Versículo destacado
Génesis 2:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Después, Dios el Señor plantó un jardín en la región de Edén, en el oriente, y puso allí al hombre que había formado. "
Génesis 2:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Sin embargo, de la tierra salía agua que regaba todo el terreno.
7 Entonces Dios el Señor formó al hombre de la tierra misma, sopló en su nariz y le dio vida. Así, el hombre se convirtió en un ser viviente.
8 Después, Dios el Señor plantó un jardín en la región de Edén, en el oriente, y puso allí al hombre que había formado.
9 También hizo crecer toda clase de árboles hermosos que daban fruto bueno para comer. En medio del jardín puso también el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal.
10 En Edén nacía un río que regaba el jardín y que desde allí se dividía en cuatro.
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El ser humano está compuesto de cuerpo y alma. El cuerpo fue formado de la tierra, y el alma es un espíritu racional e inmortal, el aliento que viene del cielo. En estos versículos vemos a Dios proveyendo para la felicidad de ambas partes de la naturaleza humana. Aquel que hizo al hombre también se ocupó de hacerlo feliz, si tan solo hubiera permanecido en aquel buen estado y hubiera conocido su propia dicha. La parte del ser humano ligada al mundo de los sentidos fue hecha feliz al ser colocada en el paraíso de Dios. Y la parte ligada al mundo espiritual también recibió todo lo necesario, pues fue introducida en un pacto, es decir, en una relación especial con Dios. Señor, ¿qué es el ser humano para que reciba tal honor, siendo una criatura tan pequeña y débil?
Aquí encontramos una descripción del jardín de Edén, destinado a ser el hogar y la propiedad de este gran señor, el palacio de este príncipe. El escritor inspirado cuenta la historia de una manera adecuada primero para los judíos y luego para la condición inicial de la iglesia. Describe las cosas por lo que podía verse exteriormente y deja que la luz posterior de Dios revele el significado más profundo escondido en ellas. En aquel tiempo, las verdades espirituales eran un alimento demasiado profundo para ellos; por eso les escribe como a personas que todavía tenían una comprensión terrenal (1 Corintios 3:1). Por esa razón, se concentra más en la condición externa de Adán que en la felicidad de su mente. La historia mosaica, al igual que la ley mosaica, presenta figuras de las realidades celestiales, no las realidades celestiales mismas (Hebreos 9:23).
Observa, en primer lugar, que el lugar asignado a Adán era un jardín, no una mansión de marfil ni un palacio cubierto de oro, sino un jardín formado y adornado por la naturaleza, no por el arte humano. ¡Qué poco motivo tienen las personas para presumir de sus grandes edificios, cuando el ser humano inocente era feliz sin nada de eso! La ropa apareció con el pecado, y también las casas. El cielo era el techo de Adán, y ningún techo ha sido tallado y pintado con mayor belleza. La tierra era su piso, y ningún piso ha sido colocado con mayor riqueza. La sombra de los árboles era su refugio privado. Debajo de ellos estaban su comedor y su dormitorio, y nunca hubo habitaciones adornadas con mayor hermosura. Salomón, con toda su gloria, no se vistió como ellos. Mientras más podamos contentarnos con las cosas sencillas y menos persigamos los placeres artificiales creados para alimentar el orgullo y el lujo, más nos acercaremos a la inocencia. La naturaleza se satisface con poco y con lo que es natural. La gracia se contenta con aún menos. El deseo desordenado nunca se satisface.
En segundo lugar, la creación y el acondicionamiento de este jardín fueron obra directa de la sabiduría y el poder de Dios. El Señor Dios plantó el jardín; es decir, ya lo había plantado en el tercer día, cuando la tierra produjo fruto. Bien podemos pensar que era el lugar más perfecto de placer y deleite que el sol hubiera visto jamás, pues el Dios todopoderoso lo diseñó para la felicidad presente de su criatura amada, el ser humano, y como modelo del gozo preparado para el remanente escogido en la gloria. Ningún deleite puede satisfacer verdaderamente al alma a menos que Dios mismo lo haya provisto y destinado para ella. No existe un verdadero paraíso excepto el que Dios planta. La luz de nuestros propios fuegos y las chispas que nosotros mismos encendemos pronto nos dejan en oscuridad (Isaías 50:11). En aquel entonces, toda la tierra era un paraíso comparada con lo que llegó a ser después de la caída y el diluvio. Incluso los mejores jardines de hoy parecen un desierto junto al mundo de antes de que este fuera maldecido por causa del ser humano. Y aun así, eso no era suficiente. Dios plantó un jardín especial para Adán. El pueblo escogido de Dios siempre recibirá favores especiales.
En tercer lugar, el entorno de este jardín era extraordinariamente agradable. Estaba en Edén, un nombre que significa deleite y placer. Aquí se señala el lugar mediante límites y referencias que, cuando Moisés escribió, bastaban para identificarlo para quienes conocían aquella tierra. Pero ahora parece que los curiosos no pueden ponerse de acuerdo sobre dónde estaba. Preocupémonos más por asegurarnos un lugar en el paraíso celestial que por rastrear el paraíso terrenal. Dondequiera que estuviera, tenía toda clase de comodidades. Era un lugar sin ningún inconveniente, algo que ninguna casa o jardín de la tierra puede afirmar. Hermoso por su ubicación, la alegría y gloria de toda la tierra, este jardín era sin duda la tierra en su máxima perfección.
En cuarto lugar, considera los árboles plantados en este jardín. Allí estaban los mejores y más selectos árboles que había en otros lugares. Era hermoso, adornado con todo árbol agradable a la vista por su altura, su forma, su color, sus hojas o sus flores. También estaba lleno de árboles cuyo fruto era agradable al gusto y útil para el cuerpo; por eso era bueno para comer. Dios, como un Padre bondadoso, tuvo en cuenta no solo la utilidad de Adán, sino también su placer. Hay un placer que corresponde a la inocencia y, aún más, hay un placer verdadero y mucho mayor en la inocencia. Dios se deleita en el bienestar de sus siervos y quiere que estén en paz. Si viven inquietos, la culpa es de ellos. Cuando la providencia nos coloca en un Edén de abundancia y deleite, debemos servir a Dios con alegría y con un corazón agradecido por la abundancia de sus dones.
Pero el jardín tenía dos árboles especiales que solo le pertenecían a él, distintos de todo lo que existía en la tierra. Uno era el árbol de la vida, ubicado en el centro del jardín. Su propósito principal no era recordar que Dios es la fuente y el dador de la vida, ni quizá servir como un medio natural para conservarla o prolongarla. Más bien, era sobre todo una señal y un sello para Adán, asegurándole que la vida y la felicidad continuarían, incluso hasta la inmortalidad y la dicha eterna, por la gracia y el favor de su Creador, si permanecía en inocencia y obediencia. Podía comer de él y vivir. Ahora Cristo es para nosotros el árbol de la vida (Apocalipsis 2:7; Apocalipsis 22:2) y el pan de vida (Juan 6:48; Juan 6:53).
El otro era el árbol del conocimiento del bien y del mal. Se llamaba así no porque tuviera poder para producir un conocimiento útil, pues entonces no habría estado prohibido. Más bien, recibió ese nombre por dos razones. Primero, por medio de él Dios dio un mandato claro y directo, de modo que Adán pudiera conocer el bien y el mal moral en relación con aquel árbol. ¿Qué era bueno? Era bueno no comer de ese árbol. ¿Qué era malo? Era malo comer de él. La diferencia entre todo otro bien y mal moral había sido escrita por la naturaleza en el corazón del ser humano, pero esta diferencia, que provenía de un mandato especial, estaba escrita en aquel árbol. Segundo, al final le dio a Adán una experiencia del bien al perderlo y del mal al sufrir sus consecuencias.
El pacto de gracia incluye ambas cosas: «Cree y serás salvo» y «No creas y serás condenado» (Marcos 16:16). De la misma manera, el pacto de la inocencia incluía tanto «Haz esto y vivirás», que el árbol de la vida sellaba y confirmaba, como «Falla y morirás», advertencia que Adán recibió por medio del otro árbol. En efecto, Dios estaba diciendo: «Tócalo bajo tu propio riesgo». En estos dos árboles, Dios puso delante de Adán el bien y el mal, la bendición y la maldición (Deuteronomio 30:19). Estos dos árboles eran como dos señales o sacramentos.
Quinto, los ríos que regaban este jardín (Génesis 2:10-14). Estos cuatro ríos, o un solo río que se dividía en cuatro corrientes, contribuían mucho a la belleza y la fertilidad del jardín. Se decía que Sodoma estaba bien regada por todas partes, como el jardín del Señor (Génesis 13:10). Observa esto: todo lo que Dios planta, también lo mantiene regado. Los árboles de justicia están plantados junto a corrientes de agua (Salmos 1:3). En el paraíso celestial hay un río mucho más grande que estos. Es un río de agua de vida, que no sale de Edén como este, sino que fluye del trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22:1). Es el río que alegra la ciudad de nuestro Dios (Salmos 46:4).
El Hidequel y el Éufrates son ríos de Babilonia mencionados en otros lugares de la Escritura. Los judíos cautivos se sentaban junto a esos ríos y lloraban al recordar a Sion (Salmos 137:1). Pero tenían mucho más motivo para llorar, y nosotros también, cuando recordamos Edén. El paraíso de Adán se convirtió en su prisión, y el pecado ha hecho un daño terrible. Acerca de la tierra de Havila, Génesis 2:12 dice que el oro de aquella tierra era bueno y que allí había bedelio y piedra de ónice. Sin duda, esto se menciona para que la riqueza de Havila pareciera insignificante frente a la gloria de Edén. Havila tenía oro, especias y piedras preciosas, pero Edén tenía algo mucho mejor: el árbol de la vida y la comunión con Dios. Lo mismo podemos decir de los pueblos de África y de la India: ellos tienen el oro, pero nosotros tenemos el evangelio. El oro de sus tierras es bueno, pero las riquezas de la nuestra son mucho mejores.
II. El hecho de que Dios pusiera al hombre en este paraíso de deleite, Génesis 2:15. Observemos primero cómo le dio posesión de él: «El SEÑOR Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén». Así se dice en Génesis 2:8 y Génesis 2:15. Aquí vemos que el hombre fue creado fuera del paraíso y que solo después fue puesto allí. Luego de formarlo, Dios lo puso en el jardín. Fue hecho de barro común, no del polvo del paraíso. Vivió fuera de Edén antes de vivir en él, para que supiera que todas las comodidades de su estado paradisiaco provenían de la gracia gratuita de Dios.
No podía reclamar ningún derecho de inquilino sobre el jardín, porque no había nacido allí y no poseía nada excepto lo que había recibido. Eso no dejaba lugar para jactarse. El mismo Dios que le dio la vida también le dio felicidad. La misma mano que lo convirtió en un ser viviente plantó para él el árbol de la vida y lo estableció junto a él. Solo quien nos creó puede hacernos felices. El que formó nuestro cuerpo y es el Padre de nuestro espíritu, y solamente él, puede proveer verdaderamente para la felicidad de ambos.
Cualquier situación resulta mucho más reconfortante cuando podemos ver con claridad que Dios va delante de nosotros y nos coloca en ella. Si no nos hemos adelantado a la providencia, sino que la hemos seguido y hemos atendido a sus indicaciones, podemos esperar encontrar un paraíso donde no lo habríamos imaginado. Véase Salmo 47:4.
2. Observemos ahora cómo Dios le dio un trabajo que realizar. Lo puso allí, no como a un monstruo marino en el agua, solo para jugar, sino para cultivar y cuidar el jardín. El paraíso mismo no era un lugar sin trabajo. Debemos notar aquí que ninguno de nosotros fue enviado al mundo para estar ocioso. El que nos creó con alma y cuerpo nos dio algo con qué trabajar, y el que nos dio esta tierra para vivir nos dio algo en qué trabajar.
Ni un nacimiento ilustre, ni las riquezas, ni un gran poder, ni siquiera la inocencia perfecta, ni una mente apta para la pura reflexión, ni una familia pequeña habrían hecho a Adán exento del trabajo. El que nos dio la vida también nos dio responsabilidades: servirle, servir a nuestra generación y ocuparnos de nuestra salvación. Si no cumplimos con nuestro trabajo, no somos dignos de nuestra existencia ni del sustento diario que recibimos.
El trabajo cotidiano es totalmente compatible con un estado sin pecado y con una vida de comunión con Dios. Los hijos y herederos del cielo, mientras están en este mundo, todavía tienen trabajo que hacer en la tierra, y este debe ocupar parte de su tiempo y de sus pensamientos. Si lo hacen teniendo presente a Dios, le sirven con tanta verdad como cuando están de rodillas.
El trabajo del agricultor es un oficio antiguo y honorable. Era necesario incluso en el paraíso. El jardín de Edén no necesitaba ser desmalezado, porque las espinas y los cardos todavía no eran un problema, pero aun así debía ser cultivado y cuidado. Incluso en su estado original, la naturaleza dejaba espacio para la capacidad y el esfuerzo humanos. La agricultura era apropiada para la inocencia, porque proveía para la vida, no para los deseos desordenados. También le daba al hombre la oportunidad de admirar al Creador y honrar su cuidado, mientras sus manos trabajaban entre los árboles y su corazón permanecía con Dios.
Hay un verdadero gozo en el trabajo que Dios nos da y para el cual nos usa. El trabajo de Adán no disminuía la alegría del paraíso; la aumentaba. No habría podido ser feliz si hubiera estado ocioso. Sigue siendo cierto que quien no quiere trabajar no tiene derecho a comer (2 Tesalonicenses 3:10; Proverbios 27:23).
III. El mandamiento que Dios dio al hombre en su estado de inocencia y el pacto al que lo incorporó. Hasta aquí hemos visto a Dios como el Creador poderoso del hombre y su generoso Benefactor. Ahora se presenta como su Gobernante y Legislador. Dios puso a Adán en el jardín de Edén, no para que viviera allí como le placiera, sino para que viviera bajo autoridad. Así como no se nos permite estar ociosos en este mundo y no hacer nada, tampoco se nos permite ser obstinados y hacer lo que queramos. Cuando Dios le dio al hombre autoridad sobre las criaturas, también dejó claro que el hombre mismo seguía bajo la autoridad de su Creador.
De este capítulo
Génesis 2:1
"El cielo y la tierra, y todo lo que hay en ellos, quedaron terminados."
Génesis 2:2
"El séptimo día Dios terminó lo que había hecho y descansó."
Génesis 2:3
"Entonces bendijo el séptimo día y lo declaró día sagrado, porque en ese día descansó de todo su trabajo de creación."
Génesis 2:4
"Esta es la historia de la creación del cielo y de la tierra. Cuando Dios el Señor hizo el cielo y la tierra,"
Génesis 2:5
"aún no había plantas ni había brotado la hierba, porque Dios el Señor todavía no había hecho llover sobre la tierra ni había nadie que la trabajara."
Génesis 2:6
"Sin embargo, de la tierra salía agua que regaba todo el terreno."
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