la oración que Jesús les enseñó a hacer cada día: «Líbranos del mal», y les da confianza para orar de esa manera. Primero, pide que los guarde del maligno, el diablo, y de todos sus ayudantes. Que los guarde de Satanás como tentador, para que no los zarandee ni haga que su fe falle. Que los guarde de él como destructor, para que no los lleve a la desesperación.

Segundo, pide que los guarde del mal mismo, es decir, del pecado. Que los guarde de todo lo que parece pecado o conduce hacia él. Que los guarde para que no hagan ningún mal (2 Corintios 13:7). De todos los males, el pecado es el que más debemos temer.

Tercero, pide que los guarde del mal que hay en el mundo y de los problemas que enfrentan en él. Que el sufrimiento no tenga veneno ni poder dañino sobre ellos. No pide que sean librados de la aflicción, sino que sean sostenidos a través de ella. Que el cuidado de Dios transforme sus pruebas de tal manera que no les hagan un daño permanente.

Después presenta razones para estas peticiones, y son cinco. Primero, le recuerda al Padre que hasta ese momento él los había guardado: «Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre» (Juan 17:12). Quiere decir que los preservó en la verdadera fe del evangelio y en el servicio a Dios. A los que el Padre le dio como compañeros cercanos, los mantuvo a salvo. Ninguno de ellos faltaba; ninguno se había apartado ni se había perdido, excepto el hijo de perdición, Judas, porque era necesario que se cumpliera la Escritura.

Esto muestra que Cristo cumplió fielmente su tarea de cuidar a los suyos. Mientras estuvo con ellos, los protegió, y su cuidado fue eficaz. Los guardó en el nombre de Dios, librándolos de errores y pecados peligrosos, de unirse a los fariseos y de abandonarlo para volver a aquello que habían dejado atrás. También siguió cuidándolos cuando los envió a predicar.

Los protegió de caer en manos de enemigos que querían matarlos, y los guardó incluso cuando se entregó a sí mismo (Juan 18:9). Mientras estuvo con ellos, los cuidó de una manera visible, por medio de las palabras que escuchaban y los milagros que veían. Cuando ya no estuviera con ellos de esa manera, necesitarían un cuidado más interior y espiritual. A veces Dios concede consuelos y apoyo que podemos percibir claramente, y otras veces los retira; pero cuando eso sucede, los creyentes no quedan solos.

Lo que Cristo dice aquí acerca de sus primeros discípulos es cierto respecto de todos los creyentes en este mundo. Cristo los guarda en el nombre de Dios. Esto muestra, en primer lugar, que son débiles y no pueden guardarse a sí mismos. En segundo lugar, muestra que son valiosos a los ojos de Dios y dignos de ser guardados. En tercer lugar, muestra que su salvación es segura, porque ese es el propósito de que sean guardados (1 Pedro 1:5). Así como los malvados son reservados para el día del juicio, los justos son preservados para el día del gozo. En cuarto lugar, muestra que están bajo el cuidado del Señor Jesús, quien los guarda como una responsabilidad propia, tal como el buen pastor protege a sus ovejas.

Él presenta este informe consolador acerca de su obra: ninguno de ellos se perdió. Jesucristo ciertamente guardará a todos los que el Padre le ha dado, de modo que ninguno de ellos se perderá de manera definitiva y completa. Pueden temer estar perdidos y encontrarse en gran peligro, pero la voluntad del Padre es que no pierda a ninguno de ellos (Juan 6:39), y no perderá a ninguno. Esto quedará claro cuando todos sean reunidos y no falte ni uno solo.

Judas queda apartado como alguien a quien Cristo nunca se comprometió a guardar. Había estado entre los que fueron dados a Cristo, pero en realidad no pertenecía a ellos. Cristo habla de Judas como alguien que ya estaba perdido, porque había abandonado a su Maestro y a sus compañeros discípulos, y se había entregado a la dirección del diablo. Pronto iría al lugar que le correspondía, de modo que ya podía considerarse perdido. Sin embargo, la caída de Judas no trajo vergüenza sobre Cristo ni sobre los suyos.

Judas era un hijo de perdición; por eso no pertenecía a los que fueron dados a Cristo para ser guardados. Merecía la destrucción, y Dios lo dejó entregarse precipitadamente a ella. Era hijo del destructor, como Caín, que pertenecía al maligno. Al gran enemigo que el Señor destruirá también se le llama hijo de perdición, porque es un hombre de pecado (2 Tesalonicenses 2:3). Es algo terrible que uno de los apóstoles resultara ser un hijo de perdición. La posición que alguien tenga en la iglesia, su nombre, sus privilegios, sus oportunidades de recibir la gracia, su profesión de fe o sus obras externas no pueden mantenerlo a salvo si su corazón no está bien con Dios.

Nada tiene más probabilidades de terminar en ruina que una vida de religión externa unida a un corazón como el de Judas, enamorado del dinero y de los intereses propios. Sin embargo, la clara distinción que Cristo hace entre Judas y los que le fueron dados muestra que la verdad y la religión verdadera no deben sufrir por causa de los seguidores falsos (1 Juan 2:19). La Escritura ya había hablado de la traición de Judas, y el sabio plan de Dios ya la había previsto; por eso el acontecimiento ocurrió tal como había sido anunciado, aunque la profecía no obligó a Judas a pecar. Véanse Salmo 41:9; Salmo 69:25; Salmo 109:8. La traición de quienes se apartan nos sorprendería profundamente si la Escritura no nos hubiera advertido de antemano.

Cristo le pide al Padre que los guarde porque ahora tenía que dejarlos y ya no podía vigilarlos como antes (Juan 17:11). Es como si dijera: «Guárdalos ahora, para que no se pierda la obra que realicé en ellos mientras estuve con ellos. Guárdalos para que sean uno con nosotros, así como nosotros somos uno». Más adelante hablará de esto con mayor detalle en Juan 17:21.

Primero, observemos con qué gozo habla de su partida. Habla de ella con un sentido de victoria y alegría, mirando tanto al mundo que deja como al mundo al que va. Al decir que ya no está en el mundo, es como si se despidiera de este mundo lleno de aflicción: ya ha tenido suficiente de él, y ha llegado la hora bienvenida en que ya no estará aquí. Ha terminado la obra que vino a realizar, y ahora solo queda partir cuanto antes. Para quienes tienen su verdadero hogar en el mundo venidero, debería ser motivo de alegría pensar en dejar de estar en este mundo. Cuando hemos terminado nuestra obra aquí y estamos preparados para el cielo, ¿qué queda en este mundo que pueda retenernos?

Cuando sabemos en nuestro interior que la muerte se acerca, deberíamos poder decir con un gozo santo que ya no pertenecemos a este mundo oscuro y engañoso, pobre y vacío, tentador y contaminado. Ya no sufrimos sus espinas ni quedamos atrapados en sus redes; ya no vagamos por este desierto áspero ni somos sacudidos en este mar tempestuoso. Ahora podemos dejarlo atrás para siempre.

Después dice: «Ahora voy a ti». Ser liberado del mundo es solo una parte del consuelo de Cristo al morir, y también del consuelo del cristiano al morir. La mejor parte es pensar en ir al Padre, a su gozo inmediato, ininterrumpido y eterno. Quienes aman a Dios no pueden evitar alegrarse al pensar en ir a él, incluso al atravesar el valle de sombra de muerte. Dejar el cuerpo es estar con el Señor, como los hijos que regresan de la escuela a la casa de su padre. Cristo dice, en esencia: «Ahora voy a ti, a ti, a quien he escogido y servido, y por quien mi alma anhela. Tú eres la fuente de la luz y de la vida, el centro y la corona del gozo. Ahora mi anhelo será satisfecho, mi esperanza cumplida y mi felicidad completada, porque ahora voy a ti».

Luego muestra un profundo cuidado por aquellos a quienes está dejando. Dice que ellos todavía están en el mundo. Ha visto cuán malvado es el mundo. ¿Qué será de estos queridos pequeños que deben permanecer en él? Padre santo, guárdalos. Necesitarán tu presencia, ya que la mía se aparta de ellos. Ahora necesitan más que nunca que los guardes, porque los estoy enviando más lejos en el mundo de lo que han estado antes. Deben internarse en aguas profundas, donde se perderán si tú no los mantienes a salvo.

Aquí debemos notar que, cuando el Señor Jesús iba al Padre, todavía llevaba una tierna preocupación por los suyos que permanecen en el mundo. Todavía se compadece de ellos. Lleva sus nombres sobre su pectoral, incluso sobre su corazón, y están grabados en las palmas de sus manos por los clavos de su cruz. Cuando está fuera de su vista, ellos no están fuera de la suya, y ciertamente tampoco están fuera de sus pensamientos. Deberíamos tener ese mismo cuidado por quienes apenas comienzan su camino en el mundo cuando nosotros estamos cerca de terminarlo, y por quienes dejamos atrás cuando nos toca partir.

También debemos notar que, cuando Cristo habla de cuánto necesitan sus discípulos la protección divina, simplemente dice que están en el mundo. Eso basta para poner en peligro a quienes se dirigen al cielo. El mundo los halaga e intenta apartarlos, y también los odia y los persigue.

Cristo también ruega porque saber que están a salvo les produciría gozo, y verlos en paz le produciría gozo a él. Deseaba profundamente que sus discípulos tuvieran un gozo completo, porque es su voluntad que se regocijen siempre. Los dejaba entre lágrimas y dificultades, pero había hecho una provisión cuidadosa para llenar su gozo. Cuando pensaran que su gozo en él había terminado, en realidad estaría acercándose a su perfección más que nunca.

Aquí se nos enseña a fundamentar nuestro gozo en Cristo. Es su gozo: el gozo que él da o, más exactamente, el gozo que proviene de él. Cristo es el gozo del cristiano, el gozo supremo. El gozo basado en el mundo se desvanece cuando el mundo se desvanece, pero el gozo en Cristo permanece para siempre, porque él permanece para siempre. También se nos enseña a fortalecer ese gozo con cuidado, porque es tanto un deber como un privilegio de todos los creyentes verdaderos. Ninguna otra parte de la vida cristiana se nos presenta con mayor insistencia que esta (Filipenses 3:1; Filipenses 4:4). Y se nos enseña a buscar un gozo completo, que llegue a su plenitud en nosotros, porque eso es lo que Cristo desea.

Para asegurarles ese gozo, los puso solemnemente bajo el cuidado de su Padre y quiso que lo escucharan de sus propios labios. Les dijo estas cosas mientras aún estaba con ellos en el mundo. Su oración por la preservación de ellos hasta llegar al cielo habría sido suficiente por sí misma, pero expresarla mientras todavía estaba con ellos les daría mayor consuelo y ánimo. Los ayudaría a regocijarse aun en medio del sufrimiento.

Cristo no solo ha reservado consuelo para su pueblo al preparar su bien futuro; también les ha dado consuelo ahora, al decirles lo que los sostendría y los llenaría de satisfacción. Aquí, delante de sus discípulos, habló casi como alguien que está haciendo su testamento y, a diferencia de muchos testadores, les dijo qué les dejaba y con cuánta seguridad estaba asegurado. Quería que tuvieran un consuelo firme.

La intercesión de Cristo por nosotros basta para completar nuestro gozo en él. Nada calma más plenamente nuestros temores y dudas, ni ofrece un consuelo más grande, que esta verdad: él siempre se presenta delante de Dios a favor nuestro (Romanos 8:34; Hebreos 7:25).

Por último, presenta ante el Padre el maltrato que probablemente enfrentarían en el mundo por causa de él (Juan 17:14). En esencia, dice: «Les he dado tu palabra para que la lleven al mundo, y la han recibido. Ellos mismos han creído en ella y han aceptado la responsabilidad de transmitirla al mundo. Por eso el mundo los ha odiado, así como me ha odiado a mí, porque ellos ya no pertenecen al mundo, como tampoco yo pertenezco al mundo». Aquí vemos el odio del mundo contra los seguidores de Cristo. Mientras Cristo estaba con ellos, ya habían mostrado cierta resistencia al mundo, y aun así el mundo los odiaba. Los odiaría mucho más cuando, mediante una predicación más amplia del evangelio, trastornaran al mundo.

Así que Cristo dice, en efecto: «Padre, permanece a su lado, porque es probable que tengan muchos enemigos. Dales tu amor, porque el odio del mundo es lo que les ha tocado. En medio de esos dardos encendidos, rodéalos con tu favor como con un escudo». Es para honra de Dios ponerse del lado del débil y ayudar al indefenso.

«Señor, ten misericordia de ellos, porque la gente intentará devorarlos». Las razones de este odio fortalecen la oración. Aquí se da a entender una de ellas: ellos habían recibido la palabra de Dios tal como Cristo se la había entregado, mientras que la mayoría del mundo la rechazaba y se volvía contra quienes la predicaban y profesaban. Quienes reciben la buena palabra de Cristo deben esperar la mala voluntad del mundo. Los ministros del evangelio han sido odiados de manera especial porque llaman a las personas a salir del mundo, las separan de él y les enseñan a no imitarlo. Al hacer esto, muestran al mundo su pecado.

Así que Cristo dice, en efecto: «Padre, guárdalos, porque sufren por causa tuya». Esa es la misma súplica que hizo el salmista: «Por causa de ti he sufrido insultos» (Salmo 69:7). A quienes guardan la palabra de Cristo con perseverancia paciente se les promete una protección especial en la hora de la prueba (Apocalipsis 3:10). La misma causa que hace de alguien un mártir también puede convertir su sufrimiento en una experiencia gozosa.

Otra razón se declara más claramente. El mundo los odia porque no pertenecen al mundo. Cuando la palabra de Cristo llega con poder, transforma a las personas. Afloja su apego a las riquezas del mundo, las aparta del pecado del mundo y, por eso, el mundo se ofende con ellas.

También presenta ante el Padre que ellos se parecen a él en su santo rechazo a conformarse con el mundo (Juan 17:16): «Padre, guárdalos, porque comparten mi espíritu y mi manera de pensar. No pertenecen al mundo, así como yo no pertenezco al mundo». Podemos confiarnos al cuidado de Dios si somos como Cristo y seguimos sus pasos. Dios ama a quienes se parecen a su Hijo. También podemos confiarnos a Dios si no vivimos para los intereses del mundo ni nos entregamos a su servicio.

Observemos primero que Jesucristo no pertenecía a este mundo. Nunca le perteneció, y esto era especialmente cierto ahora que estaba a punto de dejarlo. Esto muestra su condición exterior: no era favorecido por el mundo, ni príncipe ni hombre importante. No tenía posesiones mundanas, ni siquiera un lugar donde recostar la cabeza. Tampoco tenía poder terrenal, pues no era juez ni gobernante. Esto también muestra su espíritu interior: estaba completamente libre del amor al mundo. El gobernante de este mundo no tenía nada en él. Las cosas terrenales no significaban nada para él: no el honor, porque se humilló a sí mismo; no las riquezas, porque por causa nuestra se hizo pobre; ni el placer, porque era un hombre de dolores (Juan 8:23).

De esto se desprende que los verdaderos cristianos tampoco pertenecen a este mundo. El Espíritu de Cristo que está en ellos se opone al espíritu del mundo. Primero, con frecuencia les toca ser despreciados por el mundo. El mundo no los favorece más de lo que favoreció a su Maestro antes que a ellos. Segundo, tienen el privilegio de ser librados del mundo, así como Abraham fue sacado de la tierra donde había nacido. Tercero, es su deber y su distintivo estar muertos para el mundo. Su comunión más satisfactoria es, y debe ser, con otro mundo, y su principal preocupación debe ser ocuparse de los asuntos de ese mundo, no de este. Los discípulos de Cristo eran débiles y tenían muchas faltas; sin embargo, él todavía podía afirmar esto acerca de ellos: no pertenecían al mundo. No eran personas terrenales, y por eso los encomendó al cuidado del cielo.

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