Versículo destacado

Hebreos 12:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ustedes no se acercaron, como los israelitas, a algo que se podía tocar y que ardía en llamas, donde había oscuridad, tinieblas y tempestad; "

Hebreos 12:18

menu_book El versículo en contexto

16 Que ninguno de ustedes se entregue a la prostitución ni desprecie lo sagrado, como hizo Esaú, quien por una sola comida vendió sus derechos de hijo mayor.

17 Y ustedes saben que después, cuando quiso recibir la bendición de su padre, fue rechazado; y aunque lloró mucho, ya no hubo remedio para lo sucedido.

18 Ustedes no se acercaron, como los israelitas, a algo que se podía tocar y que ardía en llamas, donde había oscuridad, tinieblas y tempestad;

19 ni oyeron el sonido de la trompeta ni la voz de Dios. Los que oyeron esa voz rogaron que no les siguiera hablando,

20 porque no podían soportar el mandato que decía: «Al que ponga el pie en el monte hay que matarlo a pedradas o con una lanza, aunque sea un animal».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol ahora exhorta a los hebreos que profesaban la fe a seguir adelante en la vida cristiana y a luchar, en vez de volver al judaísmo. Lo hace mostrándoles cuán diferente es la iglesia del evangelio de la comunidad judía bajo la ley, y cuánto se parece a la iglesia que está en el cielo. Por ambas razones, merece nuestro cuidado, paciencia y perseverancia constante en el camino cristiano.

Primero muestra cuánto difiere la iglesia del evangelio de la comunidad judía bajo la ley, y cuánto mejor es. En Hebreos 12:18-21 presenta una descripción muy completa de la iglesia bajo la ley de Moisés. Era una forma de vida religiosa muy externa y física. El monte Sinaí, donde se estableció ese orden, era un monte que se podía tocar (Hebreos 12:18), un lugar real y sólido. De la misma manera, todo aquel sistema era principalmente externo y terrenal, por lo que resultaba más pesado y difícil. La iglesia del evangelio en el monte Sion es más espiritual, razonable y accesible.

También era un sistema oscuro. En aquel monte había negrura y tinieblas, y ese orden estaba cubierto de sombras y símbolos. El orden del evangelio es mucho más claro y resplandeciente. También era un sistema aterrador y terrible. Los judíos no podían soportar su terror. Los truenos, los relámpagos, el sonido de la trompeta y la propia voz de Dios hablándoles los llenaron de tanto miedo que rogaron que no se les volviera a hablar de esa manera, Hebreos 12:19. Incluso Moisés dijo: «Estoy temblando de miedo». Las mejores personas de la tierra no pueden presentarse de esa manera delante de Dios y sus santos ángeles. El orden del evangelio es apacible, bondadoso y lleno de gracia, adaptado a nuestra frágil condición humana.

También era un sistema restringido. No todos podían acercarse al monte; solo Moisés y Aarón. Bajo el evangelio, todos tenemos libre acceso a Dios. También era un sistema muy peligroso. El monte ardía con fuego, y cualquier persona o animal que lo tocara debía morir apedreado o atravesado con una flecha, Hebreos 12:20. Todavía es peligroso que los pecadores arrogantes y rebeldes se acerquen a Dios, pero ya no significa una muerte inmediata y segura como entonces. Esa era la condición de la comunidad judía bajo la ley: estaba destinada a infundir temor en un pueblo terco y de corazón endurecido, a mostrar la justicia estricta y aterradora de Dios, y a apartar gradualmente al pueblo de Dios de aquel sistema para que abrazara con mayor disposición el orden dulce y apacible de la iglesia del evangelio y permaneciera en él.

Luego muestra cuánto se parece la iglesia del evangelio a la iglesia triunfante en el cielo, y cuánta comunión existe entre ambas. La iglesia del evangelio es llamada el monte Sion, la Jerusalén celestial, que es libre, en contraste con el monte Sinaí, que conduce a la esclavitud, Gálatas 4:24. Este era el monte donde Dios estableció a su Rey, el Mesías. Por eso, cuando los creyentes vienen al monte Sion, entran en lugares celestiales y en una sociedad celestial.

Llegan primero a la ciudad del Dios viviente. Dios ha establecido su hogar lleno de gracia en la iglesia del evangelio y, por eso, esta es una imagen del cielo. Allí su pueblo lo encuentra gobernando, guiando, santificando y consolando. Allí les habla por medio del ministerio del evangelio, y allí ellos le hablan en oración, y él los escucha. Allí los prepara para el cielo y les da el primer anticipo o garantía de su herencia.

También llegan a la Jerusalén celestial como personas nacidas y criadas allí, como ciudadanos libres de esa ciudad. En la iglesia, los creyentes reciben una visión más clara del cielo, una prueba más firme de que el cielo les pertenece y una mayor preparación para él, junto con una mente más celestial.

También llegan a una sociedad celestial. Llegan a una multitud innumerable de ángeles, que pertenecen a la misma familia que los santos, están bajo el mismo Señor y se ocupan en gran medida de la misma obra. Sirven para el bien de los creyentes, los guardan en todos sus caminos y acampan alrededor de ellos. Su número no se puede contar, y su orden y unidad forman una compañía gloriosa. Los que por la fe pertenecen a la iglesia del evangelio están unidos a los ángeles, y al final serán como ellos y semejantes a ellos.

También llegan a la asamblea general y a la iglesia de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo; es decir, a toda la iglesia, sin importar cuán dispersa se encuentre. Por la fe llegamos a ellos y compartimos comunión con ellos bajo el mismo Señor, por medio del mismo Espíritu y en la misma esperanza bienaventurada. Caminamos por el mismo camino de santidad, enfrentamos a los mismos enemigos espirituales y avanzamos hacia el mismo descanso, la misma victoria y el mismo triunfo glorioso. Allí estará la gran asamblea de los primogénitos: los santos de tiempos anteriores que vieron las promesas de la era del evangelio, pero no las recibieron, junto con los que recibieron primero esas promesas bajo el evangelio y cobraron vida nueva por medio de él. En ese sentido eran los primogénitos, las primicias de la iglesia del evangelio, y por eso recibieron mayor honor y privilegio que el resto del mundo. En realidad, todos los hijos de Dios son herederos, y cada uno participa de los derechos del primogénito.

Sus nombres están escritos en el cielo y también en los registros de la iglesia aquí en la tierra. Tienen un nombre en la casa de Dios, son contados entre los vivos en Jerusalén y gozan de una buena reputación por su fe y fidelidad. Están inscritos en el libro de la vida del Cordero, como los ciudadanos aparecen en los registros de una ciudad.

Los creyentes también llegan a Dios, el Juez de todos. Él es el gran Dios que juzgará tanto a judíos como a gentiles según la ley bajo la cual viven. Por la fe, los creyentes vienen ahora a él, presentan sus peticiones ante su Juez y reciben en el evangelio una sentencia de perdón. También la reciben ahora en su propia conciencia, de modo que saben que más adelante serán declarados justos delante de Dios.

Llegan a los espíritus de los justos hechos perfectos: a la mejor clase de personas, los justos, que son mejores que sus vecinos, y a la mejor parte de los justos, sus espíritus, que ahora han sido perfeccionados. Los creyentes están unidos con los santos que partieron de este mundo bajo el mismo Señor y por medio del mismo Espíritu, y tienen derecho a la misma herencia. Los que están en la tierra todavía son herederos de ella, mientras que los que están en el cielo ya la poseen.

Finalmente, llegan a Jesús, el Mediador —es decir, aquel que se coloca entre Dios y nosotros— del nuevo pacto, y a la sangre rociada, que habla de cosas mejores que la sangre de Abel. Esta es una de las razones más poderosas para seguir adelante en el orden del evangelio, pues es un estado de comunión con Cristo, el Mediador del nuevo pacto, y de participación en su sangre, que habla de cosas mejores que la sangre de Abel. El pacto del evangelio es el nuevo pacto, distinto del pacto de obras, y ahora se encuentra bajo un orden nuevo, diferente del del Antiguo Testamento.

Cristo es el mediador de este nuevo pacto. Él es quien se coloca entre Dios y la humanidad para unirlos en este pacto y mantenerlos unidos, aunque el pueblo peque y Dios justamente se disguste con el pecado. Él lleva nuestras oraciones a Dios y hace descender sobre nosotros el favor de Dios. Intercede ante Dios por nosotros y nos llama a vivir para Dios. Al final, reunirá a Dios y a su pueblo en el cielo, y será el mediador del pleno disfrute de Dios por toda la eternidad. Ellos verán y disfrutarán de Dios en Cristo, y Dios los mirará y los bendecirá en Cristo.

Este pacto está sellado por la sangre de Cristo, que se aplica a nuestra conciencia, así como la sangre del sacrificio era rociada sobre el altar y sobre la ofrenda. La sangre de Cristo aparta la ira de Dios y limpia la conciencia humana. Es una sangre que habla, y habla de cosas mejores que la sangre de Abel. Primero, habla a Dios a favor de los pecadores. No clama por venganza, como lo hizo la sangre de Abel contra quien la derramó, sino por misericordia. Segundo, habla a los pecadores en el nombre de Dios. Habla de perdón para sus pecados y de paz para sus almas, y exige obediencia estricta, el amor más grande y la gratitud más profunda.

El apóstol ya ha mostrado lo suficiente acerca del argumento a favor de la perseverancia que proviene de la naturaleza celestial de la iglesia del evangelio. Termina el capítulo insistiendo en ese punto de una manera acorde con su importancia: «Tengan cuidado de no rechazar al que habla» (Hebreos 12:25). Dios habla por medio de la sangre de Cristo. Habla no solo de una manera distinta a la sangre de Abel, que clamaba desde la tierra, sino también de una manera distinta a la voz transmitida por medio de los ángeles y de Moisés en el monte Sinaí. Entonces habló desde la tierra, pero ahora habla desde el cielo.

Cuando Dios habla a las personas de la manera más excelente, espera con toda razón la mayor atención y reverencia. Ahora, en el evangelio, Dios habla de la manera más excelente. Habla desde un trono más elevado y glorioso: no desde el monte Sinaí en la tierra, sino desde el cielo. También habla de manera más directa, por medio de su Palabra inspirada y de su Espíritu, que dan testimonio a su favor. No está dando una verdad nueva, sino que por medio de su Espíritu hace penetrar esa misma Palabra en la conciencia.

Dios también habla de manera más poderosa y eficaz. En aquel entonces, su voz sacudió la tierra; pero ahora, al inaugurar la era del evangelio, ha sacudido no solo la tierra, sino también los cielos. Esto no significa que haya sacudido únicamente colinas y montañas, ni solo los espíritus humanos o el orden civil de Canaán, aunque también hizo esas cosas para abrirles paso a su pueblo. Significa que sacudió al mundo y también a la nación judía en su condición de iglesia, la cual, en los tiempos del Antiguo Testamento, había sido como un cielo en la tierra. Por medio del evangelio venido del cielo, Dios deshizo el orden civil y religioso de la nación judía e introdujo un nuevo orden de la iglesia que no puede ser removido. Nunca será reemplazado por otro en la tierra, sino que permanecerá hasta que sea perfeccionado en el cielo.

Cuando Dios habla de la manera más excelente, la culpa de quienes se niegan a escucharlo es mayor, y su castigo será más difícil de evitar y de soportar (Hebreos 12:25). La manera distinta en que Dios trata con las personas bajo el evangelio, en gracia, demuestra que tratará de manera diferente a quienes desprecian el evangelio, en juicio. La gloria del evangelio se manifiesta en tres aspectos.

Primero, la trompeta del evangelio sacudió y removió el antiguo orden de la iglesia. ¿Acaso debemos despreciar la voz de Dios que derribó un orden religioso y civil que había permanecido durante tanto tiempo y que Dios mismo había establecido? Segundo, la trompeta del evangelio estableció en el mundo un nuevo reino para Dios, uno que nunca puede ser sacudido ni removido. Este cambio se hizo de una vez para siempre. No habrá otro cambio hasta el fin de los tiempos. Hemos recibido un reino que no puede ser movido. Nunca será quitado ni dará paso a otra manera de tratar con el pueblo de Dios. La Biblia ya está completa, el espíritu de profecía ha terminado y Dios ha concluido el misterio que estaba llevando a cabo. Le ha dado el toque final. La iglesia del evangelio puede crecer, prosperar más y purificarse de la corrupción, pero nunca se transformará en otra etapa del trato de Dios con su pueblo. Quienes perecen bajo el evangelio perecen sin remedio.

Por eso, el apóstol concluye acertadamente varias cosas. Primero, es necesario que busquemos la gracia de Dios para poder servirle de una manera que él acepte. Si no somos aceptados bajo esta etapa, nunca seremos aceptados. Toda nuestra práctica religiosa es inútil si Dios no la acepta. Segundo, no podemos adorar a Dios de manera aceptable si no lo hacemos con reverencia y temor piadosos. Para que nuestra adoración sea aceptable, se necesitan tanto la fe como el temor santo. Tercero, solo la gracia de Dios nos capacita para adorarlo correctamente. La naturaleza humana no puede elevarse hasta ese nivel. No puede producir ni la fe preciosa ni el temor santo que se necesitan para una adoración aceptable.

Cuarto, Dios es el mismo Dios justo y recto bajo el evangelio que demostró ser bajo la ley. Aunque es nuestro Dios en Cristo y ahora trata con nosotros de una manera más bondadosa y llena de gracia, en sí mismo sigue siendo un fuego consumidor, un Dios de justicia estricta que se vengará de todos los que desprecian su gracia y se apartan de él. Bajo el evangelio, la justicia de Dios se muestra de una manera aún más seria, aunque no tan visible como bajo la ley. Aquí vemos a la justicia divina apoderarse del Señor Jesucristo y convertirlo en un sacrificio propiciatorio, es decir, un sacrificio que aparta la ira, al ofrecer su alma y su cuerpo por el pecado. Esto muestra la justicia de Dios con mayor claridad que lo que se vio y se escuchó en el monte Sinaí cuando fue dada la ley.

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