Versículo destacado
Hebreos 12:4 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Pues ustedes aún no han tenido que llegar hasta la muerte en su lucha contra el pecado, "
Hebreos 12:4
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
2 Fijemos la mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona. Jesús soportó la cruz sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría; y se sentó a la derecha del trono de Dios.
3 Por lo tanto, mediten en el ejemplo de Jesús, quien sufrió tanta contradicción de parte de los pecadores; por eso, no se cansen ni se desanimen.
4 Pues ustedes aún no han tenido que llegar hasta la muerte en su lucha contra el pecado,
5 y ya han olvidado lo que Dios les aconseja como a hijos suyos. Dice la Escritura: Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor ni te desanimes cuando te reprenda.
6 Porque el Señor corrige a quien él ama y castiga a aquel a quien recibe como hijo.
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Aquí el apóstol exhorta a tener paciencia y perseverancia al señalar cuán leves y moderados habían sido los sufrimientos de los creyentes. Dice: «Todavía no han resistido hasta derramar sangre en su lucha contra el pecado» (Hebreos 12:4). Habían sufrido mucho, pero no tanto como otros, y todavía no habían llegado al martirio.
Su lucha era contra el pecado, y esa es una causa noble. El pecado es el peor enemigo tanto de Dios como de la humanidad; por eso, luchar contra él es honorable y necesario. Todo cristiano está bajo la bandera de Cristo y debe combatir la enseñanza pecaminosa, las acciones pecaminosas y los hábitos pecaminosos, tanto en sí mismo como en los demás.
El Señor Jesús, capitán de nuestra salvación, por lo general no comienza con las pruebas más difíciles. Él prepara a su pueblo mediante sufrimientos menores para que después pueda enfrentar otros mayores. Es un pastor tierno que no hace caminar demasiado rápido a las ovejas jóvenes. Los cristianos deben reconocer su bondad al ajustar sus pruebas a sus fuerzas y no hacer que sus dificultades parezcan más grandes de lo que son.
También deben compadecerse de quienes son llamados a pruebas ardientes y quizá tengan que permanecer firmes hasta la muerte, no matando a otros, sino sellando su testimonio con su propia sangre. Los creyentes deberían avergonzarse de cansarse bajo pruebas más ligeras cuando otros soportan cargas mucho más pesadas. Si se cansan al correr con los soldados de a pie, ¿cómo competirán con los caballos? Si se debilitan en tiempos de paz, ¿qué harán cuando las aguas del Jordán se desborden? (Jeremías 12:5).
El apóstol también enseña que estos sufrimientos, aunque sean provocados por perseguidores, siguen siendo una disciplina paternal de parte de Dios. Su Padre celestial tiene un propósito sabio en ellos, y ya les había advertido que no lo olvidaran (Hebreos 12:5). La persecución de parte de las personas puede ser una corrección de parte de Dios. Las personas pueden perseguir a los creyentes por causa de su fe, mientras que Dios puede corregirlos porque no son más fieles en la manera en que viven esa fe. Las personas pueden oponerse a ellos porque se niegan a abandonar su confesión, mientras que Dios puede disciplinarlos porque no han vivido conforme a ella.
Dios también ha mostrado a su pueblo cómo actuar en medio de la aflicción, y deben evitar dos extremos. No deben despreciar la disciplina del Señor tratando las dificultades con ligereza ni volviéndose insensibles y descuidados en medio de ellas. Tampoco deben desmayar cuando él los reprende, hundiéndose en la desesperación, angustiándose o negándose a resistir con fe y paciencia. Si caen en cualquiera de estos extremos, demuestran que han olvidado la amorosa advertencia de su Padre.
Cuando la aflicción se soporta correctamente, sigue siendo una señal del amor y el cuidado paternal de Dios. «El Señor disciplina al que ama y corrige a todo el que recibe como hijo» (Hebreos 12:6-7). Incluso los mejores hijos de Dios necesitan corrección, porque todavía tienen defectos y maneras insensatas de actuar. Dios puede permitir que otros continúen en su pecado, pero no dejará solos a sus propios hijos cuando necesiten corrección. Actúa como un verdadero padre, que debe prestar más atención a las faltas de sus propios hijos que a las de los demás.
Quedar sin la disciplina de Dios es una mala señal, porque puede mostrar que una persona no es realmente su hija. Esas personas pueden llamarlo Padre porque pertenecen a la iglesia, pero no son sus verdaderos hijos (Hebreos 12:7-8). Quienes rechazan esta disciplina se comportan peor con Dios de lo que se comportarían con sus padres terrenales.
Luego el apóstol señala el respeto que los hijos deben a sus padres terrenales. Les mostraban reverencia, incluso cuando esos padres los corregían. Los hijos deben someterse a las órdenes legítimas de sus padres y también aceptar su corrección cuando han hecho algo malo. Dios les ha dado a los padres autoridad para disciplinar a sus hijos cuando sea necesario, y a los hijos se les manda recibir esa disciplina de buena manera. Ser tercos y resentidos ante una corrección adecuada es una doble falta, porque añade rebelión contra la corrección del padre a la desobediencia original.
A partir de ese ejemplo menor, pasa al mayor. Los padres terrenales solo son padres de nuestro cuerpo, pero Dios es el Padre de nuestros espíritus. Nuestros padres terrenales fueron los medios que Dios utilizó para darnos un cuerpo, frágil y mortal, formado del polvo. Sin embargo, como Dios los usó para darnos vida, les debemos respeto y afecto. Cuánto más, entonces, debemos honrar a Aquel que es el Padre de nuestros espíritus, ya que nuestras almas proceden directamente de él.
A veces los padres hacen esto para satisfacer su propio enojo, no para mejorar la conducta de sus hijos. Esa es una debilidad a la que todos los padres terrenales están propensos y contra la que deben cuidarse mucho. De otro modo, deshonran la autoridad que Dios les ha dado y debilitan el efecto de su disciplina.
Pero el Padre de nuestros espíritus nunca nos causa tristeza sin una buena razón, y nunca aflige a los seres humanos, mucho menos a sus propios hijos, sino para su bien. Siempre lo hace para nuestro beneficio. El beneficio que quiere producir en nosotros no es nada menos que hacernos partícipes de su santidad. En otras palabras, usa la corrección para sanar los desórdenes pecaminosos que nos hacen diferentes de Dios y para fortalecer las virtudes que reflejan su imagen en nosotros, de modo que pensemos y actuemos cada vez más como nuestro Padre celestial. Dios ama a sus hijos y quiere que se parezcan a él tanto como sea posible; por eso los disciplina cuando lo necesitan.
Los padres terrenales nos corrigieron solo durante unos cuantos años, mientras éramos niños y dependíamos de ellos. Aun así, cuando éramos débiles y a menudo difíciles de complacer, les debíamos respeto, y al crecer los valorábamos y honrábamos aún más por ello. Toda nuestra vida aquí es un tiempo de niñez, inmadurez y debilidad; por eso debemos someternos a la disciplina propia de esa etapa. Cuando alcancemos la perfección, estaremos completamente de acuerdo con todas las maneras en que Dios nos trata ahora.
La corrección de Dios nunca es una sentencia de condenación. Al principio, sus hijos pueden temer que la aflicción haya venido para destruirlos y clamar: «No me condenes; muéstrame por qué contiendes conmigo» (Job 10:2). Pero ese está muy lejos de ser el propósito de Dios para los suyos. Él los disciplina ahora para que no sean condenados con el mundo (1 Corintios 11:32). Lo hace para librarlos de la muerte y la ruina de sus almas, a fin de que vivan para Dios, sean semejantes a él y habiten con él para siempre.
Cuando sufren, los hijos de Dios no deben juzgar la manera en que él actúa basándose únicamente en sus sentimientos del momento, sino en la razón, la fe y la experiencia. «Ninguna disciplina parece agradable en el momento, sino dolorosa; pero después produce un fruto apacible de justicia» (Hebreos 12:11). Lo que percibimos nos dice que la aflicción es dolorosa y desagradable. El cuerpo la siente, el corazón se entristece bajo su peso y el alma gime. Pero la fe corrige ese juicio y afirma que la aflicción santificada produce el fruto de la justicia. Ese fruto trae paz, porque la justicia aquieta y consuela el alma. Si el dolor del cuerpo puede ayudar a producir paz interior, y un sufrimiento breve puede producir una bendición duradera, entonces los creyentes no tienen razón para quejarse ni desanimarse. Su principal preocupación debe ser soportar con paciencia la disciplina que están viviendo y aprovecharla para crecer en santidad.
Deben soportar la aflicción con paciencia, que es el punto principal del apóstol aquí. Él vuelve a exhortarlos a que, por las razones ya mencionadas, «levanten las manos caídas y fortalezcan las rodillas debilitadas» (Hebreos 12:12). Una carga pesada tiende a desanimar y debilitar al cristiano, pero debe luchar contra ello. Primero, debe hacerlo para poder correr con mayor firmeza la carrera espiritual. La fe, la paciencia y el valor santo ayudan al creyente a caminar con más seguridad, permanecer en el camino correcto y no vacilar. Segundo, debe hacerlo para ayudar, y no desanimar, a otros que recorren el mismo camino. Muchas personas que van rumbo al cielo todavía caminan con debilidad y de manera inestable. Pueden desanimarse fácilmente unos a otros, pero deben cobrar ánimo, actuar con fe y ayudarse mutuamente a avanzar hacia el cielo.
También deben aprovechar su aflicción para crecer en santidad. Puesto que ese es el propósito de Dios, también debe ser el propósito de sus hijos. Con fuerzas y paciencia renovadas, deben «buscar la paz con todos y la santidad» (Hebreos 12:14). Si los hijos de Dios se vuelven impacientes durante el sufrimiento, no caminarán con los demás de manera tan pacífica ni vivirán delante de Dios con la fidelidad que deberían. Pero la fe y la paciencia los ayudarán a buscar la paz y la santidad con un esfuerzo constante, como quien se dedica fielmente a su trabajo. Los cristianos deben buscar la paz con todos, incluso con quienes puedan ser usados como instrumentos de su sufrimiento. Es una lección difícil y un estándar elevado, pero es lo que Cristo pide de su pueblo. El sufrimiento puede amargar el espíritu y volver áspero el carácter; aun así, los hijos de Dios deben seguir buscando la paz con todos.
La paz y la santidad van juntas. No puede haber verdadera paz sin santidad. Una persona puede mostrar prudencia, paciencia y amabilidad exterior, pero la verdadera paz cristiana nunca se encuentra separada de la santidad. No debemos apartarnos del camino de la santidad con la excusa de ser pacíficos; más bien, debemos cultivar la paz de una manera santa. Y sin santidad nadie verá al Señor. Contemplar en el cielo a Dios, nuestro Salvador, está reservado como recompensa de la santidad, y la santidad es una parte central de la salvación, aunque un espíritu sereno y pacífico también nos prepara para el cielo.
Cuando el sufrimiento por Cristo no se recibe como la corrección amorosa de nuestro Padre celestial ni se aprovecha de esa manera, se convierte en una trampa peligrosa que puede llevar a apartarse de la fe. Todo cristiano debe estar muy atento para guardarse de esto (Hebreos 12:15-16). Por eso, el apóstol presenta una seria advertencia contra la apostasía, es decir, contra abandonar la fe, y la respalda con un ejemplo terrible.
Primero advierte contra la apostasía en Hebreos 12:15. Apostatar significa quedarse corto de la gracia de Dios. Es como quedar en bancarrota en lo espiritual, porque la persona no tiene un fundamento sólido ni actúa con el cuidado y la diligencia necesarios. Significa no tener la verdadera gracia en el alma, aun cuando se cuente con los medios externos de la gracia y se profese la fe. De esa manera, la persona se queda sin el amor y el favor de Dios, ahora y para siempre. El resultado de la apostasía es que, cuando falta la verdadera gracia, brota una raíz de amargura. La corrupción se extiende y sale a la luz. Esa raíz amarga produce fruto amargo tanto para la persona como para los demás. Da lugar a ideas corruptas que conducen a la apostasía y se fortalecen por medio de ella, junto con errores destructivos que corrompen la doctrina, la adoración y también las prácticas de la iglesia cristiana.
Las personas que se apartan de la fe por lo general van de mal en peor. A menudo caen en pecados muy graves, y eso suele terminar en una incredulidad abierta o en una profunda desesperación. Su caída también perjudica a otros, especialmente a la iglesia a la que alguna vez pertenecieron. Por medio de sus ideas falsas y su mala conducta, muchos se afligen, la paz de la iglesia se quebranta, las mentes se alteran y muchos se contaminan y son arrastrados a prácticas dañinas. Así, la iglesia sufre tanto en su pureza como en su paz. Pero, al final, quienes apostatan son los que más sufren.
El apóstol fortalece esta advertencia con un ejemplo serio: el de Esaú, hijo de Isaac y hermano de Jacob. Esaú nació dentro del pueblo visible de Dios y, como primogénito, tenía la primogenitura, es decir, los derechos especiales del hijo mayor. Esa primogenitura llevaba consigo gran honor y privilegios especiales en su familia. Sin embargo, era tan descuidado y mundano que despreció esos privilegios sagrados y vendió su primogenitura por una sola comida.
El pecado de Esaú consistió en tratar la primogenitura como algo sin valor y renunciar a todo lo que estaba unido a ella. Los apóstatas hacen lo mismo cuando evitan la persecución y prefieren la comodidad y el placer en lugar de mantenerse firmes en Cristo. Aunque habían sido reconocidos como hijos de Dios y parecían tener un verdadero derecho a la bendición y a la herencia, renuncian a todo derecho a ellas. El castigo de Esaú correspondió a su pecado. Más tarde, su conciencia despertó y le mostró su necedad, pero ya era demasiado tarde. Quiso recibir después la bendición de la herencia y la buscó con lágrimas, pero no pudo recuperarla.
Su castigo tuvo dos partes. Primero, su propia conciencia lo condenó, porque finalmente comprendió que la bendición que había tratado con tanta ligereza valía mucho más de lo que había pensado. Segundo, Dios lo rechazó. No encontró lugar para el arrepentimiento ante Dios ni ante su padre, porque la bendición ya había sido dada a otro, aquel a quien se la había vendido por una comida sencilla. Esaú había hecho ese trato en medio de su gran maldad, y Dios, en su justo juicio, lo confirmó y no permitió que Isaac lo revocara.
De esto aprendemos que apartarse de Cristo nace de escoger el placer de la carne en lugar de la bendición de Dios y de la herencia celestial. También aprendemos que los pecadores no siempre tendrán pensamientos tan bajos acerca de esa bendición. Llegará el momento en que considerarán que ningún esfuerzo es demasiado grande ni que hay demasiadas lágrimas para recuperar lo que perdieron. Y cuando haya pasado el día de la gracia, como a veces puede suceder incluso en esta vida, no encontrarán lugar para el arrepentimiento. No podrán arrepentirse debidamente de su pecado, y Dios no revocará la sentencia que ha pronunciado contra él.
Por eso, los cristianos nunca deben renunciar a su derecho ni a su esperanza de recibir la bendición y la herencia de su Padre. No deben exponerse a su ira y maldición inmutables abandonando su fe santa para evitar el sufrimiento. Lo que los malvados llaman persecución es, para los hijos de Dios, solo una vara de corrección en las manos de su Padre celestial. Él la usa para acercarlos más a sí mismo y para hacerlos cada vez más semejantes a él, en comunión con él. Esta es la fuerza del argumento del apóstol basado en el sufrimiento del pueblo de Dios, incluso cuando sufre por causa de la justicia, y su razonamiento es muy sólido.
De este capítulo
Hebreos 12:1
"Por eso, nosotros, teniendo a nuestro alrededor a tantas personas que han demostrado su fe, dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos enreda, y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante."
Hebreos 12:2
"Fijemos la mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona. Jesús soportó la cruz sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría; y se sentó a la derecha del trono de Dios."
Hebreos 12:3
"Por lo tanto, mediten en el ejemplo de Jesús, quien sufrió tanta contradicción de parte de los pecadores; por eso, no se cansen ni se desanimen."
Hebreos 12:5
"y ya han olvidado lo que Dios les aconseja como a hijos suyos. Dice la Escritura: Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor ni te desanimes cuando te reprenda."
Hebreos 12:6
"Porque el Señor corrige a quien él ama y castiga a aquel a quien recibe como hijo."
Hebreos 12:7
"Ustedes están sufriendo para su corrección: Dios los trata como a hijos. ¿Acaso hay algún hijo a quien su padre no corrija?"
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